La suave mirada de Cristo crucificado |

La suave mirada de Cristo crucificado
Por Gabriel Marañón Baigorrí
En el año
1884 el Gobierno francés dio orden de que las imágenes de Cristo Crucificado
fueran quitadas de las escuelas. Eran días de persecución religiosa. Un joven
fanático e impío iba él mismo de escuela en escuela arrancando violentamente
las imágenes, las tiraba al suelo con verdadera furia, y las pisoteaba. Allí
quedaban rotas y aplastadas las figuras de nuestro Redentor.
Este joven tenía una madre piadosa y buena, que no cesaba de
rezar por la conversión de su hijo.
Un día llegó el joven impío a una escuela, donde encontró un crucifijo
empotrado en la pared. Como no podía arrancarlo, cogió un pesado tronco y con
violentos golpes empezó a destruir la sagrada imagen. En esta labor estaba
cuando, de repente, el joven sufrió un ataque de corazón, cayendo al suelo sin
sentido. Lo cogieron y lo llevaron a su casa. El dolor de la pobre madre fue
inmenso al ver el estado lamentable de su hijo. La gente murmuraba que había
sido un castigo de Dios.
Llegó el médico y diagnosticó que recobraría el sentido,
pero que un segundo ataque le quitaría la vida.
La madre, ante la gravedad de su hijo, pedía a Dios la salvación eterna de su
alma. Y mandó llamar a un sacerdote.
El joven despertó del ataque. Al ver al sacerdote dijo que
quería hablar con él y también con su madre. Se acercaron en silencio y el
joven les dijo: «Madre, dé gracias a Dios por su misericordia para conmigo».
Y les contó cómo estando furioso dando golpes al rostro del Señor, le pareció
que la cara de Cristo se movía. Esto le encendió más en ira y siguió con más
saña destrozando la imagen. De pronto, los ojos de Cristo le miraron con tal
expresión de ternura y amor que el joven quedó perplejo, con el tronco
levantado. Sintió una pena tan grande por lo que había hecho que, arrepentido
de su bárbara impiedad, se le cayó el tronco de las manos. Dio un grito
pidiendo perdón a Cristo, y en aquel instante fue cuando le sobrevino el ataque
al corazón.
No había sido castigo de Dios. Habla sido misericordia de
Dios. Suplicó al sacerdote que le perdonara sus pecados. El sacerdote, en
nombre de Dios, le absolvió de todos ellos. El joven cerró los ojos y con la
paz y la gracia en su alma quedó muerto.
Sugerencias metodológicas:
Objetivo:
Comprender el pecado original y la Redención.
Contenido:
Por el primer pecado de Adán perdió éste para si y todos
sus descendientes la amistad con Dios y se nos cerraron las puertas del Cielo.
Éramos una familia desheredada, al igual que un padre de familia comete una
falta gravísima y en castigo le despojan de todos sus bienes y lo mandan al
destierro. Las consecuencias de ese pecado la sufren también sus hijos, que se
ven privados de gozar de los bienes que poseía su padre. Lo mismo nos ocurrió
con nuestros primeros padres. Es el misterio del pecado original. Pero Dios, que
es infinitamente misericordioso, tuvo compasión del hombre caído. Y quiso que
volviéramos a su amistad, a ser sus hijos y a que se abrieran las puertas del
Cielo para gozar con El eternamente.
El hombre había ofendido a la Majestad Infinita de Dios,
pero el hombre, finito, no podía reparar una ofensa inferida a un Dios
Infinito. La gravedad del pecado era en cierto modo infinita. Un hombre, el más
ignorante, destruye la más bella estatua, pero no puede repararla y hacerla de
nuevo. Lo mismo ocurrió con el pecado del hombre. Sólo Jesucristo podía
reparar a la Justicia Infinita de Dios con reparación de valor infinito digna
de Dios. «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo para
que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna.» (John.
3.)
Si un hombre comete un horrendo crimen y es condenado a
muerte, ¿le perdonarán porque él pida perdón? ¡No! ¡Sólo cabe el perdón
si lo pide una persona dignísima, de mucho prestigio ante el Jefe del Estado.
Así pasó con el pecado de Adán y pasa con todos nuestros pecados; éramos
polvo, nada, y Dios es Infinito. Pero la segunda Persona de la Santísima
Trinidad, el Verbo que era Dios, se hizo Hombre. Y Cristo, desde la Cruz,
sufriendo dolores cruentísimos, pide al Padre eterno perdón y misericordia
para todos los pecadores. Y en aquel instante de la Redención, Dios nos vuelve
a hacer hijos suyos y las puertas del Cielo se abren para que entraran por ellas
todos los hombres una vez arrepentidos de sus pecados.
Actividades:
1. Leer en voz alta el texto y el profesor comprueba la comprensión y explica el Contenido.
2. Cada alumno contesta a estas preguntas:
a) ¿Qué orden dio el Gobierno francés?
b) ¿Cómo era su madre?
c) ¿Qué le pasó al joven al romper el crucifijo encontrado?
d) ¿Qué le preocupaba a la madre?
e) ¿Qué contó el joven al despertar?
f) ¿Cómo murió?
3. Varios
chicos leen sus respuestas.
Norma de conducta:
Cuando vea un crucifijo, pensaré con amor: ¡Cristo me ha
salvado del pecado y del mal!
Reproducido con autorización de: www.encuentra.com
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