The others and I

The others and I
 By Agustín Pérez Cerrada

Human relationships are always complex, hence the interest in cultivating a sixth sense to tune in to people around us, to get to know them, to learn what they are like and what their dreams and hopes are. All this as far as possible and within the framework in which the relationship occurs. Certainly, the relationship with one’s wife, her hopes and desires, will not be the same as the relationship with one’s colleagues at work.

We need affection and respect from those who are close—family, friends or colleagues. However, it so happens that whatever is received, is received the recipient’s way. Therefore, it may well be the case that the sender and the receiver are not on the same wavelength, or that the message is not appropriately judged. Our state of mind at a given moment, an extremely awakened sensitivity, can make us judge negative what was a positive gesture by the other person. Let alone the fact that people who approach us may not always perceive our state of mind, as this belongs in our privacy.

We are judged by our actions, not by our intentions. Surely enough, we do not think too deeply about our actions when they affect other people. Our gestures toward others are rarely neutral. They may be scarcely relevant, or routine, but those around us are never indifferent to them. It is true that each and every action will not be separately assessed, except in unusual circumstances, but consistency with what we expect to get is a must. A common gesture, repeated a thousand times, could be misunderstood if by the time I receive it I happen to have been waiting for a different thing, or I feel I have been sidelined, or that an inappropriate tone of voice has been used—it is just a question of harmony among context, the others, and oneself.

This complexity should prevent us from valuing harshly our relationships with those around us—that is, being able to excuse others. Many things are done routinely, mechanically, without awareness of the impact of our actions. When we are happy, nothing matters, we are more generous in our behavior toward others—but we are not always in such an ideal state of mind. The incidents of the day can break our emotional balance and leave us flustered by a false perception of events, with our sensitivity like an open wound, so our self is likely to revolt in anger against others.

Professional practice, where different ways of doing jobs sometimes create confrontations, where efficiency can turn us into stubborn pursuers of a personal idea, can result in selfish attitudes, ignoring the personal circumstances of the people around us, thus generating icy atmospheres, with a breakdown in communication.

As a counterbalance, it might happen at times that an originally despicable gesture, even in the middle of anger, can lead to positive consequences for our self—it helps us understand ourselves better, showing that we may have been overestimating ourselves, or suggesting a personal weakness we had not noticed before. Not everything that initially seems bad is really so. A negative gesture can be a touchstone to change for the better, to make us get rid of some ballast.

    The complexity of personal relationships is better seen in the distance and with peace of mind. A few words in time, a few roses in the case of one’s wife, will pave ways that pride does not know, or easily forgets, how to go through. What should never be missing is respect, affection, and mutual understanding in human relationships.

Original de http://indeforum.wordpress.com/


Los otros y yo
Por Agustín Pérez Cerrada

Las relaciones humanas siempre son complejas, de ahí el interés de cultivar un sexto sentido para sintonizar con las personas de nuestro entorno, para conocerlas, para saber cómo es su modo de ser y cuáles son sus ilusiones y esperanzas. Todo ello en la medida de lo posible y en el ámbito a que se refiera cada relación. Sin duda, no es lo mismo la relación con la esposa, sus anhelos y deseos, que con los compañeros de trabajo en la actividad profesional.

Necesitamos el cariño, el respeto de las personas cercanas, de la familia, de los amigos o de los colegas. Sin embargo, ocurre que lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente. Por tanto, cabe que no haya sintonía entre el emisor y el receptor, o que no se valore adecuadamente el mensaje. El estado de ánimo del momento, la susceptibilidad despierta en exceso, pueden hacernos juzgar negativamente lo que por parte del otro era un gesto positivo. Sin contar con que las personas que nos tratan no siempre se perciben de cual es nuestro estado de ánimo, al quedar este reservado a la intimidad.

Somos juzgados por nuestros actos, no por nuestras intenciones. Seguramente,  reflexionamos insuficientemente sobre nuestras acciones cuando afectan a otras personas. Nuestros gestos en relación con los demás casi nunca son neutros. Pueden ser poco relevantes o rutinarios, pero jamás indiferentes para las personas que nos rodean. Cierto que cada acción no será evaluada en particular, salvo casos excepcionales, pero sí se espera coherencia con lo que esperamos recibir. Un gesto habitual, repetido mil veces, en un momento puntual puede ser malinterpretado si cuando yo lo recibo estoy esperando otra cosa, o pienso que he sido relegado, o que no se ha utilizado el tono de voz adecuado: es cuestión de sintonía entre la coyuntura, los otros y el yo.

Esa complejidad nos tiene que llevar quizá a no valorar con rigidez las relaciones con nuestro entorno: saber disculpar. Se hacen muchas cosas con rutina, maquinalmente, sin ser conscientes de los efectos de nuestras acciones. Cuando somos felices, nada importa, somos más generosos en el comportamiento con los demás, pero no siempre estamos en ese estado ideal. Las incidencias de la jornada pueden romper nuestro equilibrio emocional y dejarnos aturdidos por una falsa percepción de los acontecimientos, con la sensibilidad en carne viva,  inclinados a que el propio yo se levante airado frente a los otros.

El ejercicio de la actividad profesional, donde a veces modos distintos de hacer los trabajos originan enfrentamientos, donde la eficacia puede transformarnos en tercos perseguidores de una idea personal, puede traducirse en posturas egoístas, ignorando las circunstancias personales de la gente que nos rodea, generando atmósferas gélidas, con ruptura de comunicación.

En contrapeso, quizá experimentemos que en ocasiones ocurre que un gesto inicialmente deleznable, aun en medio del enojo, puede originar consecuencias positivas para nuestro yo: nos ayuda a entendernos mejor a nosotros mismos, que quizá nos valorábamos en exceso, o nos muestra una debilidad personal de la que antes no nos habíamos dado cuenta. No todo lo que inicialmente parece malo lo es en la realidad. Un gesto negativo puede ser piedra de toque para cambiar a mejor, para desprendernos de alguna rémora.

          La complejidad de las relaciones personales se vislumbra mejor con la distancia y la serenidad. Unas palabras a tiempo, unas rosas en el caso de la esposa, allanan caminos que el amor propio no sabe o se olvida fácilmente de recorrer. Lo que nunca puede faltar es el respeto, el afecto y la comprensión mutua en las relaciones humanas.

Original de http://foroin.wordpress.com/






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