El poder y la carroña

 

     Por Don Samuel Valero Lorenzo

    El Pico del Águila emergía como la proa de un barco descomunal, varado al azar en un ondulado mar de lomas y valles de aquella comarca. Sus faldas se vestían con un manto oscuro de pinos, y la escarpada peña se clavaba, destacada, en el alto cielo azul. Su imponente farallón se prolongaba, a derecha y a izquierda, en frontones igualmente abruptos, teñidos de dorado o de gris según le diera el sol o las sombras.

    Desde estas alturas, algunas águilas ejercían su dominio hasta donde los detalles se pierden difusos tras la neblina de la lejanía, y hacían sus nidos en las oquedades inaccesibles de la roca. También una colonia de buitres criaban y se guarecían por aquellos roquedales.

    A pesar de la proximidad, no existía relación alguna entre buitres y águilas; ni se hablaban; se conocían, pero se ignoraban. Si, alguna vez, los buitres tenían que mencionar a las águilas, les daban el apodo de Crespas, porque erizaban las plumas de la cabeza cuando estaban en tensión vigilante. En cambio, las águilas, a los buitres los llamaban Pelones, por la fría desnudez de sus cabezas y cuellos.

    Sin embargo, el buitre Picorvo y el águila Zarzas sí se trataban con alguna frecuencia. Todo empezó, porque, estando Picorvo rosigando el esqueleto de un asno, de entre los costillares salió un cachorro de zorra. El águila Zarzas, que en aquel momento estaba volando muy alta, al ver el cachorro corriendo por una pelada pradera, se lanzó en picado sobre el zorrillo, le clavó las uñas y lo mató. La repugnancia de su pestilente olor la obligó a dejarlo allí mismo. Pero, antes de remontar el vuelo, tuvo el detalle de ofrecerlo al duro estómago de Picorvo. El buitre le dio las gracias; y, desde aquel momento, siempre que se encontraban evolucionando por las alturas, se cruzaban algunas palabras.

    Un día, el águila contó a Picorvo el motivo de que las otras la llamaran con el mote de La Zarzas:

    - Me lancé en mi primera cacería sobre un conejo que corría a protegerse bajo un zarzal; yo, joven águila y torpe aún, marré el tiro y caí sobre las zarzas, enredándome entre ellas. Salí desplumada y sangrando; ingenua de mí, fui a contar a las otras el fallo; desde ese día empecé a ser La Zarzas.

    El Pelón reconocía, para sus adentros, que La Zarzas no era de las más hábiles águilas a la hora de cazar; pero se lo callaba, para no herir sus sentimientos. Y pensó que, tal vez, la humildad de saberse algo torpe a la hora de elegir los blancos, fue lo que le movió a obsequiarle aquel zorrillo, causa de la amistad que mantenían. Por esto, se atrevió a decirle:

    - Menos mal que no llevaste el zorrillo aquel, clavado entre tus uñas a lo alto del picacho; el apodo hubiera sido doble, La Zarzas-Zorrillo.

    Al buitre le hubiera gustado darle una explicación de su apodo, pero no lo sabía y se limitó a decirle:

    - Mi nombre, Picorvo, debe ser cosa de familia.

    La colonia de buitres tenia una ley no escrita, por la que, cada mañana, tenía que salir uno de ellos a explorar. A Picorvo le llegó el turno. Cuando los primeros rayos del sol hirieron el roquedal, desentumeció los huesos, alargó el cuello para beber la dirección de la brisa, abrió las alas y saltó de la repisa donde había pasado la noche. En todo el Pico del Aguila retumbaron los cuatro aletazos fuertes que solía dar contra el viento. Extendió luego toda la envergadura de sus alas y las inclinó para apartarse del farallón. La Zarzas reconoció aquellos vigorosos golpes al viento, y pensó: "Ya sale Picorvo".

    Como siempre, empezó su ronda de círculos para ganar altura. Para ello, se dejaba empujar por el viento y, cuando ganaba velocidad, se inclinaba para curvar el vuelo; erguía las plumas caudales abiertas en abanico, tensaba los alerones y, al tomar de frente la brisa, ésta lo empujaba hacia arriba. Con pocas vueltas logró elevarse por encima de la cumbre. Al rato, era sólo un punto negro en el cielo claro de aquella mañana.

    De repente, el punto negro, abandonando los lentos círculos, empezó a desplazarse en línea recta, a gran velocidad. A los varios kilómetros frenó, y empezó a trazar nuevos círculos, cada vez, más amplios, siempre con el cuello encogido y la cabeza inquieta. Estos eran círculos de exploración. Bajo sus ojos vigilantes pasaban pueblos, vegas, masías, bosques, labrantíos de tierra parda, todo sin relieve desde aquella altura. La anhelada carroña no aparecía. De nuevo, tomó la línea recta en la misma dirección que la primera y, una vez más, empezó la ronda de círculos amplios. Eran más de cincuenta kilómetros a la redonda lo que tenía que explorar.

    Entre tanto, los otros buitres esperaban adormilados, aguantando el sol que se estrellaba contra la roca. No pensaban moverse, mientras Picorvo no diera la señal de carroña a la vista. Ellos eran los encargados de limpiar los despojos de la muerte, y no estaban dispuestos a salir, si no había restos que eliminar.

    Las pocas Crespas que habitaban en el Pico del Águila tampoco tenían prisa. Eran las más poderosas de aquellos cielos; poseían armas, y tenían todo un día para caer sobre sus presas. Pero les molestaba que, al apuntar el día, los cuervos y las torcaces les interrumpieran el sueño con sus graznidos y arrullos desde los pinos de la falda del cerro.

    Sólo La Zarzas, después de estirar las alas, había dado un salto sobre un saliente de la roca con el fin de observar el valle por si se ponía a tiro alguna presa, y para mirar al cielo por si llegaba Picorvo.

    Hacia el mediodía, fue saliendo alguna Crespa a sobrevolar su territorio. Cada una poseía y defendía el que se había ganado en dura lucha con las otras. A mayor o menor poderío, correspondía un coto con mayor o menor abundancia de caza. No eran raras las intromisiones retadoras, para provocar y medirse las fuerzas. Así fue como La Zarzas logró desalojar, del que ahora era su territorio, a otra águila que, hasta entonces, se había creído más fuerte.

    Picorvo, en su incesante evolucionar por los cielos, sólo en una ocasión descendió a menor altura para observar con más detalle una posible señal de muerte. Unas picazas, con sus reflejos blancos y azules oscuros, revoloteaban por unos arbustos. ¿Estarían rondando alguna carnaza que él no podía ver? Pronto se dio cuenta de que aquellos revoloteos obedecían a que las urracas estaban en celo.

    Se remontó de nuevo. Durante horas y horas no tuvo más sobresaltos. No hizo otra cosa que desplazarse y dar vueltas, dar vueltas y desplazarse. Había explorado ya los cuatro puntos cardinales, desde el Pico del Águila como centro, y emprendió el regreso.

    Por su ley, los buitres nunca preguntan al explorador. Si no se les avisa, es porque no hay muertos que limpiar. Cualquier buitre es capaz de detectar un caracol muerto. Pero, por un caracol, ninguno da la alarma; ni por un conejo tampoco. A lo sumo, se llama a los dos o tres más necesitados, si se encuentra una carroña de menor porte. Seguirán confiando en que, si la muerte ha fallado a la cita de aquel día, al siguiente será segura: así es de inexorable.

    Picorvo, aunque no volvía contento, tampoco venía desalentado ni agotado; algo le dolían los ojos de tanto fijarse en detalles, pero nada más.

    La Zarzas vio venir a Picorvo. Sabía que no había encontrado nada que valiera la pena, ya que los Pelones no se habían movido en todo el día. Picorvo, desde su vuelo, también reconoció a La Zarzas que planeaba muy alta, vigilando las dos vertientes de una colina con abundantes conejos. Saltó uno regateando entre los matorrales y salió hacia un campo verde. La Zarzas simuló que se alejaba, al mismo tiempo que perdía altura. De repente, replegó la alas y se dejó caer como un obús hacia el suelo; se oyeron unos chillidos, y, al poco, La Zarzas despegó de tierra a aletazos con un conejo colgado de sus garras. Fue remontando el vuelo y, cuando estuvo cerca de Picorvo, dejó caer el conejo, mientras le decía:

    - Ya tienes muerte para comer.

    - Lo he visto todo, y lo haces muy bien; pero eso es matar impunemente, abusando de tu poder.

    - Mato sólo a los más débiles que, de todas maneras, acabarían muriendo.

    - ¿Te crees ser la eutanasia de la naturaleza? Cuando mueran, ya los limpiaré yo; pero déjalos morir; no los mates.

    - ¡Es mi ser!: toda yo soy un arma; ¿no puedo adelantarme a ti?

    - Claro que puedes, y, además, lo haces. Pero no eres quién, para adelantar la muerte de los que son más débiles que tú.

    - ¡Baja, regodéate en la carroña y déjate de escrúpulos!

    Picorvo dio la señal correspondiente al caso y empezó a descender. De la repisa de un farallón lateral del Pico del Águila saltó un debilitado Pelón, voló y fue a posarse junto a Picorvo que lo estaba esperando junto al conejo. Comieron los dos, y regresaron a las rocas grises, cuando se ocultaba el sol por el otro lado.

    Nunca La Zarzas y Picorvo habían mantenido un diálogo así; se impresionaron mutuamente y aquella noche se la pasaron pensando:

    El Pelón se avergonzó de sí mismo. Que él, ave de vuelo tan majestuoso como el de las Crespas, se rebajara a meter su largo cuello en las vísceras podridas de un animal muerto. Que se regodeara, rasgando con su poderoso pico la panza hinchada de cualquier burro muerto, o extrayéndole las tripas por el ano, o sacándole los ojos entre un hervidero de gusanos, le hizo sentirse vil y asqueroso. Y le dolía que, con él, se juntaran en cuadrilla todos los buitres de la colonia, para participar en una orgía de carroña, de podredumbre, de olores putrefactos y de carnes corrompidas. ¡Que nosotros, capaces de mirar al Sol de frente, nos ensuciemos con los despojos de la muerte!, se lamentaba Picorvo para sus adentros.

    La Zarzas, por su parte, pensaba perpleja. Yo mato al inocente, y, a fin de cuentas, convierto la vida en carroña; carroña que luego me llevo a un picacho solitario, lejos de las demás, la despedazo con mi pico y garras, y me la como yo sola. Los Pelones, por el contrario, no matan; sólo limpian, y, sobre todo, saben compartir los despojos con los demás. Ambos tenemos un vuelo majestuoso, evolucionando siempre vigilantes desde las alturas; pero los Pelones buscan los restos para limpiar la naturaleza, mientras nosotras acechamos la vida inocente. ¡La vida inocente!, se repetía La Zarzas, horrorizada de sí misma.

    Apenas vino la mañana, La Zarzas se lanzó al espacio. Tenía ganas de contar sus pensamientos. Se elevó muy alta, y luego se alejó en vuelo recto, para pasar sobre las rocas donde dormitaban los Pelones. De su garganta salió un maullido, como de gato pequeño, llamando a Picorvo, y esperó planeando en círculos. Picorvo estiró una ala y una pata; luego, las otras dos. Se disponía a saltar al vacío, cuando vio que La Zarzas, encogiendo las alas, se lanzaba en picado como un meteorito. Escuchó el zumbido de la velocidad, y temió que se estrellara contra el suelo; pero no. Abrió de repente sus amplios alerones para frenarse, al mismo tiempo que alargaba hacia adelante sus poderosas garras. Se posó en un calvero limpio de maleza. Con las alas ahuecadas y caídas, ocultaba la presa que palpitaba bajo sus uñas. Irguió orgullosa su cabeza crestada para mirar el entorno. Al ver a Picorvo que, en aquel momento, saltaba al aire, aflojó las uñas, y de debajo de las alas salió una perdiz a peón, dando tumbos. La Zarzas esperó un momento, y, con lentos pero poderosos aletazos, se despegó del calvero.

    - ¡Maldito poder! No lo he podido evitar -confesó a Picorvo, cuando se juntaron planeando por las alturas.

    - Pero la has dejado ir, y has conseguido que venciera la vida sobre la muerte. No sé si yo resistiría el atractivo de la asquerosa carroña.

    - No lo mires así. Vosotros los Pelones sois naturaleza y, además, la protegéis al limpiarla. Nosotras somos su mero adorno, y para serlo tenemos que dañarla.

    - Pero vosotras tenéis el prestigio del poder y de la sublimidad cuando matáis. En cambio, los buitres somos la escoria, porque de la escoria vivimos.

    - ¡Maldito prestigio el de dejarse caer como un proyectil mortífero sobre una presa inocente! Vosotros no tenéis armas, ni las necesitáis. Tenéis la humildad del barrendero. Yo, al contrario, la soberbia del poderoso que puede matar impunemente.

    Y hablando, hablando se dieron cuenta de que ambos estaban empeñados en una lucha: La Zarzas en dominar su furioso poder, y Picorvo, la pestilente carroña.

    Ella, iluminada por un idea feliz, dijo:

    - ¡Las águilas podemos mirar al Sol de hito en hito!

    - Y los buitres también.

    Y alargando el cuello pelado, se puso a mirar al Sol de frente sin pestañear.

    - ¿Intentamos llegar hasta él? -preguntó La Zarzas.

    - ¡Vamos! -contestó decidido Picorvo.

    Y así, mirando ambos al Sol, empezaron a remontar el vuelo, siempre planeando en círculos. Subieron tan alto que traspasaron las nubes. Sobre ellas, ya no veían el suelo. Les parecía volar sobre una inmensa alfombra de algodón en rama.

    - Estando tan cerca del Sol, se me olvida la carroña que hay abajo -dijo Picorvo.

    - Yo no consigo vencer el orgullo de mi poder; subamos más alto a ver -le confesó La Zarzas.

    Siguieron subiendo, subiendo, siempre mirando al Sol. De repente, La Zarzas se tapó los ojos con una ala, y gritó:

    - ¡Me he quedado ciega! ¡No veo! ¡El Sol me ha quemado la vista!

    - ¡Cierra los ojos y dame la mano! -le gritó Picorvo.

    Se le acercó rápido y puso una de sus alas bajo otra de La Zarzas. Ésta se dejó llevar, y luego de un buen rato de subir apoyada en el buitre, dijo:

    - ¡Sigamos subiendo; volemos más alto! Quiero llegar hasta el Sol; la ceguera, me ha hecho ver, por fin, que lo mío es ser águila para las alturas y para la vida.

    Al decir esto, recuperó la vista. Pero La Zarzas y Picorvo siguieron subiendo, y llegaron tan alto que nunca más se supo de ellos.

    Dicen que se fundieron en el Sol.


    Alcalá de la Selva, 4 julio 1991





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