Realidades sin sombra

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

-I-

    Mauro el Zurdo tiene ojos de pillo en una cara redonda y tostada, con barba de varios días. La boina, que nunca abandona, le cae en pico sobre la frente. Siempre viste un traje de pana gris estriada, con mugres en el cuello y en las bocamangas de la chaqueta, y los pantalones parecen dos tubos con codos en las rodillas. Es ya sesentón y soltero.

    Ha sido guarda jurado de Masegar, mientras este pueblo necesitó este servicio. No lo cuenta, pero todo el pueblo sabe que la cicatriz que le cruza la mejilla izquierda se la produjo un pastor durante una dura reyerta entre ambos por denunciarle el ganado cuando pastaba en tierras prohibidas. Ahora, durante el verano, pasa algunas horas del día en la torre de control de incendios, pagado por el Icona.

    Conoce el término municipal con todos sus recovecos de vaguadas, de cumbres y quebradas; cuáles son los linderos de las propiedades privadas y comunales; dónde empiezan, por dónde pasan y dónde acaban todos los caminos y atajos.

    Caminante observador, el Zurdo sabe dónde se encaman las liebres y cuáles son su pasos; dónde crían y hacia dónde vuelan las perdices; conoce los caños y las querencias de los conejos.

    Tiene la rara habilidad de saber estar presente en todas partes y la de aparecer por sorpresa en los lugares más inesperados. Dice que son resabios de sus muchos años de guardería. Lo de "Zurdo" es apodo heredado.

    La primera vez que conversé con Mauro el Zurdo me desconcertó. Llevado por mi afición a la escopeta, se me ocurrió preguntarle por los cazaderos buenos del pueblo. Con su lógica particular, me contestó que la caza estaba por el monte; que lo pateara como lo había pateado él. Cuando nuestro trato fue más frecuente y llegó a ser amistoso, descubrí que la mía había sido una pregunta tonta, porque nunca un paisano que se precie dirá a un forastero cuáles son en Masegar los sitios buenos para cazar.

    Masegar es uno de los quince pueblos de la Comunidad de Almonteda. Está asentado sobre el espolón de una corta loma que nace a los pies del dominante cerro Monesdrúbal. Sus pinos, ralos en la ladera y monte tupido hacia la cumbre, vienen a ser los centinelas permanentes del pueblo.

    Cuando, en mis visitas periódicas, lo avisto desde la carretera que culebrea siguiendo los pliegues de la falda del Monesdrúbal, sus tejados rojizos sobre paredes blancas coronan el anfiteatro de una hoya con tierras de labranza.

    Ya dentro del pueblo, las calles se detienen, en el otro lado, ante un precipicio al que se asoman con miedo algunas de sus casas. Las rocas se descuelgan verticales hasta el fondo de una profunda y estrecha quebrada. Como arrojados por el vértigo, se adivinan en el hondo los rectángulos formados por las paredes de algunos huertos y el arroyo. Todo comprimido por la ladera de enfrente que se eleva también casi vertical, y en la que se ven las bocas negras de algunas cuevas.

    En la punta del espolón, destaca orgullosa la mole cuadrada de la iglesia de Masegar, cuya torre almenada se eleva como si fuera la prolongación de los farallones que la cimientan desde la profundidad del barranco.

    A Claudio, apodado el Chepas, lo conozco sólo de oídas. Raras veces se le ve por el pueblo, y no ha coincidido aún con mis visitas. Vive solitario con su ganado, a una hora de camino, en la masía que llaman de La Huesa. En el pueblo también tiene abundantes tierras, cedidas en arriendo.

    Me han contado que, aunque viste como un pordiosero, tiene bastante cultura; que, de joven, estudió en los escolapios de Almonteda, y le gusta la historia. No sé si por envidia, dicen algunos que, contra toda apariencia, tiene bien cubiertos los riñones. Y comentan que no es extraño que tenga, ya que gastar apenas gasta y dar, que se sepa, tampoco da nada. Hasta sospechan que, tal vez, padece alguna tara psíquica, porque no es normal anteponer el afán de tener por tener, al de vivir como persona.

    Si digo todo esto, es porque en la ciudad de Almonteda, donde vivo desde hace poco tiempo, he hecho amistad con un jubilado al que, en sus muchos ratos de ocio, le gusta escribir cuentos y cosas. Todos le llaman "señor Blasco". Es un enamorado de su ciudad y del contorno. Y el contorno de esta vieja ciudad son varios pueblos que, en tiempos remotos, constituyeron un Señorío, soberano e independiente, del que sólo quedan restos en la que hoy se llama Comunidad de Almonteda.

    Un día de tertulia en su casa, le hablé de dos tipos peculiares que había conocido en Masegar, y se los brindé para que inventara algo con ellos. Uno era Mauro el Zurdo y el otro Claudio. El señor Blascó me miró pensativo y, con una sonrisa pícara, me contestó:

    - Lo intentaré; pero piense que las personas tenemos a menudo partes de realidad que no proyectan sombra.

    - ¿Quiere decir ocultas?

    El señor Blasco me contestó encogiéndose de hombros.


    Después de algún tiempo, pasé otra vez por casa del señor Blasco, y fue él quien sacó a colación el tema de mis personajes, Mauro el Zurdo y Claudio el Chepas. Tomó de su escritorio unos folios, y empezó a leer:

    "En el cuartel de la Guardia Civil de Almonteda sonó temprano el teléfono. Todos los guardias estaban en su ronda de servicio por los pueblos de la demarcación. Sólo permanecía el que tenía servicio de puertas. Atendió la llamada, y no sabía si aquello que escuchaba debía tomárselo en serio o a guasa.

    Cuando el comunicante terminó de hablar, el guardia tomó nota, y, al leer en frío el mensaje, aún se quedó más perplejo. No tenía a quién consultar, y llamó a la Comandancia de la capital:

    - Mi capitán, prefiero que se me ría ahora a que lamentemos después. Acabo de recibir este mensaje: "Gisa les comunica que nos declaramos autores de los atracos, secuestros y asesinatos que se van a llevar a cabo en toda esta comarca". Y me colgaron. Se lo comunico y cumplo con hacerlo.

    - No me río; pero es una broma más. No hay información de ningún grupo, ni con ese nombre ni con otro, que actúe por aquí. Gracias por avisar -le contestó el capitán.

    Claudio el Chepas, en su soledad sin testigos de la masía de La Huesa, había estado, unos días antes de aquel otoño, en tratos con uno de tantos compradores de ganado que lo visitaban.

    Muy de mañana cayó por Masegar con la vespino. No fue a la tienda a comprar, como era su costumbre; subió directamente hasta la plaza. Simulando entereza, manifestó a los que se encontró que esa noche le habían robado el ganado. Se metió en la cabina de teléfonos que estaba allí mismo, y habló con el cuartel de la Guardia Civil.

    Era la hora en que los hombres acuden a la cantina a desayunarse con una copa de aguardiente. Claudio el Chepas, después de hablar por teléfono, se acercó también a ella, y aquí, de un solo golpe, todos los del pueblo se enteraron del robo.

    Allí mismo, trató con uno que también tenía ovejas, para que le vendiera una preñada, y con ella, volver a empezar. No se la quiso cobrar:

    - Ya me la devolverás cuando tengas una buena punta -le dijo.

    A Claudio le emocionó el gesto y se le arrasaron los ojos; salió de la cantina y, de nuevo, se metió en la cabina. Mientras hablaba otra vez por teléfono, se recogía con el pañuelo lágrimas mezcladas con moquitera.

    Tan pronto como acabó de telefonear por segunda vez, se dirigió al que estaba dispuesto a prestarle la oveja preñada, y le dijo:

    - Si tengo que empezar, que sea ahora mismo. Vamos por ella.

    Fueron ambos al corral, escogió la oveja y, con un cordel al cuello, se la llevó con mimo a la masía de La Huesa. Dejó la vespino en la plaza con intención de volver más tarde a recogerla.

    En el cuartel de Almonteda se recibió, poco después de la primera, una segunda llamada:

    "GISA se hace responsable del robo de un ganado en Masegar".

    Hubo alarma, nueva llamada a la Comandancia, consultas y órdenes.

    Mauro el Zurdo, en su caminata diaria, cayó por la masía de La Huesa y encontró a Claudio, acomodando y acariciando la primera oveja de su futuro rebaño. Hablaron, y ambos retornaron al pueblo: Mauro a su casa y Claudio a por la moto.

    La Guardia Civil empezó su tarea. Y, en consecuencia, aquel mismo día, se supo en Masegar, y, al día siguiente, en todos los pueblos, que en la comarca había empezado a operar un grupo de maleantes que se llamaba GISA.

    Nadie se creía esto; pero no les extrañaba que hubiera sido Claudio el Chepas la víctima de un robo así, por vivir donde vivía.

    Uno de aquellos días, Hilario recogió su tenderete de ropas en el último pueblo de su recorrido. Era un vendedor ambulante muy conocido y apreciado, que tenía su clientela por aquella comarca. Emprendió el regreso a la capital con abundantes ventas. Andaba ya con los faros encendidos por la carretera solitaria. Unas ramas cruzadas le obligaron a detenerse y bajar a quitarlas.

    El guardia civil que dormía en el cuarto de puertas se tuvo que levantar del catre, para atender al teléfono:

    "GISA ha asaltado a una furgoneta, y el ocupante está atado al tronco de un árbol en el kilómetro 58". Dijo la voz y cortó.

    No era lejos de Almonteda y salieron a la cita.

    El conductor de un camión de cargar madera, que no podía pasar por culpa de la furgoneta detenida, oyó la petición de socorro, y desató a Hilario. Cuando llegaron los guardias, había ya cinco vehículos detenidos en la oscuridad, con comentarios indignados por parte de sus ocupantes. El vendedor declaró que, al apearse para retirar las ramas, salió, de un matorral de la cuneta, alguien que le apuntó con una escopeta. Se cubría la cara con un pasamontañas, y le dijo que no intentara nada porque otros le estaba apuntando también. Lo ató a uno de aquellos pinos; registró la furgoneta, y se subió por la ladera. Los oyó hablar sin entender. Robar, no le habían robado nada.

    Al día siguiente, toda la comarca ya empezó a creerse que existía de verdad el grupo GISA.

    Mauro el Zurdo seguía con sus caminatas. Claudio, ahora casi sin trabajo, frecuentaba más, siempre con su vespino, no sólo a Masegar sino también a los otros pueblos. Se tomaba una cerveza, se daba un paseo por las plazas y saludaba a los conocidos. Uno de aquellos días, invitó a Mauro a que lo acompañara a Almonteda: quería ver sus cuentas y gestionar un préstamo en la Caja de Ahorros.

    Dejaron la motocicleta en la puerta. El Zurdo dijo que se iba a dar una vuelta por las calles rancias y casi vacías de aquella ciudad venida a menos desde su grandeza estratégica de siglos pasados. Claudio, que para esta visita se había aseado algo, entró en la oficina bancaria, y consiguió sentarse en la mesa del director. Hablaron del estado de sus cuentas y de sacar una pequeña cantidad para ir viviendo. Cuando empezó a tratar de la posibilidad de un préstamo, alguien entró en la Caja.

    El recién llegado, de espaldas a los empleados y a los dos clientes que había en la oficina en ese momento, se caló un pasamontañas, apuntaló la puerta con un garrote, se dio la vuelta y dijo, apuntando con una pistola:

    - Soy GISA, Grupo Independentista del Señorío de Almonteda. Esto podría ser un atraco. ¡Tranquilos, que no va a pasar nada! Voy a estar tres minutos, el tiempo que sería suficiente para robar todo el dinero. ¡No es más que un aviso!

    Cuando Claudio oyó que se trataba de GISA, notó que le daba un síncope; se agarró adonde pudo de la mesa, y cayó al suelo arrastrando el teléfono. Al volver en sí, ya se iba el ladrón.

    El director, a petición de Claudio, quiso llamar por teléfono al cuartel, pero no pudo: se había averiado en la caída. El del pasamontañas huyó por el callejón de la izquierda.

    Repuesto del susto, Claudio salió dispuesto a subirse a la moto para ir a avisar. Llegó entonces el Zurdo y, montándose detrás, se fueron ambos al cuartel.

    Los guardias salieron corriendo: dos a la Caja y dos a controlar las salidas de la ciudad. La esposa del cabo preparó tila para Claudio. Mientras se la tomó y comentaron el incidente con la amable mujer, los cuatro guardias ya regresaban sin haber encontrado ninguna pista para sus averiguaciones.

    El cabo, siguiendo instrucciones, habló a solas con Claudio y Mauro, para pedirles sus servicios. No que se infiltraran en la banda; pero sí, que uno desde sus caminatas y el otro desde su soledad, vigilaran y comunicaran cualquier sospecha. "En cada pueblo vamos a poner dos como vosotros. A ver si damos con ellos. Creemos que son de la comarca", concluyó el Comandante del Puesto, y se despidió.

    Mauro y Claudio agradecieron la confianza, y regresaron a Masegar con la vespino, comentando por el camino los planes que tenían que seguir.

    Todos estos episodios, ocurridos en el espacio de pocos días, eran el comentario de todos los habitantes de la zona. Se fabricaban bulos, miedos y sospechas. Y empezó a haber claridad, cuando todos pudieron leer en el Boletín Semanal que publicaba la Comunidad de Almonteda, y en el diario de la capital, el proyecto político de GISA con el comunicado siguiente:

    "El Grupo Independentista del Señorío de Almonteda, asumiendo la voluntad popular de los quince municipios que constituyen su Comunidad, exige al Gobierno Central del Estado, el reconocimiento de su nacionalidad y autonomía, apoyándose en los siguientes puntos:

    1º) Su Historia que, como Señorío independiente de los demás reinos de la península Ibérica, se remonta al año 1180.

    2º) Nuestra peculiar etnia, originaria de un grupo de soldados cartagineses que, después de las victorias del general Asdrubal sobre los Escipiones, se quedaron para siempre en estas breñas. Monesdrúbal es el cerro de nuestros antepasados.

    3º) Su Comunidad que, a través de los siglos, sigue existiendo a pesar de los poderes centrales.

    4º) Su autosuficiencia económica basada en la minería, ganadería, bosques y turismo.

    5º) En la postergación y abandono que hemos venido sufriendo de parte de los usurpadores de nuestros fueros.

    Por todo ello, exigimos nuestra gobernación autonómica. Es un derecho que tenemos y lo vamos a conseguir al precio que se nos pida. Un solo cartaginés vale por veinte romanos. Todos unidos por la Comunidad de Almonteda, ¡Viva GISA!"

    Para que este mensaje saliera a la luz, hubo previas amenazas por carta y por teléfono a los directores de los medios de comunicación que lo publicaron.

    Al leerlo, las reacciones fueron muy dispares. Era una locura para la mayoría y era miedo para todos. Los idealistas de orgullos pasados, que tampoco en la Comunidad de Almonteda faltaban, lo acogieron con una cierta simpatía.

    Ante este escrito, el Presidente de la Comunidad y los alcaldes de los quince pueblos se sintieron de improviso involucrados en las pretensiones de GISA. Hubo consultas entre ellos, y optaron, de momento, por guardar silencio. Todos delegaron en el Presidente, para que confirmara a las autoridades provinciales su adhesión a la Constitución y su desacuerdo con las peticiones de ese grupo independentista.

    GISA no tardó en asestar otro golpe publicitario. El Recaudador de Impuestos, con la rutina de años anteriores, había planificado el recorrido por los pueblos de su demarcación. En cada uno de ellos, como de costumbre, se había ordenado echar un bando, avisando el día y la hora en que acudiría a cobrar los recibos de la Contribución urbana y rústica.

    Y con la misma estrategia que se usó con el vendedor ambulante, le robaron el dinero recaudado en varias localidades. Lo dejaron en libertad, y él mismo, desde su casa, aquella misma noche, denunció, por teléfono, todo lo ocurrido, a la Guardia Civil.

    Casi a la misma hora, un pastor que, luego de haber cerrado el ganado en una paridera del monte, regresaba a su pueblo de Saladón, llamó en la puerta del alcalde, que era al mismo tiempo el Presidente de la Comunidad, y le entregó un maletín, de parte de un desconocido con pasamontañas puesto:

    - Que lo abra, me ha dicho que le diga".

    Cuando lo abrió, el Presidente se llevó las manos a la cabeza. Contenía bastante dinero, y una nota:

    "Para que sea ingresado en las cuentas de la Comunidad. Es dinero nuestro, robado por el Gobierno Central. En el próximo número del Boletín queremos ver la información de esta entrega. GISA".

    También el diario de la capital tuvo que hacerse eco de este atraco, del destino del dinero y de la reivindicación por parte del Grupo Independentista.

    Con este gesto, se ganó simpatías. GISA no eran unos vulgares ladrones. Eran soñadores de una utopía. Y, como las utopías se fantasean para que la vida real se aproxime a ellas, ante este hecho, fueron muchos los que se pasaron al bando de los idealistas. "Más pequeña es Andorra y Mónaco", argumentaban en las cantinas. "Si en otros tiempos supimos gorbernarnos solos, ¿por qué no vamos a poder ahora?" Entre los que opinaban así, no faltaban algunos concejales jóvenes de los ayuntamientos.

    Ante los miedos y amenazas de GISA, los compradores de ganado empezaron a sentirse remisos a frecuentar la comarca. Hilario, el vendedor ambulante, después del susto, se dispuso a perder la clientela y a buscar otra por nuevas comarcas. Los maderistas sintieron pavor a presentarse a las subastas de los lotes de pinar que los ayuntamientos o la Comunidad sacaban a licitación. Los turistas, que antes buscaban el aire limpio y fresco de sus pinares, prefirieron la polución de la ciudad. Y el cuartel de la Guardia Civil de Almonteda se reforzó con algunos números más.

    A primeros de mes, cuando los jubilados se acercaron por los locales donde se les pagaba su pensión, se encontraron con un aviso, en letras grandes, clavado con chinchetas en la puerta:

    "Se ruega a los Pensionistas que, ellos personalmente o por personas autorizadas, pasen a cobrar por la Caja de Ahorros de Almonteda".

    Y los viejos empezaron también a protestar y a sentirse descontentos con los organismos oficiales. "Es por miedo a que GISA les robe", aclaraba el Zurdo en Masegar, mientras Claudio afirmaba que "GISA no se mete con los jubilados". Y la mayoría comentaba que era un pretexto para justificar la comodidad de la burocracia.

    Aunque a regañadientes, todos los jubilados fueron viajando hasta Almonteda para cobrar. Al hacerlo no se mordían la lengua.

    No se hizo esperar un comunicado en el diario de la capital:

    "GISA protesta por la forma de pago que ha adoptado la Seguridad Social hacia sus Pensionistas".

    Con todas estas actitudes, la pretensión de independencia o autonomía se miraba cada día con mejores ojos. En algunos ayuntamientos, los concejales se atrevieron a exponer ideas simpatizantes con los planes de GISA, y pidieron que se convocara un pleno de la Comunidad para deliberar sobre la posibilidad y conveniencia de lograrla.

    Los pocos estudiantes universitarios de la comarca se sintieron motivados, y se dedicaron a estudiar, revolviendo unos la historia, o analizando las posibilidades económicas de la Comunidad otros, cada cual, según su especialidad. Y todos acabaron soñando también ideales.

    Los sacerdotes se mantenían en prudente silencio. Los más jóvenes, en tertulias privadas y bajo la moda de lo social, no desaprobaban la idea. Incluso apelaban a que Almonteda, en tiempos, había sido sede episcopal de la comarca.

    GISA, tomándose alguna tregua, seguía dando sus golpes de efecto.

    En años pasados, los ganados de la comarca trashumaban por los caminos de la Mesta, durante varias jornadas, hasta la Mancha, Andalucía o Extremadura. Salían avanzado el otoño y regresaban al entrar la primavera. Esto era así, hace años. Ahora, con camiones jaula, los trasladan en poco más de un día.

    Cuando uno de estos camiones, en la primavera, devolvía ganado a las dehesas de la sierra, actuó GISA. Mauro el Zurdo, que últimamente también andaba algunas veces por la noche, parece ser que estuvo cerca del incidente. Al camionero, que debía ser de otras tierras, le impusieron, con amenazas, la orden de regresar a su casa y de guardar silencio.

    Nadie presentó denuncia de ganado alguno robado. Al contrario. Claudio el Chepas, al que la oveja prestada ya le había dado la primera cría, acudió a Masegar para volver a llamar por teléfono, y a dar la noticia a los amigos.

    En el silencio de la masía, oyó al amanecer, desde el catre de su caseta, las esquilas y "picotes" de un ganado, que rondaba la corraliza. "Madrugador anda éste", dijo que pensó. Y cuando salió a saludar al pastor, estaban las ovejas apelotonadas en la puerta del cobertizo. No traían pastor, y al oír la voz de Claudio se pusieron a balar. ¡Eran las suyas; las que hacía unos meses le habían robado!

    - ¿Estás seguro que son las tuyas? -le preguntó uno.

    - ¿Qué oveja no conoce a su pastor y viceversa? -respondió él.

    Los que eran pastores no necesitaron más pruebas. Para los que no lo eran, la empega fue la evidencia. Invitó en la cantina, y todos se alegraron con Claudio, mientras comentaban lo inexplicable del caso.

    Al día siguiente, en todos los pueblos y sobre todo en Masegar, se pudo leer con consternación el comunicado que GISA publicaba en el periódico:

    "Hemos recuperado un ganado, y lamentamos que un hombre, del que sólo podemos decir que tiene una cicatriz en la mejilla izquierda, ha tenido que ser eliminado, por habernos identificado con riesgo para la existencia de nuestra organización. Para evitar búsquedas inútiles, está ya bajo tierra. GISA".

    Durante varias jornadas, en diversas horas del día y de la noche, los amigos de Mauro acudían a su casa, para cerciorarse de si era él el asesinado o algún otro con esa cicatriz. Al no dar señales de presencia en su casa, se concluyó en lo que, desde el primer momento, se sospechó.

    GISA continuaba en el misterio, con esos gestos contradictorios: primero robaba y luego restituía.

    Pero, con lo de Mauro el Zurdo, quedó claro a todos los almontedenses que el Grupo estaba dispuesto a llevar su idea hasta las últimas consecuencias, que eran hasta la muerte misma.

    Por esto, no fue difícil convencer al Presidente de la Comunidad, para que convocara un pleno, con GISA como orden del día.

    En esta ocasión, no sólo se citaron a los alcaldes, que eran los miembros natos del pleno, sino que también a sus concejales. Y de los quince pueblos, acudieron todos los miembros de los ayuntamientos, a la sede de la Comunidad, en el céntrico pueblo de Argalla.

    Se leyó y aprobó el acta de la sesión anterior, y se entró a tratar el asunto. El Presidente introdujo el tema:

    - No sabemos quienes lo componen, pero todos sabemos qué es lo que pretende GISA. ¿Qué es lo que podemos y qué es lo que debemos hacer nosotros, ante este "forúnculo" que nos ha salido? Esta es la cuestión a tratar, y pueden empezar a pedir la palabra.

    Uno de la asamblea se atrevió a manifestar que llamar "forúnculo" a GISA era improcedente, y, por tanto, que el Presidente retirara esa expresión; que lo que había que discutir era si las ideas de GISA eran válidas o no. Y apuntó que lo podrían ser, como lo habían sido allí en tiempos pasados y lo eran ahora en otras partes.

    Con esto, el debate se animó, y aunque no se aclaró nada, quedó patente que en la asamblea había muchos más de los que se creía, que compartían la idea de un gobierno autonómico.

    El Presidente zanjó la cuestión diciendo que, a nivel particular, cada cual podía tener las ideas que quisiera; pero que allí, eran autoridades que tenían que responder ante autoridades superiores y, por tanto, se debían tomar decisiones conformes con este criterio.

    La verdad era que ellos poco podían decidir, y lo que podían y debían, eso es lo que hicieron: pedir al Gobernador Civil de la provincia que enviara más guardiaciviles".


    El señor Blasco terminó de leerme lo que tenía redactado, y le pregunté:

    - ¿En qué acaba todo esto?

    - No lo sé aún. ¿Sabe el Zurdo, cuando sale al monte, a dónde va? Toma un camino y, sobre la marcha, se aparta de él a campo través o por un atajo; donde le parece, se detiene, mira, respira y sigue. A mí, con la pluma, me pasa igual. Empiezo por una intuición, sigo y, con la imaginación, voy improvisando a campo través sobre el papel.

    - Ya volveré otro día, para ver los derroteros por los que lleva a mis personajes -le dije.

    Me rondó la sospecha de que mi amigo, enamorado de Almonteda y de su historia, estaba creando esta ficción con la pretensión de sembrar en sus paisanos la semilla de una inquietud que me parecía absurda. Pensé que, contagiado por la fiebre autonómica de la política actual, el señor Blasco, fundamentándose en las nostalgias históricas de aquel Señorío Independiente de siglos pasados, intentaba una reivindicación sin sentido. Los escritores, a veces, son así: su fantasía o su nostalgia pueden crear sentimientos sociales que nunca antes existieron. Es la responsabilidad y la grandeza de los hombres de letras.

    Ya he dicho que mis deberes profesionales, con el aliciente de mi afición a la caza, me han dado la fortuna de visitar con frecuencia periódica al pueblo de Masegar.

    La geografía abrupta de su entorno está suavizada, en muchos parajes, por densos pinares y amenas praderas en recoletos rincones. En ninguno de ellos falta una fuente, que siempre vierte el agua en gamellones labrados en troncos de pino, donde beben los ganados.

    Mauro el Zurdo me acompaña algunas veces en mis salidas al monte, pero sin perro. Cuenta que el único que tuvo, se le adelantó una vez tras el olfato de las perdices, y se las levantó muy largas. El tiro fue para él, y allí se quedó para los buitres. No lo necesita. Dice que por inteligente que sea un perro, él es más.

    También sale de cuando en vez a cazar él solo; no quiere acompañantes. Cuando le apetece comer carne de perdiz, mata un par y no se envicia tras ellas. Si de conejo, mata uno sólo, aunque pueda más. Igual con las liebres. Toma del monte sólo lo que necesita. "No tengo nevera en casa, dice, y es en el monte donde mejor se conserva la carne: viva y creciendo".

    No tiene afán de trofeos. Matar por matar no lo entiende.

    - Usted es un matador -me dijo un día.

    También le gusta asegurar el tiro. Si ve una liebre encamada, no aguarda a que se despliegue, y si una perdiz apeonando, dispara antes de que levante el vuelo. Y da su razón:

    - No uso perro y sería una lástima una pieza herida y no cobrada. O muertas o con buena salud.

    A pesar de que mis viajes a Masegar eran últimamente más frecuentes, aún no había podido conocer personalmente a Claudio el Chepas.

    No obstante, supe algo más de él: que enviudó recién casado, sin llegar a tener hijos. Unos dicen que se casó locamente enamorado, y otros, que su matrimonio sólo fue para arrimar intereses. También me contaron que no era capaz de dormir en la buena casa que tenía en Masegar. Sospechan que tiene miedo al fantasma de su mujer.

    En mi opinión, de acuerdo con estas informaciones, la muerte prematura de la esposa le debió dejar anclado su espíritu en aquel hecho triste, y no había encontrado alientos para superarlo. Debía tener miedo de volver a amar; era una persona triste, sin ilusión ni esperanza. Por esto tal vez, se había refugiado en la nostalgia, y sólo vivía porque no se había muerto.


    Cuando, a los no muchos días, retorné intrigado a casa de mi amigo el escritor de Almonteda, me leyó lo siguiente:

    "La mayor parte de los pueblos de la Comunidad de Almonteda se habían despoblado tanto en años pasados, que algunos de ellos ya no criaban niños suficientes para tener escuela propia. Se impuso la concentración escolar, y tenían que mandar a los hijos al pueblo más próximo que la hubiera. Algunos padres preferían matricularlos, si eran ya mayores, en la Escuela Hogar de la capital. El Presidente de la Comunidad, que era, al mismo tiempo, alcalde del pueblo de Saladón, había escogido para su hijo esta Escuela Hogar.

    Después de un fin de semana, el niño, que ya tenía trece años, se despidió de sus padres el lunes por la mañana temprano. Salió de casa, pero no llegó a la parada del autobús de Saladón. Los otros viajeros que tomaron el autobús no advirtieron la ausencia del hijo del alcalde; ni tampoco se sospechó en la escuela de la capital. Pasaron dos días sin que se le echara en falta.

    Fue por una llamada telefónica como se enteraron sus padres. GISA daba al Presidente una semana de plazo para convocar de nuevo a la Comunidad y levantar acta de petición de autonomía. De lo contrario, su hijo...

    En el mensaje que publicó el periódico al día siguiente, pedían también que cada ayuntamiento hiciera lo mismo, y se cursara la petición al Gobierno Central.

    Se cruzaron consultas que llegaron hasta la capital del Estado.

    "No había inconveniente en levantar esas actas y cursar la petición; conceder lo que se pedía, sería otra cuestión distinta", fue la contestación.

    Todos los pueblos andaban revueltos entre ideas confusas y pánico. Claudio el Chepas, que cayó por Masegar cuando ya se habían reunido los ayuntamientos y la Comunidad para tomar sus acuerdos, al conocer todo esto, dijo a algunos que discutían:

    - Lo comarcal empobrece, limita y pone al borde de la nada. Lo universal, en cambio, enriquece porque tiende a lo infinito.

    Recuerdan que dijo esto, y se fue preocupado a su soledad, como si se hubiera dictado su propia sentencia de muerte.

    En el Gobierno Civil de la provincia se recibieron todas las actas. Pasó la semana, y el hijo del Presidente no apareció por ninguna parte.

    GISA, para forzar una respuesta más explícita a sus aspiraciones, publicó este mensaje contundente:

    "Sabemos que en cada pueblo hay colaboradores de la guardia civil para localizarnos. Los conocemos. Uno a uno serán eliminados, si el Gobierno Central no accede a lo que se pide. Para empezar, Claudio el de Masegar ha sido ya eliminado. GISA".

    Antes que los guardias, acudieron los del pueblo a la masía de La Huesa. Vieron sangre que se había derramado por el catre y por el suelo, y un cuchillo, también teñido, sobre la mesa. No se dio con el cadáver. De nuevo cundió la consternación.

    El Gobierno Central tuvo que dedicar cinco minutos a los problemas de la Comunidad de Almonteda -al "forúnculo, en definición de su Presidente-, y con sólo cinco minutos lo resolvió. Dio órdenes al Gobernador provincial para que anunciara un "referendum", a realizarse dentro de dos años; que él mismo señalara la fecha. Ya se sabe que un referendum, anunciado con tiempo y apoyado con alguna mejora social, siempre lo gana el convocante.

    Se hizo pública por todos los medios de comunicación esta concesión, y, al día siguiente, el muchacho del Presidente de la Comunidad llegó andando a su casa. Algo sucio, pero bien comido. Contó que, durante todos aquellos días, había vivido en una cueva con el hombre que se lo llevó; que éste, sin despojarse del pasamontañas ni para dormir, guisaba muy bien para los dos; que le dijo que nada malo le iba a ocurrir, y que se imaginara que estaba pasando unos días de acampada.

    Pero lo que colmó de asombro a Masegar, fue ver a Mauro el Zurdo que llegaba al pueblo, subiendo por el difícil sendero que trepa desde el barranco. Todos tuvieron que hablar con él para creérselo. El se reía cuando le contaron que ya le iban a decir la misa de muertos. Y se puso triste, cuando le contaron lo de Claudio; pero manifestó la esperanza de que aún podría vivir, pues, tal vez, no habrían hecho más que secuestrarlo, como hicieron con él. El alcalde le sugirió que debía llamar a la Guardia Civil para comunicarle su regreso.

    - Llama tú por mí. Yo no me entiendo con los números -le pidió.

    Después de satisfacer la curiosidad de todos y los interrogatorios de los guardiaciviles se fue, a la mañana siguiente, a soltar el ganado de Claudio, aunque, según le dijeron, alguien le había dado alguna vuelta. Lo pastoreó durante todo el día, lo encerró por la noche, y se volvió a dormir a casa. Al día siguiente repitió la tarea. Siguió la rutina algunos más, y empezó a temer que lo de Claudio fuera de verdad.

    Hasta que, una tarde, corrió por la comarca la doble noticia: el regreso de Claudio el Chepas y la disolución de GISA. Con grandes titulares, el diario de la capital publicó el último de sus comunicados a la opinión pública:

    "El supuesto Grupo Independentista del Señorío de Almonteda, en este su último mensaje, manifiesta:

    1º Que la autonomía que radica en cada persona individual es la única que debe ser protegida, defendida y exigida.

    2º Que respetamos las autonomías colectivas.

    3º Que, para nuestra comarca, rechazamos, como ridícula, cualquier modelo de autonomía.

    4º Que lo nuestro no ha sido más que una broma, con la que hemos querido demostrar que, con demagogia patriotera y con un poco de miedo, se puede manipular a la gente hacia el capricho de unos pocos.

    Reconocemos que la broma ha sido pesada; pedimos perdón por los sustos causados, y clemencia a las autoridades. ¡GISA NO EXISTE!

    Pero queremos añadir que Claudio, después de ser secuestrado, al conocer las intenciones del grupo, ha pedido que hagamos pública su colaboración en la redacción de este comunicado, y su compromiso de guardar secreto acerca de los nombres que lo componemos. Fiados en su palabra, le hemos quitado la venda de los ojos, y nos hemos puesto al descubierto ante él. Sólo él nos conoce y estamos en sus manos. ¡Gracias, Claudio!".

    Así acabó GISA. Y con este desenlace esperpéntico, las gentes respiraron tranquilas y empezaron a andar libres. Hilario, los ganaderos y los maderistas volvieron a sus negocios por la comarca de Almonteda.

    Pero el orgullo, que a todos muerde, no se resignó con la broma. Además de los nostálgicos burlados, estaba la maquinaria oficial. Nadie se ríe impunemente del poder.

    Y Claudio el Chepas empezó a ser acosado con presiones e interrogatorios. Se le acusó de encubridor. En el juicio, tuvo que declarar la manera de simular su muerte:

    - Sería media noche y me sorprendieron durmiendo. Antes de poderlos ver, me taparon los ojos y me maniataron. Me dijeron quienes eran, y que nada malo me iba a pasar; pero yo me sentí muerto. Me advirtieron que degollaban una oveja para simular mi asesinato, y tener carne para comer. Me condujeron de la mano, y, por el camino, ya me contaron sus verdaderas intenciones. Lo demás ya lo conocen.

    Le insistieron sobre los nombres del grupo; pero él, una vez más, repitió:

    - Sobre sus nombres, cuántos eran y el lugar desde donde actuaban, soy mudo. Es inútil que insistan. Imagínense que fui yo el que urdió esta broma; me juzguen y me condenen por ella.

    Lo condenaron a un par de meses de arresto. Ni pisó la cárcel.

    Un día en que Claudio acudió a Masegar con su vespino, supo que en la plaza estaba Hilario con su tenderete de ropas. Acudió a comprarle algo, y le pidió si, en el próximo viaje, podría traerle de la capital un par de rollos de tela metálica para atajar la empalizada.

    A los pocos días, Hilario llegó a la masía de La Huesa a descargar el pedido. Había estrenado furgoneta.

    - ¿Y la vieja? -le preguntó Claudio.

    - Para el desguace.

    - ¿Cuánto te dan por ella?

    - ¿Te interesa? -le preguntó Hilario.

    - No para andar; para guardar cosas.

    - Al otro viaje te la traigo.

    Y llegó el otro viaje. Mauro el Zurdo, antes de salir al monte, pasó por la plaza, y vio a Hilario y a su hijo mayor preparando los caballetes y tableros para exponer la mercancía. Habían traído las dos furgonetas. Se fue a dar la noticia al Chepas.

    - Hoy, pues, es el día, y te quedas a comer aquí con Hilario y conmigo -le dijo Claudio a Mauro.

    - Ten en cuenta que le acompaña su hijo -le aclaró el Zurdo.

    - Déjalo de mi cuenta -aseguró el Chepas.

    Degollaron y arreglaron un cabrito. Prepararon leña y un par de tejas para asar chuletas, bajo la sombra de los olmos. Mientras andaban en estas faenas, hablaban y se reían.

    Cerca del mediodía, las dos furgonetas asomaron por lo alto del collado que da vista a La Huesa. Encendieron el fuego y, sobre las piedras que lo recogían, colocaron las tejas para que se pusieran al rojo.

    Entre los cuatro, dieron buena cuenta del cabrito, con pan y abundante vino como única guarnición.

    Mientras el muchacho, a petición de Claudio, quitaba a la furgoneta vieja las cuatro ruedas y las piezas que les pudieran servir, los tres hombres discutieron el precio del vehículo. Hilario tuvo que aceptar un cordero.

    En la conversación, salió a colación el "Forúnculo de Almonteda", ya que los tres habían sido protagonistas.

    - ¿Te asustaste mucho la noche aquella en que te dejaron atado? -le preguntó Mauro el Zurdo.

    - La verdad es que sí. Aunque, al ver que nada me robaban, me quedé entre tranquilo y desconcertado.

    - Un cordero más, por el susto -ofreció Claudio.

    - Hemos quedado que uno -se defendió Hilario.

    - ¡GISA éramos Mauro y yo! ¡Aquel susto se merece otro cordero!

    Hilario, entre asombrado e incrédulo, miraba a los dos hombres. Mauro el Zurdo asentía con la cabeza sonriéndole. El vendedor ambulante, apoyando sus manos sobre cada hombro de los otros dos, soltó la carcajada.

    - ¡Sólo tú lo sabes! -le confió Claudio el Chepas.

    - ¡Y nadie más lo sabrá! Pero siento curiosidad por saber cómo lo hicisteis. ¿Lo de la Caja de Ahorros?

    - Yo con una pistola de juguete -dijo Mauro.

    - Y yo rompí el teléfono, simulando un mareo -aclaró Claudio, y añadió:

    - Lo más comprometedor fue la desaparición de mi ganado. Si en el primer momento se hubiera descubierto que lo mandé con un camión jaula a Extremadura para que pastara allí durante el invierno, todos nuestros planes se hubieran venido a bajo. Tenía preparada la coartada para salir del trance. Aprovechamos el regreso en primavera, para que desapareciera Mauro, y cuidara del hijo del Presidente de la Comunidad.

    - Pero ¿cómo lo raptasteis?

    Mauro el Zurdo se lo contó a Hilario:

    - La mañana era muy fría y no sorprendió al chico que alguien fuera con un pasamontañas puesto. Al torcer la esquina de su casa, me acerqué y le dije que GISA iba a dar un golpe en el autobús para secuestrarlo a él; que me siguiera de prisa para burlarlos, y no poner en peligro a su padre.

    Iba a contarle también que lo de las llamadas por teléfono y los comunicados era cosa de Claudio, pero el hijo de Hilario se acercaba ya a ellos después de haber terminado su tarea de desguace, y no era oportuno seguir con aquella conversación.

    Metieron en un cajón los dos corderos; los cargaron, y se fue Hilario con su hijo. Se dio cuenta éste de que su padre, mientras conducía la furgoneta nueva por aquel camino de tractores, se sonreía solo con sus pensamientos.

    - ¿Por qué te sonríes? -le preguntó.

    - ¡Por nada! ¡Estos hombres son desconcertantes!"

    El tiempo cura muchas cosas, y estos incidentes de la comarca no dejaron huellas. Sólo, de tarde en tarde, salían a cuento, como comentario jocoso en las cantinas. Con socarronería, se referían a ellos con el nombre de "Forúnculo de Almonteda".


    Terminó de leer el señor Blasco, y añadió:

    - Esto sería un esquema; habría que estirar los flecos de los otros personajes, y pormenorizar algunas situaciones.

    No esperaba este yo este desenlace. Se desvanecieron también las románticas añoranzas que supuse en mi amigo cuando empezó a leerme este relato. Y comenté:

    - Muy bien; pero todo esto no les cuadra al Zurdo y al Chepas.

    - No, ahora; pero en su juventud...

    - Mauro y Claudio, ni de mozos ni ahora, aguantan tanta ficción.

    - ¡Es curioso! El terrorismo real es creíble, y, en cambio, se rechaza si es mera ficción. Como si el sentido del humor y el amor a la vida fueran menos reales. Otra cosa es que le parezca insensato parodiar los coches bomba y los secuestros, cuando sus huellas están andando frescas por ahí. ¡Ojalá fuera todo una broma!

    - De acuerdo; pero lo que yo quiero decirle es que Claudio y Mauro están dotados de unas ideas y de una psicología que no responden a lo que usted ha escrito.

    - Si los terroristas de verdad tuvieran que responder a algún tipo determinado, en mi opinión, habría que buscarlos entre los que no parecen personas.

    - Claudio y Mauro lo son.

    - Lo sé muy bien. Y hasta le diré que ocultan, como detrás de una máscara, cosas que usted no puede ver. ¡Son los más opuesto a terroristas! Sólo la soledad, traumática para usted, del uno y la vida montaraz del otro me han dado pie a esta extravagante ficción; ellos no.

    Los terroristas, como si no tuvieran padres ni apellidos, se amamantan a la sombra de un orgullo colectivo, anónimo y provinciano, exaltado hasta la locura del asesinato. Casi todas las ideas pueden ser buenas, si todos los hombres estuviéramos vacunados contra el fanatismo.

    Así terminó de hablar el señor Blasco, y ya no supe lo que hizo con sus folios escritos, ni me importaba.

-II-

    Yo continué con mis visitas profesionales a Masegar. Cuando era tiempo hábil, me llevaba la escopeta y, si me sobraba tiempo, salía al monte con el intento de cazar.

    Fue a mediados de agosto con la codorniz recién desvedada. Mauro el Zurdo, sentado en la cuneta sin miedo al sol, estaba aguardando mi llegada al pueblo. Me dijo que, cuando terminara la tarea, me acompañaría a las tierras de labor de La Huesa, donde me tenía reservada una buena percha de codornices en unos rastrojos de trigo. Acepté con la curiosidad, además, de poder conocer a Claudio el Chepas.

    Por un camino, bueno para tractores, pero malo para mi coche, cruzamos la hoya de Masegar, remontamos la loma. Allá en el hondo se veía, sobre un montículo, la masía de La Huesa casi en ruinas. Bajo unas sombras, las ovejas de Claudio estaban amodorradas en el sestero. Descendimos en zig zag por entre los pinos de la umbría y llegamos a los rastrojos, cuando era cerca del mediodía.

    - ¿Mover la codorniz a estas horas, y sin perros? -le pregunté.

    Mauro sacó del morral una cuerda larga; fue ensartando en ella botes y latas; se anudó uno de los cabos al tobillo izquierdo, y me invitó a que hiciera yo lo mismo con el otro cabo en mi pie derecho.

    - Ya tenemos perros -me dijo.

    - ¿Tú crees?

    No me contestó. Nos metimos en el rastrojo y nos separamos, arrastrando, al andar, la cuerda con las latas. Cubríamos un frente de bastantes metros. La cuerda y los botes fueron levantando codornices, y al terminar pude lucir una buena percha como él me había prometido.

    Cerca ya de las ruinas de la casa, nos desatamos los perros, y los dejamos abandonados en un ribazo. Claudio el Chepas salió a nuestro encuentro. Mauro el Zurdo hizo la presentación y nos saludamos por primera vez.

    Allí mismo, en medio de aquel abandono y desorden, como una alucinación, vi anclada en el suelo una furgoneta azul con este letrero en la puerta lateral: "Hilario Vendedor Ambulante".

    Era demasiada coincidencia. Disimulando mi asombro, intenté, no sé con qué pretexto, hablarles de mi amigo el escritor de Almonteda; les dije que se llamaba Blasco, y acabé por preguntarles si lo conocían. Claudio me aseguró que, antes de jubilarse, había sido director de la Caja de Ahorros.

    No me atreví a averiguar más. Preferí quedarme en la duda de si la ficción creada por mi amigo había sido, tal vez, una historia real de años atrás. No me cabía en la cabeza; pero aquella furgoneta...

    Era ya tarde y nos despedimos. El Chepas, después de preguntarnos con ironía si nos guardaba los perros, se retiró sonriendo. Sólo cuando se alejaba, pude darme cuenta de los harapos con que iba vestido. El inesperado hallazgo del vehículo de Hilario el vendedor ambulante me había quitado la capacidad de fijarme en otros detalles.

    Mauro y yo nos volvimos a Masegar. Mientras conducía mi coche por aquel mal camino, me venía la tentación de preguntarle si había oído hablar del "Forúnculo de Almonteda". La vencí, pensando en el ridículo en que podía caer.


    Mi curiosidad andaba tras esta sospecha, cuando acudió a mis servicios el cura de Masegar. Ya nos habíamos saludado en una escueta presentación en la casa de un enfermo. Se le veía muy mayor, con alguna torpeza al andar y de recio cuerpo bajo una sotana bien llevada. Por lo poco que se le veía, deduje que no era hombre callejero, ni de bar, ni de conversaciones en las esquinas. Iba adonde tenía que ir, sin detenerse en estaciones intermedias.

    Me expuso sus dolencias con fluida precisión. Su cara reflejaba bondad con una permanente sonrisa que se hacía pícara en los ojos. Se prestaba a la confianza. Pensé que era un hombre abierto y transparente. Si lo del "Furúnculo" era cierto, él lo tenía que saber. Quise preguntarle directamente; pero me sentí ridículo ante tan banal curiosidad, y, sobre todo, en aquel momento en que lo que le importaba al buen sacerdote era su salud.

    - Quítese la sotana, por favor -le pedí, después de escucharle.

    Mientras se desabrochaba botones y botones, dijo con cierto humor:

    - Puede dar la impresión de que, bajo este hábito, se encubren misterios; pero la sotana nada tiene que ocultar. Como su bata blanca. Al fin, hombres: ustedes con una ciencia para curar, y nosotros con una misión superior que cumplir. Pero hombres con miserias.

    - El hábito no hace al monje -dije por decir.

    - Pero es la única manera de saber que se está tratando con un monje -me aclaró.

    - Efectivamente, si es que hay que saberlo -le repliqué.

    No me contestó. Mientras lo exploraba, pensé que era un hombre sincero e informado del mundillo de aquellos pueblos, y podría aclarar mis sospechas. Busqué la manera de introducir el tema de Claudio el Chepas y Mauro el Zurdo; pero no se me ocurrió decirle otra cosa:

    - Me gustaría hablar con usted.

    - Si quiere hablar de sus asuntos conmigo, tendrá que acudir a mi terreno, como yo he venido al suyo -dijo riéndose, y añadió para dar una explicación a sus palabras:

    - No es cuestión de protocolo. Es que usted me cae bien; conozco mi propensión a la tertulia, y podríamos alargarnos demasiado. Los que están ahí fuera esperando sus servicios, acabarían por desesperarse. ¿Por qué no se viene a comer a mi casa, y hablamos?

    - ¿No será demasiada molestia? -pregunté.

    - Ese es mi terreno y se lo ofrezco con gusto.

    Acepté. Cuando terminé la consulta, me fui a casa del sacerdote. Me recibió en su despacho, amplio y lleno de luz. Dos de las paredes estaban ocupadas por estanterías llenas de libros. En una vitrina cerrada se veían los libros viejos del archivo parroquial, encuadernados en pergamino. Estaba claro que era un hombre culto, y casi me acomplejé. Por uno de los ventanales me asomé el precipicio del barranco; desde el otro, se veía la puerta de iglesia; estaba abierta y, al fondo, titilaba en la oscuridad una lámpara encendida.

    Le manifesté mi admiración por todo lo que se veía desde aquella habitación. Y él me ofreció su casa.

    Nos sentamos en sendas viejas butacas limpias, junto a una mesita rinconera con su lámpara de pie encima.

    - ¡Usted dirá! -me invitó, luego de estos preámbulos, a que hablara.

    - Es sobre Claudio el Chepas y Mauro el Zurdo.

    - Buenos amigos míos. Los conozco desde que eran niños. ¿Qué es lo que quiere saber?

    - Algunos datos sobre su vida pasada.

    Hizo una pausa, dibujó una sonrisa pícara, y me manifestó su sorpresa:

    - ¿Es mera curiosidad o interés por su salud? Comprendo que la vida de Claudio le preocupe, como me preocupa a mí; pero la da Mauro...

    Lo mío era mera curiosidad, y me sentí atrapado por mi propio ridículo. Reaccioné y, a sabiendas de que le mentía, le dije que, aunque ambos eran también buenos amigos míos, en realidad, el objeto de mi consulta era Claudio: su vida solitaria, casi inhumana debía tener alguna explicación. El cura asintió:

    - Es una de mis preocupaciones. Vive como muerto. Y cuánto lamento no haber podido resucitarlo. Sólo porque confío en que usted pueda ayudarle, le contaré lo que sepa y pueda.

    En ese momento, al notar la pena del sacerdote, mi curiosidad se cambió en verdadero interés profesional por ayudar a Claudio el Chepas, y le dije:

    - No sé si lo conseguiré, pero voy a poner mi mayor empeño.

    El sacerdote se concentró, su rostro perdió la sonrisa habitual, y empezó a hablar:

    - Usted ya lo ha podido observar. En estas tierras, tanto en Masegar como en toda la Comunidad de Almonteda, se disfruta de buenos pastos, pero sólo por primavera y verano. Para el otoño, se vienen pronto los fríos y las nieves, y los rebaños tienen que trashumar hacia Extremadura y Andalucía.

    Con la lana y los corderos, entonces se tocaba dinero, y el padre de Claudio quiso darle estudios. Era el pequeño de la casa, e intentó sacrificarse más por él. Y Claudio se encontró en Almonteda estudiando en el colegio de los Escolapios.

    Entre regulares y malas notas, con constantes broncas paternas, pudo terminar el bachillerato elemental. La idea de su padre era mandarlo a estudiar Veterinaria. Solía decir: "Si los animales dan dinero, la carrera de cuidar su salud debe darlo también". Pero los libros en serio no era lo suyo, y, con gran quebranto por parte de su padre, Claudio se negó.

    La verdad es que empezó a ser feliz, cuando se dedicó, como sus otros hermanos, al simple cuidado del ganado y a las austeras tierras de la Huesa.

    Nació y vivió siempre en esa masía, que era de sus padres. Ahora es él solo el que está al frente de ella. Los hermanos, como tantos otros de estos pueblos, emigraron; ya murieron y quedan los sobrinos; pero no vienen por aquí. La casa y las tierras que tiene aquí en el pueblo eran de su mujer.

    Los curas, como los médicos nos enteramos, aun sin querer, de menudencias de la vida que se escapan al resto de los mortales: los médicos, de las cosas de los cuerpos; los curas, del interior de las personas.

    Yo asentí con la cabeza, y seguí escuchando su fluida conversación:

    - Todo empezó en Casafrías, aunque ya antes Claudio se había fijado en Teodora. El caserío ese tiene una ermita a la Virgen del Carmen, con mucha devoción de los pueblos de estos alrededores. El 16 de julio, allí acudió Claudio como uno de tantos, y allí cayó también la Teodora. Eran una buena pareja, y podían haber sido felices. Ellos mismos me contaron todo con la recia sencillez de estas gentes. Aun sin ser secreto de confesión, no sé si se lo debería decir...Tal vez, sabiéndolo podrá usted ayudarle mejor.

    El buen párroco continuó:

    - Cumplidos los deberes de la romería, a la hora de comer en corros bajo los pinos, Claudio rondó y sonrió, por donde estaba Teodora. A ésta, que no sospechaba nada, le dio un vuelco el corazón cuando se sintió envuelta en la mirada de Claudio.

    Las hábiles agudezas del amor hicieron que Claudio y algún mozo más, Taodora y algunas otras mozas decidieran ir a ver la peculiar fuente de la Mentirosa, que está a la otra parte de la loma en que se recuesta el caserío. En el camino, no les fue difícil quedarse rezagados, y cruzar, a solas, sus interesadas palabras. Ambos descubrieron y afirmaron sus recíprocos sentimientos. Y concluyeron así:

    - No somos unos adolescentes -dijo Teodora.

    - Me alegra que haya sido aquí -manifestó Claudio.

    - La Virgen es la responsable -aseguró ella.

    - Nos tomaremos tiempo para madurarlo -sentenció él.

    Llegaron a la fuente. Sólo, con una primavera de muchas aguas, no se seca. Bajo los pinos, en un pequeño hoyo natural, por una grieta entre las piedras, estaba mintiendo. Es una fuente muy peculiar; vale la pena ir a verla, y ¡además es una buena zona de caza! -me insinuó con intención el sacerdote.

    A petición mía, explicó la particularidad de la fuente:

    - Empieza a manar y, a medida que crece el agua, va oscilando intermitentemente su nivel hasta rebosar la poza. Al amorrarse para beber, en su juego de oscilaciones, lo mismo se viene el agua a las narices y a los ojos, que huye de los labios. Luego, de la misma manera, va desapareciendo, haciendo el ruido característico de sorber la poca agua que queda en el hoyo. En pocos minutos se repite el ciclo.

    Pero volvamos a Claudio y Teodora. De regreso, también rezagados de los demás, siguieron hablando:

    - ¿No será lo nuestro como esta fuente?

    - Yo subiré siempre que pueda a Masegar, y buscaré la manera de que tú puedas bajar a la Huesa, y tratar a mis padres. Y, al año que viene, aquí, en esta misma fecha, decidiremos.

    Yo no pude evitar una sonrisa ante esta novelita rosa. El buen cura, como si hubiera leído mi pensamiento, declaró:

    - Yo también me reía mientras ellos me contaban todas estas cursilerías. Y fue Claudio el que me cortó: "¿Es que no cree que el amor de por sí es limpio?" No supe contestarle. El hecho es que al año siguiente decidieron, y ese mismo verano los casé. Pensaron que la masía daba poco para tantos y, de común acuerdo con sus padres, los recién casados se vino a vivir a Masegar con las tierras de Teodora. Pero por pocos días.

    - Eso me han dicho, que murió muy joven -insinué.

    - ¿Joven? Ni tiempo tuvo de concebir... Eso dijeron después de la autopsia.

    - Pero ¿de qué murió? -insistí.

    - También tuve que estar en el triste suceso. Hice lo que pude por evitar el trauma de Claudio; pero no lo he conseguido o no he sabido -me confesó con pena el sacerdote, y siguió hablando como si leyera algo que tenía escrito dentro de sí:

    - Estaba muy avanzada la tarde. El Monesdrúbal proyectaba ya su sombra sobre las labores de Prarredondos, con la mies en cosecha. Una nube de contornos brillantes remarcados en el azul profundo del cielo, negra como todas las nubes que llevan fuego y piedra en sus entrañas, se asomó por la cornisa rocosa del Monesdrúbal. Las gentes, dispersas por aquellos campos dorados, la veían avanzar siniestra, y se afanaban en meter las hoces para segar su pan. Las bestias, aparejadas, comían la hierba de los ribazos, esperando la carga de haces para acarrearlos a la era.

    Claudio cargó las bestias, y se quedó segando. Teodora iba ya por la carretera en compañía de su abuelo Teodoro. Detrás de las dos mulas guiadas por el abuelo, ella llevaba del ronzal a la yegua blanca. Estaban a mitad de camino entre la paridera de Prarredondos y el pueblo.

    La nube aún no había cubierto el amplio horizonte de estas alturas, y su negrura había ya oscurecido a los campos y al pueblo. Yo, aquí en mi casa, sólo recuerdo el chasquido de luz verde cegadora en mis ojos, y, al mismo tiempo, el bofetón seco del trueno en mis oídos.

    A la media hora, llegó al pueblo la tormenta de la noticia. Carreras por las calles, puertas golpeadas con urgencia, voces por las ventanas. Todos lo supieron al mismo tiempo, sin espacio al rumor o al bulo. Toda la verdad, fría y escueta. Tan escueta y fría como el trallazo del rayo. Verdad increíble y aplastante.

    Mauro y yo, que vivimos vecinos como sabe, nos encontramos corriendo hacia la casa del abuelo Teodoro. Todo el pueblo se iba concentrando en pocos metros de calle. En ese momento, llegaba él, andando, con el rostro ensangrentado, apoyándose en los brazos de dos hombres. El abuelo ocultó sus lágrimas en mi hombro. Lloraban los padres y gemían los primos y los tíos. Había lágrimas en todos los ojos. Todos intentaban consolar y todos necesitaban consuelo.

    Se limpiaron las heridas al abuelo. Eran lesiones superficiales, producidas al ser lanzado de bruces al suelo. Se envió un propio a Almonteda para avisar al médico. Algunas mujeres empezaron a repartir tazas de tila.

    Pregunté que quién se había quedado allá con el cadáver de Teodora. Y alguien me contestó que Claudio solo. ¡Santo cielo!, me dije. Busqué a Mauro y le pedí que me acompañara.

    Apenas salimos del pueblo y tomamos la carretera, empezamos a correr. Era ya noche cerrada con la tormenta aún en lo alto. Pasada la curva al pie del Castillejo, al asomarnos a Prarredondos, llamé a Claudio con todas mis fuerzas. "Es para que sepa que vamos ya; cómo lo debe estar pasando", dije a Mauro.

    Encontramos el cuerpo, oculto bajo una manta. Le descubrí el rostro para ungirla en la frente con el óleo. Se percibió un penetrante olor a carne quemada. En torno al cuello, la cadena y la medalla se habían fundido e incrustado en la piel. Le volví a tapar la cara; abracé a Claudio, y sólo supe decirle:

    - ¡Veintidós años de mujer limpia!

    - ¿Y se la ha tenido que llevar un rayo? -preguntó Claudio con frialdad en el alma, como fría estaba la muerta en el cuerpo.

    Allí estaban, fulminadas también, las tres bestias cargadas de mies.

    - Y el abuelo Teodoro se ha salvado, gracias a las abarcas de goma -aseguró Mauro.

    Los mozos y mozas del pueblo, contra el silencio de Claudio, encargaron una cruz de piedra, que allá está, junto a la carretera.

    - La veo al pasar siempre que vengo, pero no sabía de quién era. Duro fue el golpe que recibió Claudio -dije sobrecogido por el relato.

    - Ya lo sabe todo. Pero saber por curiosidad puede ser malsano. Si le he contado todo esto, es para que le ayude como médico. Yo lo he intentado inútilmente.

    Había seguido con interés su relato, y le confié:

    - Gracias, señor cura, por confiar en mí; pero me temo que si usted no ha podido, yo...

    - Rezaré, y usted haga lo que pueda.

    Me quedé pensativo, y me atreví a contarle que, según me habían dicho, Claudio tenía mucho dinero. Si era así, podría ser que se había producido en él una permuta enfermiza de valores.

    El buen sacerdote esbozó, por fin, una nueva sonrisa. Respiró hondo, y, mirándome a los ojos, dijo:

    - ¿Me obliga a contarle otro secretillo? Usted vive en Almonteda; vaya al Asilo de Ancianos; pregunte por la monja superiora y dígale lo que me acaba de decir. Si ella quiere contarle la verdad...

    Yo conocía a la superiora. Ella recurría a mí, siempre que había algún anciano enfermo. El que le hiciera estos servicios de una manera gratuita, pensé que me daría derecho a preguntarle esto. Como si me hubiera adivinado el pensamiento, el anciano cura me dijo:

    - Bien...Sólo le puedo decir que Claudio es el mayor bienhechor del Asilo.

    - ¡No entiendo nada! Si es un hombre generoso, no puede estar muerto interiormente, como usted ha dicho -manifesté.

    - Tiene usted razón; no había caído en la cuenta -dijo el sacerdote, gozosamente pensativo.

    En esto, llamaron a la puerta del despacho. Era la hermana del cura para decirnos que la comida estaba servida. Nos presentó. Adiviné que ambos hermanos comían juntos, e insistí en que ella se sentara también a la mesa. No se habló de Claudio durante la comida, y nos entretuvimos con comentarios de caza y pesca, aficiones que, de joven, también el sacerdote había practicado. Al terminar, le pidió a la hermana que nos sirviera el café en el despacho. Mientras nos cambiábamos de habitación, me suplicó sonriendo:

    - Después de lo que me ha dicho esta mañana en la consulta, ¿me autoriza a tomarme el último café como despedida?

    - Sea; pero cuídese en serio -le advertí.

    Era curioso lo que me estaba ocurriendo por dentro. Ahora que no sentía ya curiosidad, sino ganas de ayudar a Claudio, es cuando me sentí con desparpajo, para preguntar al sacerdote si había oído hablar del Furúnculo de Almonteda. El rostro del anciano cura se iluminó; se levantó de la butaca; miró en una de las estanterías; sacó un libro; me lo mostró, y me preguntó:

    - ¿De qué lo conoce?

    Era un libro con ese mismo título. De momento, me quedé mudo. El cura tomó la pluma estilográfica y me lo dedicó. Luego me contó que era una reseña histórica que había escrito hacía años, sobre una partida de bandoleros, que en el siglo pasado, sembraron el terror en toda la comarca.

    Empecé a comprender, y le conté detalladamente el escrito de mi amigo de Almonteda, con Claudio y Mauro como protagonistas. Soltó la carcajada y añadió:

    - Y usted sospechó que todo aquello pudo ser verdad.

    Me desnudó los pensamientos. Para defenderme, le pedí que me explicara la presencia de la furgoneta en La Huesa.

    - El señor Blasco sabe muy bien que está ahí, y que usted, tarde o temprano la vería.

    - ¿Lo conoce?

    - Los que llevamos mucho tiempo viviendo en estas tierras nos conocemos todos. ¡Qué humor el del señor Blasco!

    - Y ¡qué ingenuo yo! -confesé mi derrota.

    - Pero volvamos al Claudio real. Lo de la furgoneta es un secreto que sólo conocen el señor Blasco, la anterior superiora del Asilo y Claudio. Yo sólo sospecho, y mi sospecha es que ese vendedor ambulante quebró; la Caja de Ahorros, en compensación de los préstamos impagos, se quedó con la furgoneta, y la obsequió al Asilo. Como no estaba en buen estado, Claudio compró una nueva y se trajo la vieja. ¿Satisfecho?

    - ¿Sólo es sospecha lo que me acaba de decir? -pregunté con mi ingenuidad herida.

    No contestó, pero se sonrió. Animado por aquel clima de confianza, quise saber también algo sobre Mauro y, como estrategia para cambiar de tema, le afirme que Claudio y Mauro parecían de la misma edad.

    - Mauro es unos diez años mayor, aunque no lo parezca -me corrigió.

    - ¿Y qué me puede decir de él?

    - Su amigo el señor Blasco le contestaría que hay hombres que son como una caja fuerte cuya combinación para abrirla han procurado olvidarla ellos mismos. Sólo le diré que a mí me salvó la vida; pero no creo prudente remover cosas del pasado. ¿Me perdona la respuesta?

    - Es usted el que tiene que perdonar mi indiscreción. Lo comprendo; mi profesión también me obliga a ser caja fuerte con secretos.

    No por el tono de esta última intervención, sino porque se me hacía la hora, me levanté para irme. Ya en la puerta de la calle me dijo:

    - No haga mucho problema de Claudio. Pienso que es feliz viviendo como vive. La preocupación que he sentido por él, me hacía verlo muerto. Tal vez, el trauma de aquella tragedia de su prematura viudedad ha sido más duradero en mí que en él. Ahora, gracias a usted, he comprendido que está muy vivo. Su generosidad es la prueba. Gracias, y hasta que quiera venir por casa.

    - Gracias a usted -le dije sinceramente, y me alejé calle abajo, molesto interiormente por haber vuelto a mi necia curiosidad. Luego pensé que en los pueblos había una sabiduría que jamás hubiera podido sospechar.


    Por aquellos días coincidí en la barra del bar de Almonteda con el señor Blasco. Nos saludamos y le conté que había conocido el cura de Masegar.

    - Gran persona el cura ese -me dijo.

    - Me dedicó un ejemplar de "Forúnculo en Almonteda".

    - Por lo visto, picó usted en aquellas tonterías que le leí.

    - Reconozco que me intrigó el detalle de la furgoneta. Por cierto, el cura me dijo que se conocen; tiene un alto concepto de usted. Cuando le pregunté sobre Mauro el Zurdo, me dijo que usted me hubiera contestado que hay hombres que son como cajas fuertes sin combinación que las abra.

    Percibí que esta mención agradaba al señor Blasco; cogió su vaso de cerveza, y me invitó a sentarnos en una mesa. Me comentó:

    - No se me había ocurrido comparar a los hombres con una caja fuerte; pero tiene razón: no puede saberse lo que encierran dentro o porque lo ocultan de intento o porque no lo valoran. Los que se comportan así son normalmente personas valiosas. En cambio, los que se exhiben como un escaparate suelen ser pura fatuidad.

    Mientras hablaba el señor Blasco, me sorprendió ver desde mi silla que entraba Claudio el Chepas. En esta ocasión vestía con pobreza, pero limpio. Lo seguí con la mirada. Se acercó a la barra y pidió una cerveza. Nos vio y vino hacia nosotros. Me puse de pie y le estreché la mano con respeto. Me di cuenta de que empezaba a sentir admiración por él. El señor Blasco se limitó a preguntarle por el motivo de su venida.

    - A dar una vuelta a su antigua casa, por lo de mis negocios -contestó.

    Se retiró discretamente a la barra, acabó de tomar la cerveza, pagó y se fue. Mientras, insinué al señor Blasco:

    - ¿Sus negocios son el Asilo?

    Me miró desconcertado por un momento; pero reaccionó:

    - Los jubilados seguimos obligados al secreto profesional.

    Su reacción fue la auténtica respuesta que yo suponía. Abrí los brazos en ademán de disculpa, y volví a preguntarle:

    - ¿También está bajo secreto con Mauro el Zurdo?

    - ¿Qué es lo que usted quiere saber del Zurdo?

    - Sospecho que ha habido en él algo más que un guarda jurado. El cura me insinuó que le debía la vida.

    El señor Blasco llamó al camarero para pedirle otro par de cervezas, y se dispuso a hablar:

    - Le salvó la vida. Cuando empezó la guerra civil, toda esta comarca quedó en el bando nacional por mera geografía, porque la Capitanía General a la que pertenece se puso de esa parte. Se reclutaron quintas y Mauro entraba en ellas. No quiso alistarse y se echó al monte. El motivo es confidencial y, en mi opinión, refleja la categoría de Mauro ya desde sus años mozos y con poca cultura.

    - ¿Y yo, que soy su médico, no puedo participar de ese motivo confidencial?

    El señor Blasco resopló, movió la cabeza resignado, y siguió:

    - Supo él que España se había dividido en dos bandos, y pensó que tan patria era el uno como el otro. Pronto llegó a estos pueblos la noticia de que en la capital de la provincia los nacionales mataban por la simple razón de tener ideas de izquierdas. Es cuando decidió no alistarse a servir a una patria así, con la esperanza de que en el bando republicano las cosas fueran distintas.

    Aunque oficialmente no, de hecho, estos pueblos, al principio de la guerra, fueron tierra de nadie; serían de las primeras armas que llegaran. A los pocos meses, fueron conquistados por voluntarios del Frente Popular, venidos de la zona republicana. Mauro, de escondite en escondite de su vida montaraz, recorría toda esta comarca y los pueblos cercanos de las provincias lindantes; entraba con precaución en los que no lo podían conocer y se informaba de cómo andaba la guerra y de sus desmanes. Vio que, en este bando, los del Frente Popular también fusilaban sin más motivo que ser de derechas. Y sintió horror al ver el odio con que mataban a los sacerdotes y quemaban las iglesias de los pueblos por los que pasaban. Definitivamente, se quedó sin patria que servir.

    Cuando observó que los del Frente Popular se acercaban a Masegar, entró a media noche en el pueblo, fue a casa del cura, lo despertó y le dijo que se fuera inmediatamente. Se resistía, razonando que su deber era permanecer con sus feligreses. Mauro le contestó que si vivía podría volver, pero muerto ya no les serviría para nada. Lo convenció. Fue con él a la iglesia a quitar el Santísimo, y lo acompañó hasta que salió del peligro. Al despedirse, le encargó que avisara a sus compañeros sacerdotes de los otros pueblos para que huyeran cuanto antes. Él volvió al monte.

    Cuando se fue por primera vez, no dijo nada a nadie, ni a sus padres. Pensó que, aunque lo pasaran mal, les evitaría compromisos ante preguntas indiscretas e indagaciones. Todos lo dieron por muerto, pero estaba más cerca de lo que suponían. Desde la cumbre del Monesdrúbal, observaba las entradas y salidas del pueblo, y controlaba los caminos que tomaba la gente. Cuando ya habían pasado las primeras inquietudes, vio un día salir a su padre y logró ponerse en contacto con él mientras araba un campo cerca de un pinar. Lo llamó desde los pinos, se abrazaron y le explicó el motivo de su decisión. Concertaron otra entrevista y el padre le llevó una de las llaves del pajar que tenían a las afueras del pueblo, al pie del Monesdrúbal. La verdad es que, a excepción de los primeros meses, entraba con cierta frecuencia por las noches en el pueblo y permanecía oculto en casa de sus padres mientras no hubiera sospechas de registro.

    Terminó la guerra y se presentó en el pueblo. Las autoridades locales le comunicaron que estaba declarado como desertor y no les quedaba más remedio que denunciar su presencia. No hizo falta. Preguntó a dónde tenía que dirigirse, y se personó ante las autoridades militares de la provincia. Lo metieron en la cárcel en espera del consejo de guerra. Se temió lo peor. Pero su sencilla exposición de los motivos que lo llevaron a la deserción, el informe del cura y de alguno más, a quienes avisó para que salvaran sus vidas, quedó todo en cinco años de cárcel. Cumplió, vino al pueblo y, poco después, la Hermandad de Labradores le ofreció ser guarda jurado. Lo demás ya lo conoce usted.

    Ahora fui yo el que pidió al camarero dos botellas más de cerveza, y pregunté al señor Blasco que era eso de los registros.

    - Piense que el Frente Popular implantaba la revolución comunista en todos los pueblo que conquistaba. Constituía un Comité, con su Comisario al frente, que colectivizaba las tierras y daba un salvoconducto a los vecinos que participaban en ella. Los que no se sometían, se quedaban indocumentados. La exigencia de este salvoconducto a los que salían al campo a trabajar y los registros periódicos en las casas de los que no aceptaban la colectivización, en busca de personas o cosas comprometedoras, eran algunos de los métodos de intimidación que practicaba el Frente Popular... La verdadera historia de la guerra civil la conoce el pueblo; las ideologías suelen deformarla. Pero dejemos esto: no es bueno hurgar sobre aquellas cosas; es mejor intentar olvidarlas.

    El cura de Masegar me había dicho esto mismo, y pensé que Mauro no hablaba de ello por la misma razón, pero me callé; y, no sin asombro, dije al señor Blasco:

    - No me imaginaba lo que me acaba de contar sobre Mauro

    - ¿Está todo esto muy lejos de lo que le leí?

    - Veo que es verdadero el tópico de que la vida real supera, a veces, cualquier ficción.

    - Ya le advertí en una ocasión que hay realidades que no proyectan sombra.

    Nos levantamos, pagué las cervezas y nos fuimos cada cual a su casa. Durante la soledad de mis pasos, caminé admirando a Mauro el Zurdo y a Claudio el Chepas y deseoso de que fueran amigos míos; pero, después de saber lo que sabía sobre ellos y aún creyendo que las personas tienen derecho a mantener intimidades por encima de la amistad, temí no saber cómo tratarlos. Además, me sentía un traidor por haber indagado lo que se ocultaba tras sus máscaras, que no eran máscaras sino prudencia del silencio. Desde luego, ya no eran los tipos raros que descubrí para la frivolidad.



 Aplicaciones didácticas 

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Artículo: La ideología de género destruye la familia

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