37. La autoridad


    A) La autoridad

    El sentido de la autoridad en general es promover y asegurar las mejores condiciones posibles para la actividad de los hombres. El cometido específico de la autoridad familiar es crear y mantener un ambiente y unos estímulos en los que los hijos vayan desarrollando la capacidad de usar su conciencia y su libertad de forma responsable. En otras palabras, la autoridad familiar bien entendida es paradójica en su actuación. Habrá de responder al intento de ayudar a los hijos para que éstos vayan siendo capaces de vivir por su propia cuenta, es decir, de no necesitar ya la autoridad paterna. De aquí se concluye que se ha de ejercer de distinta manera según el grado de desarrollo de los hijos. Es lógico que vaya disminuyendo en intensidad a medida que el sujeto adquiera capacidad para gobernar su propia vida. Por esta razón, la autoridad empezará ejerciéndose como simple mandato cuando el niño está en los primeros años de su existencia y no tiene capacidad racional para hacerse cargo de por qué tiene que obrar de esta o de otra manera, para pasar, en la época escolar, al mandato justificado, es decir, a una orden que se pueda dar, pero siempre explicándola, para que el hijo sea capaz de conocer las razones de las normas éticas y de convivencia que puedan establecerse. En la adolescencia y juventud, donde ya el sujeto reclama la propia responsabilidad de su vida, el mandato habrá de transformarse en consejo, pero llamando la atención acerca del hecho de que toda decisión implica atenerse a sus consecuencias; dicho en otras palabras más solemnes, el ejercicio de la libertad lleva implícita la aceptación de la responsabilidad. Aun cuando parece que una vez llegado el hijo a la edad adulta no necesita ya la autoridad de los padres, sin embargo, éstos pueden seguir ayudándole siempre a través del consejo, que, naturalmente, el hijo ya emancipado está en disposición de aceptar o no.

   En cualquier caso, el ejercicio de la autoridad familiar requiere que cada miembro de la familia tenga un margen de autonomía -en el juego, en el trabajo, en las relaciones con amigos- donde pueda desarrollar su iniciativa y obrar de acuerdo con su propio criterio. Naturalmente, esta autonomía irá siendo cada vez mayor hasta que el hijo pueda vivir con la independencia propia del adulto.

     Víctor García Hoz. Ideas para la educación. Editorial Rialp. Pág. 146.

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    B) Actividad no absorbente

    La actividad del profesor no ha de ser absorbente. Con ponderarla tanto, no queremos decir que todo lo haya de hacer el maestro. "No será mejor maestro, dice Manjón, el que lleve a los alumnos sobre sí, como el camello, sino el que los conduzca junto a sí, como el ayo. Cuan to más trabaje el maestro y menos el alumno, será tanto peor maestro". Y es que en la educación lo que hace el maestro por sí mismo es lo de menos; lo que hace hacer es el todo, lo que hace hacer, se entienda, con voluntad, inteligencia y constancia.

    P. Valentín Caballero, Sch. P. Orientaciones pedagógicas de san José de Calasanz. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. pág. 79.

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   C) Defectos intolerables

    Entre su lista de "defectos reprensibles en todas las mujeres", pero intolerables en las que aspiran a le perfección, figuran  las dos siguientes:

   "Ser apasionadas para querer y para manifestar sus afectos, y se lo mismo para lo contrario". "Si falta la templanza luego se sensibiliza todo, se van concediendo poco a poco libertades e incorrecciones"... "convierten en instrumento de perdición lo que, rectamente utilizado, serviría para afianzar y abrillantar el carácter".

 San Pedro Poveda. Itinerario pedagógico. Estudio preliminar de Ángeles Galino. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Pág. 76.

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