Cuentos de Navidad

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

    UNA LUZ INVISIBLE

    El viejo Eleazar era el patriarca de aquel grupo de pastores que cuidaban sus ganados sobre las onduladas montañas de Belén.

    Ocurrió hacia media noche. La luna blanca en creciente alumbraba el paisaje y su suave luz estiraba las sombras de los arbustos.

    Mientras algunos zagales dormían el cansancio del día dentro de sus cabañas, los otros, sentados en torno al fuego, vigilaban los rebaños recogidos en los apriscos.

    De improviso, un resplandor más poderoso que la luna deslumbró la campiña. Desaparecieron las sombras. Todo quedó envuelto en luminosidad, al tiempo que resonaban cánticos nunca oídos.

    Los zagales dormidos se despertaron, y todos pudieron contemplar el portento, y escuchar las palabras de un ángel que les anunciaba un mensaje durante siglos esperado.

    Se apagó el resplandor, cesaron los cantos, el ángel desapareció y la campiña retornó a la penumbra bajo la tenue luz de la luna fría.

    El anciano Eleazar pudo oír el anuncio celestial, pero no pudo ver. Era ciego. Hacía ya varios años que las cataratas le habían nublado los dos ojos. Su nieto Samuel no se separaba de él; era su lazarillo; lo llevaba de la mano para ser la luz de sus torpes pies.

    Eleazar dijo a todos que debían ponerse en camino de prisa al lugar señalado por el ángel.

    - Id sin mí; mi ceguera retardaría la cita -añadió.

    - Si tú, abuelito, no vas, tampoco yo voy.

    - ¿Me quieres? -le preguntó el abuelo.

    Samuel no le contestó con palabras: se abrazó a su cuello y lo llenó de besos. De los ojos arrugados de Eleazar manaron algunas lágrimas de gozo y, luego de secárselas con el reverso de la mano, dijo:

    - ¡Pues si me quieres, ve! No debemos retrasar la invitación que el ángel nos acaba de hacer. Mi ceguera no es razón para que tú no vayas o llegues tarde. Ponte en camino con los demás y lleva, de mi parte, el mejor cordero del rebaño.

    Samuel tenía un corderillo mimado. Era blanco, como un ovillo de nieve con una peca, un botón negro, en la frente. Lo había criado él con biberón, al morirse la oveja madre. Seguía al niño por todas partes. Lo llamó y se fue tras él.

    El tropel de pastores se fue alejando. En el silencio de la campiña, el viejo Eleazar, sentado junto al fuego, sólo podía oír el murmullo del rumiar de las ovejas. Escuchaba y esperaba.

    Los zagales encontraron en el Portal todo lo que les había anunciado el ángel.

    Todos, uno a uno, hablaron con el corazón más que con palabras, y fueron ofreciendo sus presentes a aquella familia joven, humilde y pobre, que poseía el mayor tesoro.

    Le llegó el turno a Samuel; se adelantó con el cordero; dijo a la Señora su nombre, y que el corderillo se llamaba "Lucero". Que lo traía de parte de su abuelo Eleazar, ya anciano y ciego.

    - Me ha dicho que él no venía, porque era urgente estar aquí y no quería retardar nuestra presencia.

    Mientras Samuel decía esto, "Lucero", con sus labios de terciopelo rosado, tomó del pesebre unas pajas y mordisqueándolas se echó a los pies del Niño.

    La Señora mostró su Hijo para que lo besara Samuel, y éste, pensando en el abuelito, posó sus labios temblorosos en cada uno de los ojos del Niño recién nacido. Luego, la dulce Señora se atrajo al zagalillo rodeándolo con un brazo, lo estrechó y le dio un beso en la frente.

    Samuel, para que no se le escaparan y llegaran frescos al abuelo, salió del Portal, sujetándose los besos con una mano en los labios y con la otra en la frente. Sin pensar en el miedo de otras noches, se puso a correr a campo través. Los olivos encimeros de la campiña destacaban sobre las lomas, recortando su silueta contra el telón oscuro del cielo.

    Los otros pastores aún se quedaron allí, atados al encanto misterioso que manaba de aquel Niño.

    Samuel, corriendo entre las sombras de la luna en los arbustos, como otro fantasma más, llegó jadeante, sujetándose aún los besos. Encontró a Eleazar donde lo había dejado antes, sentado en la puerta de la cabaña, junto al fuego, que apenas era ya un rescoldo.

    - Bésame en la frente, abuelito, que en la frente me ha besado la Señora -le pidió el nieto. Le acercó la frente a los labios, y se oyó el chasquido del sonoro beso del abuelo.

    Samuel luego, quitándose la otra mano de la boca, besó apretadamente a cada uno de los ojos del anciano. Una especie de escamas se quedaron pegadas en sus labios, y el abuelo Eleazar empezó a ver, y lo primero que vio fue una estrella en la frente de su nieto, donde le había besado la Madre del Niño. Era la misma estrella que siguieron los Reyes Magos.

    Diciembre de 1985.


    EL MEJOR REGALO

    No era más que un chiquillo y ya tenía fama de distraído entre los demás pastores. Metido siempre en su dispersa imaginación, no se enteraba de lo que le decían, y, si se enteraba, lo olvidaba fácilmente. Cuando todos salieron corriendo hacia la gruta de Belén, él pensó que tenía que coger algo de su cabaña. Una vez dentro de ella, se distrajo con el perro y no pudo recordar a qué había entrado. Era algo referente al anunciado recién nacido, pero se le había olvidado. Estuvo un rato pensando perplejo y, no pudiendo recordar, salió corriendo con las manos vacías para ir también con los otros a Belén. Sus compañeros ya se habían alejado en la oscuridad de la noche.

    Se puso a caminar y, luego de mucho tiempo de dar vueltas por aquellos senderos, acabó por no saber dónde estaba; se había perdido. Era inútil seguir y se detuvo a pensar. De improviso, se le presentó un personaje desconocido, con trazas de ángel, que le preguntó:

    - ¿Qué haces, pastor?

    - Iba a Belén, pero creo que me he perdido.

    - ¿A ver el Niño?

    - ¡Ah!, sí, ¡claro!

    - Yo te enseñaré el camino.

    Y pastor y ángel se pusieron a andar. Pasado un rato, el ángel miró al pastor y se sorprendió de que no llevara nada que ofrecer al Niño, y le preguntó:

    - ¿No llevas nada al Niño?

    - ¡No tengo dinero! -le contestó palpándose los bolsillos.

    - ¡Dinero! Los hombres, si no es dinero, ya no saben qué dar -comentó el ángel hablando consigo mismo.

    El pastor lo oyó y se encogió de hombros. El ángel le dijo:

    - ¡Cierra los ojos! Alarga las dos manos, y piensa en lo que te gustaría darle.

    El pastor, con los ojos cerrados y los brazos extendidos esperando que depositaran algo en ellos, quería pensar, pero no era capaz de concentrarse. Por fin, después de un buen rato, sin abrir los ojos, dibujó una sonrisa en sus labios y exclamó:

    - ¡Ya está!

    En ese momento, notó que sobre sus manos depositaban algo. Abrió los ojos, y se encontró con una caja envuelta en papel de regalo, atada con una cinta de color rojo. Con los dedos, la tomó de la lazada; indicó al ángel con un gesto de la cabeza que estaba dispuesto a seguir el camino, y ambos empezaron de nuevo a andar.

    El pastor no sintió curiosidad por ver lo que había dentro de la caja. Estaba seguro de que contenía lo que había pensado.

    Al fin, llegaron cerca del Portal de Belén. El ángel le indicó que aquel era el lugar, y desapareció.

    Se asomó el pastorcillo y vio con alivio que los otros pastores ya se habían ido. Entró. Se fijó en el hombre joven que allí había de pie, y le sonrió. El hombre joven lo acogió con una mirada tan dulce que le hizo pensar: "Como mi papá, pero en mejor". Luego miró a la madre del Niño, una muchacha joven, preciosa como ninguna, que estaba sentada con el Niño en brazos. "Como mamá, pero en mejor", pensó también.

    Por último se fijó en el Niño. Era muy chiquitín, ni rubio ni moreno, parecía castaño, y tenía tal encanto que el pastor se quedó prendado. Le gustaría ser su amigo y no separarse nunca de El. Así estuvo embelesado un buen rato, hasta que se acordó del regalo que traía en la caja. La dejó en el suelo a los pies de la madre; se puso de rodillas ante ella; desató el lazo; quitó el papel; abrió la tapa; metió las manos, y en ellas apareció algo que le pareció estar vivo, que latía como un corazón. Era un corazón. ¡Era su propio corazón! Y lo ofreció.

    Al tomarlo el Niño en sus brazos, el pastor vio que su regalo se transformaba en una encantadora sonrisa que se extendía por toda el rostro del Niño. Se palpó el pecho y le latía locamente.

    No se hubiera ido de allí, pero no podía quedarse para siempre y, además, lo estaban esperando las ovejas y el perro. Como pudo, fue recogiendo el papel y la cinta y, cuando fue a meterlos en la caja para retirarlos del Portal, advirtió que dentro de ella estaba el regalo que él había pensado. "¡Qué despistado soy!", pensó para sus adentros. Y, con el juguete en la mano tendida hacia el Niño, el pastor contó a la madre lo que le había ocurrido:

    - Hace alguno días, vi una cuadriga romana que avanzaba con estrépito por las losas de la calzada. Nunca había visto caballos tan briosos galopando bajo el látigo del soldado que los guiaba. Me quedé absorto mirándolos. El ganado se espantó y, mientras iba a recogerlo, pensé que me gustaría ser como aquel soldado. Y esta ilusión hecha de juguete es la que yo había pensado ofrecer al Niño. ¡Tómala!

    La madre escuchó esta pequeña historia, y le dijo al pastorcillo:

    - Si le has dado el corazón, puedes quedarte con todo lo demás.

    Se quedó pensativo el pastor, y replicó:

    - Si le he dado todo, también la cuadriga es suya.

    - Si amas a mi Niño más que a los juguetes, puedes usar cualquiera de ellos -le insistió la madre.

    Y el distraído pastorcillo se fue del Portal, dispuesto a jugar a cuadrigas con el aquel Niño como amigo.

    Diciembre 1992


    LA CRUZ DEL BELÉN

    Se acerca la Navidad. Mi amigo dice que le gustaría montar su belén en un corral de paredes destartaladas, pero con retazos de humanidad: techo de maderos labrados con azuela y de paja cálida bajo tejas de alfarero, y, más adentro, la cueva renegrida por el humo de fogatas encendidas allí durante siglos; quiere que en su belén haya presencia de corazones humanos y de otros seres que respiran, que aporten el calor de su aliento. Un belén donde nacer la Ternura de Dios.

    Pero su alma es un glacial, como una fría pesadilla de carámbanos colgados de los aleros: quiere suponer que tienen forma de cruz.. Por esto tal vez, las paredes le salen de hormigón; el techo, de viguetas prefabricadas; las columnas, de cemento armado; las ventanas, de aluminio. Los ángeles son ráfagas de aire cierzo que obliga a los pastores a tapujarse y a maldecir. El cielo es negro, y los Magos no han podido observar las estrellas. No hay ni mula ni buey. No ve al Niño abrigado en pañales, ni a María hermosa y virgen, ni a la vara florida de José. Todo lo ve vacío.

    Espera que, con el cambio del viento o con la salida del sol, chorreen las canaleras y los chuzos colgados de su alma en forma de cruz caigan derretidos.

    [17-XII-1997]


    DE POLLINO A POLLINO

    La Virgen estaba sentada sobre una estera en el suelo junto al Niño dormido en el pesebre; José, de pie, apoyado en la vara, los miraba; el burro de pelaje pardo, detrás, sobre sus cuatro patas, parecía estar ausente con las orejas caídas y los ojos cansados. Mi amigo miraba la escena, como un personaje de cartón que añorara ternura. Simplemente estaba allí, sentado frente al belén, sin pensamientos en la cabeza ni latidos en el corazón.

    De pronto, el burro alargó el cuello, irguió las orejas, tendió la cola y se arrancó con un intermitente rebuzno atronador. El Niño se asustó, abrió los ojos y empezó a llorar. La Virgen lo tomó en brazos; José cambió de postura sobre la vara. Mi amigo miró al burro y abrió los brazos para recriminar tan inoportuno rebuzno. Le dijo que por qué lo había hecho. Le contestó que para llamar la atención de su amo.

    Mi amigo se sintió tan borrico como él, y empezaron a hablar.

    - ¿Sabes entre qué gente estás?, le preguntó.

    - Con mis amos, y siempre a sus órdenes. Cargué al ama en Nazaret; me dijeron ¡arre!, y no paré de caminar hasta que me dijeron ¡so! Al llegar aquí, desde que ha nacido el Niño, se han despreocupado de mí.

    - ¿Sabes quién es este Niño?

    - El hijo de mi ama.

    - ¡Y el Hijo de Dios!, le dijo con tanto énfasis que el burro alzó una oreja sorprendido.

    - ¡Con razón pesaba tanto!

    - ¿Y no te alegra saber que cargaste a Dios?.

    - Creía que era Dios el que tenía que cargar conmigo. Después de un día entero encerrado aquí sin beber agua, tengo mucha sed. Por esto he rebuznado, pero se ha despertado el Niño y de mí ni caso han hecho.

    Ha terminado de hablar, y mi amigo he vuelto a sentirse tan asno como él. Pero se acercó, le puse las cabezadas, le tiró del ronzal, y salieron del portal en busca de agua.

    - Sé que hay un abrevadero a la entrada del pueblo, le dijo el burro.

    Echó el ronzal sobre sus lomos, y dejó que su instinto los guiara hacia ese lugar que él sabía. Mientras caminaban, le indicó que en lo alto de las paletillas llevaba una rozadura. Le aclaró que era una tocadura de la albarda.

    - ¿Te duele?

    - Me lo aguanto.

    Andaba a la par con él y observo que hizo un amago de cocearle.

    - ¿Qué te pasa?

    - Los ijares. No aguanto que me rocen las ijadas.

    Era el ronzal que colgaba y, a cada paso que daba, le tocaba en esa su parte sensible. Mi amigo cogió el ramal en la mano y siguieron caminando.

    - ¿Trabajas mucho?

    - Lo que me mandan.

    - ¿Sabes por qué trabajas?

    - Yo trabajo y trabajo; nunca pienso.

    No se lo dijo, pero mi amigo pensó que era tan burro como él.

    Al dar vista al abrevadero, aligeró el paso. Llegaron; se amorró al agua y empezó a tragar con fruición, moviendo alternativamente las orejas. Mientras le aguantaba el ronzal, mi amigo vio que sus grandes ojos negros cobraban viveza por momentos y su silueta reflejada en ellos. Alzó la cabeza el asno, lo miró, y volvió a beber.

    Terminó y, de regreso al belén, encontraron un charco de polvo en el camino. Se tendió en él todo lo largo que era y, haciendo caso omiso del ronzal, empezó a revolcarse repetidas veces con las patas arriba enseñando toda la panza. Se levantó y se sacudió el polvo con un violento estremecimiento de todo su cuerpo. Tomó el ronzal y le preguntó:

    - ¿Es por las moscas o porque el polvo cura las tocaduras?

    - Los burros nos tumbamos en el suelo sólo para morir y para revolcarnos.

    Siguieron hacia el portal. Después de una breve pausa, le volvió a preguntar:

    - De pollino a pollino, ¿tú también tienes corazón?

    - Me basta con obedecer.

    Mi amigo le confesó que era tan burro como él, pero con corazón. Cree que no lo entendió. Lo dejó en su sitio, y volvió a sentarme frente al Niño, la Virgen y José. Les dijo que él se ocuparía de aquel borrico tan fiel, a cambio de que ellos se quedaran con su corazón que se sentía tan frío como los pies.

    22-XII-2000





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