Reflexionar sobre los sentimientos

 

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    Educar los sentimientos (7): Reflexionar sobre los sentimientos

    Siempre se ha dicho que si no comprendes bien una cosa, lo mejor que puedes hacer es intentar empezar a explicarla. Por ejemplo, un profesor experimenta muchas veces la dificultad de hacer comprender a sus alumnos los puntos más complejos de la asignatura. Sin embargo, a medida que avanza el desarrollo de la clase, y se abordan una y otra vez esos conceptos desde perspectivas diferentes, las ideas se van precisando, surgen pequeñas o grandes iluminaciones, tanto para los alumnos como para el propio profesor.

    Por eso, una buena forma de avanzar en la educación de los sentimientos es pensar, leer y hablar sobre los sentimientos. Al hacerlo, nuestras ideas se van destilando, y serán cada vez más precisas y certeras. Y sabremos cada vez mejor qué sucede en nuestro interior, para después intentar explicarlo, buscar sus causas, sus leyes, sus regularidades, e intentar finalmente sacar alguna idea en limpio para mejorar en nuestra educación afectiva.

    Los temas pueden ser muy variados. Antes hemos hablado, por ejemplo, de cómo las personas tendemos a echar a otros la culpa de todo lo malo que nos sucede, y de esa otra tendencia a proyectar en los demás nuestros propios defectos.

    En ambos casos, se trata de fenómenos que, como suele suceder con todo lo relativo al conocimiento de las personas, se advierten con más facilidad en otros que en uno mismo. No es difícil, por ejemplo, ver a una persona muy egoísta que se lamenta del egoísmo de los demás y dice que nadie le ayuda; o a uno que siempre se está quejando, pero siempre protesta de que otros se quejen; o a un charlatán agotador que acusa a otro de que habla demasiado; o a un hombre irascible que denuncia el mal genio de los demás.

    Con sólo prevenirnos contra estos dos errores –en el fondo muy parecidos–, podemos avanzar mucho en esa importante tarea que es el propio conocimiento. Se trata de procurar ver las cosas buenas de los demás, que siempre las hay, y aprender de ellas. Y cuando veamos sus defectos (o algo que nos parece a nosotros que lo son), pensar si no hay esos mismos defectos también en nuestra vida.

Mejoraremos procurando conocer
cuáles son
nuestros defectos dominantes.

    Para concretar un poco, podemos considerar algunos defectos relacionados con la educación de los sentimientos:

·         timidez, temor a las relaciones sociales, apocamiento;

·         irascibilidad, susceptibilidad, tendencia exagerada a sentirse ofendido;

·         tendencia a rumiar en exceso las preocupaciones, refugiarse en la soledad o en una excesiva reserva;

·         perfeccionismo, rigidez, insatisfacción;

·         falta de capacidad de dar y recibir afecto;

·         nerviosismo, impulsividad, desconfianza;

·         pesimismo, tristeza, mal humor;

·         recurso a la simulación, la mentira o el engaño;

·         gusto por incordiar, fastidiar o llevar la contraria; tozudez;

·         exceso de autoindulgencia ante nuestros errores; dificultad para controlarse en la comida, bebida, tabaco, etc.;

·         tendencia a refugiarse en la ensoñación o la fantasía; dificultad para fijar la atención o concentrarse;

·         excesiva tendencia a requerir la atención de los demás; dependencia emocional;

·         hablar demasiado, presumir, exagerar, fanfarronear, escuchar poco;

·         resistencia a aceptar las exigencias ordinarias de la autoridad;

·         tendencia al capricho, las manías o la extravagancia;

·         resistencia para aceptar la propia culpa, o sentimientos obsesivos de culpabilidad;

·         falta de resistencia a la decepción que conlleva el ordinario acontecer de la vida; no saber perder o no saber ganar;

·         dificultad para comprender a los demás y hacernos comprender por ellos;

·         dificultad para trabajar en equipo y armonizarse con los demás; etc.

 

        Alfonso Aguiló.

Con la autorización de:  www.interrogantes.net

 

 

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