San Jorge y el dragón

    SAN JORGE Y EL DRAGÓN

    Hace mucho tiempo, cuando había caballeros por estos lares, existía un caballero que se llamaba Jorge. No sólo era más valiente que los demás, sino tan noble, generoso y bueno que la gente le dio en llamar San Jorge.

    Los salteadores no se atrevían a molestar a la gente que vivía cerca de su castillo, y todas las fieras fueron exterminadas o ahuyentadas, para que los niños pudieran jugar sin temor en el bosque.

    Un día San Jorge salió a recorrer la comarca. Por doquier vio a los hombres trabajando en los campos, a las mujeres cantando mientras hacían sus quehaceres en el hogar, y a los niños jugando alborotadamente.

    -Estas personas están felices y a salvo. Ya no me necesitan -dijo San Jorge.

    “Pero tan vez en alguna parte haya entuertos y temores. Tal vez haya alguna parte donde los niños no pueden jugar tranquilos, alguna mujer a quien han secuestrado, incluso dragones para matar. Mañana empezaré a cabalgar en busca de tareas que sólo un caballero puede realizar.

    Temprano por la mañana, San Jorge se puso el casco y la reluciente armadura, se ciñó la espada, montó su gran caballo blanco y salió por la puerta del castillo. Echó a andar por la empinada y tosca carretera, muy erguido, con el aire de bravura y fortaleza que cuadra a un caballero.

    Atravesó la aldehuela del pie de la colina y echó a andar a campo traviesa. Por doquier vio fértiles campos llenos de espigas ondulantes, por doquier reinaban la paz y la abundancia.

    Siguió cabalgando hasta llegar a un paraje que nunca había visitado. Notó que no había hombres trabajando en los campos. Las casas estaban silenciosas y vacías. La hierba de la vera del camino estaba quemada como si la hubieran incendiado. Un trigal pisoteado estaba en llamas.

    San Jorge acercó el caballo y miró en derredor. Había silencio y desolación por doquier.

    -¿Qué será este espanto que ha ahuyentado a la gente de sus hogares?. Debo averiguarlo, y ayudar si es posible -se dijo.

    Pero no había nadie a quien preguntarle, así que San Jorge siguió cabalgando hasta que vio en lontananza las murallas de una ciudad.

    -Sin duda aquí encontraré a alguien que podrá explicarme la causa de todo esto -dijo, y cabalgó más deprisa.

    Entonces la gran puerta se abrió y San Jorge vio muchedumbres que se apiñaban dentro de la muralla. Algunos lloraban y todos parecían atemorizados. San Jorge vio a una bella doncella vestida de blanco, con un cinturón de seda escarlata, atravesando la puerta a solas. La puerta se cerró con estrépito y la doncella echó a andar por la carretera, sollozando amargamente. No vio a San Jorge, que se le aproximaba a la carrera.

    -Doncella, ¿por qué lloras? -preguntó San Jorge, acercándose.

    Ella miró a ese caballero erguido, alto y apuesto.

    -¡Oh, señor caballero! -exclamó-. Aléjate de este lugar. ¡Ignoras el peligro que corres!

    -¡Peligro! -dijo San Jorge-. ¿Crees que un caballero huiría del peligro? Además, bella moza, estás sola aquí. ¿Crees que un caballero te dejaría así? Dime cuál es tu problema, para que pueda ayudarte.

    -¡No, no! -exclamó ella-. Lárgate. Sólo perderías la vida. Hay un temible dragón en las cercanías, y puede venir en cualquier momento. Su hálito te destruiría si te encontrara aquí. ¡Vete cuanto antes!

    -Cuéntame más -dijo severamente San Jorge-. ¿Por qué sales sola al encuentro de este dragón? ¿No quedan hombres en tu ciudad?

    -Ay -suspiró la doncella-, mi padre el rey es viejo y débil. Sólo me tiene a mí para cuidad de sus súbditos. Esta espantoso dragón los ha echado de sus hogares, se ha llevado sus reses y ha arruinado sus cosechas.

    Todos han buscado refugio dentro de las murallas. Hace varias semanas que el dragón llegó a las puertas mismas de la ciudad. Nos hemos visto obligados a darle dos ovejas por día para el desayuno.

    “Ayer no quedaron más ovejas, así que dijo que derribaría las murallas y destruiría la ciudad a menos que le ofrecieran una doncella. La gente pidió ayuda a mi padre, pero él no pudo hacer nada. Voy a entregarme al dragón. Tal vez si me tiene a mí, la princesa, perdone a nuestro pueblo.

    -Guíame, valiente princesa. Muéstrame dónde se encuentra ese monstruo.

    Cuando la princesa vio los brillantes ojos y el fornido brazo de San Jorge, que desenvainó la espada, ya no sintió miedo. Dando media vuelta, echó a andar hacia una reluciente laguna.

    -Allí suele estar siempre -susurró-. Como ves, el agua se agita. Está despertando.

    San Jorge vio que la cabeza del dragón salía de las aguas Pliegue tras pliegue emergía. Al ver a San Jorge, rugió furiosamente y arremetió contra él.

    Exhalando humo por las narices, abrió las mandíbulas como para engullir al caballero y su caballo.

    San Jorge gritó y atacó al dragón blandiendo la espada, asentándole feroces y fuertes mandobles. Fue una batalla terrible.

    Al fin el dragón cayó herido. Rugió de dolor y se lanzó contra San Jorge, abriendo la bocaza cerca de la cabeza del bravo caballero.

    San Jorge aguzó la vista y hundió la espada con todas sus fuerzas en la garganta del dragón, que cayó muerto a los pies del caballo.

    San Jorge celebró su victoria con gritos de alegría. Llamó a la princesa, quien se le acercó.

    -Dame tu cinturón, oh, princesa -dijo San Jorge.

    La princesa le dio el cinturón y San Jorge sujetó el cuello del dragón, y con esa cintilla de seda lo arrastraron hasta la ciudad para que todos vieran que el monstruo ya no podía causarles daño.

    Cuando vieron que San Jorge iba acompañado por la princesa y que el dragón estaba muerto, abrieron las puertas de la ciudad con exclamaciones de alegría.

    El rey oyó y salió del palacio para ver por qué gritaban.

    Cuando vio a su hija sana y salva, fue el más feliz de todos.

    -Valiente caballero -dijo-, yo soy viejo y débil. Quédate aquí y ayúdame a proteger a mi pueblo.

    -Me quedaré mientras me necesites -respondió San Jorge.

    Así vivió en el palacio y ayudó al viejo rey en su reemplazo. La gente se sentía a salvo y feliz teniendo por rey a un hombre tan valiente y bondadoso.

    Versión de J. Berg Esenwein y Marietta Stockard. El libro de las virtudes. Vergara.

 

SUGERENCIAS METODOLÓGICAS

            Objetivo.- Sentir la responsabilidad de ayudar a quien lo necesite.

        Contenido.-

Servicio


   
Brindar ayuda de manera espontánea en los detalles más pequeños, habla de nuestro alto sentido de colaboración para hacer la vida más ligera a los demás.


    Servir es ayudar a alguien de manera espontánea, como una actitud permanente de colaboración hacia los demás. La persona servicial lo es en su trabajo, con su familia, pero también en la calle ayudando a otras personas en cosas aparentemente insignificantes, pero que van haciendo la vida más ligera. Todos recordamos la experiencia de algún desconocido que apareció de la nada justo cuando necesitábamos ayuda que sorpresivamente tras ayudarnos se pierde entre la multitud.

    Las personas serviciales viven continuamente estuvieran atentas, observando y buscando el momento oportuno para ayudar a alguien, aparecen de repente con una sonrisa y las manos por delante dispuestos a hacernos la tarea más sencilla, en cualquier caso, recibir un favor hace nacer en nuestro interior un profundo agradecimiento.

    La persona que vive este valor, ha superado barreras que al común de las personas parecen infranqueables:

    - El temor a convertirse en el “hácelo todo”, en quien el resto de las personas descargará parte de sus obligaciones, dando todo género de encargos, y por lo tanto, aprovecharse de su buena disposición.

    La persona servicial no es débil, incapaz de levantar la voz para negarse, al contrario, por la rectitud de sus intenciones sabe distinguir entre la necesidad real y el capricho.

    - Vernos solicitados en el momento que estamos concentrados en una tarea o en estado de relajación (descansando, leyendo, jugando, etc.), se convierte en un verdadero atentado. ¡Qué molesto es levantarse a contestar el teléfono, atender a quien llama la puerta, ir a la otra oficina a recoger unos documentos... ¿Por qué “yo” si hay otros que también pueden hacerlo?

    Quien ha superado a la comodidad, ha entendido que en nuestra vida no todo está en el recibir, ni en dejar la solución y atención de los acontecimientos cotidianos, en manos de los demás.

    - La pereza, que va muy de la mano a la comodidad también tiene un papel decisivo, pues muchas veces se presta un servicio haciendo lo posible por hacer el menor esfuerzo, con desgano y buscando la manera de abandonarlo en la primera oportunidad. Es claro que somos capaces de superar la apatía si el favor es particularmente agradable o de alguna manera recibiremos alguna compensación. ¡Cuántas veces se ha visto a un joven protestar si se le pide lavar el automóvil...! pero cambia su actitud radicalmente, si existe la promesa de prestárselo para salir con sus amigos.

    Todo servicio prestado y por pequeño que sea, nos da la capacidad de ser más fuertes para vencer la pereza, dando a quienes nos rodean, un tiempo valioso para atender otros asuntos, o en su defecto, un momento para descansar de sus labores cotidianas.

    La rectitud de intención siempre será la base para vivir este valor, se nota cuando las personas actúan por interés o conveniencia, llegando al extremo de exagerar en atenciones y cuidados a determinadas personas por su posición social o profesional, al grado de convertirse en una verdadera molestia. Esta actitud tan desagradable no recibe el nombre de servicio, sino de “servilismo”.

   Algunos servicios están muy relacionados con nuestros deberes y obligaciones, pero como siempre hay alguien que lo hace, no hacemos conciencia de la necesidad de nuestra intervención, por ejemplo:

    - Pocos padres de familia ayudan a sus hijos a hacer los deberes escolares, pues es la madre quien siempre esta al pendiente. Darse tiempo para hacerlo, permite al cónyuge dedicarse a otras labores.

    - Los hijos no ven la necesidad de colocar la ropa sucia en el lugar destinado, si es mamá o la empleada del hogar quien lo hace regularmente.

    Algunos otros detalles de servicio que pasamos por alto, se refieren a la convivencia y a la relación de amistad:

    - No hace falta preocuparse por preparar la cafetera en la oficina, pues (él o ella) lo hace todas las mañanas.

    - En las reuniones de amigos, dejamos que (ellos, los de siempre) sean quienes ordenen y recojan todo lo utilizado, ya que siempre se adelantan a hacerlo.

    No podemos ser indiferentes con las personas serviciales, todo lo que hacen en beneficio de los demás requiere esfuerzo, el cual pasa inadvertido por la forma tan habitual y natural con que realizan las cosas.

    Como muchas otras cosas en la vida, el adquirir y vivir un valor, requiere disposición y repetición constante y consciente de acciones encaminadas para lograr el propósito. Hagamos unas breves consideraciones:

    - Esforzarnos por descubrir pequeños detalles de servicio en lo cotidiano y lo común: ayudar a recoger los platos después de la comida, mantener en orden los efectos personales (sea en casa o el trabajo), ceder el paso o el lugar a una persona, llevar documentos u objetos en vez de esperar que alguien venga por ellos... Existen múltiples oportunidades y el realizar cada una de ellas, nos capacita para hacer un mayor esfuerzo en lo sucesivo.







 

    - Observa cuantas cosas hacen los demás por tu persona y sin que lo pidas. Cada una de ellas puedes convertirla en un propósito y una acción personal.

    - Dejar de pensar que “siempre me lo piden a mí”. Observa cuantas veces te niegas a servir, seguramente muchas y frecuentemente. Existe un doble motivo para esta insistencia, primero: que nunca ayudas, y segundo: se espera un día poder contar contigo.

    - Si algo se te pide no debes detenerte a considerar lo agradable o no de la tarea, sin aplazar el tiempo, comenzar inmediatamente sin considerarlo una carga.

    Esperar a recibir atenciones tiene poco mérito y cualquiera lo hace, para servir eficazmente hace falta iniciativa, capacidad de observación, Generosidad y vivir la Solidaridad con los demás, haciendo todo aquello que deseamos que hagan por nosotros, viendo en los demás a su otro yo.

Con autorización de:    www.encuentra.com

          Actividades.- 

            1. El profesor lee este texto y comenta lo que considera más importante.

            2. Hacer una redacción imaginando una nueva aventura de San Jorge.




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®Arturo Ramo García.-Registro de Propiedad Intelectual de Teruel nº 141, de 29-IX-1999

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