The meaning of the life

The meaning of the life
 By Roberto Grao Gracia

Does human life make sense? What is it? We appear in the world but no one has asked us permission or any opinion. Anyway, we could not respond it due to our deep and extreme weakness and indigence which we born.

 Soon we know that our life is limited, it has had a beginning and will have an unknown ending. By the way, in the solitude of our conscience, we ask: Where do we come from? Where do we go? Who are we? Why do we exist? What will become of me? Do I have the same fate as animals that disappear of existence without leaving any trace?

Philosophers of all time have made the same or similar questions without to reach clear, definitive and valid conclusions. Due to the ascertainment of their disability, most of them chose to explain the origin, characteristics and phenomena of our world.

In any case, only with the light of natural reason, we can only deduce that, as the great Greek philosopher Aristotle said, the human being is "a rational animal". This comes from their parents by generation, as many of the animals that inhabit the earth, live with us and have a similar fate to ours: birth, grow, reproduce and die.

However, there is a fundamental difference that sets us apart from all other animals: the reason that means the superior intelligence and understanding that around us and gives us an essential difference with them. That reason, that knowledge of oneself, others and environment refuses to die out, to return to the non-existence.

To accept this senselessness of future non-existence implies to accept the chance as origin of man, world, matter and its constant evolution as unique reality, and what is more surprising, it implies to accept that the intelligent physical order of the universe and the perfection of laws that govern the behavior of matter are, apart from casual, something substantial, transcendental and permanent that will go on until the infinite.

But that attitude profoundly disgusts the vast majority of human beings that rebel to disappear into nothingness, not to be, as Hamlet, Prince of Denmark said. In the ordinary life, because human beings do not reach to any valid conclusion with our only reason, they often tend to be content apparently with what we might call minors senses: have a family, have one or more children, write one or more books, do some important scientific or technological discovery, create a great company, achieve a relevant position in society, etc. I say apparently because at the moment of truth, of the end of our life on earth that means when relentless death comes, those minors senses are insufficient because we are alone and no one accompanies us in that transcendental trance.

As the Catechism of the Catholic Church states, I have the conviction that the profound and definitive sense of our life is only found in God who is the intelligent being that created everything that exists, including us. He made that for love and to make us part of complete happiness for all eternity. When we accept this reasonable idea, questions that I expressed in the beginning acquire a full sense: We come from God, we go toward God, we are children of God, created in his own image and likeness, and we exist because God want it in order to involve us in his infinite and eternal happiness. I will not have the same fate as irrational animals, but if I have faith, if I do good deeds throughout my life and if I try to keep the commandments, I will reach that desired happiness. Jesus said: I am the resurrection and the life. He who believes in me will never die. I think these are definitive and incontrovertible answers.

Original de http://indeforum.wordpress.com/


El sentido de la vida
Por Roberto Grao Gracia

    ¿Tiene sentido la vida humana? ¿Cuál es? Aparecemos en el mundo sin que nadie nos haya pedido permiso ni opinión alguna, que, por otra parte no podríamos dar, dada nuestra profunda debilidad e indigencia con las que venimos a él.

         Pronto conocemos que nuestra vida es limitada, que ha tenido un principio y tendrá un final cuyo momento desconocemos. A todo esto, en la soledad de nuestra conciencia, nos preguntamos: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Quiénes somos? ¿Por qué y para qué existimos? ¿Qué será de mí? ¿Tendré el mismo destino que los animales, que desaparecen de la existencia sin dejar apenas ningún rastro?

         Los filósofos de todos los tiempos se han hecho estas mismas o parecidas preguntas que nos hacemos los seres humanos, sin llegar a conclusiones claras, definitivas y válidas para todos. La mayoría de ellos, ante la constatación de su incapacidad, optaron por limitarse a explicar el origen, las características y los fenómenos del mundo en que vivimos.

        En todo caso, con la sola luz de la razón natural, lo único que podemos deducir es que, como decía el gran filósofo griego Aristóteles, el ser humano es “un animal racional”, que procede de sus padres por generación, como muchos de los animales que pueblan la tierra, conviven con nosotros y tienen un destino parecido al nuestro: nacer, desarrollarse, reproducirse y morir.

        Sin embargo, hay una diferencia fundamental que nos distingue de todos los demás animales: es la razón, es decir, la inteligencia y comprensión superior de cuanto nos rodea, y que nos proporciona una diferencia esencial con todos ellos. Esa razón, ese conocimiento de sí mismo, de los otros y del propio entorno, se resiste a extinguirse, a volver a la no-existencia de la situación anterior a su llegada al mundo.

        Aceptar esa sinrazón de la futura no-existencia, supone aceptar la casualidad como origen propio y del mundo, de la materia y su evolución constante como única realidad, y lo que es más sorprendente, aceptar que el inteligente orden físico del universo, y la perfección de las leyes que rigen el comportamiento de la materia son, además de casuales, algo sustancial, trascendental y permanente, que se prolongará hasta el infinito.

        Pero esa actitud repugna profundamente a la inmensa mayoría de los seres humanos, que nos rebelamos a desaparecer en la nada, a no ser, como diría el Príncipe Hamlet de Dinamarca. En la vida corriente, al no llegar a ninguna conclusión válida con nuestra sola razón, los seres humanos nos solemos conformar aparentemente con lo que podríamos llamar sentidos menores, como fundar una familia, tener uno o más hijos, escribir uno o más libros, hacer algún importante descubrimiento científico o tecnológico, crear una gran empresa, alcanzar un cargo relevante en la sociedad, etc. Digo aparentemente, porque a la hora de la verdad, del final de nuestra vida en la tierra, es decir, cuando nos llega la muerte inexorable, esos sentidos menores se revelan absolutamente insuficientes, porque nos encontramos solos ante nosotros mismos y nadie nos acompaña esencialmente en ese trascendental trance.             

         Tengo la convicción de que, el sentido profundo y definitivo de nuestra vida aquí en la tierra, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, sólo se encuentra en Dios, que es el ser inteligente que ha creado todo lo que existe, incluso a nosotros, por amor, para hacernos participar de una felicidad completa por toda la eternidad. En el momento que aceptamos esta idea razonable, las preguntas que expreso al principio, adquieren un pleno sentido: Venimos de Dios, vamos hacia Dios, somos hijos de Dios, creados a imagen y semejanza suya, existimos porque Dios así lo ha querido para hacernos participar de su felicidad infinita y eterna, no tendré el mismo destino que los animales irracionales, sino que si tengo fe, si obro el bien a lo largo de mi vida y procuro cumplir sus mandamientos, alcanzaré esa felicidad a la que aspiro constantemente. Dice Jesucristo: Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mi no morirá para siempre. Para mí son respuestas definitivas e incontrovertibles.

Original de http://foroin.wordpress.com/






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