53. Premios y castigos


   A) Premiar las notas, ¿una herramienta educativa?

   Muchos padres, llenos de buena voluntad, prometemos a nuestros hijos grandes premios para animarles a estudiar. Pero se trata de un método un poco arriesgado que no siempre viene acompañado de mejores resultados. ¿Es una buena estrategia prometer para aprobar?

   Todos los padres deseamos fervientemente que nuestros hijos saquen buenas notas en el colegio. La inteligencia es un factor muy complejo que, afortunadamente, los psicólogos y profesionales de la enseñanza tratan cada día con más delicadeza y profundidad. Ahora ya se sabe que hay muchas clases de inteligencia, una de ellas es la que necesita nuestro hijo para superar sus exámenes escolares. Pero afortunadamente no es la única. Aunque el valor de una persona no puede ni debe medirse por el catalejo miope de las calificaciones académicas, lo cierto es que en la sociedad actual tienen un valor desmesurado, y que los padres hacemos todo lo que podemos para que las notas de nuestros hijos sean lo más brillantes posible.

   Dentro de esta dinámica, un recurso muy utilizado por los padres es ofrecer a su hijo un regalo si aprueba la evaluación o si saca buenas notas. Pero estas técnicas no acostumbran a tener el resultado que habíamos imaginado.

   No conozco a ningún estudiante al que le guste fracasar en sus exámenes. La satisfacción por el éxito es algo natural en las personas pero los padres acostumbramos a explotarlo muy poco. Infravaloramos esa necesidad que tiene todo ser humano de demostrarse a sí mismo y a los demás lo que es capaz de hacer y la sustituimos por un bien material. Pero en realidad, la alegría y el bienestar interior que producen el éxito y la superación de las dificultades, no se puede suplir con ninguna recompensa material.

   ¿Qué pasa cuando prometemos un regalo para que el estudiante apruebe?

   Un padre de primero de básica me dijo que le había comprado un juego de construcción a su hijo Antonio porque se había superado en la segunda evaluación. Le dijo: "Si te sigues esforzando y las próximas notas mejoran, te compraré otro juego de construcción". Supongamos que todo va bien y obtiene el regalo. Cuando llegue segundo, probablemente, Antonio le pedirá a su padre un regalo mejor y más caro. ¿Qué pasará en tercero de primaria?, ¿y en segundo de ESO? Yo lo imagino diciendo a su padre: "O me compras la moto o no apruebo". Y esa no es una buena manera de proceder. Las buenas notas se han de elogiar, ensalzar, aplaudir, todo lo que queráis, pero jamás comprar. El trabajo del estudiante es estudiar. El nuestro es apoyarle en todo lo que necesite como estudiante y como persona. Reconocerle sus méritos, habilidades y ayudarle a aceptar sus limitaciones que también las tiene, como todo el mundo.

   Además, cuando a pesar de la recompensa prometida, nuestro hijo no triunfa, la sensación de fracaso aumenta porque no ha conseguido la meta ni siquiera con los estímulos anunciados. Desde esta perspectiva, cuanto más grande es el premio, mayor es el malestar interior que provoca el fracaso y más disminuye la autoestima.

   Yo no creo que sea una buena técnica prometer para aprobar. Otra cosa diferente es que toda la familia se alegre de los éxitos de uno de sus miembros, lo alaben y lo festejen. Llegan las notas, son buenas, todos nos ponemos contentos, felicitamos al triunfador y se celebra de la manera que a la familia le parezca más oportuna: yendo todos a cenar a su restaurante favorito, al parque de atracciones, regalando (¿por qué no?) aquello que tanta ilusión le hacía y que había pedido para Reyes...

   Quizás tú, como padre o madre, me dirías ahora que te acabo de dejar sin la única herramienta que conocías y ponías en práctica para motivar a tu hijo en sus estudios. En este caso te pregunto: ¿Te funciona? ¿Tu sentido común te dice que los premios que le has dado hasta ahora están dentro de unos límites razonables? ¿Acepta tu hijo que no siempre puede haber premios extras? Si ya tiene más de 10 u 11 años, ¿es consciente de que el regalo es un detalle para demostrar tu alegría por su éxito, pero que lo importante es lo que ha aprendido porque le servirá para aprender más y ser cada día más inteligente?

   Si la respuesta a estas y otras preguntas similares es positiva, puedes seguir con tu sistema de motivación. Probablemente, junto al premio material pones en práctica otras estrategias de las cuales tal vez no eres consciente.

   Pero si los éxitos no llegan, los regalos son exagerados o sientes que tu hijo se está "materializando" e incluso haciéndote chantaje para estudiar, ("si no me compras la moto…") tal vez sea el momento de buscar otras técnicas de motivación más adecuadas.

    Pablo Pascual Sorribas.- Maestro, licenciado en Historia y logopeda.    Con la autorización de: www.solohijos.com

    B) ¿Los premios y castigos son educativos?

   "Si apruebas el examen te compro un regalo", "No, hoy no ves la tele, estás castigado". ¿Te suenan? A veces ya no sabes qué hacer para que tu hijo se comporte de una determinada manera. Es entonces cuando recurres al premio o al castigo, aunque no siempre son eficaces ni actúan de manera inmediata. En todo caso, se trata de recursos que debemos emplear con prudencia para que den resultados.

   Tanto los premios como los castigos no tienen una prensa demasiado buena en algunos sectores de población. Ofrecer premios a los hijos es como reconocer un fracaso, es como si, al fallar como educadores, tuviéramos que recurrir al "sucedáneo" de los premios que, más que educar, adiestran.

   Los castigos, por el contrario, no suelen dar tanta sensación de fracaso. Incluso socialmente son aceptados como padres responsables aquellos que castigan a sus hijos. De algún modo, se reconoce que el castigo sí es instrumento educativo, para terminar admitiendo que tampoco sirve de mucho porque el hijo tiene unas inclinaciones tales que no hay nada que hacer. Y se le va dejando de castigar y se acepta como irremediable "su manera de ser".

   Los premios y castigos son instrumentos eficaces en situaciones en las que el proceso educativo sufre desviaciones, paradas o retrasos. Son situaciones críticas y patológicas en las que el tratamiento habitual que se suministra en el proceso educativo, que son buenas dosis de ejemplos, persuasión y reflexión no surten efecto y es necesario restablecer un cierto equilibrio. Un remedio será pues seguir una medicación adecuada basada en premios y castigos, además, claro está, de actuar en algunos otros frentes.

   Premios y castigos, aunque afectan sólo a la conducta externa y, por tanto, pueden no influir en la personalidad íntima, generan un ambiente que facilita la comunicación entre las personas de la familia o mejora las capacidades de la persona. Ambos aspectos son elementos facilitadores de la educación. ¿No es cierto que será más fácil la educación de los hijos si, con ayuda de algún premio y algún castigo, conseguimos que mantengan el orden en sus cosas y usen ciertos modales? ¿No será lo mismo si conseguimos que estudien y mejoren su capacidad de razonamiento?

   Retomando el símil de premios y castigos como medicinas, evidentemente su uso no puede ser indiscriminado ni generalizarse. Al igual que cualquier medicamento, es preciso adecuar su administración a la necesidad concreta del paciente y tener en cuenta sus contraindicaciones y efectos secundarios.

   En resumen, los premios y castigos son recomendables y adecuados si se usan como medios temporales de obtención de logros y siempre de forma apropiada. Lea, por favor, las instrucciones de uso.

    PREMIOS.

    Instrucciones de uso.

    Tipos de premios:

 · Premios previstos. Son las recompensas pactadas que se ofrecen si se presenta la conducta que se espera. El deseo de conseguirlas ayuda a regular la conducta.

 · Premios imprevistos. Se conceden sin previo aviso como reconocimiento a una conducta deseable. Puede producir efecto en la persona que lo recibe y en las que lo observan. Ambos relacionan las conductas deseables con la recompensa.

· Premios por entregas. Son los que mantienen el interés más vivo, al concederse puntos o vales acumulables cuando se producen pequeños logros. Al alcanzar una cierta cantidad, se logra el premio.

 · Premios liberadores. Permiten liberarse de alguna tarea desagradable.

   Composición de los premios:

 · De base afectiva. Consisten en expresiones afectivas de los padres, como abrazos, felicitaciones, lugares preferentes en la mesa o en el coche...

· De base material. Consisten en posesiones materiales, como diversos objetos o dinero. · Relacionados con la autonomía. Ofrecen más libertad o autonomía para gestionar el dinero, el tiempo, el espacio…

   Orientaciones de uso:

 · Definir bien lo que se espera y el premio que se puede conseguir. Luego cumplir lo pactado. · Proporcionar premios acordes con el esfuerzo realizado y con las posibilidades razonables de la familia.

 · Plantear la obtención del premio a corto plazo para los más pequeños.

 · Proponer premios alcanzables. Sólo son útiles si se confía en alcanzarlos.

   Efectos secundarios:

 · Evitar su uso prolongado y variado porque crea adicción y no se actuará si no es a cambio de premios.

 · Modifica la conducta pero no necesariamente las actitudes y motivaciones, por lo que hay que combinarlos con otras acciones educativas.

   CASTIGOS.

   Instrucciones de uso.

   Tipos de castigos:

 · Castigos previstos. Son las consecuencias desagradables que aguardan como respuesta a una conducta inaceptable determinada.

 · Castigos imprevistos. Son consecuencias desagradables que se otorgan sin previo aviso ante conductas indeseables. Tratan de evitar que se repita la conducta.

 · Castigos con oportunidades. Se ofrece un castigo si se da una conducta, pero se concede la oportunidad de rectificar en dos ocasiones antes de recibirlo.

    Composición de los castigos:

 · De base afectiva. Consisten en expresiones afectivas negativas por parte de los padres como reprimendas, amonestaciones, alejamiento físico, silencio, caso omiso...

 · De base material. Suponen pérdida de ingresos, multas, no poder usar algo (TV, equipo de música, bicicleta...) o quedarse sin alguna posesión.

 · Relacionados con la autonomía. Restringen o privan de la libertad de salir, reducen el tiempo de ocio, exigen quedarse inmóvil, prohíben algunas relaciones...

   Orientaciones de uso:

 · Elegir los castigos con prudencia. Los castigos han de cumplirse, por lo que un castigo absurdo o que no se cumple produce el efecto contrario.

 · Ser proporcionado a la conducta.

 · Ser severo, es decir, ha de ser verdaderamente desagradable ya que si sólo supone una ligera molestia, se puede acabar aceptando la molestia como un mal menor.

 · Buscar castigos relacionados con la conducta indeseable. Así, por ejemplo, si se es descuidado y se estropean las cosas, se han de arreglar; si la conducta es molesta, se tiene que aislar...

 · Procurar que el castigo se acepte como algo merecido y se entienda que ayudará a mejorar.

    AVISO IMPORTANTE: NUNCA LOS CASTIGOS PUEDEN ATENTAR CONTRA LOS DERECHOS Y LA DIGNIDAD DE LOS NIÑOS

    Efectos secundarios:

 · Pueden aumentar la conducta indeseable. En algunas ocasiones, los hijos buscan llamar la atención de los padres y, al no conseguirlo con una conducta deseable, les basta con que les prestemos atención mediante castigos por las indeseables. En este caso está directamente contraindicado su uso.

 · Si el castigo se ve desproporcionado, injusto o absurdo, puede generar sentimientos de aversión, venganza y resentimiento. Como consecuencia, es probable que no se evite la conducta indeseable. También estará contraindicado su uso en estas circunstancias.

   Dejo para el lector la elección del tratamiento más adecuado a las diferentes situaciones que se le presentarán. Y, de todas formas, en caso de duda, consulte a un especialista (profesor o psicólogo), es la persona más adecuada para facilitarle toda la información complementaria.

    José María Lahoz García. Pedagogo (Orientador escolar y profesional), Profesor de Educación Primaria y de Psicología y Pedagogía en Secundaria    Con la autorización de: www.solohijos.com

   C) Los castigos y sus consecuencias

   Por qué no a los castigos?

   El concepto "castigo" debería eliminarse de nuestro repertorio de técnicas persuasivas con nuestros hijos. Creemos firmemente que los niños no aprenden nada positivo con ellos. Los castigos disfrazados de disciplina son estériles y solo sirven para cosechar resentimiento y odio hacia el padre o la madre. No ayudan al niño a reflexionar sobre su comportamiento ya que éste está emocionalmente tan ocupado culpando a los padres de su conducta que pierde la oportunidad de aprender de su error.

   Clara. 5 años. Ha vuelto otra vez del colegio sin su mochila.

    Incorrecto: ¡Otra vez! ¡Ya está bien! Estoy muy enfadada contigo. Esta noche te irás a la cama sin cuento y mañana no te traeré merienda si no vuelves con la mochila!

    Evidentemente, Clara se siente fatal y en lugar de centrar sus reflexiones sobre la mochila, centra sus sentimientos hacía su madre, que la amenaza con consecuencias terribles para ella. La oportunidad de aprender pasa inútilmente.

    Correcto: Clara, esto no puede volver a pasar. Es necesario que traigas tu mochila cada viernes porque yo tengo que lavar la bata sucia, sino no la tendrás limpia el lunes. Te pondré un lacito rojo en la muñeca cada viernes para que te acuerdes. Si a pesar de eso la olvidas, tendrás que ponerte la bata sucia durante toda la semana siguiente.

    ¿Son las consecuencias una forma delicada de hablar de castigos? ¿No es el mismo concepto?

    En absoluto. Los castigos hacen que tu hijo se estanque en el problema, que se sienta mal, que proyecte su culpa en el acusador y que tienda a comportarse de la misma forma en situaciones parecidas: por miedo, por rencor, por rutina, etc. Tras el castigo, en muchas ocasiones, se esconde la actitud de "darle una lección a este niño; así aprenderá". Va íntimamente ligado a nuestra rabia, a nuestra impotencia por hacerle cambiar, a nuestra frustración. Tu hijo, enfadado y con rencor, no aprende/quiere cambiar su comportamiento.

   Las consecuencias hacen que tu hijo forme parte de la solución, que asimile su error, anticipe los resultados de un mal comportamiento y que obre en consecuencia. Con las consecuencias se desarrolla la autodisciplina y el criterio necesario para tomar decisiones acertadas.

   Hay, pues, muuuuucha diferencia y es muy importante que, tenga la edad que tenga tu hijo, comiences a aplicar este cambio de mentalidad. Prueba a desterrar los castigos de tu casa durante una temporada. Olvídate de las amenazas, de los chantajes y de los gritos. Ponte un objetivo para los próximos 7 días: "sustituiré los castigos por consecuencias".

   Te ayudamos con estas pautas: Trasmite con muchísima claridad y firmeza lo que quieres que haga tu hijo. Pocas palabras y muy claritas: lavarse las manos antes de merendar, jugar después de deberes, camas hechas antes de salir de casa, etc. Ante un comportamiento indeseado, expresa tu disconformidad. La ropa sucia no se tira al suelo; este comportamiento no se puede volver a repetir. Explícale cual sería el comportamiento esperado. La ropa se tira al cubo de la ropa sucia. No hay ningún otro sitio donde se pueda tirar. Ofrécele alternativas y recuerda la consecuencia. Puedes colocar el cubo de la ropa sucia junto a la puerta de tu cuarto; esto te ayudará a acordarte. Pero recuerda que esto es una familia y trabajamos en equipo. Si tu no tiras la ropa en su sitio, yo no la lavaré.

   En ese caso, si sigue sin tirar la ropa en su sitio, por favor, ¡no le laves la ropa! Cumple con la consecuencia, sin enfadarte y sin gritar. De hecho, es su problema, no el tuyo, ya que es su ropa la que no se lavará.

   Es cierto que requiere mucha paciencia por parte de los padres pero estás tratando de que se de cuenta de su comportamiento inaceptable para que sea él mismo el que quiera poner solución. Debe sentir la necesidad de solventar su problema y para ello necesita tu coherencia.

   Sabemos que no siempre es fácil saber cuándo estamos aplicando consecuencias o castigos. A veces, imponemos los castigos de siempre e impedimos que nuestros hijos experimenten sus propias consecuencias.

   Castigos y consecuencias no son lo mismo. ¿En qué se diferencian?

   Sencillamente, las consecuencias enseñan a los hijos a hacerse responsables de sus elecciones y su conducta. Los castigos evitan una conducta por imposición del adulto, por miedo y amenazas y no porque nuestros hijos hayan comprendido lo incorrecto de su conducta.

   Pablo. 7 años. Sabe que no debe llenar de agua el suelo del baño cada vez que se ducha. Sin embargo, lo ha hecho.

   Castigo: No verá la tele el resto de la tarde o se quedará sin el cuento de la noche.

   Consecuencia: Deberá coger los utensilios necesarios para recoger el agua y dejar el baño en las mismas condiciones como las encontró.

  Juan. 8 años. Sabe que no se debe "salpicar" en el suelo del baño cuando va a orinar.

   Castigo: Cada vez que ensucia el water, sus padres le amenazan diciéndole que le van a poner un pañal de bebé. En alguna ocasión se lo han puesto.

   Consecuencia: Cada vez que ensucia el water con su orina, tiene que limpiarlo.

    Maria. 10 años. Tarda cada día más de una hora en cenar.

    Castigo: Se va a la cama sin acabar de cenar. Casi nunca toma el postre o se lo acaba en el cuarto de baño.

   Consecuencias: Al cabo del tiempo estipulado, se le retira la comida y se guarda en la nevera para comerla al día siguiente.

   Enrique. 12 años. Jugando con el mando a distancia de la televisión, se le ha caído y lo ha roto.

   Castigo: No podrá ver la televisión durante una semana.

   Consecuencia: Tendrá que comprar con su dinero un mando a distancia nuevo.

   Ana. 14 años. No puede hacer llamadas de teléfono a sus amigas a partir de las 10,00h, durante la semana. Incumple la norma.

   Castigo: No podrá salir con sus amigas el sábado siguiente.

   Consecuencia: Pierde el privilegio de llamar por teléfono durante una semana.

   Sara. 16 años. Nunca tira la ropa sucia en la cesta correspondiente.

   Castigo: Se quedará sin comprarse el pantalón que tanta ilusión le hacía ya que no cuida la ropa.

    Consecuencia: No se le lavará aquella ropa sucia que no se coloque en el sitio estipulado para ello. Posiblemente en poco tiempo se quedará sin ropa que ponerse

   ¿El secreto de una consecuencia eficaz?

   No añadir ningún tipo de comentario. Evitar reproches, ironías y humillaciones. La consecuencia es suficientemente clara.

   Mario (6 años) se ha quemado levemente el dedo por tocar una olla caliente. No decir: "Ya lo veía venir" "estaba seguro que pasaría esto". Simplemente, callar y curar la herida.

   Debe ser inmediata. Juan juega a tirar bolitas de pan a su hermano en la cena. La consecuencia inmediata es quitarle el pan en ese momento, no al cabo de un rato.

   Debe guardar relación con la conducta de tu hijo. No tiene sentido que castiguemos a nuestro hijo sin dulces o sin ver la televisión por no recoger los juguetes del suelo. Sería más apropiado el hecho de retirarle los juguetes no recogidos durante una temporada.

   Ofrece a tu hijo un modelo a imitar. Oscar juega incorrectamente con el cuchillo, haciendo el "payaso" delante de sus hermanos. Su padre puede actuar de dos maneras: "Oscar, todos sabemos que eres un poco pequeño y por eso no sabes utilizar el cuchillo como un mayor; ¡te acabas de quedar sin cuchillo!" o bien "en la próxima comida podrás volver a utilizar el cuchillo". La consecuencia es la misma (quedarse sin cuchillo) pero la segunda opción ofrece un modelo a imitar.

    Coherencia entre los padres. Ambos padres han establecido que no se puede jugar a la Play Station entre semana. Si Alicia les pregunta por separado si puede jugar a la play, ambos deben mantenerse firmes, sabiendo qué es lo que contestará su pareja.

   Mejor consecuencias de poca duración que a largo plazo. Juan tiene 15 años y sabe que no puede hablar por teléfono más que 10 minutos. Infringe la norma. Sus padres le castigan un mes sin teléfono. En este caso, habría sido razonable acotar más el tiempo de pérdida de privilegio, por ejemplo, una semana. De esta manera, ofrecemos al niño la posibilidad de probar de nuevo después de la consecuencia estando todavía "caliente" la infracción.

    Por Elena Roger. Con la autorización de www.solohijos.com

    D) La imagen refleja

   La imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que los demás piensan sobre nosotros; o, mejor dicho, la imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que creemos que los demás piensan sobre nosotros.

    No puede olvidarse, además, que la imagen que alguien tiene de sí mismo es una componente real de su personalidad, y que regula en buena parte el acceso a su propia energía interior. Y en muchos casos, no sólo permite el acceso a esa energía, sino que incluso crea esa energía.

    —¿Cómo puede la imagen de uno mismo crear energía interior?

    Es un fenómeno que puede observarse con claridad, por ejemplo, en los deportes. Los entrenadores saben bien que en determinadas situaciones anímicas, sus atletas rinden menos. Cuando una persona sufre un fracaso, o se encuentra ante un ambiente hostil, es fácil que se encuentre desanimado, desvitalizado, falto de energía.

    Cuando un equipo de fútbol juega ante su afición, y ésta le anima con calor, los jugadores se crecen de una forma sorprendente. También lo experimentan los corredores de fondo, o los ciclistas: puedes estar al límite de tu resistencia por el cansancio de una carrera muy larga, pero una aclamación del público al doblar una curva parece ponerte alas en los pies.

    Nuestra energía interior no es un valor constante, sino que depende mucho de lo que pensemos sobre nosotros mismos. Si me considero incapaz de hacer algo, me resultará extraordinariamente costoso hacerlo, si es que llego a hacerlo.

    Además, la ruta del desánimo tiene también su poder de seducción, pues el derrotismo y el victimismo se presentan para muchas personas como algo realmente tentador.

    La propia imagen tiene un efecto decisivo en la propia energía interior. Y en esto también se adquiere hábito: el tono vital optimista o pesimista, el sesgo favorable o desfavorable con el que vemos nuestra realidad personal, también es algo que en gran parte se aprende, algo en lo que cualquier persona puede adquirir un hábito positivo o negativo.

    —¿Y esto de pensar tanto en la propia imagen no es un poco narcisista?

    El narcisista sufre porque no se ama a sí mismo sino sobre todo a su imagen, de la que acaba por ser un auténtico esclavo. En el momento de elegir entre él mismo y su imagen, acaba en la práctica prefiriendo a su imagen. Y ésa es la causa de sus angustias: una atención exagerada a su figura y, como consecuencia, una falta de identificación y afianzamiento en sí mismo.

    Optimismo: el gran motivador

    Matt Biondi, estrella del equipo de natación de Estados Unidos en las Olimpiadas de 1988, abrigaba muchas esperanzas de igualar la hazaña de Mark Spitz en 1972: ganar siete medallas de oro.

    Sin embargo, Biondi quedó en un tercer puesto en la primera de las pruebas, los 200 metros libres; y en la siguiente carrera, los 100 metros mariposa, fue de nuevo relegado a un segundo puesto en el sprint final.

    Los comentaristas deportivos predijeron que aquellos fracasos desanimarían a Biondi, que había partido como favorito en ambas pruebas. Sin embargo, y contra todo pronóstico, su reacción no fue de hundimiento sino de superación, pues ganó la medalla de oro en las cinco restantes carreras.

    El optimismo es una actitud que impide caer en la apatía, la desesperación o la tristeza ante las adversidades. Como ha señalado Martin Seligman, el optimismo (un optimismo realista, se entiende, porque el optimismo ingenuo puede ser desastroso) influye en la forma en que las personas se explican a sí mismas sus éxitos y sus fracasos.

    Los optimistas tienden a considerar que sus fracasos se deben a algo que puede cambiarse, y gracias a eso es más fácil que a la siguiente ocasión les salgan mejor las cosas.

    Los pesimistas, en cambio, atribuyen sus fracasos a obstáculos que se consideran incapaces de modificar.

    Por ejemplo, ante un suspenso, o ante el paro laboral, los optimistas tienden a responder de forma activa y esperanzada, buscando ayuda y consejo, mirando hacia delante, procurando remover los obstáculos; los pesimistas, por el contrario, enseguida consideran esos contratiempos como algo casi irremediable, y reaccionan pensando que casi nada pueden hacer para que las cosas mejoren, y no hacen casi nada: para el pesimista, las adversidades casi siempre se deben a algún déficit personal insuperable o a la confabulación del egoísmo y la maldad de los demás.

    La cuestión clave es si uno seguirá adelante cuando las cosas resulten frustrantes. El optimismo es muy importante en la vida de cualquier persona, y en la tarea de educar, se podría decir que es imprescindible, pues la educación, en cierta manera, presupone el optimismo, porque educar es creer firmemente en la capacidad del hombre de mejorar a otros y mejorarse a sí mismo.

 Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net


   Tertulia dialogada.

 Escribir las dudas sobre este texto y dos ideas interesantes. Contestar por escrito a estas cuatro preguntas y llevarlas después a la reunión general de la tertulia:

 1. Aspectos negativos de premiar las notas

 2. ¿Qué hacer para que los castigos sean positivos?

 3. ¿Qué consecuencias educativas son adecuadas?

 4. ¿Cómo conseguir una imagen refleja positiva?

   Bibliografía:

   Medina Rivilla, A. Didáctica e interacción en el aula. Editorial Cincel-Kapelusz.

   Enlaces de Internet:

Hacia una educación sin castigos

La vulnerabilidad del menor es la educación

Los hijos, los más indefensos a la violencia doméstica

¿Pegar a los hijos?

Los malos tratos a los niños

Padres sobreprotectores

Cómo estimularle en los estudios

Estimular el estudio

Un cachete a tiempo (I)

Un cachete a tiempo (II)


Tertulias dialogadas | Para más información | Para otro colegio

Aplicaciones didácticas | Ejercicios interactivosOtros ejercicios | Valores





®Arturo Ramo García.-Registro de Propiedad Intelectual de Teruel nº 141, de 29-IX-1999
Plaza Playa de Aro, 3, 1º DO 44002-TERUEL