Fracasos o éxitos

   



 

    CON QUÉ CRITERIOS JUZGAMOS NUESTROS FRACASOS, O ÉXITOS

    Yo creo que, tanto de unos, como de los otros, soy el único responsable, porque, no son solo míos, repercuten en los demás de una u otra forma.

    Por la misma razón todos somos igualmente responsables, porque Dios nos ha hecho libres, aunque muchos no lo entiendan, o no lo valoren, y cada uno, será más o menos responsable, en la medida de sus circunstancias.

    Somos personas racionales, espirituales e inmortales porque Dios nos ha hecho “a su imagen y semejanza” (Génesis).

    Una cosa es, la sola capacidad de razonar por la que todo se ve a ras de tierra, y otra, la capacidad espiritual que lo ve con sentido trascendente, con sentido de eternidad.

    Estas capacidades, entre otras, son la medida de nuestra dignidad, así como de la desigualdad de responsabilidades de cada uno, porque, como dice el Señor Jesús “a quien mucho se ha dado, mucho se le pedirá”

    En la realidad de nuestras vidas, unos se comportan como animalitos, apegados a lo que el cuerpo les pide. Otros, con espíritu de superación, pero, centrados en lograr dinero, poder, influencias etc. que son bienes de este mundo, perecederos. Los más, concierto sentido religioso, como les manda la propia conciencia, es decir, con respeto y temor de Dios. Otros, creo que los menos, se declaran ateos o agnósticos, y se comportan como tales. Y por último los elegidos, que han recibido el bautismo católico: los cristianos.

    Vemos que los enemigos de Jesucristo vieron en el Calvario, en la Cruz de Cristo, el fracaso de su reino. Los cristianos ven en el sacrificio de Cristo, la Redención del género humano. Es decir, la conquista definitiva del reino de los cielos, para quien quiera imitarle siguiendo su ejemplo. Con espíritu de amor a Dios y al prójimo.

    Cuantos sinsabores, cuantos disgustos, cuantos sufrimientos por causas superficiales, intrascendentes, causadas por defectos de nuestro carácter, por malos hábitos o vicios propios de nuestra condición de pecadores podrían ser evitados con una educación adecuada a nuestra dignidad de personas.

     Todos, somos igualmente pecadores, porque todos hemos heredado en nuestra naturaleza, la soberbia y el desorden del Pecado Original que cometieron nuestros primeros padres Adán y Eva en el Paraíso. La Redención, por el sacrificio de Cristo, liberó a todos, del pecado original, pero quedan los pecados personales de cada uno, ya que la naturaleza humana quedó dañada, es decir, inclinada al desorden y al pecado.

     Todos, especialmente los cristianos, si caen en pecado mortal, necesitan, el perdón de Dios, previo un sincero arrepentimiento, si quieren seguir viviendo como amigos de Dios.

    Por supuesto que solo Dios conoce el estado interior de cada uno, por lo que solo Él puede ofrecer al género humano un amoroso y justo juicio. Y solo hay un Juez: Cristo, que dará a cada uno lo suyo.    La vocación cristiana es, por su propia naturaleza, vocación al apostolado que actúa en tres direcciones: procurando aumentar la santidad de los que ya la tienen; intentar recuperarlos, si la han perdido; y atraer a los demás, que todavía no se han incorporado a Cristo, para que Él actúe. (Concilio Vaticano II)

    Los fracasos, o éxitos son personales de cada uno, nunca achacables ni a las circunstancias, ni a los demás. ¿Qué negocio es más importante que la vida eterna? por eso, nadie debería regirse por sus sentimientos o gustos, sino por la voluntad, que nos hace libres. La voluntad es la que irá configurando el mapa que, al final de nuestra existencia mostrará el grado de santidad, o de soledad y alejamiento de Dios que logre cada uno.

    El “temor de Dios” es el principio de la sabiduría, nos lo dice la Escritura, confirmando una verdad racional.    El demonio nos conoce. Conoce nuestras debilidades, nuestros puntos flacos, y hace lo posible por cooperar con nuestros desvaríos y lo imposible, por apartarnos de Dios.

    En la elección libre de cado uno, se juega el destino eterno del hombre.    Nada más y nada menos.

    Antonio de Pedro Marquina

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