La eternidad y un día


    LA ETERNIDAD Y UN DÍA

    Director: Théo Angelopoulos

    Intérpretes: Bruno Ganz, Isabelle Reanauld, Achileas Skevis, Despina Bedebell, Iris Chatziantoniu

    Drama. 132 minutos.

    Bastante tiempo ha tardado en estrenarse esta excelente película, con la que el griego Théo Agelopoulos ganó en 1998 la Palma de Oro en el Festival de Cannes. En ella, el director de El viaje de los comediantes, Paisaje en la niebla o La mirada de Ulises, plantea una sugestiva reflexión sobre la fractura entre la creación artística y la vida real, y sobre todo el demoledor paso del tiempo.

    El guión de Tonino Guerra, Petros Markaris y el propio Angelopoulos describe el examen de conciencia al que se enfrenta Alexander, un famoso y enfermo escritor que vive solo en la isla de Tesalónica. Piensa que es mejor imaginar que saber, y su único contacto con el mundo es un vecino que le responde con la misma canción que él tararea. Una vieja carta de su mujer, en la que rememora un día de verano de hace 30 años, hará ver a Alexander la razón de su hastío: ha malgastado su vida buscando para sus novelas etéreas palabras sin alma y nunca ha realizado algo que valga la pena de verdad. En un desesperado intento de recuperar en un instante y para toda la eternidad esa felicidad perdida, Alezander emprende un viaje que le enfrenta trágicamente a la vida real y a lo más recóndito de su propia conciencia. Le servirá de lazarillo un niño albanés que vive en la calle.

    Acostumbrados como estamos a la vacía trepidación de tantas películas actuales, ciertamente cuesta mucho introducirse en el tempo lento y contemplativo del cine de Angelopoulos, que siempre prima la imagen sobre la palabra y el valor poético sobre la capacidad narrativa, con el único asidero de unas imágenes y una música preciosas, y de unas interpretaciones de gran riqueza dramática. Pero cuando uno por fin se introduce, la experiencia es altamente gratificante, sobre todo porque se tiene la sensación de estar buceando en el alma de todos los personajes, de todo ser humano, también en la propia. Quizá le falte trascendencia a la propuesta de Angelopoulos, pero demuestra una vez más que es uno de los grandes poetas de la historia del cine.

    Jerónimo José Martín. De la revista Mundo Cristiano.





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