Nuevos enemigos de la libertad

   

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    Tolerancia (26) Nuevos enemigos de la libertad

    Como ha señalado Innerarity, la libertad es uno de los temas más huidizos ante la reflexión. La cultura actual ha dado a la libertad una consideración privilegiada. Al hombre de hoy –y esto es una evidente virtud– le resulta insoportable la tiranía o la represión, cualquier falta de libertad.

    Sin embargo, la libertad no consiste en un mero recuento de las libertades civiles, o las cosas que formalmente podemos hacer. Sin olvidar eso, hay que examinar también si su ejercicio amplía o empequeñece el ámbito de libertad, si es trivial o enriquecedor.

    Muchas veces, los peores enemigos de la libertad no son poderes o personajes identificables, a los que pueda acusarse desde la inocencia, sino algunos de nuestros propios hábitos, que no son fáciles de reconocer, y que cuentan quizá con nuestra secreta complacencia.

    Los desafíos a la libertad son, más que las ideologías totalitarias, otros enemigos más solapados y difíciles de vencer: el aburrimiento, el hastío, la laminación cultural y espiritual, la frivolidad, el conformismo y las rutinas que hacen languidecer a las personas.

    La libertad no puede reducirse a aspectos formales, a la capacidad de elección comprada a precio de una perpetua indecisión. Una libertad profunda es aquella que se realiza, que se hace vida, decide y compromete, de la que solamente un observador superficial diría que ha desaparecido cuando se ha hecho efectiva.

    Es preciso sondear las relaciones misteriosas que ligan la libertad a la necesidad. "¡No puedo hacer otra cosa!". Es el quejido del esclavo oprimido por un poder exterior, pero es también el grito de exaltación ante la persona que se ama, ante el deber difícil, o en las horas supremas de inspiración.

En el grado más bajo
de la escala humana,
la necesidad nos encadena;
en el más alto, nos libera.

    Para obrar bien, se requiere al menos esa pequeña genialidad que irradia –quizá sin saberlo– en todo el que toma una decisión, en quien se compromete seriamente, o en quien tiene al menos el acierto de descubrir quién le puede aconsejar bien.

    El frívolo y el fanático, en sus libertades demasiado fáciles y demasiado totales, son incapaces de aventura. Al primero le sobran posibilidades, al segundo evidencias. De ambos hay razones más que suficientes para sospechar que sus excesos son, en el fondo, carencias. En ese sentido podía decir Kierkegaard que la libertad del tirano es una dependencia, y el oro del avaro una pobreza.

    Diferencia entre un hombre vulgar y otro sobresaliente

    La diferencia entre un hombre vulgar y otro sobresaliente es a veces, simplemente, que lo que éste conoce con claridad aquél lo conoce de modo oscuro e inexacto.

    Muchas veces, el problema de los hombres inmorales es que su conocimiento de la moral es vago y confuso. No han reparado en que, como decía C. S. Lewis,

Si buscas la verdad,
podrás encontrar comodidad al final;
si buscas solo comodidad,
no encontrarás ni verdad ni comodidad.

    Hay elecciones liberadoras, que enriquecen a la persona; en cambio, elegir lo que introduce el desorden en la naturaleza humana cierra el horizonte de los bienes auténticos. Se podrá entonces tener sensación de libertad, pero el ámbito de la existencia se va haciendo cada vez más angosto.

    Por eso hay en torno a la libertad un mal peor que las presiones externas que pueda sufrir: cuando la libertad se desliga de la verdad e inicia con ello un proceso de autodestrucción.

    Por ejemplo, la persona que miente, además de intentar engañar a otros, se hace mentirosa. Igual sucede con cualquier concesión al egoísmo, a la soberbia, o a la pereza: con cada una de esas elecciones libres el hombre se ve un poco más envuelto en una sórdida esclavitud del vicio correspondiente: más egoísta, más soberbio, más perezoso... y mucho menos libre de elegir en contra de sus vicios.

    Optar libremente por la verdad de la persona es la auténtica libertad. Fuera de la verdad, la existencia humana se mueve en el vacío, se convierte en una aventura desorientada. Una libertad que se concibe a sí misma desvinculada de la búsqueda de la verdad se destruye y se vuelve contra el hombre, acaba esclavizándole a sus propios instintos o al poder de las opiniones comunes.

    Debemos, pues, estar atentos y buscar esa íntima conexión entre verdad y libertad.

El hombre no puede desligarse
de los imperativos que hay inscritos
en su propia naturaleza,
que hacen posible que reconozca y alcance
su propia plenitud.

    Alfonso Aguiló. 

Con la autorización de:  www.interrogantes.net

 

 

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