Dying for... a Christmas card

Dying for… a Christmas card 

By Paul V. Montesino, PhD

      Based on “Mr. Mailman, please write her a letter,” a story by Pedro Pablo Montesino Sánchez (1909-1995.) published October of 1969. (Edited and adapted by Paul V. Montesino, PhD.) 

      The old fragile woman, with her cotton-white hair and her eternally sad look, was prompt every single day standing next to the sidewalk in front of her humble house, waiting for the mailman…!  She was waiting for a letter or just a Christmas card!

      As soon as she spotted the uniformed image of the mail carrier in the distance following his intricate daily route, the face of the old woman shone with happiness, expectations and hope… That man would certainly bring today the message of love she so anxiously awaited. As he approached her, the woman quivered with emotion, her heart beating at a higher rate. It was like a flow of new life that filled her up. There, in that shoulder bag carried by the man would lay the expected letter, the Christmas card, a message of relief and happiness sealed in an envelope… And the mailman, as he came close to the woman, would repeat the same words of disappointment of the day before: “Madam, today I have no correspondence for you either.”

      The old woman, her hopes dashed again, would knit her thick eyebrows, pain and desperation reflected on her face, shedding tears from her old tired eyes, tears she would wipe away with trembling hands and an old wrinkled handkerchief. The letter she waited had not come that day either. She then returned to the room that served her as a refuge to wait until the following morning, a new day when perhaps she would receive the card or a letter from her beloved son that she anticipated with anguish and motherly love.

      Time went by day by sullen day and always the poor old woman, under the morning sun, waited for the mailman and received the same disappointing answer: “Madam, today I don’t have a letter for you…” As the branches of the Christmas trees withered down, so did the hopes of this anxious mother.

      And it was that the letter could never arrive. The son she loved so dearly had been involved in a revolutionary uprising and one day had become a nameless victim of the firing squad. The old mother, in her unwavering and eternal faith believed that he was still alive, in another country perhaps, happy and full of life like the day he had given her a good-by kiss. That is why she always waited every day for the letter that never arrived…; the letter that would never arrive… the simple Christmas card she longed.

      One day, it was still early in the morning; the old woman was not waiting for the mailman as was her practice and costume. The neighbors, concerned for her absence, went looking for her in the humble quarters where she lived. They found her sick, gravely ill and crying. In the stupor produced by the fever, all she asked was to see a letter, the letter she wanted from her son.

      The neighbors called a doctor and took care of her with love. One of them went to the sidewalk, stood in the same place the woman did every day and waited there patiently for the obligatory arrival of the mailman. He showed up happy and energetic as usual, a heavy load of letters in his hands.

      “Is there any letter for the old woman who waits for you every day?” asked the neighbor.

      “No,” he replied, “I have no letter today either. And the woman, what happened that she did not wait for me today?” He added with concern.

      “She is ill, very ill; delirious. She needs something to alleviate her pains and you are the only one who can help her…”

      “Me? How?”

      “Mr. Mailman, please give her this letter we wrote for her. Give her this Christmas card.”

About the Author

      Between the nineteen forties and the nineteen seventies, Pedro Pablo Montesino, who my readers must have guessed by now was my father, wrote prolifically for various media organizations in Cuba and later in Florida. This fictional piece appeared in the Hialeah Sun, Hialeah, Florida, in October of 1969. He intended it as homage to the mothers who suffered, still suffer, the Cuban political tragedy that separated them from their sons and daughters.

      I chose and edited this article for LatinoWorldOnline.com this Christmas with the purpose of recognizing its importance not only as a journalistic piece in the field in which my father worked, but also as an example of the strength of the morality of his political philosophy and the impact it had in my career as a writer. A man, who published so skillfully in so many communication channels of the time, would be proud and impressed to see his thoughts come to life as they travel through the information superhighway of the Internet. I am sure that, whether he is waiting for it or not, he now received his letter.

      Have a happy holiday season and don’t neglect to send your letter! Better, call your loving mother if she still lives or send the message of a prayer if she doesn’t.

Paul V. Montesino, PhD

December 19, 2003


Cartero… Escríbale Una Carta 

Por Paul V. Montesino, PhD

Basado en “Cartero… Escríbale una carta.” Por Pedro Pablo Montesino Sánchez (1909-1995.) Publicado en Octubre de 1969. (Editado y adaptado por Paul V. Montesino, PhD.) 

      Aquella viejecita, con sus cabellos blancos y su mirada triste, estaba todos los días, desde horas tempranas, junto a la acera de su casa, esperando al cartero… ¡Esperaba una carta!

      Cuando desde lejos se escuchaba el silbato del empleado de correos anunciando a los vecinos su presencia tan deseada por todos, el rostro de la anciana se llenaba de alegría y de esperanzas… Aquel hombre seguramente le traía el mensaje que ella esperaba con ansias desde hacia tiempo.

      Cuando el cartero se acercaba, la anciana vibraba de emoción; su corazón latía aceleradamente… Era como un soplo de nueva vida que llenaba todo su ser… Allí, en aquella cartera que colgaba del hombro del cartero, vendría la misiva esperada, el mensaje de alivio, la alegría metida en un sobre… Y el cartero, al llegar junto a la viejecita, siempre repetía las palabras amargas de días anteriores: “Señora, hoy no traigo carta para usted…”

      La anciana, al ver defraudada sus esperanzas, fruncía el ceño, dibujándose en su rostro el dolor y la desesperación. De sus ojos, casi apagados por los años, brotaban las lágrimas. Y sus manos, huesudas y temblorosas, hacían las veces de pañuelos. La carta que esperaba no vino tampoco ese día. Y la viejecita, toda hecha amargura, volvía al cuarto que le servía de refugio, para esperar la mañana siguiente, el nuevo día, en que tal vez recibiría la carta de su hijo, que siempre anhelaba con amor de madre… 

      Así fueron pasando los días y siempre aquella pobre vieja, bajo el sol de la mañana, esperaba al cartero y recibía de él la misma desagradable respuesta: “Señora, hoy no traigo carta para usted…” Y mientras las ramas y las hojas del árbol de Navidad se marchitaban, también lo hacían las esperanzas de esta madre.

      Y era que la carta esperada no podría venir nunca…  El hijo que ella tanto quería, estuvo envuelto en las luchas revolucionarias frente a la dictadura Castrista y un día cayó para siempre frente al paredón de fusilamiento… Y la madre, engañada por todos, en su fe eterna lo creía lleno de vida, en otro país quizás, alegre y feliz como aquél día que le dio un beso de despedida… por eso esperaba todos los días la carta que nunca llegaba… la carta que jamás llegaría… la tarjeta simple Navideña que ansiaba.

      Una mañana fría, la viejecita no esperaba al cartero como de costumbre… Los vecinos, al no verla junto a la acera, fueron en su búsqueda al humilde refugio donde vivía. La encontraron muy enferma y llorando. En la casi inconsciencia que la alta fiebre le producía, la anciana solo clamaba por la carta. La carta que esperaba de su hijo… Los vecinos, que conocían su triste drama y mucho la querían, la atendieron con todo cariño.

      Uno de ellos, muy afectado, fue hasta la acera, se situó en el mismo lugar que la anciana ocupaba todos los días y esperó allí pacientemente la llegada del empleado postal. Éste venía alegre como siempre, tocando su silbato y con un montón de cartas en sus manos…

-¿Hay carta para la viejecita que lo esperaba a usted todos los días?—le preguntó el vecino…

-No; tampoco traigo carta para ella hoy; ¿y la viejecita?; ¿Qué le pasa que no me espera…?

-Está enferma; muy enferma ¡y delirando…! Hace falta algo que le anime y solo usted podría ayudarla…

-¿Yo?  ¿De que manera?...

- Cartero, por lo que más usted quiera: ¡Entréguele esta Carta! ¡Hágale llegar esta postal de Navidad!

Sobre el Autor

      Desde los años cuarenta hasta fines de los setenta del siglo pasado, Pedro Pablo Montesino, que mis lectores han sospechado correctamente era mi padre, fue un escritor prolífico de varias organizaciones periodísticas escritas, radiales y televisoras de Cuba y la Florida. Esta historia la publicó en Hialeah, Florida, en octubre de 1969 en El Sol de Hialeah, como homenaje a las madres que sufrían entonces, sufren todavía, la tragedia política cubana que las separaban de sus hijos.

      Yo escogí y edité brevemente este artículo para publicación en LatinoWorldOnline.com con el objetivo de reconocerle su importancia no solamente en el campo periodístico en que Pedro Pablo Montesino se desenvolvió sino la fortaleza moral de su filosofía política y el efecto que tuvo en mi carrera de escritor también. Un hombre que publicó en tantos medios de comunicaciones se sentiría orgulloso e impresionado de ver sus pensamientos resucitados navegando a través de la supercarretera milagrosa del Internet. Estoy seguro que, la esperara o no, ahora él recibió su carta.

      Tengan ustedes unas festividades y nuevo año feliz. ¡Y no dejen de enviar su carta! O mejor, llamen a su viejecita si vive o envíenle el mensaje de una oración si no.

Paul V. Montesino, PhD

19 de diciembre de 2003

Con la autorización de:  www.rumbonews.com






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