13. Niños especiales


   A) Tener un hijo descapacitado

    Tener un hijo con alguna discapacidad. Las primeras impresiones

     Tener un hijo con alguna discapacidad congénita es algo muy difícil de asumir por los padres. Pero la realidad es que ese niño ha nacido y necesita el amor, la estimulación y los cuidados que requiere cualquier bebé. Para acercarse a ese hijo, los padres necesitan pasar por un proceso de aceptación y reorganización de su vida alrededor de esa personita que no es como la que esperaban.

      El nacimiento de un hijo comporta profundos cambios psicológicos que ya se habían empezado a producir durante el embarazo, e incluso antes de la espera, y que tienen que ver con el deseo de los padres. El bebé ya existía en su pensamiento antes de nacer. Los padres imaginan un bebé en el que podrán reflejarse. Además, el bebé representa la continuidad de sus propios valores. Se tienen muchas fantasías en torno al hijo, que forman parte del inicio del vínculo que se creará con él. Y a partir del nacimiento estas fantasías se irán ajustando a las características del niño real. Esta adecuación constituye un proceso que es necesario para el crecimiento del recién nacido como sujeto.

      El nacimiento de un hijo discapacitado

       Ante la noticia de que el bebé es portador de una discapacidad los padres se ven profundamente afectados. No sólo por el diagnóstico de la discapacidad, sino por toda una serie de sentimientos muy intensos hacia el bebé y hacia ellos mismos. Se produce una ruptura con las fantasías, con el vínculo que se había establecido previamente, y todo ello supone el inicio de un intenso proceso de duelo por la pérdida del hijo deseado. La elaboración de este duelo es complicada, ya que supone la desvinculación interna del hijo ideal y el acercamiento a una realidad: la del hijo con discapacidad. Es un proceso largo pero necesario para la reconstrucción de un lugar interno nuevo para el niño que ha nacido, para poder llegar a desear ser padres de ese hijo. Este proceso conduce a una progresiva aceptación de la realidad.

      La aceptación del hijo discapacitado

      Pensar en un niño o en una niña que crecerá con una personalidad propia, con un ritmo de desarrollo determinado, con un futuro de posibilidades diversas... en resumen, con una particularidad propia, pero también parecido a la familia a la que pertenece, permite a los padres encontrar elementos de identificación con el recién nacido. Permite reconstruir nuevas fantasías y esperar gratificaciones de este bebé que no era el esperado.

      Si se trata de un bebé con Síndrome de Down (o con cualquier otra problemática), muchas veces el concepto de discapacidad envuelve la identidad del recién nacido impidiendo que los padres vean al hijo que hay detrás. Un bebé con una discapacidad necesita lo mismo que cualquier otro bebé: que jueguen con él, que le hablen, que le quieran... A veces, todo esto es muy complicado de dar porque los padres querían un niño diferente y no saben o no pueden acercarse a su hijo, o lo hacen de manera inadecuada. El nacimiento de un niño con discapacidad genera mucha angustia y constituye el origen de reacciones psicológicas complejas que varían, según el tipo de déficit o patología y los factores que la causaron.

     Desde que se comunica el diagnóstico, los padres atraviesan por diferentes etapas:

      Estado de shock y angustia inicial.

     Negación ("los médicos se han equivocado"), enfado o tristeza.

      Equilibrio y sensación de confianza en la propia capacidad para ocuparse del hijo tal y como es.

     Reorganización y ajuste a la situación.

     Finalmente la familia organiza su vida en función de las necesidades del niño.

      La intensidad y complejidad de los sentimientos de los padres ante el conocimiento del diagnóstico muestra la necesidad tanto de informar de forma adecuada como de ofrecer un espacio de contención de la angustia y de las reacciones emocionales. La vulnerabilidad emocional de los padres en los primeros momentos después del nacimiento del bebé provoca una gran inseguridad en su función como padres.

     Por eso es importante la atención temprana, entendida como la intervención terapéutica dirigida al niño que presenta trastornos en el desarrollo y a su familia. Tiene por objetivo colaborar en el proceso de estructuración de la personalidad del niño, potenciar su desarrollo, facilitar los recursos necesarios para su adaptación y crecimiento y ayudar y dar apoyo a la familia. Los retrasos evolutivos, de madurez, de lenguaje, o las dificultades de relación y los trastornos de conducta o personalidad generan sentimientos muy ambivalentes en los padres, que se deben atender con la misma intensidad que se atiende al niño para favorecer la buena evolución del caso.

      La identidad se forma, inicialmente, a través de la imagen que los padres tienen del hijo dentro de la estructura familiar. Es importante que el niño sepa a quién se parece, que encuentre el origen que le inscriba dentro de una familia, dentro de un árbol genealógico. La persona con discapacidad encuentra dificultades en este proceso. A menudo oímos: "se parecen entre ellos, pero no vemos que se parezca a ninguno de la familia". A los padres les cuesta identificarse con un hijo que tiene Síndrome de Down y esto les hace sentirse mal. El niño necesita este apoyo para desarrollarse correctamente, por eso es importante buscar algún tipo de ayuda que permita aligerar la tarea educativa y acompañar al niño en el proceso de crecimiento.

     Una vez se ha descubierto la identidad del niño discapacitado y se han aceptado tanto sus aspectos más débiles como los más desarrollados, éste está en mejores condiciones de integrarse socialmente. No ya en el deseo de ser como los otros o de hacer comparaciones fijándose en lo que no puede hacer o conseguir, sino desde la aceptación de su propia realidad, con sus limitaciones pero con plena conciencia de sus propias posibilidades.

    Fundación Catalana Síndrome de Down.  www.solohijos.com

   B) Tengo un hijo con tics nerviosos

    Tu hijo ladea la cabeza con un gesto brusco cada dos por tres. Ha empezado a hacer este movimiento compulsivo de repente, sin motivo aparente. Se trata de un tic y te preguntas qué puede haberlo provocado. Los tics son movimientos involuntarios y repetitivos que el niño no puede controlar y que generalmente desaparecen en edad adulta. Ante todo, no te preocupes. La mayoría de los tics no suponen ningún problema para el niño y pueden desaparecer tan rápido como aparecen. Si se trata de un tic grave y persistente existen tratamientos que pueden erradicarlo.

    Si has notado que tu hijo hace el mismo gesto a cada momento o repite ciertas palabras que te sorprenden, es posible que tenga un tic nervioso. ¿Qué son los tics y por qué aparecen? A continuación te ofrecemos una sencilla guía sobre lo que puede estar ocurriendo a tu hijo y qué hacer al respecto:

    ¿Qué son los tics?

    Son movimientos o emisiones de sonidos o palabras involuntarias, repentinos, de corta duración, repetitivos y estereotipados, es decir, que siempre se producen de la misma manera. Por ejemplo, hacer la misma mueca con la boca. La frecuencia y la intensidad de los tics pueden variar durante el día. Los tics suelen aparecer entorno a los seis años, y son más frecuentes en los niños que en las niñas. Se presentan de manera más acusada cuando vivimos en condiciones de estrés, ansiedad, enfado o fatiga, pero también cuando anticipamos algún hecho agradable. Aumentan en presencia de familiares, amigos íntimos y cuando uno está solo, sobre todo a últimas horas de la tarde, simplemente porque estamos cansados y no hace falta disimular. Los tics desaparecen o disminuyen mientras dormimos y se reducen en presencia de desconocidos y durante la ejecución de actividades absorbentes y tranquilas, como reparar un objeto o tocar un instrumento.

    Tipos de tics

    Los tics faciales son los más frecuentes: parpadear, sacar la lengua, movimiento de la barbilla, fruncimiento de cejas… Los tics del cuello son: cabeceo, rotación, negación y salutación. En cuanto a la zona de las extremidades superiores nos encontramos con los tics de encogimiento de hombros, de los brazos, las manos o los dedos. Por último, los tics respiratorios y de fonación: resoplar, sonarse, toser, bostezar, soplar, gruñir, movimientos con la lengua, ruidos con la boca, etc. También debemos distinguir los tics por su duración. Hay tics transitorios (son los más frecuentes y desaparecen espontáneamente) y tics crónicos (duraderos y generalmente asociados a otros trastornos).

    ¿Cómo debemos tratar al niño?

    Debes tener en cuenta que los tics pueden responder a múltiples factores. Es posible que tú o tu pareja también hayáis sufrido un tic en algún momento de vuestra vida. Este tipo de trastorno tiene una fuerte influencia genética, pero no te sientas culpable si tu hijo presenta algún tic. Seguramente será pasajero y no tendrá ninguna consecuencia para el niño. También es posible que el tic aparezca por motivos neurológicos, ambientales o de aprendizaje, aunque lo más probable es que tu hijo esté pasando por una situación de estrés, cansancio, tensión o disgusto y responda con un tic para exteriorizar su nerviosismo. En cualquier caso, no le des mayor importancia. Si crees que tu hijo tiene un tic grave, que no desaparece con el tiempo o que comporta dificultades de aprendizaje, hiperactividad u obsesiones, acude a un profesional (neurólogo, psicólogo, psiquiatra). El especialista te indicará qué hacer en tu caso particular. En general:

    No castigues ni recrimines a tu hijo aunque creas que su tic es muy provocativo y exagerado. Es aconsejable no dar importancia a los tics, no debes ni reprimirlos ni desorbitarlos.

    Tu hijo ni es consciente ni controla su tic nervioso y le podemos provocar sentimientos de rechazo e inseguridad. Los tics son conductas involuntarias, no están dirigidos a fastidiar a nadie. El tic supone una especie de descarga cuando el niño está tenso o en una situación de estrés o nerviosismo. No es raro que la vergüenza o el sentimiento de culpabilidad acompañen al tic, sentimiento que puede verse reforzado por la actitud del entorno. Además de observar los tics o problemas generales de tu hijo es esencial que sepas destacar sus talentos y habilidades para favorecer su autoestima. Si los tics comportan problemas sociales, ayúdale a llevar una vida lo más normalizada posible. Es importante animar a profesores, compañeros y personas que se relacionan con tu hijo para saber en qué consiste el trastorno, para intentar que eviten comentarios o acciones que pretendan ridiculizarlo. Tu hijo es el protagonista y tiene derecho a recibir ciertas explicaciones adecuadas a su edad, sobre todo si decidís ponerlo en tratamiento. Si os encontráis en una situación formal o tu hijo está en clase, permítele algún momento de descanso para que pueda desinhibirse, en caso contrario acumula tensión y la descarga posterior, en forma de tics, es muy intensa. Por ejemplo, puedes hablar con el profesor para que le dé alguna responsabilidad y, de vez en cuando, lo haga ir a su despacho a buscar cualquier cosa. No sólo servirá para que el niño descanse sino también para evitar posibles bromas o insultos por parte de sus compañeros. No permitas que vuestra vida familiar y de pareja gire entorno a estos tics. Seguro que ayudaréis más a vuestro hijo si todos estáis en buenas condiciones físicas y anímicas.

    ¿Debemos poner a nuestro hijo en tratamiento?

    Para que la respuesta sea afirmativa es necesario, no sólo que haya tics, si no que éstos interfieran de manera notable en la esfera personal, familiar, social y/o escolar. Existen tics simples como parpadear, abrir la boca, aclararse la garganta…

 Si observáis este tipo de tics no os preocupéis, seguramente no tendrán más trascendencia. Estos tipos son muy variables. Cambian en intensidad, frecuencia y localización, pueden aparecer y desaparecer en diferentes edades y normalmente antes de la edad adulta. También hay tics más ostentosos externamente, que tampoco tienen consecuencias graves en el niño, como saltar, oler objetos, decir palabras obscenas, insultos… pero que pueden afectar directamente a otras personas. En ese caso hay que controlar con mayor intensidad la situación o contexto en el que se encuentre el niño.

    ¿Cuáles son los posibles tratamientos?

    Si estáis preocupados por estos tics, sea cual sea la razón, lo mejor es hacer una exploración médica simple para descartar cualquier problema. La exploración determinará si el niño tiene algún problema neurológico, psicológico o de otro tipo. En el caso de que el especialista lo crea necesario existen varias opciones de tratamiento.

    Existe un tratamiento farmacológio recomendado para casos graves, pero es imprescindible que lo prescriba y controle un especialista. Hay que tener en cuenta que el tratamiento farmacológico tiene muchas veces importantes efectos secundarios y puede ser contraproducente en niños de corta edad.

    El tratamiento psicológico: Existen varias técnicas para que el niño tome conciencia de sus tics y tenga más herramientas para controlarlos. El método más efectivo es el "procedimiento de inversión de hábito", que consiste en sustituir el tic por otro gesto. Antes de empezar este tratamiento, el niño (o sus padres si todavía no tiene edad suficiente para hacerlo) llevará un registro diario de la frecuencia y momentos del día en que aparecen los tics. Este autorregistro permite que el niño tome conciencia de los tics, imprescindible para empezar a controlarlos. Después de esta observación se aplican otras técnicas y, por último, el niño intenta (con ayuda del especialista) sustituir el tic por otro movimiento que controle de manera consciente. Esta técnica es compleja y requiere dedicación y fuerza de voluntad.

    Difícilmente podrás poner en práctica estos complejos métodos psicológicos en casa, aunque existe otro tipo de técnicas que sí puedes enseñar a tu hijo, por ejemplo técnicas de relajación. La tensión y los nervios agravan los tics. Puedes explicar al niño sencillos métodos para tranquilizarse: Adoptar una postura relajante (tanto como lo permita la situación) y espirar lentamente cada toma de aire. Existen varias técnicas de respiración que puedes aprendes para después explicarlas a tu hijo.Relajar los músculos, sobre todo de la zona donde se produce el tic (zona del cuello y la cabeza, brazos…)Crear imágenes visuales que el niño relacione con la tranquilidad. Debes hacerlo tú, hablando a tu hijo en voz alta y describiendo el objeto: el mar sereno, un desierto 'suave', etc.

    En definitiva, tener un tic puede no tener ninguna importancia siempre y cuando no resulte un impedimento para llevar una vida normalizada. Espera un tiempo, y si observas en tu hijo un tic grave y persistente acude a un especialista. Los tics más frecuentes son los relacionados con ciertos hábitos nerviosos y desaparecen espontáneamente.

    Montse Barceló Moreso.- Licenciada en Psicología    Con la autorización de: www.solohijos.com

   C) Zurdos: el mundo al revés

     Actividades tan simples como cortar con unas tijeras o abrir un grifo a menudo suponen una dificultad para los zurdos, ya que viven en un mundo hecho a la medida de los diestros. Algunos padres se sienten preocupados cuando su hijo se inclina por la mano izquierda, considerando la zurdera como un trastorno y no simplemente como una opción natural.

  El que unas personas sean diestras y otras zurdas obedece a la llamada lateralización. Un niño será diestro si utiliza el hemisferio izquierdo del cerebro para dirigir todos los movimientos del lado derecho de su cuerpo (ojo, mano, pierna) y zurdo si es el hemisferio derecho el que rige los del lado izquierdo. En el caso de que la ejecución de movimientos con su mano derecha sea tan elevada como con la izquierda se le llamará ambidiestro, y si es tan reducida con una mano como con la otra se le llamará ambilateral.

 · La lateralidad preocupa a muchos padres porque es un aspecto relacionado con aprendizajes instrumentales asociados al desarrollo intelectual como la escritura y la lectura. No hay ninguna razón para pensar que los niños zurdos tienen trastornos de aprendizaje, lenguaje o inteligencia. Tampoco es síntoma de falta de destreza, ya que los zurdos son tan hábiles como los diestros con la mano preferida y aún mejores que ellos con la mano no preferida.

 · Durante los dos o tres primeros años de vida muchos niños son ambidiestros, por lo que es normal que en actividades cotidianas usen ambas manos indistintamente. Otros, en cambio, manifiestan desde bien pequeños su preferencia lateral. En general, podemos decir que la lateralización aparece entre los 3 y los 6 años y, aunque nunca se debe forzar al niño, conviene lateralizar a uno u otro lado en el caso de los niños que no acaban de definirse entorno a los 5 años. Si parece que al niño le da igual utilizar una mano que otra es aconsejable lateralizar hacia la derecha, ya que nuestra cultura está organizada según los parámetros de los diestros. Si el niño no presenta ningún problema, lo mejor es no intervenir.

 · En el momento de examinar la lateralidad del niño hay que tener en cuenta un factor decisivo: el social. Existe una mayor tendencia a estar lateralizados a la derecha en las actividades que son fruto de un aprendizaje (comer con cubiertos, cortar con tijeras) que en las actividades espontáneas (lanzar un objeto, mirar por una cerradura). No solamente hay que fijarse en la mano con la que el niño come y escribe sino que hay que observar cómo realiza las actividades de este último tipo descritas.

 · La manera más sencilla de comprobar si un niño es zurdo o diestro es observando qué mano, pie u ojo utiliza cuando realiza acciones de forma espontánea como:

 - Tapar o destapar una botella

 - Chutar un balón

 - Mirar por un calidoscopio o por otro objeto

 - Limpiar una superficie con un trapo

 - Cepillarse los dientes, peinarse

 - Llevar un vaso lleno de agua

 - Saltar sobre un pie

 - Hacer una foto En estas situaciones el ojo, mano o pie elegido espontáneamente para realizar las acciones suele ser el dominante.

  · A un niño que muestra claramente rasgos zurdos no hay que obligarle a utilizar su mano derecha para tareas cotidianas, sino enseñarle a desenvolverse como zurdo. Forzar la lateralidad de una persona ("zurdo contrariado") conlleva muchos problemas: desde trastornos en la escritura, como la dislexia, hasta dificultades en el equilibrio, la lectura, torpeza manual e inseguridad en los movimientos. Por lo general, este hecho hace que los niños escriban y coman con la mano derecha realizando el resto de actividades con la mano, ojo y pie izquierdos.

 · En la vida diaria casi todo está dispuesto para una sociedad en la que predominan los diestros: en los colegios, las palas de las sillas se sitúan normalmente a la derecha; el visor y mandos de cámaras fotográficas están a la derecha; la cuerda del reloj; las marchas del coche; el ratón y el teclado del ordenador, etc.

 · Los tiempos han cambiado y pueden encontrarse multitud de objetos diseñados para zurdos. Existen tiendas especializadas donde se venden desde reglas con su numeración de derecha a izquierda hasta tijeras, calculadoras electrónicas, teclados informáticos o cuchillos. Estos artículos específicos facilitan a los zurdos su actividad cotidiana en un mundo de diestros.

 Sandra Poveda Soriano. Con la autorización de: www.solohijos.com

   D) Tengo un hermanito. Los primeros celos

    La llegada de un bebé no suele ser una buena noticia para el príncipe destronado, aunque sus padres estén inexplicablemente radiantes. El niño pequeño vive una crisis ante la llegada del nuevo hermanito, se siente desorientado e incluso atemorizado ente esa amenaza que se le viene encima.

    Las excesivas explicaciones de los padres no hacen sino aumentar los temores del niño. Debes saber que no es beneficioso para el pequeño hablar del nuevo hermanito con tanta antelación, a pesar de lo que digan las creencias populares.

    Entre los dos y los cinco años no saben qué significa un bebé nuevo.

 Todas las informaciones que no acaban de comprender le producen una gran inseguridad.

    Para ellos es la llegada de un intruso, y es mejor que se sientan libres de expresarnos su angustia abiertamente en lugar de consumirse en silencio. Cuando los niños reprimen sus celos, éstos salen de manera enmascarada, a través de síntomas y mal comportamiento.

    ¿Cómo se pueden manifestar los celos?

    Pesadillas: Si ese resentimiento hacia los hermanos no se puede expresar, los padres lo prohíben y coartan sus tentativas de verbalizarlo, los niños pueden padecer fuertes pesadillas. Las pesadillas son la forma que tiene el niño de expresar en imágenes lo que no puede o teme hacer con palabras.

    Regresiones: Algunos niños se vuelven a hacer pipí por la noche o se vuelven agresivos.

    Cambios de comportamiento: Estas reacciones son más patentes en casa. Empiezan a romper o tirar cosas al suelo, aparecen algunos tics, se muerden las uñas, etc. Buscan estrategias para reducir la ansiedad que esta nueva situación les produce.

    Mala relación con la madre: A menudo no podemos distinguir los celos, no parecen evidentes, ya que el niño muestra una conducta afectuosa hacia el bebé, pero aumenta la mala relación con la madre.

    Rivalidad entre hermanos: Suele exteriorizarse en forma de competición. Hay hermanos que suelen rivalizar por casi todo y otros, sin embargo, tiran la toalla y se rinden. Ten en cuenta también que los celos pueden ser del mayor hacia el pequeño o del pequeño hacia el mayor.

    Ausencia de reacción: Los celos, además, tienen muchas caras y disfraces. Pueden expresarse tanto por activa como por pasiva. La ausencia de reacción es igual de reveladora que las reacciones exageradas o impulsivas. En este caso, los cambios de conducta son muy significativos. Cuando un niño que era juguetón deja de serlo o uno muy tranquilo empieza a alborotarse, no podemos quedarnos al margen. Hemos de observarlos y tomar cartas en el asunto.

    ¿Sabes cómo se siente tu hijo/a?

    Para entenderlo, lee con atención este ejemplo:

    Gaby es una niña de tres años y medio que acaba de recibir la noticia de que va a tener un hermanito. Ella no sabe exactamente qué quiere decir eso ya que nunca ha tenido ninguno y piensa que debe ser como un muñeco grande, así que se alegra y se deja contagiar del estado de euforia de sus padres.

    Sin embargo, día a día va observando cambios en el comportamiento de sus padres. Han dejado de centrar su atención en ella y se pasan el día hablando del bebé; además, cuando van de compras ya no le compran cosas a ella sino al hermanito.

    Empiezan a decorar la habitación del nuevo hijo y a ella la cambian de cuarto. La avisan de repente de que ahora ya es mayor y debe dejar el chupete: sin embargo, compran varios chupetes nuevos para "el otro". Empieza a sentirse desplazada y se atemoriza por su amenaza contra la que no puede luchar porque todavía no existe.

    Paulatinamente se apaga su alegría, llora por todo y no se quiere soltar de sus padres para nada. Tiene miedo a perderlos, no entiende qué pasa y se hunde en una regresión que le impide avanzar hacia la independencia. Esta situación se alarga demasiado y pierde el control.

    Gaby sufre pesadillas nocturnas, está irritable y sus padres, que tampoco entienden nada, se pasan el día castigándola. La presión no hace más que complicar las cosas.

    Se le junta todo: empieza a ir al colegio, deja la guardería y su mamá ya no va a buscarla porque está a punto de dar a luz. Se siente tremendamente desdichada.

    Cuando nace el pequeño, la llevan al hospital y estalla en una pataleta tremenda.

    Para reconducir esta situación, simplemente hay que evitar explicar cosas que los niños, debido a su edad, todavía no pueden comprender. Es más práctico hablarle del bebé cuando está a punto de nacer para que enseguida vea lo que es y se tranquilice al comprobar que solo está en la cuna, llora y hay que alimentarle y cambiarle de vez en cuando.

    El hermano mayor ha de experimentar que no va a perder a sus padres. Para ayudarle, se ha de intentar que coincidan los menos cambios posibles en su rutina, que su vida se altere lo mínimo posible. A esta edad, la rutina confiere mucha seguridad a los niños ya que es su manera de controlar lo que pasa en su vida.

    ¿Qué podemos hacer para ayudar a nuestros hijos?

    1. No tratar a los hermanos por igual:

    Ser justo no significa regalarles a todos los hijos lo mismo por Navidad, ni tratarlos igual, ni reñirles de la misma manera, sino saber distinguir sus diferencias y tratarlos en consecuencia. Es posible, por ejemplo, que uno de vuestros hijos necesite una mayor rigidez en las normas y más reprimendas mientras que otro puede hundirse con las mismas palabras.

    Algunos padres sienten coraje hacia las actitudes competitivas de sus hijos y, al detectar cualquier atisbo de celos, los castigan constantemente. Otros llegan a hacer malabarismos para que el niño no tenga celos. Evitan que vea al pequeño en situaciones íntimas e intentan convencerlo de que quieren a todos sus hijos por igual.

    Otros, en su lucha contra los celos, hacen idénticos regalos a sus hijos, los visten igual, los alaban con las mismas palabras, los llevan a los mismos campamentos, los apuntan a las mismas actividades extraescolares - todos a música, todos a deporte, todos a inglés, etc.

    La uniformidad suele ser injusta; ni las mismas regañinas ni las mismas carantoñas consiguen disminuir el deseo de exclusividad del niño.

    Aprender a compartir es un largo proceso que parte de la base del reconocimiento de que los celos suelen ser inevitables y hay que enfrentarlos de cara.

    2. Evitar las comparaciones:

    Ninguno de los hijos es igual a otro, ni se puede comparar. Precisamente cada uno es diferente, único, especial y eso es lo que hemos de resaltar. Conviene pues explicarles las características que los hacen especiales de forma abierta.    El respeto y ayudarles a comprender las diferencias de edad y sexo ayuda a solucionar la situación. Algunos suelen verbalizar su malestar, "Ya no me quieres", "A mí no me coges", "Yo también quiero chupete", o preguntan si los bebés se pueden devolver al hospital.

    En estas ocasiones hay que evitar dar excesivas explicaciones. Así, en lugar de decir: "Os queremos a los dos por igual" es preferible contestar con frases del tipo: "¡Cómo no te vamos a querer si eres nuestro primer hijo; tú eres único y especial para nosotros; somos muy felices porque eres nuestro hijo!"

    Queremos a cada hijo de forma diferente porque cada uno es especial y único y no hay que ocultarlo. La clave está en la calidad no en la igualdad. La "igualdad" suele ser injusta. Cuando más nos esforzamos en evitar las desigualdades o favoritismos aparentes, más pendientes están ellos de descubrirnos. Es absolutamente legítimo que el mayor tenga unos privilegios que dependen de la edad. Si nuestra conducta es clara y transparente, ayudará a evitar miedos innecesarios.

    3. Ayúdale a verbalizar sus sentimientos:

    La posibilidad de verbalizar sus sentimientos, bien con palabras o bien a través de dibujos, les ayuda a eliminar los sentimientos negativos. Hay que escucharlos sin recriminarles sus sentimientos, reservándoles un espacio exclusivo de confidencias y mimos. Puede ser al acostarlos o cuando los acompañamos al cole.

    Si pescáis a vuestro príncipe destronado aporreando al bebé con un osito, conviene que evitéis la regañina. Podéis, en cambio, llevarlo a un lugar aparte y escuchar sus motivos, en la intimidad con cariño. Eso no quiere decir que lo sometáis a un interrogatorio de tercer grado, sino que le ayudéis a verbalizar sus sentimientos negativos.

    Podéis decirle: "Estás enfadado con el bebé, "¿verdad?", o darle una muñeca o un papel y lápices y permitirle que exprese su rabia.

    Nuestra posición será observarlo con ojos comprensivos: es mejor que su enfado se vuelque de forma simbólica, dibujándolo o proyectándolo sobre un juguete, que no se lo guarde en su interior y lo reprima. Después se le puede decir: "La próxima vez que te enfades con tu hermanito, ven a contármelo; mamá te escuchará".

Libros REALMENTE interesantes sobre este tema:

 Título: Sí, mamá Autor: Mª Luisa Ferrerós Editorial: Planeta Prácticos ISBN: 84-08-06621-8 Se trata de un libro completo, básico y eminentemente práctico que aporta las soluciones más eficaces para que puedas incidir en tus hijos, desde la niñez a la adolescencia. Da pautas para enfrentarse a pataletas, para entender el llanto de los niños, para abandonar el chupete, para enseñarles a dormir, para transmitirles buenos hábitos, para afrontar las peleas entre hermanos o los celos. Aclara si es bueno darles un cachete a tiempo, cómo poner límites, cuanto tiempo dejarle jugar con la Play o chatear o como ayudarles a ser independientes. ¡Un pequeño manual que consultarás más de una vez!

Título: Cómo atenuar la rivalidad entre hermanos Autores: T. Berry Brazelton y Joshua D. Sparrow Editorial: Medici ISBN: 84-9799-036-6 El contenido de este libro va mucho más allá de los celos entre hermanos. Es un libro de bolsillo que asesora muy acertadamente a los padres para que consigan fortalecer las relaciones entre hermanos. Te ayudará a comprender los "puntos vitales" de la rivalidad entre hermanos a cada edad y ofrece sabios consejos para toda clase de situaciones familiares: La llegada de un nuevo hermano, las rabietas, cómo evitar que un hijo se convierta en un "chivo expiarorio", las relaciones entre hermanastros, hermanos adoptados, etc.

Título: ¡Jo, siempre él!. Soluciones a los celos infantiles Autoras: Adele Faber y Elaine Mazlish Editorial: Pirámide ISBN: 84-368-1547-5 Las autoras abordan exhaustivamente el tema de las relaciones entre hermanos en este libro: Los celos, cómo les afectan las etiquetas que les ponemos, las discusiones... Como ya es característico en ellas, nos ofrecen las ideas principales con dibujos y viñetas que nos permiten intuir con facilidad el concepto que quieren trasmitir. Es un libro que se lee con rapidez, que aporta muchísimas ideas prácticas y que te servirán, no solo para fomentar las buenas relaciones entre hermanos, sino para acercarte más a ellos y entender cómo se sienten cuando rivalizan con sus hermanos.

Con la autorización de www.solohijos.com

   Tertulia dialogada.

 Escribir las dudas sobre este texto y dos ideas interesantes. Contestar por escrito a estas cuatro preguntas y llevarlas después a la reunión general de la tertulia:

 1. ¿Cómo asumir un hijo discapacitado?

 2. ¿Cómo tratar bien a un chico con tic nervioso?

 3. Características del zurdo contrariado

 4. ¿Cómo tratar a un niño con celos?

   Bibliografía:

 Mª Luisa Ferrerós. Sí, mamá. Editorial Planeta

 T. Berry Brazelton y Joshua D. Sparrow. Cómo atenuar la rivalidad entre hermanos. Editorial Medici

 Adele Faber y Elaine Mazlish. ¡Jo, siempre él!. Soluciones a los celos infantiles. Editorial Pirámide

   Enlaces de Internet:

¿Podría tu hijo ser disléxico?

Mi hijo no controla sus esfínteres

¿Qué es y por qué aparece el síndrome de Down?

¿Por qué algunos niños no comen?

Los niños que roban

¿Tengo un hijo con estrés?

Salud mental de niños y adolescentes

¿Cómo es una personalidad inmadura?

Mentes prodigiosas


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