La ventisca

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

    Teresa sabía muy bien que era la fecha del regreso de Antonio. Desde que se fue, no pasó un solo día sin que ella preguntara por él a su familia; y, según la última carta que su madre le había dado a leer, hoy era el día en que tenía que llegar al pueblo.

    Amaneció nevando y a media mañana se movió viento fuerte. Así estuvo todo el día. La tarde empezaba a declinar. Seguía ventisqueando con violencia. Teresa miraba y volvía a mirar, inquieta, por la ventana. Arriba no había cielo; todo era una cortina de color ceniza agitada por el viento. Por la poca calle que podía observar no transitaba ni un alma; sólo pasaba galopando la alocada ventisca. A su paso, las fachadas de las casas de enfrente quedaban difusas, apareciendo y perdiéndose tras la nieve. A Teresa le temblaba el corazón y no pudo más.

    Después de fregar la vajilla de comer, se calzó las botas y dijo a su madre que se iba a hablar un rato con una amiga. Fue a casa del tío Jerónimo. No mentía, porque amiga suya era Matilde la hija menor de la tía Anastasia y del tío Jerónimo. Quería estar cerca de los que, como ella, debían andar preocupados por Antonio.

    Envuelta en un mantón, llamó desde abajo y subió a la cocina sin esperar respuesta. Se encontró con caras enojadas, como si acabaran de discutir.

    - ¿No tengo razón, hija? -dijo crispada la tía Anastasia a la recién llegada.

    Teresa se encogió de hombros. El tío Jerónimo, para que comprendiera la situación, le dijo:

    - Quieren que alarme al pueblo, porque Antonio no ha llegado aún. Como si a mí no me importara mi hijo. ¡Un poco de calma!

    Matilde, nerviosa también, sacudió la cabeza y, cerrando los ojos, rezongó entre dientes:

    - ¡Calma..., con un día así!

    El hijo mayor, sentado junto al fuego, permanecía callado. Teresa se consoló al ver que la madre y la hermana pensaban como ella, y se decidió a intervenir:

    - Pienso que nadie se alarmará porque, como se ha hecho en ocasiones semejantes, se toquen las campanas para ayudarle a llegar.

    El tío Jerónimo se quedó pensativo. Aunque sospechaba que Teresa era la novia de su hijo, no era aún de la familia. Y que una persona ajena dijera aquello, le alentaba a salir en busca de ayuda. Por fin dijo:

    - ¿Tú crees que hay motivo para movilizar al pueblo?

    - El corazón me dice que sí -contestó Teresa.

    - Pues a mí también -declaró rotundamente.

    Las mujeres respiraron tranquilas. El tío Jerónimo se levantó, se abrigó y, al salir por la puerta, dijo al hijo mayor que se fuera preparando para salir con otros al pueblo vecino.


    Don Simón, detrás de los cristales de la ventana, contemplaba cómo la nieve, zarandeada por el huracán, sin poder ver de dónde venía ni a dónde iba, se arremolinaba detrás de las esquinas y en los rincones de la calle.

    Miraba y recordaba que, al poco tiempo de venir a vivir a estas tierras altas, pretendió ir, el primer día de ventisca que trajo aquel invierno, a dar sus servicios al pueblo vecino. Se pertrechó bien de botas y pasamontañas, y salió de casa. Desde la ventana de la cantina, algunos hombres lo vieron pasar por la calle. Le gritaron para detenerlo, y le dijeron que ir una persona sola al otro pueblo en un día como aquel era una temeridad; que, si era preciso el viaje, lo acompañarían, pero que aguardara, pues antes tenían que ir a sus casas a ponerse ropa adecuada. No había motivo para comprometer a un grupo de hombres; les hizo caso, y se quedó con ellos tomando una copa. Fue la primera vez que le advirtieron de los riesgos de la nieve, aunque le parecieron exageradas las precauciones. Más adelante tuvo ocasión de experimentarlo, y siempre que venían días como éste, le resonaban por dentro los temores.

    Como si estos recuerdos hubieran sido un presagio, advirtió la silueta de alguien que, arrebujado en una manta, avanzaba por la calle luchando contra la ventisca; se le ocultó bajo la ventana, y al instante oyó que aporreaban la puerta.

    - ¡Ya bajo! -gritó inútilmente.

    El zumbido del viento no permitía que oyeran su voz, y los golpes apresurados se repitieron mientras bajaba por la escalera. Abrió; entró un chorro de ventisca con el hombre envuelto en la manta, y cerró la puerta.

    - ¡Vaya día! - dijo don Simón.

    - Buenas tardes -contestó el tío Jerónimo el de la tía Anastasia, sacudiéndose la nieve de los pies y despojándose de la manta.

    - Suba a calentarse, mientras hablamos -lo invitó.

    - Que sea por poco rato, pues hay urgencia -le dijo.

    Dejó la manta sobre una silla de la entrada, y subió. Sentados junto a la estufa encendida, contó a don Simón su preocupación y le pidió ayuda.

    - Yo aviso a los mozos, y usted busca a los hombres que prefiera -zanjó don Simón.

    Se calzó las botas, se puso le jersey de lana más grueso que tenía, se enfundó en el impermeable, y bajaron por la escalera. Al coger el tío Jerónimo su manta, los copos de nieve, que trajo pegados a ella, se habían derretido en perlas de agua. La sacudió y se la puso encima. Al salir al vendaval, se gritaron el uno al otro las palabras de despedida, y se fueron por calles distintas.

    La tarea que don Simón iba a pedir a los mozos podía ser larga y, en aquellas condiciones, algo dura; pero sabía que la solidaridad de estos pueblos en casos como éste estaba garantizada.

    En las casas que entró, al enterarse de lo que sucedía, se repetían idénticos comentarios y advertencias: los hombres maldecían la falta de teléfono, prometido muchas veces y nunca instalado; los abuelos, conmovidos, recordaban casos similares, ocurridos en años pasados, y todos estaban de acuerdo en que había que hacer lo que fuera necesario. Y siempre, cuando el mozo de la casa se disponía a salir, era la madre la que le advertía:

    - Coge ropa, que la necesitarás.

    A medida que don Simón pasaba de puerta en puerta, dando la alarmante noticia, los mozos iban acudiendo a su casa. Aún no había terminado el recorrido, y ya estaban dos jóvenes en la torre de la iglesia bandeando la campana grande. Su sonido, envuelto en remolinos de nieve, se iba o venía, según lo empujara el viento.


    Teresa acompañó un rato más a la tía Anastasia y a Matilde, y volvió a su casa. Desde la ventana, su padre la vio llegar. El vendaval quería arrebatarle el mantón y le dejaba al descubierto parte del jersey; su color rojo parecía una mancha de sangre en la ventisca. Al contar a sus padres lo que ocurría en casa del tío Jerónimo, se esforzó por disimular su propia angustia, sin conseguirlo. Sus padres se reafirmaron en que Antonio suponía mucho para su hija. Intentaron darle razones que la tranquilizaran. Estaban hablando, cuando empezó a oírse el bandeo de la campana. Su sonido quitó de golpe la razón a sus palabras, y aceptaron que se trataba de un peligro cierto e inminente. Teresa rompió en un llanto contenido. Su madre, en silencio, comprendía aquellas lágrimas y no podía hacer más que estar a junto a ella. El padre pensaba en lo que se debería hacer para buscar al novio de la hija.

    Alguien llamó a la puerta, y oyeron que se sacudía los pies en la entrada. Entró en la cocina el tío Jerónimo y, sin tomar asiento, intentó excusarse:

    - No sé si debo... Pero ha sido vuestra Teresa la que me ha decidido a alborotar al pueblo.

    - Ya nos ha dicho, y cuenta conmigo -dijo el padre.

    - Acude, pues, a casa de mi hermano, para salir hacia el pueblo vecino con los otros. A casa de mi hermano y no a la mía, por Anastasia. Ya me comprendes.

    - Me calzo y salgo.

    - Gracias y quedad con Dios.


    Durante el verano, los ganados pacían por estos montes y se cobijaban en las majadas. Pero en un día convenido del otoño avanzado, los pastores los concentraban en el pueblo, para emprender vereda a mejores dehesas. En el pueblo sólo había tres ganaderos fuertes. Los demás unían su pequeño hato a uno de ellos, cuando tenían que trashumar.

    El tío Jerónimo no tenía ovejas; pero le ofrecieron la oportunidad de que Antonio, el segundo de sus hijos, ayudara a llevar los rebaños por las veredas hasta las dehesas de Extremadura. La familia no andaba sobrada, y eran de agradecer unos jornales.

    Durante la tarde y la noche, el pueblo se llenó de balidos. Los mastines se tumbaron a dormitar en las puertas de los corrales y también anduvieron por las calles en frecuentes escaramuzas. Por la mañana, se dio suelta a los ganados. La interminable procesión de ovejas avanzó apretada por las calles, a la voz de los pastores y ladridos de los perros. Detrás iban los burros cargados de vituallas y enseres para el largo viaje, escoltados por los pausados mastines. Las esposas, las madres, los hermanos y las novias acompañaron hasta las afueras del pueblo. Aquí se despidieron. La tía Anastasia encargó a su hijo Antonio que no dejara de escribir diciendo el día que regresaba.

    - Ya sabes cómo son aquí los inviernos -le recalcó.


    Si alguien tiene necesidad de viajar en días de ventisca como éste, nunca emprende el camino solo; es preciso que lo acompañen una cuadrilla de hombres fuertes. Todos han pasado por momentos de apuro, y nadie se hace el valiente al enfrentarse con la nieve.

    Hay pueblos por estas tierras altas con fama de buenos para despedir huéspedes. Enclavados en hondonadas de la sierra, disfrutan, a veces, de un día apacible que invita a emprender camino; pero, al llegar a lo alto en pocas horas, el caminante puede encontrarse con ventiscas infernales. El pueblo al que ayer llegó Antonio, situado al pie de la sierra, es uno de los que gozan de esta meteorología traidora.

    Don Simón, terminado su cometido de visitar las casas que había previsto, se encaminó a casa del tío Jerónimo bajo el sonido venteado de la campana. Éste no había regresado aún. El hijo mayor se había ido. La tía Anastasia, acompañada por algunas vecinas, no disimulaba su angustia. Dio a don Simón la última carta de Antonio. La leyó; miró el calendario que colgaba de la pared, y coincidían las fechas. Ayer llegaría con autobús al último pueblo de la ruta; aquí dormiría en casa de sus tíos, y esta mañana saldría temprano caminando a pie. A estas horas, debía estar ya en casa.

    Acudió el tío Jerónimo. Dijo que en aquel momento salían ocho hombres hacia el pueblo vecino, por ser el paso obligado del camino que debía traer Antonio. Tal vez, hubiera llegado hasta él y quedado allí ante el mal tiempo. Esto tranquilizó algo a la tía Anastasia y a todos.

    Don Simón emprendió el regreso a la suya. La espesura de la ventisca se mezclaba con el anochecer. Desde la torre, la campana seguía dando señales acústicas que orientaran al presunto perdido. Mientras caminaba con la cara vuelta para defenderse de los dardos que arrojaba el viento, pensaba que, si la expedición de esta tarde no daba con Antonio, habría que salir en su búsqueda al día siguiente temprano.

    Se encontró en casa con los jóvenes que había avisado, sentados en torno a la estufa. Sólo uno estaba de pie mirando por la ventana. Ninguno hablaba. Ellos mismos habían establecido turnos de diez minutos. Más tiempo era imposible soportar el vendaval que azotaba allá arriba en la intemperie de la torre.

    - Nos toca el turno a nosotros -dijeron dos.

    Se arroparon con tabardo y pasamontañas. Salieron de la amplia cocina que se comunicaba con la sacristía, y de ella, cruzando la iglesia, a la escalera de la torre. Todos habían sido acólitos y conocían al dedillo los vericuetos.

    Al momento, entraron los relevados soplándose las manos, con las cejas blancas de hielo, la cara aterida y con nieve por toda la ropa. Se dieron un calentón, se despojaron de la pelliza y se sentaron con todos.

    - ¿Alguna novedad? -preguntaron.

    Ninguno les contestó. Don Simón dijo que habían salido ocho hombres, y según las noticias que trajeran, tendrían que salir más al día siguiente.

    - Claro -dijo escuetamente uno.

    Los demás callaron. Estaban sin palabras; sólo pensaban mirando fijamente la estufa. Cavilaban si a Antonio le podría haber ocurrido lo peor.

    Don Simón puso una olla de agua a hervir junto al fuego. Sacó un paquete de café y el molinillo.

    - La noche va a ser larga, pues la campana no debe cesar -les dijo, y se puso a moler café.

    - Ya muelo yo -le pidió uno, quitándole el molinillo de las manos.

    Puso un hule sobre la mesa, tiró sobre ella un mazo de cartas, y los invitó a que jugaran. Quería, más que nada, que salieran de su obsesión. El que estaba en la ventana, se retiró de ella, mientras decía:

    - Ya se ha cerrado la noche y sigue ventisqueando.

    Se sentó junto a la mesa, tomó los naipes y se puso a barajarlos. Uno miró el reloj despertador que estaba sobre el aparador, se levantó y dijo a su compañero de turno que ya era la hora. Se arroparon y salieron dispuestos a soportar la violenta intemperie que entraba por los vanos del campanario.

    Don Simón quiso tranquilizarlos:

    - Al anochecer y al amanecer suele cesar el viento.

    Dijo esto, y pasó a la iglesia a rezar el Rosario de todas las tardes. Por las rendijas de la puerta había penetrado la ventisca, formando un caballón hasta el centro de la nave.

    Pensó que no habría gente. Y no había. Sólo la tía Anastasia, su hija y la novia de Antonio estaban arrebujadas en mantones. La presencia de estas personas declaraba la intención de la oración de aquella tarde. Empezaron a alternar avemarías. La puerta se abría y se cerraba continuamente y, junto con las pisadas de los que llegaban, se oía entrar más fuerte el bandeo de la campana y la ventisca. Por el piso entarimado de la sacristía redoblaron las botas de los jóvenes que venían de la cocina. Al final, la iglesia estaba llena. Nadie dijo nada y don Simón tampoco. Sobraba el comentario.

    Ya de nuevo en la cocina, sacó del aparador azúcar y tazas, para que los mozos se sirvieran café a discreción, a lo largo de la noche.

    - Para cenar, id a vuestras casas, pero sin dejar abandonada la campana -les rogó.

    El viento y la nieve seguían fuera. Se preparó para salir y, al irse, les comentó:

    - También el frío del campanario puede ser una súplica por Antonio. Animaos y jugad a las cartas, mientras voy a traer novedades.

    Se callaron, pero don Simón intuyó sus pensamientos.


    Teresa se tranquilizó cuando vio que su padre también salía a buscar a Antonio. Tenía la certeza de que haría lo imposible por encontrarlo. Confiaba plenamente en él. Animada por esta seguridad, se arropó de nuevo con el mantón y se fue casi exultante a dar confianza a la tía Anastasia y a Matilde. El tío Jerónimo la miró y calló. La tía Anastasia, ante el optimismo ingenuo de Teresa, le dijo:

    - Mira, hija, estos son momentos en los que sólo cabe la esperanza en Dios. ¿Nos vamos a la iglesia?

    Las tres mujeres se abrigaron bien y se fueron a rezar. La madre no había salido de casa en todo el día. Las dos jóvenes la cogieron una de cada brazo. La brega de las tres contra la ventisca revivió en la tía Anastasia las dificultades por las que debería estar pasando su hijo; y en el atrio de la iglesia manifestó sus miedos:

    - Sólo Dios nos lo puede salvar.

    Teresa, en ese momento, pensó mal de Dios. Rectificó y se dijo que era, tal vez, la ceguera de su amor la que le hacía ver crueldad donde no la había. Cuando entraron en la iglesia, vacía y casi a oscuras, dos mozos subían a la torre. Fue llegando mucha gente. Era señal de que todos pensaban que Antonio estaba en serio peligro, y Teresa volvió a derramar por los ojos sus anteriores temores, ocultando su cara en la penumbra del mantón. Al salir, algunos de los que habían acudido daban a la tía Anastasia los consuelos de la esperanza.

    Una de las amigas acompañó a las tres mujeres hasta la casa de la tía Anastasia. En la puerta, Teresa y la otra amiga se despidieron de Matilde y su madre, y se fueron solas, cogidas del brazo y juntando sus cabezas. Ambas caminaban sin prisa bajo la noche, zarandeadas por la ventisca. La amiga le susurró al oído:

    - Antonio es prudente y no se habrá puesto en camino.

    - Toda la familia son unos cabezones: ha escrito que vendría y seguro que ha salido; pero, cabezón y todo, lo quiero. ¡Estoy desesperada! -confesó Teresa.

    En sus mejillas enrojecidas por la ventisca, se le quedaban heladas las lágrimas.

    - ¡No pierdas la esperanza! -le exigió la amiga.

    - ¿Es que se puede esperar a los muertos?

    - No seas dramática, por favor.

    - Es que temo que también su amor hacia mí se haya perdido. El día anterior a irse con el ganado, tuvimos una discusión muy fuerte porque vino tarde a buscarme. Por mí, en aquel momento, lo nuestro había ya acabado. Pero no pude y salí a despedirlo al día siguiente. Me pareció que estaba indiferente. ¿Se habrá olvidado de mí en estos meses? ¡No sé por qué me angustio, si, tal vez, no me quiere ya!

    - ¡Confía en él! Volverá y entonces lo sabrás.

    - Pero, ¿y si no vuelve?

    Después de un diálogo sin respuestas ciertas, las dos amigas se separaron; una, disimulando por compasión sus temores, y la otra con la angustiosa duda de un amor doblemente perdido.

    Teresa acudió a casa a esperar el regreso de su padre. Estaba impaciente. Quería ayudar a su madre a hacer la cena, pero no hacía más que asomarse y retirarse de la ventana, intentando pelar la misma patata que, hacía ya un rato, había tomado en la mano. Su madre le tuvo que decir:

    - ¿Puedes dejar de hacer la peonza?.

    - ¡No puedo, madre!

    - Lo comprendo, pero no por madrugar amanece antes. Tu padre llegará cuando llegue.

    Al rato se oyó la puerta y pies que se sacudían. Teresa se asomó a la escalera y preguntó:

    - ¿Lo habéis traído?

    - No, ni noticias de él -contestó claramente su padre mientras subía.

    El alma de Teresa se desmoronó. No quiso saber más y se retiró a su cuarto. La madre hizo una seña a su marido, indicándole que la dejara en paz. El viento silbaba en las rendijas de su ventana. Por la cabeza de la muchacha pasaban con rabia pensamientos como que los hombres eran unos cobardes sin corazón. El sonido lejano de la campana le desató la imaginación y vio a Antonio muerto, caído en el suelo y medio cubierto de nieve.

    Mientras el padre se calentaba y se descalzaba en silencio, la madre fue preparando la mesa. Luego llamó a Teresa:

    - Sal a cenar; ahí vas a coger frío.

    No hizo caso. Oía el tintineo de los cubiertos y de los platos y, también, empezó a oír que su padre hablaba. Puso atención:

    - Lo más seguro es que no haya salido del pueblo. Mañana volveremos a intentarlo con más hombres para llegar hasta allá. Todo por no tener teléfono. ¡Maldita sea...!

    Teresa, por fin, salió con los ojos rojos de llorar. Se sentó con sus padres y, aunque no tenía ganas de cenar, se sirvió sopa y carne con patatas fritas. Inesperadamente declaró:

    - Yo mañana saldré a buscarlo.

    Se miraron sorprendidos los padres. Reaccionó la madre y le dijo para hacerle ver su locura:

    - ¿Por qué no ahora mismo?

    - Saldré con los hombres que van mañana.

    El momento ni era para ironías ni para malos genios. El padre prefirió razonarle:

    - ¿Has visto cómo he llegado yo? ¡Agotado! Y no hemos andado más que dos horas entre ir y volver. ¿Quieres ayudar? Reza y llora. Pero ir... Ya sé que lo estás pasando mal. Tienes que acostumbrarte a sufrir sin arrebatos.

    - ¿Más acostumbrada?

    - Estando en casa, el amor parece dar alas; pero para la nieve se necesitan piernas. ¡No hablemos más! -zanjó el padre.

    Teresa no terminó de cenar y se fue a la cama. ¿Dormir? El monótono bandeo de la campana le removía la tragedia de su corazón; no obstante, prefería que siguiera tocando. Se obsesionaba con alucinantes fantasías sobre las más dispares actitudes y situaciones en torno a Antonio: si estaría vivo o muerto bajo la nieve; si ya no era su novio o, tal vez, sí lo era; lo que le diría o no le diría, cuando lo viera.

    Se pasó la noche en vela entre lloros y pesadillas. Sólo en la madrugada pudo conciliar el sueño; y, gracias a ello, le pasó inadvertido el enmudecimiento de la campana. Porque, de haberlo advertido, habría saltado de la cama, en un impulso simultáneo de temores y de alegría.


    En casa del tío Jerónimo, el hijo mayor, que había acompañado a los otros siete, aguardaba junto a la lumbre a que se derritiera el hielo pegado en las pantorrillas, para poder desatar el hábil trenzado de correas finas con que había sujetado una larga tira de piel de conejo desde el tobillo hasta casi la rodilla. Junto al fuego había un charco de agua, y las perneras del pantalón desprendían vapor al secarse. Se quitó luego las abarcas y también las pieles que, con el pelo por dentro, le envolvían los pies en vez de calcetines. No hizo falta preguntar. La angustia se palpaba. Miró a don Simón encogiéndose de hombros, y sólo le dijo que también en el pueblo vecino estaban bandeando las campanas.

    - Habrá que volver a salir mañana -dijo don Simón, y se fue a hacer su ronda.

    En las casas que llamó ya conocían la última novedad, y se disponían a preparar lo necesario para la expedición de mañana. Conversando con unos y otros y escuchando opiniones, quedó concretado el plan de búsqueda. Saldrían al día siguiente tres expediciones con un total de 24 hombres. Irían juntos hasta bastante más allá del pueblo vecino. Allí se separarían: unos hacia el norte y los otros hacia el sur; y cada uno de estos dos grupos, caminando de regreso a casa, recorrerían un amplio semicírculo, que les ocuparía todo el día. La tercera cuadrilla iría directamente al pueblo donde tenía que haber llegado Antonio en autobús, con el fin de cerciorarse de su llegada allí y de su salida hacia casa. Estos deberían retornar cuanto antes, pues sus noticias eran las más importantes.

    Era ya casi media noche. Seguía el vendaval de nieve. La campana no cesaba de tocar. En los rincones de las calles y tras las esquinas que cortaban el viento, se habían formado enormes ventisqueros. Con nieve, a veces, hasta la cintura, o pisando tierra donde barría el viento, volvió don Simón a casa del tío Jerónimo para comunicarle el plan. El mayor se fue a descansar, para madrugar y salir con la cuadrilla que iría al pueblo. La tía Anastasia, suspirando, puso a secar las pieles de conejo junto a la lumbre, y a preparar el zurrón con comida y bebida para el hijo mayor. Don Simón, aunque sabía que era inútil, les dijo que se fueran también a dormir. Al volver a su casa, bajando una cuesta, se le resbalaron los pies y cayó al suelo de espaldas sobre la nieve en polvo. Estaba seguro de que nadie le podía ver, pero miró instintivamente a uno y otro lado, para reírse con el que le pudiera haber visto.

    Preguntó a los mozos si habían cenado. En torno a la mesa, cada uno con su taza de café, todos jugaban a las cartas, menos los que acababan de bajar de la torre, que estaban pegados a la estufa. Don Simón se puso a cenar con agradecimiento lo que la madre de uno le había mandado.

    - ¿Cree usted que cesará la ventisca? -le preguntaron.

    - Al vencer la noche -aseguró sin estar convencido.

    Mientras cenaba, pensaba que parecía inútil seguir bandeando la campana. Si Antonio no había pasado por el otro pueblo, no era probable que estuviera cerca del suyo. Pero, como nunca se sabe qué caminos siguen los perdidos, lo mejor era continuar. Y, más que para darles ánimos, por entretener el tiempo les contó los apuros que pasó un día de ventisca:

    - Salí después de comer de uno de esos pueblos que llaman buenos para despedir huéspedes. Allí, aunque todo cubierto de nieve, hacía un día de sol y tranquilo. Caminé carretera arriba por un hondo barranco, siguiendo la trocha abierta. Era una trinchera angosta, cuyos bordes me llegaban hasta las caderas. Subía sudando. Cuando salí del barranco a campo abierto, me hallé con la sorpresa de que se había desencadenado un fuerte viento que barría y levantaba la nieve del suelo. No había ya trocha que seguir, ni podía ver nada. La ventisca me azotaba en el rostro con alfileres de hielo. Recordé el consejo de no parar de andar ante la nieve, y vencí la tentación de guarecerme en un cobertizo para ganado que había allí cerca. Ponía todo mi empeño en no salirme de la carretera. Cruzando las manos sobre los ojos, podía ver, a través de la rendija que abría entre los dedos, unos metros del perfil de la carretera. Así fui avanzando lentamente. Sabía que después de llanear un largo rato, tenía que subir un kilómetro de pronunciada cuesta, y cuando, por las piernas, notara el final de ella, debía salirme a la derecha de la carretera para entrar en el pueblo, que estaba allí mismo en una vaguada . Así lo haría. Pero, sin advertirlo, me había pasado de largo de la entrada al pueblo unos cien metros. Coincidió que oí el toque de la campana que llamaba al Rosario. Siguiendo su sonido, dejé la carretera y bajé a ciegas su talud; me topé con las paredes de los huertos, y salté por encima de algunas de ellas; me clavé en varios ventisqueros, y salí de ellos trepando. Por fin, pude tropezar con las primeras casas del pueblo.

    Terminando su relato don Simón, los dos que bajaron de la torre dijeron con alegría que estaba amainando el viento. Se asomaron a la ventana, limpiando antes el agua condensada en los cristales, y tenían razón. Eran, pasadas, las cuatro de la madrugada.

    - Subid un turno más y os vais a dormir. Mañana por la tarde hay que volver a tocar, pensando también en las cuadrillas que van a salir -les pidió don Simón, y dijeron que sí.

    Cesó definitivamente el viento y la nieve. Las estrellas y la media luna en menguante aparecían ateridas en el cielo, corriendo tras las nubes volanderas. Los mozos se tomaron un último café, y se fueron a sus casas cuando los gallos cantaban en lo más recóndito de los gallineros.

    El día amaneció sereno, con el sol entre nubes. Sólo se movía una ligera brisa, incapaz de levantar la nieve, pero extremadamente gélida. Todos bien arropados y calzados, con garrote en una mano y con morral a la espalda, los veinticuatro hombres fueron acudiendo a la puerta del tío Jerónimo. A los pocos minutos, salían del pueblo en fila.

    Asomarse al campo, todo cubierto de nieve, y más después de una fuerte y prolongada ventisca, es desconcertante. Todo es blancura sin contrastes. Es tropezar con un paisaje virgen y desconocido. No hay caminos, ni relieves, ni matorrales, ni vaguadas, ni curvas. Aquí sí que se cumple al pie de la letra lo de Machado. Cada cual tiene que improvisar su camino; y al recorrerlo, tan posible es andar sobre piso firme, como hundirse en un ventisquero. El tanteante bastón suele ser el detector más usual. Sólo los pinos solitarios y las cumbres altas son puntos de referencia para orientarse hacia el destino del viaje.

    También salieron a la calle algunos perros que, después de la obligada encerrona de ayer, desfogaban sus energías corriendo y jugando a perseguirse y a revolcarse por la nieve. Pensaban que iban de caza con sus amos. Sin cesar en sus carreras lúdicas llegaron a campo abierto. Se clavaban hasta la tripa y tenían que caminar a saltos. A medida que la fila de hombres se alejaba, ellos se detenían y miraban a ver si sus amos los llamaban. Nadie les decía nada y, dando un resoplido para sacudirse la nieve del hocico, se volvieron cabizbajos a vagabundear por las trochas del pueblo. Por las trochas que los hombres habían abierto antes con palas, para que las mujeres pudieran ir a la tienda, a la fuente o al horno.

    En casos como éste, la solidaridad superaba las rencillas pueblerinas que se habían acumulado durante años. En aquel grupo de hombres estaban los dos que habían tenido un pleito por unas lindes; los del juicio por invasión del ganado de uno en el sembrado del otro; el de la discusión acalorada con el panadero porque el horno estaba pasado de fuego y se arrebató el pan; el albañil que se enfadó porque llamaron a otro a retejar; el herrero que era un borrachín y no aguzaba a tiempo las rejas de los arados; el de la tienda que cobró demás por equivocación y le dijeron que era un ladrón; los hermanos que no se hablaban a consecuencia de la herencia; los de las mujeres que discutieron en el lavadero por aclarar una la ropa en la pila antes de turno, y se dijeron de todo, mezclando a los maridos en la pelea. Todo quedaba olvidado y perdonado, y lo consideraban ridículo, al contrastarlo con la probable tragedia que temían descubrir.

    Andar sobre la nieve, aun en días calmados, es agotador. Apetece detenerse a tomar un respiro; pero hay que vencer esta tentación, si no se quiere morir helado sin darse cuenta, en pocos minutos. Las bajas temperaturas son muy traidoras. Los hombres de aquí lo saben, y jamás consienten que uno de la cuadrilla ceda al agotamiento. Si es menester lo llevan a rastras o a bofetadas. Alguna vez lo han tenido que hacer. Todo, menos sentarse a descansar.

    La marcha de los veinticuatro hombres, en fila india, era lenta. El que hacía cabeza tenía que asegurar los pasos tanteando con el garrote y, además, romper la nieve con sus pisadas. Los demás andaban sobre las huellas del que le precedía. Cada poco tiempo, el primero, para descansar, se apartaba a un lado, cedía la cabeza al segundo y se ponía en la cola. Así caminaron, en continuos relevos, hasta el punto previsto; y después, las tres cuadrillas de ocho.

    En el pueblo entre tanto, los niños, bien abrigados y con las manos en los bolsillos, acudieron a la escuela con sus carteras a la espalda y con un leño bajo el brazo para la estufa. Alguien, con un saco vacío al hombro y la pala en la mano, iba a las eras a cargar paja para los animales. Alguna moza transportaba cubos de agua con las manos enrojecidas por el frío, menudeando el paso desde la fuente a casa. Salían las vacas de labranza al abrevadero, y para que pudieran beber, se tuvo que romper con un pico la capa de hielo. Los que se cruzaban con ellas tenían que salirse de las trochas para ceder el paso a sus imponentes cornamentas que avanzaban inexorables por la estrecha senda.

    A la tienda acudieron varias mujeres, para comprar y, sobre todo, para comentar sus temores que, después de mucho hablar, se resumían en que la esperanza única era que Antonio no se hubiera puesto en camino, porque ante un día y una noche tan malos, era imposible sobrevivir. Todos vivían la espera, con palabras de ánimo a la tía Anastasia, pero sospechando lo peor por dentro.

    A media tarde, las nubes se apoderaron del sol y empezó a nevar de nuevo. Todos temían que también se moviera viento fuerte. No hizo falta llamar a los mozos. La campana grande se puso en marcha inmediatamente. Además de Antonio, eran veinticuatro hombres, por tres rutas distintas, los que se podían perder.

    Pero no se perdieron. El que efectivamente estaba perdido era Antonio. Salió del pueblo, como decía en la carta. Esta fue la noticia que trajeron los que habían ido hasta allá. El hijo mayor dijo que habían regresado buscando en zigzag, y no habían visto ninguna señal. La tía Anastasia y el tío Jerónimo rompieron a llorar.

    - ¡Aún hay esperanzas! Faltan los otros por llegar -les decían las vecinas, por decir algo.

    Seguía nevando, pero se aguantaba el viento. Una hora después llegó otra cuadrilla y, ya de noche, la tercera. Ni rastros pudieron encontrar de él. Uno de cada cuadrilla acudió, apesadumbrado, a dar estas noticias al tío Jerónimo. Don Simón se fue a hacer la ronda por las casas de los que acababan de llegar. El convencimiento de todos era que no había ya nada que hacer.

    - Puede estar sepultado en cualquier ventisquero -le dijo uno, mientras se quitaba las pieles al amor de la lumbre.

    - Se ha podido guarecer en algún cobertizo de ganado -le insinuó don Simón.

    - Suponiendo que pudiera haber aguantado la noche, hoy hubiera dado señales de vida. Las tres cuadrillas llevábamos trompetas y cuernos, e íbamos atentos a cualquier señal de huellas o humo. No ha habido respuesta.

    - Por favor, no quitéis la esperanza a sus padres.

    - Es que yo tampoco la tengo perdida, aunque no sé en qué apoyarla -le contestó.

    Teresa se hundió definitivamente cuando llegó la última expedición. Su padre, que había ido al pueblo al que Antonio había llegado en autobús, no encontraba razones para darle alguna esperanza. Su madre tampoco, y sólo se le ocurrió decirle:

    - Estas cosas pasan y hay que aceptarlas como vienen, pensando que el mundo no se acaba.

    - ¡Qué fácil lo ves!

    - Mira a la tía Anastasia, y es su madre. Llora, pero acepta. La vida te irá enseñando, hija. Ya lo verás -terminó su madre.

    - ¡Ya lo verás...! Como si el amor fuera un delantal de quita y pon... -replicó Teresa, sorbiéndose las lágrimas.

    Ninguna persona mayor se fue temprano a la cama. Todos estaban velando desde sus hogares. ¿Cómo iban a dormir, si Antonio, la tía Anastasia y el tío Jerónimo...?

    Don Simón, camino de casa, pensaba que mientras sonara la campana, como estaba sonando, se mantendría la esperanza. Hacerla callar sería proclamar la derrota. Tal vez no serviría ya de nada seguir tocando por Antonio, pero sí por sus padres y por el pueblo. Y con esta idea entró en casa. Allí estaban los mozos esperando noticias.

    - Ya han vuelto todos, y nada; pero hay que seguir bandeando mientras haya fuerzas -les dijo, y se puso a cocer café.

    Era ya media noche, y se oyeron voces. Se abrieron las ventanas para conocer el motivo, y por ellas entró la noticia: ¡Antonio ha vuelto, Antonio ya está en casa! Un escalofrío de emoción recorrió por todo el pueblo. Dos mozos subieron a la torre para avisar a los que allí estaban; pero en vez de dejar de tocar, aceleraron el bandeo, también con la otra campana. Era la manera de lanzar al viento su desbordante alegría.

    Este repentino júbilo desencadenó en Teresa un estallido de risa y llanto incontenibles. Se precipitó escaleras abajo, pero se volvió desde la puerta de su propia casa. Pensó que lo abofetearía y, al mismo tiempo, se lo comería a besos; además, no iba a dar un espectáculo de histeria y lágrimas cuando no estaba segura del cariño de Antonio. No quiso ir a verlo.

    En pocos minutos, se llenó la casa del tío Jerónimo. Allí, junto al fuego, veían exhausto a Antonio con un grupo de hombres del pueblo vecino. Todos se daban los parabienes. No era momento de preguntar curiosidades, pero pudieron saber, por boca de aquellos hombres, que Antonio llegó al pueblo entrada la noche y que, nada más recuperar algo las fuerzas, lo acompañaron para traer cuanto antes la tranquilidad a sus padres. Todos se fueron retirando a sus casas, convencidos de que acababan de ver a un muerto resucitado.

    Antonio, aunque mudo por el agotamiento, no dejaba de mirar a la gente que venía y se iba. Echó en falta a la persona que más le importaba. Teresa no había acudido. De su mente cansada, se apoderó un mal pensamiento: alguno se la había quitado en su ausencia, o lo había dejado por aquella discusión. En un aparte, preguntó a su madre por ella:

    - Está como yo, hijo.

    Y el cansancio se le fue quitando más deprisa.

    La madre pudo dormir aquella noche, pero, al despertarse, le parecía una feliz pesadilla el regreso de su hijo. Se levantó y se asomó a la alcoba para cerciorarse; Antonio dormía profundamente, y ella suspiró de alivio. También Teresa durmió y madrugó. Llamó a la puerta, y la tía Anastasia le dijo que había preguntado por ella. No quiso saber más. Volvió a su casa, convencida de que habían valido sus penas.


    Hablando después con sus amigos, Antonio no sabía dar detalles. A no ser que, agotado de andar a ciegas, envuelto en ventisca, dio al azar con la pared de una cabaña de guardar ganado; sin dejar de palpar sus paredes, buscó la puerta, entró, encendió fuego en el rincón más hondo, comió y se dispuso a pasar la noche en ella. Cuando se paró el viento, se tumbó junto al fuego y se durmió.

    - ¿Qué aprisco era? -preguntó uno.

    - Si lo hubiera sabido, no habría andado perdido todo el día -contestó.

    - Pero, ¿ahora sabrías ir? -quiso saber otro.

    - Lo mismo que no supe venir.

    - Pero más o menos... -le insinuaron.

    - Por la mañana me asomé a la puerta y, observando el sol y las cumbres, me pareció saber, más o menos, dónde estaba. Comí y me decidí a salir en dirección al pueblo que yo creía más cercano. Pero después de andar todo el día, llegué a uno que no era el que yo pensaba. Cuando pregunté y me dijeron el nombre del pueblo al que había llegado, mi brújula se volvió loca. Por eso, ahora, ni sé de dónde partí ni el camino que recorrí. En mi recuerdo, sólo es un camino agotador, nunca andado; como escrito en agua. Sé que existe esa cabaña, pero ignoro dónde puede estar. Ahora entiendo que, para no andar perdido, hay que conocer el punto de partida, el camino y el destino. Si falla uno de estos tres datos, y si son los tres no digamos, ya no hay quien se aclare ni en la nieve... ni en la vida.

    - Has vuelto filósofo -ironizó otro.

    - Es que... En serio, creí morir. Y también vosotros me dabais por muerto. Gracias por todo lo que habéis hecho.

    - Lo nuestro no te ha servido para nada -aclaró alguien.

    - Nunca se sabe qué es lo que sirve. Vosotros lo hicisteis, y esto es lo que vale. Por eso os repito mi agradecimiento -terminó Antonio.

    Lo que nunca contó, porque nadie, a excepción de su madre y Teresa, lo habría creído, es que, cuando se le venía encima la noche y la muerte, perdido en la ventisca, le pareció ver un animal raro, como un oso. El animal se puso de manos frente a él, gruñó amistosamente, se volvió de espaldas y se puso a andar. En circunstancias normales, Antonio se hubiera asustado y hubiera huido, pero, en aquellos momentos, hasta una fiera era buena compañía. Lo siguió, y es cuando tropezó poco después con las paredes de la cabaña. El fantástico animal se alejó entre la nieve y Antonio se guareció dentro.

    Valencia, noviembre 1992





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