40. Ciencia


    A) Ecologismo

   Quizá porque procedo de una familia rural, quizá porque de niño paseaba infatigablemente por el campo con mi abuelo, he profesado siempre un amor reverencial a la naturaleza. Confrontado con la naturaleza, el hombre es invadido por un sentimiento de nobleza, de pertenencia a la Creación; y siente el impulso de preservarla, de protegerla, también de sublevarse contra cualquier intento de profanación. He escrito `profanación´ a sabiendas de que es una palabra que presupone la existencia de lo sagrado; y es que la contemplación de la naturaleza, en efecto, revela al hombre un orden sagrado del cual él mismo forma parte. De ahí que el amor a la naturaleza sea, en última instancia, una vocación humana de supervivencia: el hombre se sabe partícipe de la Creación, se sabe también investido de una responsabilidad especial (puesto que es la única criatura capaz de `dominar´ la naturaleza), y esta doble certeza lo obliga a garantizar la supervivencia de la naturaleza, que es también su propia supervivencia.

    Uno de los rasgos más nefastos y característicos de nuestra época es la intromisión de la ideología en los ámbitos de lo estrictamente humano. Y la ideología siempre actúa desecando lo humano, porque convierte aquello que debería ser floración natural del espíritu en un conglomerado de intereses partidistas y doctrinarios. En un principio, puede parecer que esos intereses partidistas y doctrinarios coinciden con la vocación natural humana, y ésta es la razón por la que los hombres nos abrazamos a ellos y les entregamos nuestros desvelos; pero, una vez que les hemos ofrecido nuestro abrazo, las ideologías nos esclavizan y aherrojan, obligándonos a contemplar la realidad con anteojeras. Así, el amor a la naturaleza, que es vocación natural del hombre, degenera en ideología cuando se convierte en ecologismo; y la ideología acaba creando malformaciones en la vocación natural del hombre, porque todas las ideologías tienen como rasgo común una vocación de absolutismo o confiscación de lo que es propiamente humano. El ecologismo, por ejemplo, propugna el respeto a las más diversas formas de vida, pero suele mostrarse indiferente ante el crimen del aborto; contradicción que sólo puede explicar la interferencia de la ideología, pues lo natural sería que la execración del aborto y de –pongamos por caso– las cacerías indiscriminadas de focas formaran parte de un mismo impulso natural.

    Constantemente percibimos signos de interferencia de la ideología en el ecologismo. Ocurre así, por ejemplo, en la exaltación de los biocombustibles como alternativa a los productos derivados del petróleo. Parece comprobado que los combustibles derivados del petróleo liberan gases nocivos a la atmósfera que contaminan el aire que respiramos, dañan la capa de ozono y aceleran el cambio climático. Se afirma, en cambio, que los combustibles derivados de la soja o el maíz no provocan estos efectos perniciosos, cosa que no entraremos a discutir aquí. Algunos gobernantes, como el brasileño Lula da Silva, han logrado erigirse en paladines del ecologismo por promover la fabricación de estos biocombustibles. Nadie se detiene a considerar, sin embargo, que para obtener estos biocombustibles es preciso destinar miles y miles de hectáreas a cultivos agrícolas; y, como la extensión del planeta no es ilimitada, resulta que tales tierras de cultivo se logran a expensas de arrasar superficies arboladas. La destrucción de la selva amazónica propiciada por la fiebre de los biocombustibles está alcanzando magnitudes pavorosas; y a todos nos enseñaron en la escuela que la selva amazónica era uno de los principales pulmones del planeta. Uno podría llegar a entender que se destruyese la selva amazónica para la siembra de soja o maíz que contribuyeran a paliar las hambrunas que afectan a más de la mitad de la población mundial; que tales cultivos se dediquen a aprovisionar de combustible nuestros coches parece menos justificado, desde una perspectiva humana. Pero las anteojeras ideológicas nos impiden contemplar la realidad con una mirada meramente humana; y aceptamos que abogar por el empleo de biocombustibles constituye un rasgo de ecologismo.

    Podríamos aducir otros mil ejemplos. A la postre, se llega a la conclusión de que, con frecuencia, nuestro ecologismo no es sino una coartada ideológica, una suerte de aspaviento que nos permite acallar nuestra mala conciencia de seres que reprimen el sentimiento natural de pertenencia a la Creación.

    Juan Manuel de Prada. Original: XLSemanal

    B) Los animales y el hombre

    ¿Qué diferencia hay entre una persona y un animal? Según algunos, los animales no se diferencian demasiado del hombre. Es frecuente hoy día encontrar en la prensa noticias sobre la defensa de los animales y referencias a sus «derechos».

    Recientemente se dio el caso de Woofie, una perra collie que se salvó de ser ejecutada por orden de una corte escocesa gracias a una campaña internacional encabezada por la ex actriz francesa y ahora defensora de los animales Brigitte Bardot. Bardot, que ha se ha dedicado al bienestar de los animales desde que abandonó abruptamente su carrera artística, hace 25 años, había hecho un dramático llamamiento para que se le perdonara la vida a Woofie.

    La perra había sido condenada a morir en septiembre después de que su propietario, Terence Swankie, de Peterhead, en el nordeste de Escocia, reconoció haber violado la ley que prohíbe tener animales peligrosos. En el proceso reconoció además que su mascota suponía un peligro pues estaba «fuera de control en un lugar público». En efecto, la perrita Woofie de tres años tenía aterrorizados a los carteros del barrio durante sus correrías callejeras. La Corte de Edimburgo, sin embargo, imputó el veredicto de un tribunal inferior y decidió mantenerla en vida.

    El animal y el hombre

    Independientemente del caso de Woofie, numerosas personas se pronuncian a favor de la prohibición de los experimentos médicos con los animales, del uso de las pieles para los vestidos, etc. Algunos van más lejos, hasta construir cementerios u hoteles para los animales. El filósofo Peter Singer desde hace tiempo viene repitiendo la idea de que no hay diferencia intrínseca entre los animales y el hombre. En su famoso libro «Animal Liberation», publicado en 1975 y en años posteriores en varias ediciones, Singer pide que se ponga fin a la «tiranía» de los hombres sobre los animales. Según él, nuestro tratamiento injusto de los animales esequivalente al racismo y al sexismo.

    Para referirse a él, ha acuñado la palabra «especismo». Más que hablar de derechos, Singer pide una igualdad para los animales. En su moral utilitarista, basada en Bentham y otros, la vida de un feto no tiene más valor que la vida de un animal. De hecho, en una entrevista concedida en 1996, afirmó que si comparamos la vida de un chimpancé con la un bebé con problemas cerebrales, hay que reconocer un mayor «significado moral» al chimpancé.

    En respuesta a este tipo de argumentos, el filósofo inglés Roger Scruton ha publicado un libro donde critica a quienes pretenden poner los animales al mismo nivel del hombre. Su publicación «Animal Rights and Wrongs», publicada en segunda edición este año, ofrece una serie de argumentos convincentes. Por lo que se refiere al tema de la diferencia en la capacidad intelectiva entre el hombre y los animales, Scruton hace las siguientes observaciones:

    --» Los animales tienen deseos, pero no hacen opciones. Cuando entrenamos un animal cambiamos sus deseos, pero el animal no hace una opción.

    --» La inteligencia de los animales está orientada por sus instintos y la experiencia del momento. El hombre, por el contrario, puede proyectarse en el futuro.

    --» La vida social de los animales está guiada por los instintos y no hay diálogo o razonamiento moral como existe en una comunidad de personas.

   --» Los animales no tienen una imaginación propiamente hablando, o un sentido estético y sus emociones están limitadas a un nivel físico. Tampoco tienen consciencia de sí o un lenguaje abstracto.

   La dimensión interior

   Hay otro filósofo que ha escrito sobre la diferencia entre el hombre y los animales. Se llama Karol Wojtyla. En un libro «Amor y responsabilidad», escrito antes de ser elegido Papa, examina aquello que diferencia al hombre de los demás seres, incluso los animales. Una persona es un ser racional, con una capacidad intelectiva cualitativamente superior a los animales. Pero no nos encontramos sólo ante una cuestión de funcionalidad intelectiva. La persona goza de una interioridad, en cuanto que es un sujeto con un carácter espiritual, en el que se incluye una conciencia y una orientación hacia la verdad y el bien. Por tanto, la naturaleza del hombre es sustancialmente diversa a la de los animales e incluye la capacidad de la autodeterminación basada sobre la propia reflexión y la libre voluntad.

    La diferencia esencial entre la persona y un animal está claramente expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica. El número 2415 afirma que «los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura». Pero el dominio del hombre sobre los animales, y sobre toda la creación, no debe ser entendido como un poder absoluto. Si bien es posible servirse de los animales para responder a las necesidades humanas, es necesario respetarlos como criaturas de Dios. El número 2415 dice que los animales pueden ser utilizados legítimamente para alimentar o vestir al hombre, así como para realizar experimentos médicos. En este último aspecto, exige que se garanticen unos límites razonables y que los experimentos contribuyan realmente con la curación o la salvación de vidas humanas. El siguiente número advierte que se debe evitar hacer sufrir sin necesidad los animales, pero también afirma que no es bueno invertir en ellos sumas de dinero que podrían ser destinados a aliviar la situación de los pobres. Además, explica que «no se debe desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos».

    En estos días en los que han sido frecuentes las noticias sobre experimentos con fetos humanos y la manipulación genética del hombre, algunos se preocupan más por los derechos de los animales que por salvaguardar la vida de los seres humanos. Por desgracia, entre los grupos políticos que promueven la defensa de los animales, se da con frecuencia una mentalidad favorable al aborto de los niños. El tiempo es buen consejero, esperemos que también lo sea en este campo.

    P. José Montes, Ucrania Con la autorización de: www.encuentra.com

    C) La fe de los científicos

   El siglo de las luces, el tiempo que va desde finales del sXVII a principios del sXIX, el tiempo de la Ilustración, la época que quiso arrinconar las “tinieblas” de la Humanidad con la “luz” de la razón, fue una época en la que no siempre sus protagonistas pretendieron esto. Como muy bien dijo Arthur Eddingtong (1882-1946), astrofísico inglés que trabajaba sobre la teoría de la relatividad: “Ninguno de los inventores del ateísmo fue naturalista. Todos ellos fueron filósofos muy mediocres”.

   “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo. El hombre cuanto más conoce la realidad y el mundo y más se conoce a sí mismo en su unicidad, le resulta más urgente el interrogante sobre el sentido de las cosas y sobre su propia existencia.

   Desde siempre nacen las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y a dónde voy?, ¿por qué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida?… Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia”.

   Con estas palabras empieza la encíclica Fides et Ratio del Papa san Juan Pablo II del año 1998. Las reproduzco aquí para encabezar este escrito sobre la manifestación de la fe y de las creencias de algunos científicos, algunos de ellos premios Nobel, que han dejado una huella importante en la Humanidad por sus descubrimientos, inventos o investigaciones. Los dos primeros no son de esta época, pero son sus precursores.

    Nikolaj Koperniko (1473-1543), astrónomo polaco, fundador de la teoría heliocéntrica del sistema solar:

    ¿Quién, que vive en íntimo contacto con el orden más consumado y la sabiduría divina, no se sentirá estimulado a las aspiraciones más sublimes? ¿Quién no adorará al Arquitecto de todas estas cosas?

    Johannes Kepler (1571-1630), astrónomo alemán, estableció las leyes del movimiento de los planetas alrededor del sol:

    Dios es grande, grande es su poder, infinita su sabiduría. Quisiera yo anunciar a los hombres la magnificencia de tus obras en la medida en que mi limitada inteligencia puede comprenderla.

    Isaac Newton (1643-1727), físico inglés, descubridor de la ley de la gravitación universal y de las leyes de la luz y de la óptica:

    Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo, no ha podido sino salir del plan de un Ser omnisciente y omnipotente.

    Carl Linné (1707-1778), naturalista sueco, estableció el sistema de clasificación de los tres reinos de la Naturaleza:

    He visto pasar de cerca al Dios eterno, infinito, omnisciente y omnipotente y me he postrado de hinojos en adoración.

    Alessandro Volta (1745-1827), físico italiano, descubrió las nociones básicas de la Electricidad y la pila eléctrica:

   Yo confieso la fe santa, apostólica, católica y romana. Doy gracias a Dios que me ha concedido esta fe, en la que tengo el firme propósito de vivir y de morir.

    André-MarieAmpere (1775-1836), físico francés, inventor del telégrafo y descubridor de la ley del electromagnetismo:

    ¡Cuán grande es Dios, y nuestra ciencia una nonada!

    Carl Gauss (1777-1855), matemático alemán, padre de la teoría de los números y de la estadística:

    Cuando suene nuestra última hora, será grande e inefable nuestro gozo al ver a quien en todo nuestro quehacer solo hemos podido vislumbrar.

    Charles Darwin (1809-1882), naturalista inglés, formuló la Teoría de la evolución de las especies:

    Jamás he negado la existencia de Dios. Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios me parece la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre hayan sido frutos del azar.

    Robert Mayer (1814-1878), físico y médico alemán, enunció la Ley de la Conservación de la Energía:

    La verdadera ciencia y la verdadera filosofía no pueden ser otra cosa que una propedéutica de la religión cristiana.

    Louis Pasteur (1822-1895), químico francés, padre de la microbiología, de la teoría germinal de las enfermedades infecciosas y creador de vacunas en el laboratorio:

    En un viaje en tren Pasteur, ya anciano, iba rezando el rosario. Un joven universitario que le observaba le dijo: “¿Por qué́ en vez de rezar el rosario no se dedica a instruirse un poco más? Yo le puedo enviar algún libro”. Pasteur le entregó su tarjeta y le dijo: “Puede enviármelo aquí: Louis Pasteur, instituto de Ciencias de París”. El universitario se quedó́ avergonzado.

    Thomas Edison (1847-1931), inventor americano con más de 1.200 patentes:

    Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos: Dios.

    Max Planck (1858-1947), físico alemán, formuló la Teoría Cuántica, Premio Nobel 1918:

    Nada nos impide –y el impulso de nuestro conocimiento lo exige– relacionar mutuamente el orden del universo y el Dios de la religión. Dios está para el creyente en el principio de sus discursos, para el físico, en el término de los mismos.

    Guillermo Marconi (1874-1937), ingeniero italiano, inventor de la telegrafía sin hilos, Premio Nobel de Física en 1909:

    Lo declaro con orgullo: soy creyente y creo, no solo como católico, sino también como científico.

    Albert Einstein (1879-1955), físico alemán, formuló la teoría de la relatividad, Premio Nobel de Física en 1921:

    Todo aquel que está seriamente comprometido con el cultivo de la ciencia, llega a convencerse de que en todas las leyes del universo está manifiesto un espíritu infinitamente superior al hombre y ante el cual, nosotros, con nuestros poderes, debemos sentirnos humildes.

    Erwin Schrödinger (1887-1961), físico austríaco, trabajó en los campos de la mecánica cuántica y la termodinámica, Premio Nobel 1933:

    La obra maestra más fina es la hecha por Dios, según los principios de la mecánica cuántica.

    Howard Hathaway (1900-1973), ingeniero americano, padre del “cerebro electrónico”:

    La moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a si misma. El universo supone una enorme masa de orden. Por eso requiere una “Causa Primera” grande, que no esté sometida a la segunda ley de la termodinámica y que por lo mismo, es Sobrenatural.

    Wernher Von Braun (1912-1977), ingeniero aeroespacial alemán, padre de los cohetes espaciales:

    Por encima de todo está la gloria de Dios, que creó el gran universo, que el hombre y la ciencia van escudriñando e investigando día tras día en profunda adoración.

    Allan Sandage (1926-2010), astrofísico americano, calculó la velocidad de expansión del universo:

    Era casi un ateo en la niñez. La ciencia fue la que me llevó a la conclusión de que el mundo es demasiado complejo y sus partes están demasiado interconectadas como para que todo sea debido a la suerte.

   Ramon Torra i Puigdellívol. Original de www.forumlibertas.com

    D) Un castillo de arena

    Una escena que se repite todos los veranos en la playa es un niño construyendo su castillo de arena con su cubo, su pala de plástico, su rastrillo y sobre todos sus manos. Quizá en su camino hacia la playa ya fue pensando cómo lo haría: con torres, almenas, puertas, ventanas, un foso y una muralla exterior. Con su inteligencia y su imaginación se formó una idea, un proyecto, un diseño.

    Después, en la playa, ese diseño se fue plasmando en realidad y fue la admiración de su familia y de otros que paseaban por la playa y se quedaban admirados de la obra de arte. Pero ese castillo no se hizo solo. Fue necesaria una inteligencia, un diseño, unas manos, unas herramientas y un trabajo ilusionado.

    Tampoco el universo ni las maravillas de la naturaleza se han hecho solas. Cada vez más científicos defienden que es necesaria una inteligencia superior y un diseño previo que sea la causa de todo eso. Aunque otros científicos, que generalmente se declaran ateos, sostienen que todo se produce con las fuerzas de la naturaleza y por azar.

    Pero la realidad es tozuda. Los vientos y los huracanes nunca han construido con las arena un castillo. En los desiertos arenosos, los vientos forman dunas, pero nada más. Los terremotos pueden destruir casas, bloques de viviendas y puentes pero nunca han construido al azar un casillo de arena con torres, almenas, fosos y murallas. ¿Y los volcanes? Pueden formar nubes tremendas de humo tóxico y sepultar con su lava hasta una ciudad entera.

    Pero queda claro que los vientos, huracanes, terremotos, volcanes y demás fuerzas de la naturaleza pueden destruir muchas cosas, pero no construir al azar ninguna obra de arquitectura, pintura, música, ni siquiera un castillo de arena que lo hacen cada verano miles de niños en todas las playas del mundo.

    El universo es una construcción maravillosa: millones de estrellas, planetas, satélites y otros cuerpos girando a grandes velocidades siguiendo sus órbitas, con una precisión que más nos admira cuánto más la conocemos.

    Para algunos científicos está se ha formado y se mantiene por las solas fuerzas de la naturaleza y por azar, por casualidad y juego fortuito. Pero para otros científicos estas razones no demuestran nada. Uno de esos científicos más insignes de la ciencia actual, como es Albert Einstein escribió: “¿Azar? Jamás creeré que Dios juega a los dados con el mundo”.

    Arturo Ramo García  
 


   Tertulia dialogada.

 Escribir las dudas sobre este texto y dos ideas interesantes. Contestar por escrito a estas cuatro preguntas y llevarlas después a la reunión general de la tertulia:

 1. ¿En qué discrepan el ecologismo y la ideología?

 2. Principales diferencias entre el animal y el hombre

 3. Principales creencias de los científicos

 4. Razones del diseño inteligente

   Bibliografía:

 Eduardo Riaza Molina. La historia del comienzo. Georges Lamaitre. Editorial Encuentro

 Daniel Turbon y Mariano Artigas. Origen del hombre. Ciencia, filosofía y Religión. Editorial EUNSA

   Enlaces de Internet:

Origen del hombre y evolución

Cuando contemplo el cielo

Experiencia: Otra forma de aprender y enseñar Física

El mito de la superpoblación

En Holanda se discute el darwinismo

El Papa, la razón y el islam

¿Es posible la autocreación?

El quinto milagro. La búsqueda del origen y significado de la vida

Alma humana y evolución

Un nuevo Homo Sapiens confirma nuestro origen africano

Testimonios científicos sobre ciencia y fe

¿Son compatibles ciencia y fe?

El darwinismo es una teoría científica, no una ideología

Polémica sobre el origen de las especies

Las ondas gravitacionales

Diez bases falsas de la ciencia

¿Es realmente fiable la ciencia?

El año de la Física ahonda la crisis de la enseñanza de las ciencias

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