Las luciérnagas y el sol

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

    Era noche cerrada, sin paisaje. Javi no sabía ya el tiempo que llevaba caminando. La luz de la linterna se agotaba por momentos. Miró el foco, y apenas se notaban los filamentos de la bombilla. El sendero había desaparecido bajo sus pies. Siguió andando entre pinos y monte bajo, hasta que le cortó el paso un muro de rocas que la oscuridad agigantaba.

    Se dejó caer en el suelo recostando la espalda sobre la mochila. En la noche había placidez y humedad. Por entre las ramas de los pinos pudo ver, muy altas, algunas estrellas. Estaba muy cansado. "Tendré que preparar el saco de dormir", pensó. En ese instante, vio una lucecita intermitente que se desplazaba por el aire, pasando por encima de sus pies. La siguió con los ojos, y desapareció a pocos metros. Entonces se dio cuenta de que, casi al alcance de la mano, había en el suelo un punto de luz blanca; otro, un poco más allá. Se incorporó para mirar a sus espaldas y vio varios más, y nuevos destellos voladores.

    - Son luciérnagas -se dijo.

    Sacó los brazos de las correas de la mochila y se volvió a tumbar todo lo largo que era sobre la hierba al pie de la roca.

    - "Estoy muy cansado. Pero si fuera luciérnaga, seguiría volando; si fuera luciérnaga, tendría luz para continuar mi camino; si fuera luciérnaga...; si fuera...", pensaba anhelante.

    Su respiración se fue haciendo sosegada y profunda. Las estrellas se apagaron en sus ojos.


    No se sabe cómo ocurrió. El hecho es que Javi trepó a la parte más alta de un tomillo; abrió sus élitros, y se lanzó al espacio. ¡Volaba! Le salieron tres destellos. Se alegró. Pero antes del cuarto, tropezó contra la rama baja de un pino y cayó aturdido al suelo. Una manada de bestias, tan negras como la noche, gruñendo y roncando, araban el suelo con sus poderosos hocicos. Javi, de un salto, huyó de la broza que los jabalíes, en su afanoso hozar, le echaban encima. Alcanzó la rama y respiró seguro.

    Otra luciérnaga voladora que vio el accidente, frenó su vuelo y se posó junto a Javi. Mirándolo fijamente, le dijo:

    - No te conozco. ¿Eres de este valle? Vuelas muy mal para venir de lejos.

    - ¡Es mi primer vuelo! Me llamo Javi. ¿Cómo te llamas tú?

    - Las luciérnagas no tenemos nombre. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

    - Se agotó la luz de mi linterna y perdí el camino. Pero ahora, con esta nueva luz, ya puedo ir a ver a mis padres.

    - ¿Luz de linterna? -preguntó intrigada la otra y añadió:

    - ¡No hay más luz que nuestra luz! Y no sirve para alumbrar; sólo para ser vistas. ¡Mira!

    Se elevó y, repitiendo hasta quince destellos, se perdió en la noche. "¡Qué bien vuela! También yo lo conseguiré", se dijo Javi.

    Estuvo un rato observando y descubriendo los misterios de la noche. Oyó el vuelo suave y siniestro de una ave nocturna. Pasó una ardilla como un visaje de la oscuridad. Las ranas croaban a coro en alguna charca lejana. Aparentemente descontrolados, los murciélagos zurcían el paño negro de aquellas horas. Un caracol se deslizaba tronco arriba, sobre un camino de baba.

    Javi advirtió que, a la vista del caracol, se le despertaba la necesidad de comer. Se sobrepuso al hambre y volvió a intentar un nuevo vuelo.

    Esta vez fue más prolongado. Por los destellos que emitía, le pareció ser un avión cuando vuela de noche por encima de la ciudad, aunque chiquitín, como una mosca. Miraba y miraba, pero no lograba descubrir ningún camino. "Así no llego a ver a mis padres".

    Iba pensando en esto, cuando un murciélago, con su boca abierta de vampiro, se lanzó sobre él. Se interpuso la rama de un arbusto. Javi, paralizado por el pánico, se dejó caer sobre la hierba. Respiró hondo varias veces. Una vez repuesto, trepó a lo alto de un junco. Miró a su alrededor, por precaución. Vio que, a varios metros, unas luciérnagas peleaban con un caracol. "Voy a ayudarles y comeré con ellas", se dijo.

    Se oía el murmullo de un riachuelo que, hendido en el césped de la pradera, le impedía el paso. Se aseguró de la ausencia de murciélagos, y voló hasta ellas.

    - Soy Javi ¿Me permitís?

    - ¡Come!

    Javi introdujo su cabecita en el cascarón del caracol para succionar alimento. Mientras tanto, una de ellas preguntó a las otras:

    - ¿Lo conocéis?

    - No -le contestaron.

    Terminó Javi, y les dijo:

    - Si mi linterna tuviera luz, encontraríamos muchos caracoles para comer.

    - ¿Qué es eso de la linterna?

    - Que enfocas la luz, y ves lo que hay alrededor.

    - ¿Qué luz?

    - ¡La de la linterna! ¡Parecéis tontas!

    Las otras luciérnagas pusieron cara de sorpresa. "¿De qué luz de linterna habla éste?", pensaban para sus adentros, mientras se miraban unas a otras con gesto de escepticismo. En esto, un enorme sapo, con torpe y sigiloso andar, se presentó por sorpresa. Ellas retrocedieron atemorizadas. Abrió su bocaza y se tragó el caracol.

    Javi huyó alzando el vuelo.

    Mientras volaba, con precauciones para evitar nuevos peligros, se le acercó otra voladora, y empezaron a hablar:

    - Aunque no te conozco, ¿me permites la confianza de preguntarte hacia dónde vuelas?

    Javi dijo una vez más su nombre; que se le había agotado la luz de la linterna; que iba a ver a sus padres. Con un destello profundo concluyó:

    - ¡Necesito verlos!

    El interlocutor también manifestó su extrañeza:

    - ¿De qué luz hablas?

    Javi empezaba a pensar que las luciérnagas eran muy preguntonas sobre cosas muy claras.

    Quiso contestar una vez más, pero no pudo. Preocupado de volar y volar, no pensó en el aterrizaje y chocó contra una alta roca. Cayó en el césped junto a una piedra suelta, donde había una luciérnaga sin alas: como un gusanillo brillante.

    - ¡Hola! ¿Te has hecho daño? -le dijo ésta.

    - No. Me llamo Javi. ¿Tú?

    - Vivimos sin nombre. ¿De dónde vienes, hijo?

    Se enterneció Javi, más que por el golpe, por oír que le llamara hijo. Y le contó toda su historia: que era un niño de ocho años que estaba en un campamento con otros chicos; que no podía aguantar los tirones del cariño que le arrastraba hacia sus padres; que, por esto, huyó a media noche, cuando sus compañeros dormían; que la luz de su linterna se apagó, y se quedó perdido en el bosque; que ahora era luciérnaga para tener luz y poder seguir el camino.

    - Aunque me hablas de cosas aparentemente increíbles, te creo -le dijo la luciérnaga, y añadió:

    - Yo ya soy vieja. He visto muchas señales de otros seres y de otra luz. Hay que ser humilde para reconocer la pequeñez de nuestra luz, y para sospechar la existencia de otra, tan inmensa que no se puede imaginar. Sé que está más allá.

    Esto último lo dijo como hablando consigo misma. Y le suplicó al final:

    - Hijo, ¿por qué no te quedas con nosotras, y nos hablas de esa otra luz?

    Javi dio un beso a la vieja luciérnaga por haberle llamado hijo. Se sintió muy feliz, como si hubiera encontrado a su madre, y le contestó:

    - Me quedo. Además, es tan maravilloso volar....¡Hasta luego!

    Y se lanzó al aire.

    Para descansar, se posó torpemente en la hoja de un cardo junto a una gota de rocío.

    "Me quedo hasta que termine el campamento. Lo malo es que no tienen nombre y no me puedo entender bien con ellas. ¡Ya sé! A las que vuelan como yo, les pondré los nombres de mis amigos. Como tengo tantos... Las que no tienen alas deben ser las chicas. ¡Seguro, pues son más bonitas y luminosas! Les pondré los nombres de mis hermanas, primas, tías... Son suficientes".

    Estaba Javi pensando así, cuando la gota de rocío se deslizó y casi lo arrolla. Alzó el vuelo, lanzó cuatro destellos y aterrizó suavemente junto a una chica.

    - ¿Te quieres llamar Elsa? Yo me llamo Javi. Elsa es mi hermana mayor. Es muy renegona, pero ahora la echo de menos.

    Sonrió Elsa aceptando el nombre, y se iluminó intensamente. El resplandor de Elsa atrajo a otra voladora. Se restregó los ojos al tomar tierra y dijo:

    - Tú debes ser Javi, el que acaba de llegar.

    - Sí. ¿Quieres que te llame Felo, como mi hermano pequeño?

    - No tengo inconveniente. Me gustaría empero que nos hablases sobre un rumor que corre, referente a una luz que ilumina los caminos.

    - ¡Ah, mi linterna! Se agotó ya -dijo sin dar importancia a esto.

    A otra que se acercaba lentamente, le puso el nombre de Bety.

    - Como a mi otra hermana, ¿sabes?

    Mientras Bety sonreía agradecida, Javi se lanzó al espacio como si tuviera prisa.

    - ¡Hasta luego hermanitos!

    En sus incesantes vuelos iba poniendo nombres: Pache, Tata, Lía, Rut, Lalo, Tere... De repente, se acordó de algo muy importante, y dirigió su vuelo, siempre destellante, hacia aquella roca del accidente. Tomó precauciones, vio el punto luminoso y se posó dulcemente.

    - ¿Te quieres llamar Ana?

    - Como tú quieras, hijo. Pero, ¿por qué Ana?

    - ¡Porque así se llama mi mamá!

    Ana se cargó de ternura, y se puso tan brillante, tan brillante que Javi le dijo:

    - ¡Casi brillas como el Sol!

    Y se quedó junto a ella.

    Ante tal resplandor, fueron acudiendo las luciérnagas de la colonia, rápidas las voladores, lentas las que parecen gusanitos. Nunca habían visto tanta luz. Todas miraban asombradas..

    Poco después, Ana, repuesta de la emoción y recuperada la normalidad de su luz, preguntó:

    - ¿Qué has querido decir con eso de brillar como el Sol?

    - Que, cuando se hace de día, sale el Sol. Con él, se iluminan las cumbres y los valles; se ven los árboles y las casas. Se reconocen los caminos. Salido el Sol, ya no se necesita la linterna; ni los coches necesitan los faros; ni las casas, lámparas; ni las calles, farolas. Todos te ven, y tú los ves a todos. Se distinguen los colores. ¡Oh los colores...! Cuando está el Sol en el cielo, ya no se ven las estrellas, ni la luna. ¡Incluso nosotras nos quedamos sin luz!

    Pipo, meciéndose en la rama de un espliego, cortó a Javi:

    - ¡Nosotras siempre tenemos luz!

    - Pero no se nota, porque es muy pequeñita comparada con el Sol -observó Javi sin ánimo de polemizar.

    - ¿Y quién ha visto todo eso?, -replicó Tata que, bajo mínimos de luz, estaba en primera fila del corro.

    - ¡Habla, hijo, habla! -pidió Ana entusiasmada.

    - Yo, antes de ser luciérnaga, lo veía todos los días. ¡Es maravilloso! Redondo. Da tanta luz que no se le puede mirar directamente a él; pero él lo ve todo. Con su luz no tropiezas al andar. Pasar de la noche al día es como pasar de un mundo a otro. Si se apagara el Sol, no habría vida en la tierra. ¡Ni nosotras tendríamos luz!

    Quique, que se asomaba a la reunión desde el tallo alto de una zarza, musitó:

    - ¡Ciencia-Ficción! Invenciones imaginarias de éste...

    Javi se calló. Nunca había hablado tanto, y estaba cansado. Rut insistió:

    - ¡Cuenta más cosas!

    Javi se encogió de alas, dando a entender que ya no sabía más.

    Toda la familia de luciérnagas se fue dispersando en pequeños grupos. Ninguna se quedó indiferente ante las revelaciones tan asombrosas que acababan de escuchar. Javi, sin pretenderlo, había sembrado la inquietud.

    - ¡No es posible! En nombre de la ciencia, ¡no es posible!

    Así dogmatizaba Sero, mientras se alejaba con un grupo de científicos. Luego añadió una larga disertación sobre la bioluminiscencia:

    - Todos sabemos que nuestros órganos luminiscentes se componen de una capa de células fotógenas, ricas en terminaciones nerviosas, bajo la cual se dispone una placa reflectante formada por células llenas de cristales de uratos. Y todo este maravilloso órgano de luz, al someterse a la abundante irrigación del líquido circulatorio, en el que la luciferina es el elemento esencial, produce nuestro exclusivo fenómeno lumínico. ¡Esto es lo que dice la ciencia! -concluyó Sero.

    Las luciérnagas, ante la "ciencia", inclinaron asombradas la cabeza. Menos Tono, que, para apoyar lo que iba a decir, trepó a una brizna de hierba, respiró hondo repetidas veces, y consiguió brillar algo más. Luego intervino:

    - Tienes razón, colega; pero me vas a permitir una apreciación, científica también. La luciferina, para que en nuestros órganos produzca luz, tiene que convertirse antes en oxiluciferina. Es decir que interviene el oxígeno como elemento oxidante. Y el oxígeno lo tomamos de fuera, al respirar. Por esto, cuanto más deprisa respiramos, tomamos más oxígeno y aumenta nuestra luminosidad, como os acabo de demostrar. ¿Es anticientífico, me pregunto yo, que grandes cantidades de oxígeno puedan oxidar a otros elementos, y se produzca esa gran luz de que nos acaba de hablar ese joven?

    - Tengo que reconocer que no es imposible -observó Pache, siempre atento a la conversación y a los razonamientos de sus colegas.

    - ¡La ciencia se atiene a los hechos! -cortó Sero, siempre dogmático y contundente.

    - ¿Pero es que no puede haber otros hechos? ¡No engañemos con la "ciencia"! -le replicó Pache.

    Y con andares solemnes se fueron alejando en la oscuridad, manteniendo cada cual sus posturas científicas.

    Lalo, que se consideraba poeta, dialogaba por otra parte con Lía, bajo una amapola:

    - Porque tú eres una dormilona; pero yo, que apuro la jornada hasta el último minuto, he observado que los pájaros, las torcaces, las alondras en sus torres de aleteos, tienen ritmos de vida distintos a los nuestros. Precisamente cuando yo me retiro a mi agujero, ellos trinan, arrullan, gorjean con acentos alegres e ilusionados, como si entonces salieran a vivir. ¿No será porque su tiempo es otro?, me pregunto.

    - ¡Imaginaciones tuyas! -le dijo Lía.

    - ¡Sensibilidad de poeta! -contestó Lalo

    Una suave brisa arrancó uno de los pétalos de la amapola, y cayó encima de Lía. Mientras ésta salía de debajo del rojo manto, fue diciendo a Lalo:

    - Yo te admito que allá arriba se vean las estrellas, y que, a veces, se vea la luna rodando sobre las nubes. Pero de esto, a lo que ha dicho Javi sobre el Sol...

    Lalo, meciéndose en el vaivén de un hoja de trébol, continuó dando razones:

    - ¿Qué me dices del cielo que blanqueaba y de las estrellas que se escondían en aquella noche de bohemia? La blancura aquella que nos asustaba y aletargaba no estaba producida por algún elemento alucinógeno que podía contener el caracol que nos comimos, aunque tú te empeñaras en decir que ésta era la causa. Lo que ocurre es que, orgullosos de nuestra luz, nos encerramos bajo una piedra o en un agujero de la tierra, y acabamos por no ver más que eso: tierra y piedras.

    - ¡Ay, qué pobre sería la vida sin los poetas! Menos mal que la embellecen vuestros sueños.

    Lía dijo esto con una irónica sonrisa burlona que halagó a Lalo. Pero, de pronto, se puso muy seria, y añadió decidida:

    - Yo estoy dispuesta a aguantar fuera de mi piedra y a esperar ese Sol.

    - ¡Te acompaño! Hablaremos con Javi -dijo Lalo, y añadió este comentario:

    - Los poetas somos consecuentes. Primero vivimos la experiencia y luego la embellecemos. No así los filósofos que elucubran teorías, pero ni con un dedo las rozan. ¿Recuerdas a Nico? Dice que es subjetivista; que la realidad no existe, que es pura creación de nuestro intelecto. Un día, volando, se precipitaba contra una tela de araña. Cuando se dio cuenta de que iba a caer preso en ella, logró esquivarla con un giro de vértigo. Se quedó pálido. "¡Sólo es subjetiva!", le grité. Ya no me ha hablado más de su filosofía. ¿Nos vamos a ver a Javi? -terminó Lalo.

    También Cuca, Tico, Imma y Elsa se alejaban caminando lentamente del espectáculo que había dado Ana con su excepcional brillo, y de las revelaciones de Javi.

    Se detuvieron junto a una piedra que se había desprendido de la pared de una cerca. Tico, de un solo centelleo, saltó sobre ella, mientras decía:

    - Es bueno. Yo fui el primero que lo encontró cuando apenas sabía volar y tropezó contra una rama. No lo traté muy amablemente. Sin embargo, al verlo después, me dijo que, en agradecimiento, me ofrecía el nombre de Tico que es el de su mejor amigo.

    - No se le ve orgulloso ni petulante. Yo diría que es, más bien, ingenuo e infantil -apostilló Cuca.

    - La vieja Ana me ha dicho que es muy cariñoso. Que se puso tan brillante, porque Javi le dio un beso como a su mamá, -comentó Imma.

    Elsa, que, mientras las demás hablaban, había trepado lentamente hasta medio tallo de una mata de ajedrea, hizo este comentario:

    - Tampoco es egoísta. Quiere vivir con nosotras, porque nos quiere. Cuando se me acercó tan gentil y me dio el nombre de Elsa, me ruboricé. No me sorprende que exista ese Sol del que habla, pues él ya casi lo es.

    Tico, desde lo alto de la piedra, desentumecía sus alas de cuando en cuando. Con la humedad de la noche y tanto tiempo sin volar, se le atrofiaban. Tuvo que levantar el vuelo y hacer unos cuantos destellos. Imma, entre tanto, resguardada de la brisa junto a la piedra, añadió:

    - Es un desconocido para nosotras, y cabe la posibilidad de que quiera engañarnos con vanas fantasías. Pero viendo cómo es, no me lo imagino un mentiroso. ¿Qué interés tendría en ello? De verdad, yo me fío de él y le creo.

    - Lo que dice de su linterna es verdad. Yo vi acercarse esa luz. También le creo. Se ve que ha venido de un mundo lejano y distinto al nuestro, pero real. Me gustaría ver ese Sol -afirmó Elsa.

    Tico, después de su vuelo de calentamiento, se posó en lo alto de la mata de ajedrea, y pudo escuchar a Cuca que había trepado hasta la mitad de la pared de la cerca:

    - A mí me cuesta creerlo. Como es tan ingenuo, ha podido ser engañado por otros. El no miente, pero nos engaña.

    - Si no le he oído mal, a él nadie le ha contado nada. Lo ha visto y vivido personalmente -aclaró Tico.

    Y así, siguieron dialogando.

    Javi, después de despedirse de Ana, se dedicó a volar sin ningún rumbo, sólo por el placer de volar. En uno de sus aterrizajes coincidió con Tata y Quique, que también estaban hablando de lo mismo. Se percató de ello e intervino:

    - No sé por qué le dais tanta importancia. Me preguntasteis, y yo os dije la verdad. Una verdad que se refiere al otro mundo, al del día. Nosotras somos de la noche.

    - Pero, ¿qué otro mundo? ¿Es que hay otro mundo? -preguntó Tata, puesta al resguardo del tronco de una pequeña aliaga.

    - ¡El mío, cuando era niño! El del día, cuando sale el Sol.

    Quique, apoyado entre dos espinas de la aliaga sobre la que también Javi se había posado, manifestó:

    - Nosotras no creemos esas tonterías. Yo soy agnóstico, ¿sabes? Y aún suponiendo que fuera verdad, ese Sol para nosotras es incomprensible.

    Javi se encogió de alas. Quique continuó:

    - Y aunque lo pudiéramos conocer, él nada tiene que ver con nosotras. No nos afecta. El seguiría su vida, y nosotras seguimos la nuestra. Me importa igual que exista como que no.

    Javi voló dos destellos y se volvió a posar, esta vez, en el suelo. Caminó para acercarse a Tata, y les comentó:

    - No lo conocéis, porque os encerráis bajo la tierra, cuando cada día viene a manifestarse. Antes de ser luciérnaga, yo tampoco le hacía mucho caso. Estaba tan acostumbrado a que saliera a iluminarlo todo, que no lo tenía en cuenta. Hasta me molestaba, porque cada mañana tenía que ir al colegio. Pero, cuando él está arriba, se hace notar. Además de luz es calor. El otro día, en el campamento, me lavé los calcetines, los tendí al Sol y me los secó. Mi hermanita, tomando un día el Sol en la playa, no hizo caso a mi mamá, y por la noche no podía dormir de tanto como le escocían las espaldas. El Sol le había quemado la piel. Y con el calor del Sol y el agua crecen, florecen y dan frutos todas estas plantas que nos rodean.

    Javi, después de decir esto, levantó el vuelo y se alejó, dejando a Quique y Tata en su incredulidad. Pero no pudo evitar este mal pensamiento: "Sólo tienen la vanidad de ser una chispita de luz".

    En su incesante volar y escuchar, se dio cuenta de que todas las luciérnagas de la colonia estaban polemizando sobre la existencia del Sol. Todo esto le recordaba a su ciudad en "campaña electoral". Y le empezó a entrar miedo: "¿Habrá entre las luciérnagas eso que los hombres llaman mayoría democrática?"

    El había oído que, si la mayoría decía que se podía consumir droga, ya era bueno que los jóvenes se drogaran aunque acabaran hechos una pena. Si la mayoría decía que se podían matar los niños antes de nacer, pues ya no era malo matar a los niños. Y se le ocurrió pensar: "Si los jóvenes andan casi todos drogados, y a los niños no se les dejan nacer, dentro de unos años, a lo mejor, ya no hay mayorías".

    Le dio miedo que las luciérnagas, después de tantas discusiones, convocaran un "referendum" sobre el Sol. Si la mayoría decía que no existe, el Sol se apagaría. Casi le dio pánico pensar que esto pudiera ocurrir.

    Javi no sabía que la democracia sólo es un invento de los políticos para poder convivir. Pero que no crea ni verdades ni mentiras; ni bondades ni maldades. Que las cosas son como son, aunque la mayoría diga lo contrario.

    Y la realidad de aquel momento era que Sero se había constituido en líder de los científicos cerrados a la materia concreta de las células y terminaciones nerviosas.

    Pache aglutinaba a los científicos y filósofos abiertos a la posibilidad de nuevas realidades. Hasta llegó a pensar que, si se unían todas, podrían formar un Sol como el de Javi. Pero no llegó a proponerlo, porque comprendió a tiempo que, sí se colectivizan todas para una utopía inútil, cada una perdería su propio ser y su libertad individual.

    Los agnósticos se agrupaban en torno a Quique y Cuca.

    Progresistas, entre las luciérnagas, no había.

    Ana, sin pretenderlo, se había puesto al frente de las que creían en Javi.

    Con los idealistas estaba Elsa que, desde el primer momento, sintió un leal amor por Javi.

    Con Lalo sintonizaban los espíritus sensibles que captan más allá de la física, los poetas metafísicos.

    Lía se convirtió en la líder de las entusiastas que estaban dispuestas a la increíble aventura de averiguar, aunque fuera a costa de su vida, si eran ciertas o no las revelaciones de Javi.

    A estas últimas Ana les dijo:

    - Yo no voy a la aventura. Javi no ha hecho más que confirmar lo que yo ya sospechaba. He observado las huellas de ese Sol. Os advierto que puede ser peligroso. Veréis el Sol, pero, tal vez, muráis en el empeño. Es imposible verlo sin morir. Conviene que yo me quede como testigo. No obstante, alabo y aliento vuestro entusiasmo.

    Con estas palabras de Ana, el grupo se encaminó a buscar a Javi.

    Este andaba, con sus pensamientos, preocupado por las actitudes tan diversas que habían adoptado: "¿Llegarían a pelearse unas con otras, por una cosa tan clara como el Sol? Si lo pudieran ver..., pero no pueden sin achicharrarse. La aurora y el crepúsculo y la luna, que son sus huellas, no son razones suficientes para algunas. ¡Y son razones tan evidentes como el Sol mismo! ¿Qué hay, pues, en estas hermanas mías, para que no me crean? ¿Modas, orgullo, ignorancia, miedo, prejuicios, rutina? ¡Demasiados interrogantes!".

    Lo sacaron de sus pensamientos los destellos voladores de Lalo y la voz de Lía.

    - Aquí estoy. ¡Voy! -contestó Javi.

    Y voló hacia el grupito que venía sorteando con dificultad las hierbas de la pradera. Lalo se posó al mismo tiempo que Javi, y le preguntó:

    - ¿Quieres ver el Sol?

    - No tengo interés alguno. Quiera o no, pronto amanecerá. A no ser que hayáis ... -iba a pronunciar la palabra "referendum", pero se calló.

    - Todas nosotras queremos verlo, pero tenemos miedo. ¿Aceptas? -le dijo Lía.

    - ¡Acepto! Pero os advierto que para verlo tenéis que morir.

    - ¡No importa! ¿Dónde nos ponemos? ¿Qué es lo que tenemos que hacer? - preguntó decidido Tico.

    - Nada. Sólo esperar. El nunca falla. Aquí mismo podemos aguardar a que salga.

    - Pues aquí nos quedamos contigo. ¡Pero no te vayas! -pidió Elsa.

    Empezaba a clarear. Algunas estrellas se ocultaban. Ya sólo quedaba el lucero. Se recortaba, al contraluz, la silueta de las cumbres. El alba se extendía de oriente a poniente.

    Una pesada somnolencia se apoderaba de las luciérnagas. Algunas, como sonámbulas, impulsadas por un instinto inevitable buscaban dónde ocultarse. Su brillo se apagaba.

    - ¡No seáis cobardes! -las increpó Lía.

    En los pinos de la hondonada arrullaba una torcaz. "Lo hace ilusionada. Debe estar cerca ya el Sol", pensó Lalo el poeta.

    A Javi lo penetró un profundo sopor que lo dejó relajado, y se le cerraron los ojos.

    Por entre los pinos de la cumbre de enfrente penetraron los primeros rayos del Sol, y el valle recuperó su paisaje de praderas, pinos y cercas de piedra, que delimitaban las dehesas. Por el camino de la ladera, entre matorrales, bajaba un pastor con morral y garrote. El perro iba por delante olfateando fuera del sendero.

    Como todos los días, se levantaba el Sol por encima de las cumbres. Javi había dicho la verdad.

    - ¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh! -musitaron las luciérnagas de aquella aventura, y ya no hablaron más.


    En el campamento advirtieron la ausencia de Javi y su mochila. Sospecharon lo ocurrido, y se echaron al paisaje gritando con todas sus fuerzas:

    - ¡Javi..! ¡Javi..!

    El Sol estaba ya casi en lo alto. Javi abrió los ojos, y dijo:

    - ¿Veis cómo es verdad? ¡Ahí esta el Sol!

    Miró a su derecha; luego a su izquierda. Estaba solo junto a su mochila. Allí mismo, sobre una piedra, vio muertos unos gusanitos y otros insectos con élitros pardo-oscuros. Se incorporó. Vio la linterna. Comprobó que no daba luz. Extrajo la pila y la tiró. En la carcasa metió, con mimo, aquellos insectos. Los guardó en la mochila; se la echó a la espalda, y se encaminó hacia donde oía que lo llamaban.

    Se alegró de encontrarse con sus compañeros. Javi nunca contó su aventura. Mas siempre supo que los hombres son como luciérnagas, ante las realidades que no pueden ver ni entender.


    A la noche siguiente, cuando de nuevo, las luciérnagas, ignorantes del Sol, salieron a vivir fuera de sus escondites, Quique dejó caer, agnóstico él, esta frase:

    - Como podéis comprobar, ninguna de las que fueron al "otro mundo", ha vuelto a contarnos lo que hay allá.

    - Eso sólo quiere decir que no han vuelto. Pero no demuestra que no exista ese otro mundo del Sol -le contestó Tono.

    Mientras estos dos se replicaban con éstas y otras agudezas, Ana, que los oyó, pasó de largo diciéndose para sus adentros:

    - Se atrincheran en el orgullo de grandes palabras, y no advierten que su propia luz es una chispita de la Gran Luz.


    "A todos los jóvenes que, como Javi,

    dan, con sencillez, razón de la verdad

    en este mundo de "gusanitos de luz".

(Julio 1986)





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