Los dos primos

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

    La concepción de cualquier criatura humana siempre es asombrosa, y al correr de los años, el asombro acaba sumiendo al hombre en un misterio. El misterio del espíritu floreciendo en un montón de células. El hombre sabe dar razón del todo el universo, pero no de sí mismo: frecuentemente se pierde entre subjetivas elucubraciones filosóficas.

    La racionalidad y la libertad, la verdad y el bien, que constituyen su ser natural, son realidades que lo desbordan, y si a esto se añade el proyecto que Dios tiene para cada uno, no es de extrañar que cada persona humana sea un misterio para sí mismo. Busca y se pierde al querer ajustar armoniosamente estos datos: la inteligencia, la voluntad y la fe. Sin la fe, la inteligencia y la voluntad quedan a la intemperie

    El hombre es un misterio inserto en el misterio de Dios, y sólo en Dios tiene explicación coherente. En su condición de criatura excepcional -la más maravillosa de todas- lleva la simiente de su propia perdición: la antigua soberbia de querer ser como Dios.

    Pero Dios sigue amando al hombre, y no quiere perder tan maravillosa criatura. Con la elección de Abraham inicia la recuperación de la humanidad perdida, y la culmina con los primos Jesús y Juan. ¡Cómo no iban a ser misteriosas sus concepciones y sus vidas!


    Nació Jesús y, cumplidas las prescripciones legales, María pidió pasar unos días por Ain Karem, para enseñar a Jesús a sus primos Isabel y Zacarías y presentarles a José. Mientras las madres miraban complacidas a sus hijos, los dos hombres hablaron de sus cosas. José venía pensando si sería mejor quedarse a vivir definitivamente en Belén, y le pidió parecer a Zacarías. Éste le aconsejó que si el Señor lo había llevado a nacer a Belén, lo mejor era permanecer aquí, mientras no diera otra señal. Pero José sentía, además, la necesidad de desahogar su alegría, sus zozobras y sus decisiones, y contó todo a Zacarías:

    - "María amaneció en mi vida cuando ella tenía sólo diez años y yo veinte. La sonrisa y la inocencia de su rostro, enmarcado en el pañuelo con que se tocaba el pelo, me iluminó con su claridad. Ocurrió cuando, por razones de trabajo, fui a su casa de Nazaret a entregar a su padre un encargo. Fue un amor despertado por la serenidad de su belleza. Era sólo una niña y me cautivó.

    Aunque no hacía nada por verla, me complacía siempre que me tropezaba con ella. Hasta tuve un sueño que me dijo que ella sería mi esposa. Debo aclarar que, por experiencia desde mi niñez, el Señor se sirve de sueños para declararme sus designios. Todos los que he tenido relacionados con el futuro de mi vida se han cumplido: la muerte de mi padre, mi llegada a Nazaret, la elección del oficio de artesano, etc. Antes de ocurrir los soñé. A María fue un ángel; a mí el Señor me manifiesta el camino y las decisiones que debo seguir por medio de los sueños. Creo que. para la mayoría de los hombres, las ilusiones, los deseos y proyectos nobles que anidan en el corazón, son los ángeles que nos indican la llamada de Dios.

    Según las genealogías que se transmiten en mi familia, soy descendiente de David. Esto no me enorgullece, pero sí despierta en mi un sentido de responsabilidad. En la piedad y en la conducta no puedo traicionar a mi gran antepasado.

    Sabía que el sueño se cumpliría, pero yo tenía que poner los medios. Pasaban los años, María crecía, empezaba a ser mujer, y temí que se me adelantase alguien. No podía perder tan preciosa perla. Hablé con sus padres; me aceptaron, y concertamos los desposorios. Podíamos casarnos cuando quisiéramos; pero fue entonces cuando me llegaron las más dolorosas perplejidades.

    María me dijo que tenía que viajar a Ain Karem a visitar a su prima Isabel que, siendo ya mayor, estaba encinta y la necesitaba. Me lo dijo sin que yo sospechara que me ocultaba un secreto. La comprendí y le di facilidades. No debía ir sola, y ayudé a sus padres a encontrarle compañía para tan largo viaje. Pasaron tres largos meses y volvió. Me pareció tan encantadora como siempre, pero advertí que estaba sometida a una honda preocupación. Pensé que sería por la fecha de la boda que estábamos tratando con sus padres.

    Un par de meses después me llegó la noticia. Las mujeres saben mucho de embarazos , y una del pueblo me felicitó porque María me iba a dar un hijo, pues daba señales de estar encinta. Nada le contesté, pero pensé que era imposible. Aquel mismo día fui a ver a María y, sin poderlo evitar, me fijé en ella y me di cuenta de que, en efecto, daba signos evidentes de estar embarazada. Ella no me dijo nada, y yo no me atreví a preguntarle. No acababa de creerlo, pero la realidad saltaba a los ojos. Me fui con un dolor tan grande como era mi amor. Todo era hacerme preguntas y no hallaba respuestas. Seguí visitándola, pero siempre me volvía a mi casa atormentado. Dejé de ir a verla, pensando la manera de dar solución a la situación, y, por amor a ella, decidí irme del pueblo antes que repudiarla públicamente. La anoche anterior a irme, soñé que un ángel me decía: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu esposa, porque lo concebida en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados".

    Me desperté y no lo dudé. Mi Señor se había fijado antes que yo en aquella perla. Junto con la aclaración del misterio descubrí que la misión que Dios me encomendaba era cuidar de la perla y del tesoro que en ella se ocultaba, y decidí hacerme cargo de los dos y que, si el Señor la había querido madre sin dejar de ser virgen, yo la amaría respetando los designios de Dios. Mi amor aumentó al cambiar de sentido. Era mi esposa, pero más que mujer era la elegida de Dios.

    Corrí a contarle el sueño y mis propósitos. Ella me contó lo suyo, y me dio un abrazo. Luego me declaró que había sido ella la que forzó al Señor para concebir sin dejar de ser virgen; de ahora en adelante, me dijo, serás el padre de Jesús y también mi padre. Yo le dije que sería padre y hermano, y nadie sabría nuestro secreto. También me contó que Juan, el recién nacido de su prima Isabel, estaba relacionado con nuestro Jesús según los designios del Señor manifestados a su esposo Zacarías.

    A los pocos días celebramos nuestra boda. Ella tenía dieciséis años y yo veintiséis.

Pocas semanas después tuvimos que viajar a Belén para cumplimentar el empadronamiento ordenado por el César. Coincidía con los días en que Ella tenía que dar a luz. Y en Belén nació Jesús como puedes ver"..

    Terminó de hablar José, y Zacarías sentenció:

    - "Debemos ser conscientes de que el Señor Dios de Israel está interviniendo portentosamente en nuestras vidas y tenemos que corresponder a sus designios"

    De regreso a Belén, José le manifestó a María su decisión de quedare a vivir en Belén. Buscaría trabajo y encontraría casa para los tres. A María le pareció bien, pero debían avisar a la familia de Nazaret. José lo hizo.

    Pasó un año mas o menos, y ocurrió lo de los Inocentes. En Ain-Karem, Isabel y Zacarías temieron lo peor. Pudieron saber que a Jesús no lo habían matado, pero sufrieron mucho al no saber el paradero de la familia. Hasta que, transcurridos unos dos años, se presentaron los tres.¡Qué alegría! Los dos niños ya correteaban. Cuando fueron mayores recordaban este encuentro como uno de los primeros de su niñez. Los mayores contaron lo de la huida a Egipto y el retorno al saber la muerte de Herodes. Zacarías les contó la situación política en que había quedado Palestina. Les habló de Arquelao, tan sanguinario como su padre, que se había quedo a gobernar en Judea, y de Herodes Antipas, un vanidoso tonto pero pacífico, al que le había tocado Galilea. Ante la situación, José decidió volver a Nazaret de Galilea para evitar riesgos.

    Pasaban los años. Los niños crecían al calor del cariño de sus madres.

    Zacarías sabía cual era la misión encomendada a su hijo por el Señor. Pero cumplirla era libre decisión de Juan y podía rechazarla; por esto, él tenía la responsabilidad de darsela a conocer y de educarlo para ella. Se sentía ya mayor y temía morir sin haberle transmitido bien los designios del Señor. Estaba convencido de que el Mesías anunciado por los profetas no tardaría en llegar. Hasta pensó con fundamento que era Jesús, el hijo de María y José. Por lo menos, ambos niños estaban involucrados en el mismo proyecto del Señor. Comentaba estas inquietudes con su esposa Isabel, con el ruego de que, si él moría, no cesara de inculcar en Juan que su misión era preparar al pueblo de Israel para la llegada del Mesías.

    Y Zacarías murió. Isabel hablaba con su hijo y llego a decirle que el Masías ya estaba entre ellos, y era su primo Jesús de Nazaret, el hijo de María. Juan escuchaba estas cosas con ojos perplejos, y llegó a sentir miedo y la tentación de huir a no se sabe dónde. Isabel lo confortaba y le daba ánimos recordándole personajes de la historia de Israel a los que nunca les faltó la fortaleza y la sabiduría del Señor para llevar a cabo lo que se les pedía.

    -"Prepara el ánimo y no ceses de invocarlo. Él hará todo, aunque a ti te toque sufrir. Así son sus caminos".

    José y María no tuvieron necesidad de preparar a Jesús. Era Él quien se encargaba de recordarles cual era la voluntad de Dios. Cuando lo creyeron perdido, y lo buscaron angustiados, les contestó: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?

    Isabel también murió. Juan la enterró, y pocos días después, con lo puesto y el último pan amasado por su madre, se cargó el hatillo en el que también puso los rollos de la Ley y los Profetas que tenían en casa, y se fue a buscar la soledad del desierto. No estaba seguro si era para disponerse a la misión que sus padres le habían comunicado de parte de Dios o para huir de ella. En su caminar sin rumbo, se encontraba por la campiña con pastores a los que preguntaba si había cuevas por el contorno. Buscaba una en la que pudiera establecerse y vivir con sosiego sin la angustia de la sed y del hambre. Pasando de cueva en cueva se asomó al valle del Jordán con sus abruptas laderas y exuberante vegetación en las orillas del río. Era el paraje adecuado y fue descendiendo. Se alegró al encontrar que alguna de las cuevas estaba ya ocupada por judíos piadosos que buscaban la perfección en el cumplimiento de la Ley.

    Encontró una en la parte baja de la ladera, y en ella se cobijó hasta que Dios quisiera. Su proyecto era rezar al Señor su Dios pidiendo la llegada del Mesías; y leer y reflexionar sobre las Sagradas Escrituras, preferentemente los Profetas, para estar en sintonía con la misión del Mesías. Tenía también que procurarse el sustento. Como de ropa andaba escaso, al bajar un día al río a por agua, encontró un camello muerto del que las alimañas sólo habían dejado los huesos y algunos retazos de piel. Los limpió en el río y se confeccionó una especie de túnica corta ceñida con una correa del mismo material. Por aquellos parajes anduvo desde que salió de casa hasta los veintiocho años

    Había observado lo caminos por los que transitaban las caravanas que subían a Jerusalén o bajaban. Con ellas empezaría su predicación. Se bajó a vivir a la orilla del río Jordán. Se alimentaba de langostas tostadas al sol y de miel silvestre. Y, por fin, un día decidió salir al encuentro de las caravanas. Les pedía que se sentaran, pues tenía que darles una gran noticia.

    Con voz ronca y potente, más que decirles les gritaba. "Haced penitencia para la remisión de los pecados, porque el reino de los cielos está cerca. Como dice el Profeta Isaías: envío a mi ángel por delante, voz que clama en el desierto: preparad su camino, enderezad sus sendas; y todos los hombres verán la salvación".

    El vestido de piel de camello ceñido a la cintura con una correa, y su figura austera como un tronco de parra, les impresionaba. Los oyentes quedaban persuadidos de que se habían encontrado con un profeta que anunciaba la inminente llegada del Mesías. Estas caravanas, al llegar a sus lugares de destino, comentaban lo que habían visto y oído.

    La noticia corrió en poco tiempo por toda Palestina, y la gente empezó a ir al Jordán en busca de Juan para escuchar su predicación Acabaron por ser multitudes las que acudían. Él insistía con fuerza en el arrepentimiento de los pecados y en el cambio de conducta. A los que se sentían dispuestos, se acercaban a él y, después de un breve diálogo, los bautizaba como signo de conversión Se instaló en el vado de Betabara, cerca de la desembocadura del Jordán en el mar Muerto.

    Siempre tuvo presente lo que le habían dicho sus padres sobre su primo Jesús; pero de él sólo sabía que se había ido a vivir a Nazaret. Si eran verdad las sospechas de sus padres, Jesús se le daría a conocer. Así esperaba que debería ocurrir. Hasta que un día un hombre alto, fuerte, bien configurado, de presencia atractiva, vestido con decoro, se le acercó para bautizase:

    -¿Cómo te llamas?

    - Jesús.

    - ¿De Nazaret de Galilea?, pregunta sospechando.

    - Sí.

    - ¿Hijo de María?, insiste con temor a la respuesta.

    - Sí, responde con una serena sonrisa.

    Juan se queda mudo; casi llora; traga saliva; lo mira; no sabe si saltar de gozo o si postrarse. Le da un beso, y se niega a bautizarlo:

    - ¿Y vienes a mí, cuando soy yo el que debería ser bautizado por ti?

    - Así ha de ser, para que se cumpla toda justicia, pues el que carga con los pecados del mundo soy yo.

    Juan lo bautizó, y apenas Jesús salió del agua, el Espíritu de Dios descendió en figura de paloma que venía como a posarse sobre Él, al tiempo que se oyó una voz que decía: "Éste es mi Hijo amado en quien me complazco".

    Juan fue testigo de esto, y sintió el impulso e hizo el ademán de postrarse a los pies de Jesús; pero tomándolo éste por el brazo se lo impidió. Antes de separarse, Juan le preguntó si aún vivían sus padres:

    - José murió cuando yo empecé a ser capaz de llevar su taller de artesano. Mi Madre vive y te manda saludos. Cuando le dije que venía a verte, ella me recordó que somos primos. Gracias por todo, Juan el Bautista.

    Se despidieron con el beso de costumbre.

    Teruel, 16 de Noviembre de 2010.






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