Armarse un tiberio


    ARMARSE UN TIBERIO

    Se refiere a formarse gran alboroto y desorden. Generalmente va acompañado de pendencias, reyertas y destrozos, pero puede dar a entender sólo mucho ajetreo, por diversión o fiesta. También se utiliza para designar asuntos embrollados o de difícil solución. Para algunos, la palabra “tiberi” tiene relación con el catalán y significa una gran comida. Incluso hay zonas de Cataluña donde se utiliza para indicar conjunto de ruidos y gritos, sean de alegría o de disputa. Sin embargo, la mayoría de los eruditos opinan, con J.M. Sbarbi, que la expresión hace referencia a Tiberio Claudio Nerón (42 a. C. - 37), quien por los avatares familiares era a la vez hijastro y yerno del emperador Augusto. Desde luego, Tiberio no era el favorito de Augusto para sucederle, pero dado que el. resto de los pretendientes murieron prematuramente, no hubo más remedio que dar la corona a este Tiberio, que subió al trono imperial con el nombre de Tiberio Julio César y que embadurnó los asuntos romanos durante casi veinticinco años. La personalidad de Tiberio sufrió grandes variaciones: poco a poco fue desentendiéndose de los asuntos públicos (sólo construyó un templo y un teatro) y todas sus energías se centraron en sobrevivir en una corte plagada de asesinos y conspiradores. Él mismo lo era, y no dudó en procesar y ajusticiar a sus amigos, parientes, y a todo aquel cuya muerte le podía reportar beneficios económicos. El final de su vida se vio envuelto en los terrores de la superstición y de los remordimientos. También se vio envuelto en ropa, porque fue ahogado con ropajes por sus propios secuaces, que ya anhelaban su muerte. De Tiberio se recuerdan sus monumentales matanzas, de ahí la expresión española. Cornelio Tácito (c. 55 - c. 115) refiere en sus Anales la tiranía de este terrible emperador. Dice el historiador acerca de aquellos días: “Podía verse por todos los lugares una carnicería inmensa: personas de ambos sexos, de toda edad, ilustres y desconocidos, dispersos o amontonados. No se permitió a los parientes o amigos acercarse a llorarlos, ni siquiera a mirarlos durante mucho tiempo, por el contrario, se dispuso una guardia que seguía los cuerpos putrefactos mientras se llevaban al Tíber; y si flotaban o a la orilla, nadie podía tocarlos o quemarlos”. A Tiberio le sucedió otro individuo no menos famoso por sus desmanes: Calígula. Pero ésa es ya otra historia...






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