La fuerza de la Cristiandad

   



 

    Los cristianos, como discípulos y soldados de Cristo, no pueden esperar vencer a los enemigos de la cristiandad con las armas del mundo. No es eso lo que Él enseñó.

    Pretender luchar con las armas del mundo es ilusorio, e imprudente, porque los valores cristianos son lo más opuesto a la fuerza física, a la astucia, al chantaje, a la mentira etc. Seria como pretender ganar la partida a un adversario que juega con cartas marcadas.

     Su fuerza es el amor a Dios y al prójimo, ejercitando la caridad, con todos. Sin distinciones ideológicas, culturales, de raza, color, etc.

    Si se quiere vencer al mundo, se deberá seguir el ejemplo de Cristo. Protegerse con el escudo de Dios, sin miedos, para luchar con la verdad evangélicas por delante.

    Sus armas serán: Oración, Mortificación, y Acción, en tercer lugar.

     Oración: para pedir a Dios que suscite un guía, un líder, un jefe, que sea capaz de aunar voluntades, en defensa de los valores tradicionales evangélicos, que tanto bien han proporcionado a la humanidad, como es históricamente demostrable tanto en Europa, como en el Nuevo mundo, y países de misión.

     Mortificación: como autodominio de los sentidos, vencimiento de inclinaciones y tentaciones, tanto exteriores como interiores, que nos hagan libres. Libres con la libertad de los hijos de Dios y por eso mismo, optimistas para trabajar en su servicio.

     Acción, en tercer lugar, muy en tercer lugar, (como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer).

     Acción que no trata de vencer derramando sangre, sino poniendo esfuerzo personal para vencerse y así vivir virtudes y verdades evangélicas.

     Siempre, por supuesto, con la ayuda de Dios. Sin renunciar a luchar en todos los frentes y con todos los medios a nuestro alcance, sea en el campo de batalla, en la política, la cultura, las artes, la educación, etc. en defensa de la religión católica.

    Y si fuere necesario, luchando hasta el martirio, como hicieron en épocas anteriores de la historia tantos y tantos caballeros cristianos con fe y esperanza, portando en sus pechos, la Cruz.

    Una Cruz como la entiende Cristo. Como San Esteban, primer mártir de la cristiandad, y la de tantos, y tantas después de él, que han venido dando testimonio de fe católica, con el sacrificio de sus vidas.

    Antonio de Pedro Marquina

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