Los olmos retoñan

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

    María y Miguel acudieron desde la capital a primeras horas de la mañana. Aparcaron el coche junto a la puerta de la casa en la plaza. Desde su centro, la fuente murmuraba en el silencio del pueblo. Los primeros rayos del sol acariciaban el campanario. Rosa les había avisado con urgencia. Los tres hermanos necesitaban apoyarse mutuamente en aquel trance. Se besaron sin cruzarse palabras: con las lágrimas asomándose a los ojos se decían todo. El hermano mayor, Manuel, yacía muerto sobre una alfombra preparada para este menester en la habitación. Después de una corta enfermedad, le había sorprendido la muerte, en el pueblo al que había sido destinado bastantes años atrás. Un tenue chorro de luz, que caía desde la ventana medio entornada, iluminaba su serena cara de cera.

    Miguel contempló por un momento a su hermano muerto; se sentó en una pequeña butaca junto al cadáver, y se quedó con la mirada fija en el suelo de la habitación en penumbra. María se sentó al otro lado.

    Rosa, que había vivido siempre con Manuel, hacía de ama de casa, y entraba o salía de la habitación, según se lo exigían las circunstancias o sus preocupaciones. Le vino a la cabeza la idea de preparar el recordatorio para encargarlo a la imprenta, y salió a buscar uno que le pudiera servir de modelo. Revolvió en una arqueta, donde tanto Manuel como ella echaban las fotografías y recordatorios que les daban. Debajo de los más recientes, fueron apareciendo los más antiguos, que casi todos eran de la familia. En el fondo de la caja encontró, entre papeles viejos, un cuaderno de tapas negras y cantos rojos. Lo abrió y vio que estaba escrito por Manuel. Era su letra, pero no la de ahora de rasgos firmes, sino su letra de cuando era joven. Deslizó el dedo pulgar sobre las hojas y comprobó que estaba escrito desde la primera hasta la última página. En la cabecera de la primera había escrito el título. No leyó más. Fue a enseñarlo a Miguel. Este lo hojeó, abrió algo más la ventana y empezó a leer en silencio:

    Los Nietos de la Abuela Leonor.

    Siento necesidad de escribir. Y lo tendré que hacer en idas y venidas del recuerdo, a saltos de la memoria. Me invita la tranquilidad del pueblo en vacaciones, y me lo pide el deseo de desbrozar algunas dudas en la elección de mi camino definitivo. Empiezo con este cuaderno, en vísperas de ingresar en la Facultad de Derecho.

    Cuando los abuelos emigraron a la ciudad, vendieron las tierras del pueblo, pero no la casa. La razón que daba la abuela Leonor de no haberse desprendido de ella era que no quería, ya antes de morir, quedarse sin raíces, pues en esta casa nació ella y se crió; en la iglesia del pueblo se casó con el abuelo Santiago, y en la misma casa nacieron papá y los tíos.

    Papá, que se llama Carlos, empezó a estudiar Derecho como quiero yo; pero no lo acabó, porque era el mayor de los varones y, al morir el abuelo Santiago, tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a la abuela: se pudo colocar en un Banco, en el que aún trabaja por la mañana, y por la tarde en la contabilidad de una joyería. Más tarde se enamoró de mamá, que se llama Pilar, y se casaron.

    Mamá no es de pueblo; es de la capital como lo fueron también sus padres. Fue hija única, porque su madre murió pronto, y ni la recuerda. Su padre se casó de segundas, y murió también. Trabajó en una oficina hasta que, después de casarse, los hijos empezaron a exigirle todo su tiempo. Ahora, se dedica a ser esposa de papá, a ser mamá de los hijos que Dios le ha confiado y a ser nuera de la abuela Leonor, mientras ésta vivió.

    Hemos sido seis hermanos, pero el tercero y el sexto murieron al poco de nacer. Este último, de haber vivido, hubiera sido la muñeca viva de Rosa, y Lito le hubiera enseñado a dar patadas a una pelota con gran riesgo para las lámparas de la casa. Pero no pudo ser.

    El tío Pascual y las otras dos hermanas de papá también se casaron. El tío Pascual no quiso estudiar y vino a casarse en el pueblo con la tía Luisa. Viven en la masía del Cerrito con su hija, la prima Antonia, y vienen por casa más que nosotros por la masía. De cuando en cuando, dejan a Antonia para que pueda jugar con nosotros, sus primos.

    Las calles del pueblo de la abuela Leonor se escalonan paralelas al pie y al abrigo de un alto y alargado farallón que emerge, cortado a tajo, en la ladera del valle. La casa está en la calle más alta, con un palomar sobre el tejado. Por la parte de atrás tiene un terreno cercado, con la roca de fondo, en el que cabe el corral con paridera y pajar, un huerto con pozo y un viejo olmo. Del pozo sacamos el agua para el huerto y para la casa. Según la abuela, el abuelo Santiago remodeló el brocal y lo cubrió con una tapa de madera, cerrada con candado, para evitar riesgos. Ahora, papá ha instalado dentro una bomba eléctrica que impulsa al agua hasta el depósito que se ha puesto en el desván, debajo del palomar.

    A este pueblo es al que, al terminar los colegios, veníamos los nietos con la abuela a pasar los veranos. Empezamos a venir María y yo, y, cuando tuvieron edad, se nos unieron Lito y Rosa. Cada día bajábamos a la plaza del pueblo para hacer las compras y asistir a misa.

    Durante los primeros días, la abuela Leonor se dedicaba a limpiar y a ordenar la casa. Todos teníamos un encargo que cumplir en este menester, y lo llevábamos a cabo con más o menos eficacia. Lo importante para la abuela era que colaboráramos, aunque tuviera que ir ella detrás a terminar bien las cosas. Y andando en estos trajines, no era extraño que a la abuela se le agolparan recuerdos que gozaba contándonos.

    Cuando éramos pequeños, la casa nos parecía exageradamente grande. Aparte las parideras y pajares que hay fuera en el corral, por dentro tiene muchas salas con alcobas y pasillos con rincones oscuros. Nos gustaba perdernos por toda ella, jugando al escondite. Pero salir de las habitaciones habituales del primer piso, y abrir la puerta de la escalera vieja para subir hasta el desván, era hazaña de muy valientes. Bajo la penumbra de la tronera, los trastos viejos amontonados en las trojes con los aperos antiguos de labranza, las varas y cuerdas que pendían de la tejavana, el ruido del agua al caer en el depósito en el rincón que antes fue palomar y, sobre todo, el crujido de las puertas al abrirse, todo esto más el ingrediente de la fantasía nos atraía irresistiblemente, como si se tratara de una proeza. Pero si era de noche o había tronada, ninguno nos atrevíamos a subir.

    Recuerdo que, una vez, María y yo andábamos en aventuras exploradoras por la paridera y el pajar, sin tropezar con emociones; fue dentro de la misma casa, en la planta baja, al fondo del pasillo oscuro enlosado con piedras, donde descubrimos una puerta que no se abría. Nos intrigó que siempre estuviera con la llave echada; miramos por la parte de detrás de la casa y su ventanuco también estaba cerrado. Nos quedamos con las ganas de saber qué habría dentro. Hasta que un día, revolviendo y curioseando por el desván, encontramos en una caja un manojo de llaves viejas. Nos acordamos del cuarto cerrado, y, a escondidas de la abuela, bajamos dispuestos a desentrañar el secreto. Lo conseguimos. La puerta chirrió en la oscuridad; unas grietas de luz indicaban dónde estaba el ventanuco; entré y retrocedí nervioso sacudiéndome con las manos las telas de araña que me habían rozado la cara. María gritó, asegurando que una rata le había pasado entre los pies. A los dos se nos puso la carne de gallina. Creímos ver también una víbora, y subimos a contar todo a la abuela. Nos dijo que era el viejo horno de cocer el pan, y que lo tenía cerrado, porque ya no se usaba. Cuando recuperamos la serenidad, tomó una vela y cerillas, y nos invitó a verlo. Mientras bajábamos por la escalera, nos comentó que los cuartos cerrados son como las personas que no son sinceras: no crían más que polvo, telarañas y ratas. La interrumpí:

    - ¿Por qué?

    - Porque, la sinceridad es la ventana que ventila el alma.

    No comprendí lo que quería decir, y me callé. Ahora sí sé la verdad que hay en este consejo.

    La abuela encendió la vela en el pasillo oscuro, y entró con nosotros en el viejo horno. Abrió el ventanuco, y nos explicó, allí mismo, cómo se amasaba y se cocía el pan. Le pedimos que lo hiciera funcionar. Casi le entraron ganas de preparar una masa; pero desistió. Después de tantos años, era demasiado trabajo ponerlo en son por un capricho. Nos ofrecimos a limpiarlo para guardar allí las bicicletas. Tan pronto vino papá, la abuela le dijo que lo arreglara. Llamó un albañil, para que agrandara el ventanuco y encementara el piso. Encargó una mesa de ping-pong al carpintero, y, desde entonces, el cuarto misterioso, cerrado y oscuro, se convirtió en una sala donde jugar y guardar las bicicletas.

    De aquellos años, no me resisto a contar mi primera cacería de grillos. Fue a principios de verano. Hacía sólo unos días que habíamos llegado al pueblo. Las praderas y los ribazos cubiertos de hierba eran el escenario sobre el que toda la naturaleza cantaba. Las dulces mielgas, las amapolas, las margaritas, las amarillas achicorias, todas las flores, acostadas sobre el césped de los campos, cantaban con sus colores. Cantaban los jilgueros, las alondras, las palomas, los gorriones, hasta las ranas. Pero, sobre todo, cantaban los grillos desde las puertas de sus caños ocultos bajo la hierba. Su monótono gri-gri-gri los tenía ocupados durante todas las horas. Cientos y cientos de grillos llenaban el día y la noche con su pertinaz canción.

    Con un bote al que, con un clavo y con una piedra como martillo, habíamos llenado de pequeños agujeros, salimos otro niño del pueblo y yo a cazar grillos por la pradera. Era la primera vez que lo hacía, y fui de aprendiz. De los muchos "gri-gri-gri" que escuchábamos, nos dirigimos con cautela hacia el que parecía más cercano.

    - Tú ve detrás de mí -me advirtió el otro.

    Pronto el grillo, orientando sus antenas, detectó a los dos intrusos, y dejó de repetir sus melodías. El otro niño, que andaba delante, se detuvo, y me explicó:

    - Se ha callado, pero está por ahí con las alas ahuecadas, dispuesto a seguir cantando si nos alejáramos. No puedo verlo, pero calculo que puede estar a unos tres metros.

    De repente, el amigo dio un salto hacia adelante con el oído atento. El grillo produjo un leve chasquido al replegar los élitros para meterse rápidamente en su caño. Era lo que mi amigo esperaba oír para acabar de localizar el escondite.

    - ¡Por aquí está! -me dijo, señalando un reducido trozo de prado.

    Buscamos y, disimulado bajo la hoja algo levantada de una plantaina, encontramos la boca limpia del caño que se metía inclinado bajo tierra.

    El amigo cortó con los dedos un tallo de hierba e intentó introducirlo en el agujero; pero tropezaba en alguna curva del recorrido. Haciendo girar el tallo entre las yemas de los dedos y empujado con suavidad, logró meterlo hasta el fondo. Siguió hurgando y, al momento, el grillo salió fuera.

    El amigo tapó con el dedo de una mano la boca del caño para impedirle el retorno a la querencia, y con la otra lo cogió. Lo echó en el bote preparado, y me pidió que cortara unas hojas de plantaina y las echara también dentro, para que el grillo comiera. Ya teníamos uno.

    Era todo negro y brillante, como de azabache. De azabache era su cabeza con ojos opacos y con dos antenas flexibles como dos cerdas; de azabache era su abdomen, rematado con dos colas paralelas y puntiagudas, y de azabache eran sus dos élitros puestos encima, como una coraza, en la que se habían cincelado relieves tenuemente dorados. Por este dibujo, que parecía la letra P, es por lo que mi amigo les daba el nombre de grillos de la "P".

    Así fuimos buscando y encontrando. Cuando el tallo de hierba se resistía a penetrar, nos orinábamos en la boca del caño.

    - Anegar los caños es la mejor treta para obligarlos a salir -me explicó.

    Cuando se nos agotó esta fuente, el amigo me pidió que buscara otro bote y que con él trajera agua del arroyo cercano.

    Cogimos ocho grillos de la "P", y decidimos dar por terminada la cacería. Perforamos también esta otra lata con sus agujeros correspondientes, y nos repartimos los grillos, cuatro para cada uno, y la conveniente ración de plantainas. Cubrimos la boca de los botes, cada uno con nuestro moquero, sujetándolo con una cuerda enrollada, y nos fuimos a nuestras casas para colgarlos en el alfeizar de la ventana. Ya teníamos la pradera en la propia casa.

    Yo quería verlos cantar, pero me era imposible teniéndolos dentro del bote. Si les pudiera hacer una jaula...

    Busqué por el desván de la casa, y encontré una carnera de tela metálica fina, en la que la abuela solía poner a orear la carne al resguardo de las moscas. En el cesto de la costura encontré las tijeras, y con ellas corté el trozo de tela metálica que necesitaba. Intenté una bonita jaula, pero no conseguí hacer más que una bolsa del tamaño de un sobre abombado.

    Apoyando los codos en la ventana, me pasé toda la tarde mirando los grillos dentro de la bolsa de tela metálica. Ahuecaban las alas y empezaban a frotárselas una contra otra, repitiendo incesantemente su gri-gri-gri. Los grillos de azabache no hacían más que cantar y yo, sólo mirar.

    Estaba orgulloso de mis grillos de la "P", y temí que me los quitaran. No encontré mejor escondite que la habitación de la abuela, y los metí bajo su cama.

    La abuela, con los grillos cantándole en los oídos, no podía dormir. Se levantó, metió la escoba y sacó la grillera. Pensó, sin equivocarse, en su nieto Manuel. Se llenó de paciencia, y, en vez de tirar la jaula a la calle, la dejó en la ventana, entornó las hojas y se volvió a la cama. Cantaban fuera y pudo conciliar el sueño.

    A la mañana, me dio los grillos y me pidió:

    - Por favor, no lo vuelvas a hacer.

    - Ha sido para que no me los quitara María -me excusé.

    Pero lo peor fue que, cuando la abuela necesitó las tijeras para cortar unos retazos de tela con que remendar, las encontró desportilladas, y cuando quiso colgar un conejo que acababa de matar y despellejar, la carnera estaba destrozada. Tuve que soportar otra regañina por culpa de los grillos de la "P", que, además, acabaron aburriéndome.

    Cuando llegaron los papás el fin de semana y ver que la abuela les ocultaba el episodio, me creí en el deber de contarlo yo. La abuela me sonrió, y papá sólo me dijo que me esforzara por estar siempre contento como los grillos. Agradecí tan corta penitencia, aunque no fue tan leve como entonces me pareció.

    La abuela Leonor murió ya hace dos años. Papá lloró en el momento de cerrar la caja. Ya tranquilo en casa después del entierro, nos reunió a los hijos para decirnos que nos había dejado una herencia inconmensurable: ella misma con su fe y el ejemplo de su vida. Nos pidió que no despilfarráramos los valores que nos había transmitido. Mamá asintió con la cabeza.

    Miguel, al leer, en el silencio de aquel momento, estas referencias a la abuela Leonor, sin dejar el cuaderno de las manos, evocó, con la imaginación, los siguientes episodios de su lejana niñez:

    "La abuela estaba en su habitación; abrí de un empujón la puerta y corrí hacia ella que estaba leyendo junto al ventanal. Levantó la vista del libro, me miró por encima de los lentes con una sonrisa tierna, y me ofreció la mejilla para que la besara. Me puse de puntillas, y le estampé un beso en la cara. Con el beso le dejé saliva y sudor, que le debieron parecer la mejor crema para su cutis ya arrugado. Yo tenía celos a cualquier otra cosa que se me interpusiera. De un manotazo, le tiré el libro y le dije:

    - ¡No me quieres, abuela! Ese libro, es malo; siempre estás con él.

    - Sólo, cuando tú me dejas, corazón.

    - Te dejo porque tengo que jugar para hacerme mayor.

    - ¿Y quieres que me quede sola?

    - Sólo lo puedes leer cuando yo no esté. ¡Me voy!

    Besé otra vez a la abuela y salí corriendo, dejando la puerta abierta.

    - ¡Miguelito! -me llamó.

    Me volví de nuevo corriendo hasta ella. Recogí el libro del suelo y se lo di.

    - Gracias, corazón, pero te he llamado para que cerraras la puerta.

    Despacio ahora, fui, cerré la puerta con cuidado, y volví la vista encogiéndome de hombros, como preguntando si lo había hecho bien.

    - Muy bien, corazón.

    - ¿Y cómo salgo ahora?

    - Vuelves a abrir, sales y cierras.

    - ¡Pues ahora no me voy!

    - Como quieras. Si te quedas, dejo el libro.

    La abuela lo dejó caer en el suelo. Tomé carrera y de un salto me senté en su regazo. Se tambaleó la silla con peligro de caer ambos. La abuela, feliz, me apretó contra su corazón.

    - ¿Me quieres? -le pregunté.

    - Mucho. ¿Y tú a mí?

    - ¡Míralo!

    Me puse de rodillas, me abracé a su cuello y la llené de besos.

    - Gracias, gracias, corazón -me repetía la abuela.

    Me deslicé hasta el suelo; recogí de nuevo el libro y lo dejé en sus manos; corrí hasta la puerta y me detuve; la abrí, salí y la volví a cerrar mientras miraba a la abuela. Esta, sin apartar la mirada, me sonrió aprobando mi acción.

    Corrí por el pasillo llamando a mi hermanita Rosa. Se hallaba con mamá en la cocina. Abrí la puerta, me asomé y la llamé con un gesto. Sentada en el suelo con el chupete colgándole de un hilo, estaba entretenida en destripar su muñeco de trapo. Rosa siempre ha sido un encanto. Ya entonces, a todos sonreía, y no lloraba más que cuando yo le daba motivos. A mi llamada, se puso de pie apoyándose con las manos en el suelo, y se encaminó hacia mí con el muñeco entre las manos y colgándole el chupete. Cuando salió de la cocina, cerré de golpe la puerta y la dejé sola en el pasillo. Yo corrí a los brazos de mamá.

    El llanto de Rosa no se hizo esperar, ni tampoco la voz de la abuela, que la llamaba:

    - ¡Rosa, cariño, ven!

    Me imagino que la abuela, como hacía siempre, se levantó, salió al pasillo, cogió a Rosa en brazos, le secó una lágrima, la besó, la tranquilizó y volvió a sentarse, con ella de pie en el suelo, apoyada en sus rodillas. La abuela intentó seguir leyendo, a pesar de los manoseos que Rosa se traía con su muñeco junto al libro.

    Mamá, hermosa y joven como todas las madres, con signos evidentes de embarazo, sentada en una silla, doblaba los calcetines que acababa de retirar del tendedero. Yo, medio cuerpo sobre su regazo, me dejaba acariciar y me complacía en lo que decía:

    - ¿Quién te quiere más que yo?

    Abrazado al vientre abultado de mamá, le dije:

    - No dejes los calcetines cuando estés con Rosa.

    - ¿Por qué?

    - Porque dice la abuela que tengo la enfermedad del celo.

    - ¿A quién, a Rosa o a los calcetines?

    - A los calcetines; Rosa es tonta.

    - ¿No la quieres?

    - La abuela me quiere más.

    - ¿Que te quiere más que yo o que te quiere más que a Rosa.

    Hice una pausa para pensar, y contesté con intención:

    - Las dos cosas.

    Mamá, dejando los calcetines en la canastilla, me tomó en brazos, me apretó contra su cara y empezó a comérseme a besos.

    - La abuela te quiere tanto como yo, pero no más que yo, cariño.

    - La abuela me dice corazón.

    - Me parece muy bien, cariño mío, cordero mío, corazón mío. ¿Conforme?.

    - ¡No!

    Mamá, me dejó de pie en el suelo y, fingiendo indiferencia, me dijo:

    - Ve, pues, con la abuela, y déjame trabajar.

    - Está con Rosa...; pero Rosa es tonta.

    - Rosa no es tonta; es muy niña, y tú eres su hermano mayor para cuidarla.

    - ¿Y quién me cuida a mí?

    - Papá, la abuelita, tus hermanos mayores y yo.

    - ¿De verdad, de verdad?

    - ¡De verdad!

    Me quedé feliz. Mamá siguió repasando ropa; pero, al entrar la abuela, miró al reloj que estaba colgado de la pared, y dio por terminada aquella tarea. A esas horas había en casa una rutina diaria: sobre la mesa, la abuela empezaba a cortar trozos de pan y a abrirlos por medio; sacaba de la nevera lo que necesitaba, y rellenaba bocadillos. Mamá abría una botella de leche, la vaciaba en una cacerola, encendía la cocinilla y la ponía a calentar. Era la señal de que se acercaba la hora de venir del colegio Manuel y María. Yo entonces me ponía atento al timbre, para abrirles la puerta.

    Uno de los días, después de saludarlo como siempre, Manuel me dijo:

    - ¿Qué hay, nano Lito?

    - ¡No soy Lito ni nano! -le conteste enfadado, tirándole una patada que se perdió en el aire.

    Durante la merienda, mientras me tomaba el último sorbo de mi vaso de leche, yo seguía insistiendo:

    - ¡No soy nano ni Lito!

    Manuel me dijo silabeando con guasa, mientras se ponía azúcar en la leche:

    - Elige entre nano o Lito, porque Mi-gue-li-to, tan largo, no te vamos a llamar. ¡Hola, Mi-gue-li-to!

    Me lo pensé bien, y acepté:

    - Si me das un poco de tu vaso, me dejo que me llaméis Lito.

    Y por un sorbo de leche, cambié de nombre. Para los de casa ya siempre he sido Lito".

    Miguel, Lito, al revivir todas estas cosas de su niñez, no pudo evitar que sus pensamientos sonrieran, y se dijo: ¡qué años!; aunque ahora me parezcan tontos, aquellos fueron años felices junto a la abuela Leonor. Levantó la mirada y vio a María y Rosa, sentadas enfrente, al otro lado del cadáver de Manuel. En aquel momento estaban los tres solos en la habitación, y les preguntó:

    - ¿Cómo era aquello que la abuela nos hacía rezar ante el Niño de la Bola?

    A Rosa le dio un vuelco el corazón. María se sonrió; se quedó pensando, y la recordó:

    - "El Rosario de mi Madre rezarás y una silla en el cielo, bien seguro, encontrarás. Y si     rezas el mío tan sencillo y provechoso, por diez veces me dirás: ¡Te amo, Niño precioso!".

    Y todos repetíamos diez veces: ¡Te amo, Niño precioso! ¡Te amo, Niño precioso!

    María repitió estás últimas palabras con énfasis intencionado. Lito lo advirtió, y zanjó secamente:

    - No os hagáis ilusiones: ¡estoy donde siempre!.

    Se oyeron pasos fuera y salió Rosa. Llegaron tres mujeres, se santiguaron, y la habitación volvió al silencio. A Miguel le quedaron resonando sus últimas palabras: estoy donde siempre. Acodado en la butaca, abrió de nuevo el cuaderno de Manuel, que seguía así:

    Mientras escribo estos recuerdos en busca de referencias para mi propio camino, pienso en el de Lito. Su chispeante agudeza, su espontaneidad, su simpatía desbordante, que ha manifestado desde pequeño, son cualidades que deben estar destinados para una vocación especial. Me preocupa que él no lo piense.

    Lito, blanca y redonda la cara, enmarcada en un pelo negro ensortijado, ojos azules, con el pantaloncito corto a cuadros descolgándosele de la cintura y media camisa blanca fuera de tanto moverse, era la alegría y la permanente inquietud de la casa. Voy a intentar unas pinceladas de sus años dorados.

    Lito y Rosa desparramaban sus juguetes en la habitación de las bicicletas, y acababan nerviosos porque se los quitaban el uno al otro y se peleaban por cada uno de ellos, con continuas apelaciones a la abuela. Un día, a la abuela Leonor le dolía la cabeza y, ante las frecuentes reclamaciones de Lito, le dijo:

    - ¡Los juguetes son de todos!

    Lito se quedó pensando y sentenció:

    - Es que mis juguetes no quieren ser de todos.

    - ¡Tú eres el que no quiere! -dijo con energía la abuela.

    - ¡Ah! -aceptó Lito.

    Cuando los papás tomaron su mes de vacaciones y llegaron al pueblo, todos los recibimos con gozo exultante, pero especialmente Rosa y Lito: querían comérselos a besos y , al mismo tiempo, contarles todas las cosas que habían ocurrido durante los últimos días.

    - Papá, yo también quiero ser águila como tú.

    - Me parece muy bien, Lito.

    - Manuel y María me parece que son medio paloma y medio abeja.

    - ¿De qué habla éste? -preguntó mamá.

    - Es que la abuela nos ha contado que una vez el abuelo... -aclaró María.

    - ¡Ah! ¡Lo del abuelo! -cayó en la cuenta papá. Y acariciando a Lito, le dijo:

    - ¡Animo, Lito! Yo tampoco he llegado a ser abeja, ni he pasado de gallina, pero sigo queriendo ser águila.

    Estábamos en el comedor del piso de la ciudad, y percibimos un olor raro. Era un Miércoles de Ceniza.

    - ¿A qué huele? -preguntó mamá, mientras se levantaba de la silla.

    - Es a papel quemado y no lejos de aquí -contestó la abuela, que también se levantó para ir a ver.

    Lito había quemado un periódico en medio de la cocina. Rosa y él, envueltos en humo, con las pavesas en la mano se estaban poniendo ceniza en las cabezas.

    - Es cuaresma y nosotros también queremos ceniza -fue su explicación.

    Uno de los viajes al pueblo, salimos el domingo temprano con intención de oír la misa al llegar. No habíamos previsto la caravana dominguera. Pronto los papás se dieron cuenta de que era imposible llegar a la hora. La abuela dijo:

    - Carlos, hijo, no podemos perdernos la misa; en el primer pueblo que pasemos, paras y la oímos.

    Al salir del coche oyeron el tercer toque.

    - Dios ayuda al que tiene buena voluntad -dijo mamá.

    El pueblo estaba con las calles desiertas. Lito, que andaba suelto, corrió a cogerse de la mano de María cuando un perro nos ladró. Escuchamos la misa unidos a la fe de aquel pueblo, y, al salir de la iglesia, le gente nos miraba curiosa. La abuela, mamá y papá sonrieron a todos amablemente, al pasar entre ellos. Ya dentro del coche, Lito preguntó:

    - ¿Qué es turista, abuela?

    - Los que van visitando pueblos.

    - ¿Nosotros somos turistas?

    - ¿Por qué lo preguntas, corazón?

    - Lo han dicho unos hombres.

    - Es que no nos conocen.

    - ¿Por qué?

    La abuela se desentendió de los porqués que iba a encadenar el nieto, y suspiro:

    - ¡Ahora ya podemos ir tranquilos!; lo principal ya está hecho.

    - ¿Por qué? -insistió Sito, que se quedó sin respuesta.

    - Si no me respondes, ya no te escucho -fue le venganza de Lito, y no habló más en todo el viaje.

    Lito volvió a sonreír, y siguió leyendo el cuaderno:

    Me he cansado de escribir, he dejado mi cuarto y he salido a tomar el aire bajo la sombra del olmo, sin dejar de pensar en la manera de servir mejor a los demás. Así estaba bajo el olmo, cuando la voz de papá me ha sacado de mi ensimismamiento. Desde la puerta del corral de la casa, me ha llamado:

    - Manuel, ven a ayudarme. Quiero poner en orden el desván de la casa; me gustaría adornar las paredes con todos los aperos de labranza que están amontonados.

    - ¿Un museo?

    - Algo así; las herramientas de trabajo de nuestros mayores se merecen nuestro respeto; diría que son santas. A la abuela le habría gustado.

    - Y a Dios también -he pensado yo, y he ido a ayudar a papá.

    Hemos sacado todo al corral y lo hemos limpiado con agua, enjugándolo con trapos viejos. Luego lo hemos subido al desván y lo hemos colgado de las paredes en clavos gruesos. El ver la empuñadura de las hoces y la esteva del arado, desgastadas y brillantes por el roce de mil manos, he comentado a papá que todo aquello me parecía un altar.

    - Lo es, hijo, lo es; y me alegra que descubras realidades ocultas en estas vulgaridades.

    Ha sido un duro trabajo; me he cansado, y pienso dormir muy bien, después de anotar esto.

    Reanudo la escritura en el cuaderno. Pensando en Lito, he salido esta mañana a preparar el juego de la búsqueda del tesoro, que tanto le gusta, para entretener el paseo de esta tarde. Ha gozado buscándolo, y creo que he conseguido sembrarle la inquietud. Tengo que rezar por él.

    La alusión hecha por Manuel a este juego del tesoro crispó a Miguel. Cerró el cuaderno y lo metió entre respaldo y espalda. Prefería no haberlo leído; pero como obsesionado, sin poderlo evitar, empezó a rememorar aquel episodio que, por la fuerza de su impacto, seguía siendo el punto de referencia de su vida. A pesar de los años transcurridos, lo recordaba con detalles precisos:

    "Ya tenía yo catorce años. Llegó sudoroso por la caminata de aquella mañana bajo el sol; me entregó una hoja de papel escrita; la leí detenidamente, lo doblé y me lo guardé con cuidado en el bolsillo del pantalón. Me dijo que era para el paseo de la tarde. Una vez más podría jugar a buscar el tesoro. Manuel venía de esconderlo, y en el papel me indicaba las primeras pistas.

    Por la tarde, toda la familia salimos de paseo en dirección a la Fuentecilla, para que yo buscara el tesoro. Cuando llegamos a la Cruz de Término, saqué el papel; leí, miré, y conté los postes del tendido eléctrico que tenía en frente.

    Dejando el sendero y la familia, me encaminé repechando en línea recta hacia el segundo poste de la izquierda. La ladera, de tierra gris, estaba limpia de matorrales. Crucé una barranquera y seguí subiendo. Me detuve y miré alrededor. Buscaba unas aliagas. Debían ser las que se veían más arriba. Miré a la Cruz de Término y al poste para cerciorarme de que mantenía bien la línea recta, y reanudé la subida. Llegué al reducido y apretado aliagar. A partir de él, comencé a contar los treinta y cinco pasos que me indicaba el escrito. Antes de llegar, ya vi la vara en el suelo. Con precisión matemática, junto a mis pies hallé excavado el hoyo, y un montón de piedras junto a él. Metí un extremo del palo en el hoyo y, con las piedras, lo aguanté enhiesto. A campo través, bajé corriendo al camino de la Fuentecilla.

    Desde abajo miré la vara en pie, y seguí sendero adelante, volviéndome cada pocos pasos para observar. La familia se había quedado atrás con andares de paseo. El camino, protegido por un terraplén, iniciaba una amplia curva para esquivar las faldas del monte. La vara seguía viéndose en el horizonte. Seguí andando de espaldas para no perder de vista los puntos de referencia. Por fin, se cumplió lo que indicaba el escrito: el palitroque desapareció tras la loma al mismo tiempo que se interponía una sabina. El talud del camino empezaba a ser allí muro de piedra.

    Me quedó quieto junto a la pared, y empecé a buscar por las junturas de las piedras las nuevas instrucciones; no aparecían. Manuel nunca me había engañado, y allí tenían que estar. Repasé una vez más, de abajo arriba, el trozo de muro, y sobre él advertí un manojo de hierbas marchitas. Lo aparté y apareció lo que buscaba. Extraje el papel que estaba metido en un tubito; lo leí, trepé sobre el muro y me puse a andar en línea recta sobre un rastrojo, hasta que una sabina me ocultara la torre de la iglesia. Cuando la sabina tapó la torre, estaba pisando tierra removida en la rastrojera. Escarbé con las manos, y apareció una bolsa blanca de plástico conteniendo algunas botellas. La alcé en señal de victoria, y corrí a la Fuentecilla, que estaba allí mismo con su alargada pila de cemento recostada en el talud del camino, bajo la sombra de un manzano. Desde el sobradero del pilón, siguiendo el agua que salía de él y corría cruzando el camino, conté dieciocho pasos. Entre unos juncos del arroyo, encontré otra bolsa blanca, también con botellas.

    Sudaba. Bebí en uno de los caños de la fuente, y me senté junto a ella a esperar que llegara la familia. Miré las manzanas, pero no eran mías y, además, estaban muy verdes. Pensé que sería bueno poner las botellas de naranjada al frescor del agua, y las saqué de las bolsas. No conté más que cinco y éramos seis. Me fijé mejor, y, además, cada una tenía escrito su nombre: Papá, Mamá, María, Rosa, Manuel. Para mí no había. Era imposible que Manuel no hubiera contado conmigo, cuando el juego lo había planeado para mí. Pensé que la búsqueda del tesoro de aquella tarde no había concluido. En efecto, al manosear las bolsas para meter las botellas en la pila de la fuente, descubrí que en una de ellas había un papel dentro. Lo desdoblé, lo leí y volví corriendo por el camino hacia al Cruz de Término. Me crucé con la familia; les dije que en el pilón tenían las botellas, y seguí apresurado. Lejos veía la torre de la iglesia; el camino avanzaba en un continuo culebreo; la Cruz de Término estaba ya cerca. Al salir de una curva, la cruz cercana se proyectaba sobre el campanario lejano. Era el punto de detenerme, y de buscar alrededor.

    Allí estaba la piedra grande y, detrás de ella, otro mensaje escrito. Lo leí y, cumpliendo lo que decía, me senté, entorné los ojos, y me puse a pensar, para darme respuesta a la pregunta que me hacía:

    "Lito, ¿cuál es y dónde se encuentra tu mejor tesoro? Cuando tengas la respuesta vuelve con nosotros".

    Sentado con el papel en la mano, por mi fantasía de adolescente desfilaron sentimientos y emociones. Vi con ternura las trenzas negras y la cara de ángel de mi prima Antonia que, sin ella pretenderlo, me cautivaba con sus grandes ojos. También pasaron mi madre, mi padre, Manuel y mis dos hermanas, uno a uno y todos juntos, y me llené de felicidad pensando en mi familia. De repente, pensé que la muerte me los arrebataría, y no pude evitar que, de mis párpados entornados, me salieran unas lágrimas. No podría vivir, si murieran mis padres.

    - Mi familia es mi mejor tesoro y se encuentra en la Fuentecilla -concluí con los ojos cerrados. Los abrí, decidido a ir corriendo a dar la respuesta. Pero en ese momento, al ver la cruz proyectada sobre el campanario, me sorprendió un nuevo pensamiento. Volví a cerrar los ojos, y me mantuve así otro largo rato, viendo en mi interior lo que me pareció el tesoro definitivo.

    La familia, sentada en el verdor de la Fuentecilla, me estaba esperarlo. Me encaminé hacia ella pausadamente. Mi inquietud juvenil se había convertido, de súbito, en sosiego. Yo mismo me parecía otro. Con una sonrisa serena me senté junto a mamá sin decir palabra. Manuel, que había ocultado la botella para mí en otro lugar y estaba refrescándose en el manantial, me la ofreció mientras me decía:

    - Toma. Con el verdadero tesoro se tiene todo.

    - Gracias, Manuel -me limité a decirle, sonriéndole con complicidad.

    De regreso a casa, cuando llegamos a la curva donde estuve sentado respondiéndome a la pregunta, me detuve e hice una seña a Manuel. Nos quedamos rezagados, y le pregunté:

    - ¿Por qué me has puesto esa pregunta?

    - Para hacerte pensar, y creo que lo he conseguido.

    Me puso serio. Manuel me rodeó el cuello con su brazo y, atrayéndome hacia él, nos pusimos a andar unidos. Levantando los ojos, le dije:

    - Me siento atrapado.

    - ¿Atrapado por quién?

    - ¿Te lo tengo que decir?

    - Si no quieres, no.

    - ¡Por el Verdadero Tesoro! Pero ¿qué tengo que hacer?

    - Lo que vienes haciendo; y esperar.

    - ¿Esperar qué?

    - A que tu generosidad madure, y lo des todo.

    - ¿Por el Tesoro?

    - ¡Claro!

    - ¡Ya!

    Mamá se volvía de cuando en cuando, y debía enternecerse al ver al mayor y al pequeño de sus hijos hablando casi abrazados, mientras avanzábamos pausadamente por el camino".

    De todo esto, eran ya muchos, demasiados años los que habían transcurrido.

    Ahora, en la habitación en penumbra, Miguel, el que fue pequeño Lito, sentado en la butaca y acodado sobre las piernas, estrujada entre las manos la cabeza ya blanca por las canas, lloraba junto al cadáver de su hermano Manuel, amortajado con los ornamentos sacerdotales, y se gritaba para sus adentros:

    "¡Aquello fue una sensiblería de niño!... ¡No hay tesoro!... ¡No lo puede haber!".

    Queriendo rechazar este pensamiento, levantó la cabeza y se frotó la nuca. Advirtió que, con él, había otras personas de pie, junto al cadáver del hermano sacerdote. Prescindiendo de todos ellos, volvió a encerrarse en sí mismo, y se fue tras otros recuerdos:

    "Cuando yo llegué a la Universidad, tú, Manuel, te ordenaste de sacerdote. ¡Qué ilusión tenía mamá de irse contigo a aquel primer pueblo! Me enfadé con ella, con el pretexto de que aún era necesaria en casa, pero en realidad eran mis celos. Es cuando se fue contigo Rosa. A María, que ya andaba con Dani, el único novio que tuvo, la casaste a los pocos meses. Me quedé solo en casa con los padres.

    La dedicación de papá al Banco fue lo que me decidió a estudiar Ciencias Económicas. Soñaba con revolucionar la Banca. ¡Qué ingenuidad! Y estudié en serio, creo que hasta con brillantez. Me leía, además, toda la bibliografía que los profesores me daban, aunque no era fácil conseguirla. Aprovechaba los viajes de un profesor a Sudamérica para adquirir las obras de Marx y Lenin. Por otra parte, el estudio no me impedía tener devaneos amorosos y organizar algaradas estudiantiles.

    Papá y la mamá adivinaron mi vida, y yo respondía a sus consejos atacándoles con mis ideas. Era yo el hueso dislocado, y el dolor lo sufrían ellos. Sé que no hay infierno, pero aquello lo era. Mamá lloraba a escondidas, y papá callaba con el corazón a punto de estallarle. Me enteré después de que los dos últimos veranos pasados en el pueblo eran por prescripción médica".

    Lito, al evocar todo esto, experimentaba una honda ternura por sus padres y, al mismo tiempo, se lamentaba de aquellos sus turbios años. Asustado de sí mismo, buscaba una explicación, buceando en su pasado:

    "Terminando la carrera, empecé a ganar algún dinero como adjunto de cátedra. Me sentí libre y les dije que ya era mayor de edad. Es cuando me fui de casa. A los pocos meses, el corazón del padre estalló. Su cadáver nos reunió a toda la familia. Allí experimenté por primera vez lo que es la soledad sin esperanza.

    Preparé la oposición a cátedra y la gané, no sin intrigas urdidas por los de mi ideología. Años más tarde, murió también la madre en tu casa, y nos volvimos a ver; pero ya solos los cuatro hermanos. Yo, sin sospechar aún cuánto os quería.

    Toda mi vida ha sido formar economistas como me formaron a mí, con el convencimiento de que la solución del mundo estaba en mis ideas... En este momento, a pocos años ya de jubilarme, con la ideología comunista desmantelada, ¡ni ideas tengo!"

    Levantó Miguel la vista y se fijó en Rosa y María que, frente a él, serenas, pasaban las cuentas del rosario. Miguel no podía rezar; no creía. Sólo lloraba. Pero, al calor de la presencia de las hermanas, el pensamiento se le fue hacia ellas:

    "Aquí estamos, velándote, los que quedamos de aquella familia que, por un momento, creí que era mi mejor tesoro: María enviudó repentinamente con los hijos aún a medio criar. ¡Qué despreocupado y distante he estado de ellos!... Gracias a ti y a los padres de Dani... ¿Cuántos nietos tiene?... Ni casi a sus hijos conozco... Y Rosa, la pequeña, que nunca se ha separado de ti...Te confieso Manuel, que, desde niño, siento un cariño especial por nuestra hermana pequeña... ¡Que cariñosa era y qué tierna! Cómo jugaba conmigo, soportándome todo... Me hubiera enrabiado, si algún chico la hubiera pretendido. Tenía celos de que cualquiera la mirara con ojos de enamorado o sólo con simpatía. ¡Era mi hermana, mía, para mí!... Que se fuera a vivir contigo, cuando te ordenaste de sacerdote, me compensó la pena que me causaste con tu decisión. ¡No será de otro, y seguiré poseyendo su cariño!, me dije. Todos habéis vivido unidos, en armonía... Menos yo, que rompí la familia... y, además, sigo sin encontrar el tesoro... ¡Y dale con el tesoro!... ¡¿Pero es que lo hay?!".

    Miguel volvia sin querer al mismo recuerdo. Sentado en la butaca, con los codos en las propias rodillas y con las canas entre ambas manos, seguía llorando en sus cavilaciones:

    "¡Manuel, Manuel, cómo me molestó que te hicieras sacerdote!... Tu entrega me irritaba. Fuiste capaz de dejar la carrera en tercero de Derecho para irte al Seminario... ¡Tú pudiste, y yo no quise!... Casi llegué a odiarte, pero al mismo tiempo, lo tengo que reconocer, eras mi oculta admiración... No sé si te dabas cuenta, pero cuando, de tarde en tarde, venía a visitarte, procuraba no estar en domingo, para no dejarte en mal lugar ante tus feligreses con mi ausencia de la Misa... Tal vez, te odiaba porque te admiraba. Ahora, que sólo te admiro, aquí estás callado como todos los muertos... ¡Qué espantoso tu silencio!... ¿Con la nada al otro lado?".

    Alzó la cabeza, asustado de que pudiera haber dicho en voz alta esto último. Vio que, en torno al cadáver, había un grupo de niños con las carteras del colegio a la espalda, silenciosos, con los ojos fijos en el rostro sereno y casi sonriente de su hermano Manuel. Rezando o no rezando, así estuvieron un buen rato. Mientras salían, Miguel oyó lo que comentaban entre ellos:

    - Pues no da miedo.

    - Lo tenemos que decir a los demás.

    - Parece que estuviera vivo.

    - ¡Como que lo está!

    - Si don Manuel no está en el cielo, es que no hay cielo.

    - Y como hay, pues sigue vivo.

    Miguel, sin moverse de su butaca, se imaginó que se levantaba, que salía hasta la puerta con los niños y les preguntaba:

    "- ¿Queríais a mi hermano?

    - ¿A don Manuel?... ¡Mucho!

    - Pero él nos quería más.

    - Tú, Manuel, siempre has querido más que los que te han querido a ti. También en esto me has ganado...

    Le pareció escuchar que Manuel le decía:

    - Exageras, Lito; no he amado todo lo que debía. Tú, cuando eras niño, tenías la ternura a flor de piel. Ya decía mamá, refiriéndose a ti, que el corazón puede perder a los hombres, pero que sólo el corazón es el que, al final, los salva, y tú, Lito, tienes corazón.

    - ¡Cuando era niño, Manuel, cuando era niño! Al dejar de serlo, dejé también de ser hombre... ¿Se puede volver a nacer?... ¡Qué tontería: se es una vez y no hay más!"

    La hermana menor, pendiente de las visitas, sí salió a despedir a los niños. Al volver, despertó a Miguel del sueño de sus pensamientos, y lo invitó a que pasara a la cocina. Rosa era menuda y, a pesar de los años, mantenía terso el cutis de su rostro. Miguel, sentándose en una silla, se acodó en la mesa. Le quemaban los ojos enrojecidos. La hermana le sirvió un café y, mientras Lito se lo tomaba, le dijo:

    - Pensaba que ya sólo tenías corazón de piedra; me alegra que aún sea de carne.

    - Lloro por Manuel; pero lloro más por mí, por mi vacío.

    - ¿Tú, vacío? ¡Tan seguro siempre de ti mismo, ¿y ahora vacío?!

    Rosa se sentó frente a Lito, lo miró con ternura, se le llenaron los ojos de lágrimas y, después de secárselas con el pañuelo, le dijo tomándole una mano:

    - ¡Cuánto te queremos y cuánto nos has hecho sufrir a todos! ¿Qué ha ocurrido, para que el niño que fuiste haya llegado a ser lo que eres?

    - ¿Te contó Manuel alguna vez lo que pensaba aquel niño?

    - Sí. Y por eso no comprendo nada.

    Lito sintió la necesidad de desahogarse con la hermana pequeña, y empezó a contarle:

    - El momento dulce de mi piedad infantil coincidió con el hallazgo del tesoro aquel que descubrí al responder a unas preguntas tramposas que me tendió Manuel. Me llené de ilusión, esperando una llamada de Dios. Era piadoso, rezaba con fervor, me confesaba las menudencias de mi conducta, convencido de que habían sido fallos estruendosos a la voluntad de Dios. Después de cada comunión, mi intimidad con Jesús era encendida con sueños de entrega a su servicio. El trato amable y servicial con la familia y con los amigos era un objetivo permanente de superación; así como el estudio. Cada vencimiento sobre mi pereza o mal genio, cada servicio desinteresado que conseguía hacer por los demás me llenaban de felicidad. En esta lucha pedía la ayuda de Jesús, y gozaba ofreciéndole las pequeñas victorias. Era realmente feliz. Y llegó la llamada que esperaba de Dios. Me pareció muy exigente, y le di largas, aunque sin rechazarla. Pero le di largas.

    A Miguel le escocían los labios cada vez que pronunciaba las palabras Jesús, Dios, su voluntad, piedad. Le sonaban a ridículo o, más bien, le daba vergüenza decirlas. Pero siguió:

    - Mientras daba largas a la vocación, no sé si fue porque se me apagaron los fervores juveniles o porque se me encendieron las primeras pasiones, el hecho fue que la piedad empezó a serme costosa a los quince años; inútil, a los dieciséis, y a los diecisiete, molesta.

    Al mismo tiempo, los padres empezaron a parecerme cargantes; no entendía las razones que me daban para recortar mi libertad; perdí la admiración que sentía por ellos. Empecé a sentirme crispado en casa, y muy a gusto con los jóvenes de mi edad. Alguno me ayudó a descubrir mis nuevos rumbos. El corazón se me llenó de atractivos femeninos; la pureza que había cuidado con cierta facilidad, se me puso imposible; la vergüenza en la confesión me resultaba insuperable. Mejor que Dios no existiera para poder vivir a mis anchas. Reconozco que me asusté cuando me sorprendí buscando razones; pero era tarde, y la fe empezó a tambalearse. La perdí cuando entré en la Universidad. Ya con los años, logré librarme definitivamente de ella.

    - Recuerdo los disgustos que, por aquellos años, se tomaban nuestros padres -confirmó Rosa con pena.

    - Y yo no puedo quitarme de la cabeza que tu Jesús, desde el campanario del pueblo, se asomó a mi interior a través de aquella Cruz de Término sin Santocristo.

    Rosa pensó que aún le perseguía el Tesoro, y le dijo:

    - Manuel me decía que lo cambiaste por chucherías.

    - La chuchería es vuestro Jesús. ¡Maldita sea!

    A la hermana se le encendió el genio ante la blasfemia, y no pudo evitar que la mano, en un amago de bofetón, se le fuera hacia la cara demacrada de Lito. Se levantó éste de repente, dio un puñetazo sobre la mesa, que hizo bailar las tazas, y clavó una mirada terrible en su hermana Rosa. Esta, aunque le dieron miedo aquellos ojos duros, los aguantó erguida a pesar de que los suyos se le empañaban. Lito, al ver las lágrimas que empezaban a correr por las mejillas de la hermana preferida, se fue serenando, y acabó arrojándose en sus brazos.

    - ¡No he podido! ¡No puedo! -le decía al oído.

    - ¡Olvida lo pasado, y haz un poder, mi Lito querido!

    Mientras María, junto al cadáver, seguía con las cuentas del rosario entre los dedos, su pensamiento pasaba de Manuel a Lito, como si fueran un misterio mas a contemplar. Las actitudes adultas del uno y del otro le resultaban sorprendentes. Sobre todo la de Lito, después de haber siendo testigo de su niñez. Sin dejar de pasar cuentas, fue evocando aquella escena infantil que, para ella, fue enternecedora:

    "Era una de tantas tardes. Papá en la joyería; Manuel y yo en los colegios; mamá y la abuela en sus cosas, y Lito y Rosa en las suyas, que eran corretear por el pasillo cerrando o abriendo la puerta de la cocina y la de la habitación de la abuela.

    Desde el pasillo Lito llamó a Rosa. En el mismo momento en que Rosa se ponía de puntillas para agarrar la manivela de la puerta, Lito, por la otra parte la abrió con fuerza. El portazo tiró por el suelo a su hermanita, que se quedó sentada con un chichón en la frente, con mucho llanto en la boca y con su inseparable muñeco de trapo en una mano. La abuela se alzó de la silla y la mamá acudió corriendo. Lito se arrodilló junto a ella, y se puso a quitarle las lágrimas con la mano. Sin levantar la vista, dijo a las dos mujeres:

    - Es mi hermanita pequeña y la cuido yo.

    Mamá y la abuela se miraron, y, sonriéndose con complicidad, se fueron cada una a su tarea, dejando solos a los dos hermanitos.

    Lito logró calmar a su hermana, haciéndole caricias con ambas manos y metiéndole el chupete en la boca. La ayudó a levantarse y se la llevó de la mano pasillo adelante, mientras le decía:

    - ¿Te has hecho mucha pupa? ¡Mala la puerta! Vamos a lavar la cara a la nena. ¡Mala, más que mala, la puerta! Yo no quería, ¿sabes?... Te lavo y jugamos juntos, ¿quieres?

    Rosa, moviendo la cabeza con el chupete entre los labios, dijo que sí. Y los dos se metieron en el cuarto de aseo, en el otro extremo del pasillo.

    El rato, sonó el timbre. Era yo. Lito lo sabía; pero en esta ocasión no vino a abrirme. Pulsé de nuevo, y tuvo que salir mama. Al abrirme cayó en la cuenta de que Rosa y Lito llevaban demasiado rato callados, y me dijo:

    - Mientras te preparamos la merienda, busca a Rosa y Lito, que deben estar haciendo alguna de las suyas.

    Dejé la bolsa de los libros a su sitio, y no tardé en hallar a los dos hermanitos en el cuarto de aseo. Rosa, con todo el pelo chorreándole agua y con las braguitas en los tobillos, estaba sentada en el bidé intentando hacer caca; el grifo del lavabo abierto, y, en el suelo encharcado, la toalla empapada entre tiras de papel higiénico. Lito, sentado junto a su hermana, intentaba arreglar el muñeco de trapo enrollándole una cuerda. Sin levantarse del suelo, me miró y me dijo:

    - Estoy cuidando de mi hermana pequeña.

    Sin pedir auxilio, me puse a remediar la travesura. Desde la cocina, la abuela y mamá oyeron mis risas. La abuela hizo ademán de ir a ver lo que ocurría, pero mamá le dijo:

    - No vayas, madre; ella se encargará de arreglar lo que los otros desarreglaron: es una de las ventajas de ser varios en casa.

    - Tienes razón, hija.

    Yo busqué la fregona con el mocho, y cerré la puerta. Había que impedir que los dos pequeños se escaparan por el piso con los pies mojados. Mientras limpiaba a Rosa, Lito, ya de pie, dijo:

    - La cara ya se la he lavado yo.

    Empecé a recoger el agua. Los tres encerrados en el cuarto de aseo no permitía mucha facilidad de movimientos. Pedí a Lito que se limpiara los pies en el mocho y que saliera. En vez de obedecer, quiso quitármelo para usarlo él:

    - Yo también quiero limpiar -dijo.

    En el forcejeo, el palo golpeó al espejo, que no se rompió de milagro. Le di un cachete, le restregué los pies en la palma del mocho, lo tiré fuera del cuarto y cerré por dentro, mientras le decía:

    - ¡Y no te sientes en ninguna parte, que llevas el culo mojado!

    No lloró, pero tampoco se apartó de la puerta. Pegando la boca y los puños a ella, me gritaba:

    - ¡Yo tengo el culo mojado, pero Rosa no tiene...!

    Lo repitió varias veces. La abuela y mamá estaban en la cocina con los preparativos de la merienda y de la cena. Interpreté las palabras de Lito como una grosería; me puse nerviosa y llamé gritando a mama, al tiempo que Lito repetía:

    - ¡Yo tengo el culo mojado, pero Rosa no tiene..!

    A los gritos míos y de mi hermano, salió mamá sin prisa de la cocina. Lito, al verla venir, empezó a dar con los dos puños contra la puerta del cuarto de aseo.

    - ¿Qué te están haciendo, cariño? -le preguntó mamá.

    - Que no me deja ayudar a Rosa...

    Lo palpó y se dio cuenta de que, en efecto, Lito tenía el pantaloncito mojado.

    - Vamos a cambiarte, que va a venir tu hermano, y te va a encontrar con el culo mojado.

    - Pero Rosa no tiene...

    Y, dándole la mano, se fueron a su cuarto para cambiarlo de ropa. Mamá le preguntó:

    - ¿Qué es lo que no tiene Rosa?

    - Se lo diré a papá.

    - Me parece muy bien que las cosas de hombres las trates con papá.

    Entre tanto, dejé en orden el cuarto de baño, y fui a cambiar también a Rosa.

    Establecida la normalidad, mamá se fue a Misa y a comprar, llevándose a los dos pequeños. Lito, al pasar por un bazar, vio muñecas en el escaparate, y se detuvo a mirarlas. Mamá casi lo tuvo que arrastrar para arrancarlo.

    - Tengo que hablar con papá -se defendió Lito.

    - Cuando llegue, hablarás.

    - Es que estoy triste.

    - Le pides perdón a Jesús y luego cuentas todo a papá.

    Pasó la tarde, cenaron los pequeños y los llevaron a la cama.

    Y llegó papá. Antes de pasar al comedor, fue a dar un beso a los pequeños que, como todos los días, ya debían estar dormidos. Regresó sonriendo y con ganas de dar saltos, como si se le hubiera quitado el cansancio de la jornada.

    Esperando la cena, sentados en la mesa del comedor, apareció cabizbajo Lito en pijama y descalzo; se me acercó y me dijo:

    - ¿Me perdonas?

    - ¿Qué es lo que tengo que perdonar?

    - La rabia de esta tarde.

    - Casi rompes el espejo y vienes ahora...

    - ¡María, por favor; lo pasado ya no cuenta; atiende a tu hermano -intervino papá.

    - Te perdono.

    - ¿De verdad, de verdad?

    Papá me hizo una seña, indicándome que lo acompañara hasta su cama. Me levanté, y lo tomé de la mano, mientras le decía:

    - Te perdono de verdad, Lito.

    - Ahora ya puedo dormir; lo he contado todo a papá, ¿sabes? -me fue diciendo por el pasillo.

    - ¿Lo de Rosa también?

    - ¡Claro...! Y me ha dicho que tú le comprarás el muñeco.

    - ¿Qué muñeco?

    - El que tenía Rosa, y que yo he tirado con rabia por donde se hace caca, cuando me has pegado. ¿Lo comprarás? En la calle de la iglesia he visto muchos. Cuando sea mayor te lo pagaré.

    - Lo compraré y, si puedes, ya me lo pagarás.

    Lo metí en la cama y, mientras le daba un beso, escuché que Lito, colgado de mi cuello, me decía:

    - Te quiero mucho, María; quiero que seas como la abuela y mamá.

    Estas palabras me descubrieron la ternura de la maternidad. Volví al comedor radiante. Papá dijo a mamá que me diera dinero para que pudiera comprar una buena muñeca a Rosa. Mientras cenábamos, nos contó su conversación con Lito.

    Cuando entró estaba despierto, y en voz baja, para que no se enterara Rosa, le dijo:

    - ¡Hola! Papá, te estaba esperando para contarte una cosa.

    Papá se sentó junto a él en la cama, y también en voz queda le manifestó:

    - Me da mucha alegría que me quieras decir algo.

    - ¿No te enfadarás?

    - No me enfado, Lito.

    - ¿De verdad de verdad?

    - De verdad.

    - Que Rosa no tiene ya su muñeco. Esta tarde me ha pegado María, y, de rabia, lo he tirado por donde se hacen las cacas. La culpa ha sido de María, pero yo también la tengo.

    - Y ahora estás con pena ¿no?

    - Sólo te lo cuento a ti, para que me digas lo que tengo que hacer.

    - ¿Qué haremos..? ¡Ya lo sé! Tú pides perdón a María, y María que compre otro muñeco a Rosa. ¿Te parece bien?

    - Ya sabía yo que tú me ayudarías. ¡Dame el beso!"

    María se emocionó al evocar estas escenas, y, sola junto al cadáver de Manuel, seguía pasando mecánicamente las cuentas del rosario, mientras daba vueltas al misterio de su hermano Lito. ¿Cómo había podido cambiar tanto?

    La sacó de sus pensamientos un hombre del pueblo, de mediana edad, que, después de rezar durante un momento ante el cadáver del párroco, preguntó por Rosa. María le indicó la cocina. Rosa, dejando a Lito, salió a su encuentro, y se detuvieron a hablar en el mismo pasillo.

    Miguel, para despejar la cabeza que sentía embotada, se puso a andar por las habitaciones de la casa. Miró en una estantería los títulos de algunos libros. Pero pudo oír lo que Rosa decía, al despedirse del hombre con el que estaba hablando: "Muchas gracias, que Dios se lo pague, señor alcalde". Lito volvió a la cocina, y preguntó a la hermana:

    - ¿Era el alcalde?

    - Sí.

    - ¿No es socialista?

    - Eso en el pueblo no significaba nada para Manuel. Y, además, en estos momentos, no se presenta como alcalde.

    - ¿Qué quería?

    - Decirme que ya ha arreglado los papeles para el entierro, y que todos los gastos de cajón y nicho corren de su cuenta.

    - ¿Es que no tenéis...?

    - Ni cinco; pero, ya ves, ¡nos lo dan todo!

    Miguel, al oír ¡nos lo dan todo!, se quedó perplejo y mudo. Optó por irse junto al cadáver de su hermano y, como aguijoneado por estas palabras de Rosa, volvió a su diálogo con Manuel:

    "Al volver a la Fuentecilla después de responder a tus preguntas, me diste la botella de naranjada, mientras me decías: ‘Toma, con el verdadero tesoro se tiene todo’. ¿Fue una frase tuya, Manuel, o es que realmente es así?... ¡Nos lo dan todo!... ¿No será, Manuel, que has sabido ser sagaz para jugar con la compasión de la gente?... De todas maneras, reconozco es un juego arriesgado, y parece ser que tú apostaste por el de la generosidad... ¡Nos lo dan todo!... Pusiste tu fe en el tesoro y todo lo demás se te ha dado con él... ¡Bah!, a fin de cuentas, no es más que cuestión de caminos... Yo he ido por el que lleva directamente a las cosas...; ¿pero es que soy acaso yo sólo una cosa que va tras otras cosas?...; no he podido llegar a menos: ¡a cosa! ¿Es que no hay algo más que me eleve, y que dé la justa proporción y sentido al hombre?...¡Otra vez el tesoro! ¡Maldita pesadilla!"

    Lo distrajo de esta obsesión el ruido de un coche que se detuvo en la puerta. Al momento sonó el timbre; salió Rosa a ver, y regresó acompañada por dos sacerdotes. Miguel y la hermana viuda los recibieron de pie. Eran el obispo y otro clérigo joven. Mientras ambos rezaban en silencio ante el cadáver, Miguel pudo observar que el obispo conservaba el pelo negro, sin canas. Dieron luego el pésame a los tres hermanos, y el obispo les hizo un breve elogio del Manuel:

    - Era un hombre de Dios, piadoso, alegre, muy querido por todos los sacerdotes y por mí también. Me ha sido muy útil para el buen gobierno de la diócesis. ¡Echaré en falta los consejos que nunca daba!, los que emanaban de su testimonio y conversación. Sin él saberlo ni pretenderlo, con su sentido común reforzado por su fe y experiencia, era uno de mis mejores apoyos. No les digo más, pues tengo la sensación de que él me está susurrando en broma que "ni los sacerdotes se libran del día de las alabanzas". Acudiré muy gustoso, aunque apenado, a presidir la Misa.

    Se despidió y se fue. Las dos hermanas lo acompañaron hasta la puerta de la calle.

    Miguel se sentó en la butaca; se recogió en su interior, y con el pensamiento empezó a reproducir la entrevista que le hubiera gustado tener con aquel obispo que le pareció más joven que él. Después de hacer su personal presentación, le pidió si podría dedicarle unos minutos:

    "- Es usted el hermano joven, ¿no?

    - El joven, pero ya viejo también.

    - Su hermano me habló alguna vez de usted con admiración y preocupado. Conozco su situación y no sé que decirle.

    - Cuando le pregunte, confío en que sí tendrá algo que aclararme.

    Miguel, sólo en su imaginación, pasó al comedor con el obispo; Rosa les sirvió una taza de café y los dejó solos. El joven sacerdote que acompañaba al obispo también se esfumó. Miguel empezó su conversación:

    - Ante el cadáver de mi padre, muerto como una piedra fría, incapaz ya de responder a mis preguntas, mudo para siempre, me sobrecogió el silencio de la nada. Y en cada muerte de un ser querido, como la de Manuel ahora, se me rompe el alma, por la nada a la que vuelven, habiendo significado tanto para mí, mientras vivieron. ¡Al final, mi amor a los demás y el de los demás a mí, es amor que acaba en la nada! En estos momentos, lo que quiero es saber si la muerte o la vida, que tanto da la una como la otra, tiene algún sentido -le propuso Miguel.

    - La muerte es la culminación de la vida humana. Se rompen las ataduras del cuerpo y del tiempo, y la claridad de la verdad y el amor vuelan sueltos, sin anclas ni opacidades, sin enigmas ni espejos. Ver a Dios y verse a sí mismo cara a cara, y sentir la caricia tierna y eterna de Dios que es Padre. Es pasar de la fe a la evidencia; de la sospecha del amor a la plenitud de amar y ser amado.

    - ¿No es todo esto pura subjetividad?

    - Aquí vivimos en la subjetividad. Cualquier ideal humano, la fe también, se mueve en el terreno de la subjetividad. Los conceptos que usted pueda tener, sus verdades, su afirmaciones o negaciones son subjetivas, aceptables para usted y, tal vez, desechables para otros. La fe, repito, también.

    - Luego no hay verdad objetiva. ¡Mi escepticismo!

    - Depende de los fundamentos que soporten cada subjetividad. Hay que ir a los fundamentos, a las causas. Según sean los fundamentos, así serán las conclusiones. El motivo, el fundamento de mi fe y de su hermano, es Dios mismo que históricamente se ha manifestado en Jesucristo. Es un fundamento no subjetivo, sino real, histórico. Sólo en la vinculación con Cristo tiene la vida del hombre cabal y pleno sentido; y el mismo misterio de Dios se hace más asequible, y hasta consolador, a la luz del Evangelio. Le aconsejo que ahonde por ahí.

    A Miguel le pareció que el obispo se quedaba pensativo y añadió:

    - En verdad, es muy rudo el golpe que sufre la fe ante un cadáver frío y mudo. ¿No cree que también, ante el cadáver de Jesús, los que lo amaban pudieron experimentar esas mismas sensaciones? Se acabó todo. ¡Pero resucitó! Sus ilusiones, y con las suyas las nuestras, se convirtieron en certezas. Qué más da que sea al tercer día o que pasen años o cientos de siglos. Lo cierto es que su Resurrección es la certeza de nuestra inmortalidad y de nuestra vuelta a la vida. ¡Vivir y amar para siempre!

    - ¡Demasiado para ser verdad!

    - Para nuestros pequeñitos esquemas, Dios puede parecer así de exagerado. Somos lo que El ha querido y como ha querido. Es inútil exigirle explicaciones.

    - No las exijo. Simplemente me lamento de vivir absurdamente.

    - Todo lo que el hombre es y lo que en él ocurre no puede acabar en la nada. Algo hay en nosotros que transciende la nada y el tiempo, me refiero a lo que tenemos de semejanza con Dios. Pida a su hermano que le ceda la mitad de la fe que él tenía.

    El obispo reparó en lo que acababa de decir; movió la cabeza como dudando, y añadió:

    - La mitad solamente de su fe, me parece arriesgado. Puedo asegurarle que el único riesgo que se corre con la fe es que Dios lo exige todo. Si no se lucha por darse totalmente a El, o se pierde la fe sustituyéndola con sucedáneos, o si no se pierde, se orienta principalmente a exaltar aspectos secundarios, a justificarse con compromisos de interés social. Queda rebajada la entrega vital y dinámica a Dios en la persona de Jesucristo, que es lo fundamental. Me consta que su hermano nunca hablaba de solidaridad, ni de sociología pastoral, ni de opción por los pobres; sin embargo, porque siempre hubo cerca de él necesitados en los que servir a su Señor, no pudo comprarse coche.

    - Y sabía conducir, desde muy joven -apostilló Miguel al obispo, que concluyó:.

    - No obstante, cuando precisaba viajar, nunca le faltó un coche gratis en la puerta. Por esto, rectifico: pida a su hermano no la mitad, sino la misma fe que tenía él".

    Miguel se encogió de hombros, al mismo tiempo que aceptaba con su imaginación la mano que le tendía el obispo para despedirse. Era una mano fría, muy fría; era la mano de Manuel la que estaba tocando en un impulso inconsciente de cariño. Así regresó de este ensimismamiento, y se asombró de las ideas que él había puesto en labios del obispo. Miró el rostro de Manuel y, sintiéndose cruzado por un escalofrío, musitó:

    "Me da miedo creer... Siento vértigo y no acabo de fiarme de los brazos invisibles de Dios... Me siento más seguro en mi efímera cotidianidad que en la seguridad oscura de la fe... ¡Manuel, Manuel, dame sólo la mitad de la tuya!".

    La casa era un chorreo continuo de mujeres y hombres callados, que entraban y salían, apenados y agradecidos. Nunca sospechó Miguel que un sacerdote pudiera aglutinar a tan variado tipo de personas con unos mismos sentimientos.

    En el reducido cuarto en penumbra, el ambiente se estaba cargando de calor humano. María se levantó de su butaca con la pesadez propia del exceso de kilos que ponen los años, y abrió la ventana.

    En ese momento, una mujer del pueblo, sin pedir permiso, pasó a la cocina con un capazo. Dejó la comida guisada para los tres hermanos, y se fue.

    Miguel, aunque excitado por el diálogo mantenido con el obispo, no se movió de su puesto.

    Vio entrar a un hombre bastante mayor; era ya un anciano. Se quitó la boina, se arrodilló con torpeza ante el cadáver y rezó entre sollozos. Logró ponerse de pie, dio el pésame a las hermanas, y, manteniendo cogida la mano de Miguel, le dijo:

    - Era un hombre... muy de Dios, y muy humano. Su alegría no mermó con los años ni con la enfermedad. Yo lo traté más que nadie, y nunca lo vi triste. Donde estaba, desaparecían las penas. Lo siento por ustedes y por nosotros. ¡Dios lo ha querido; resignación!

    Miguel le dio las gracias. Una vez que se hubo ido, supo por Rosa que era el sacristán. El volvió a sus pensamientos, rumiándolos en silencio:

    "No entiendo, Manuel, tu alegría. Dicen que la poseías, pero no lo acabo de creer. La felicidad no está en una sola cosa. No hay una felicidad rotunda. Es un compuesto de pequeños goces pasajeros, concretos y mensurables. Y tú renunciaste a todos ellos... Pero te miro, y, aun en la misma nada en que ahora te encuentras, sigues mostrándome tu rostro sereno... ¿Es que basta con un único tesoro?... ¿El que descubrí?... ¡No puede ser!... Lo real, lo concreto, lo palpable, ¡los hechos!, estos son los únicos hilos que tejen esta absurda vida. Prefiero la carne palpitante y después la nada, que la nada de las fantasías de antes y después de la muerte... Pero, ¿todo, todo es nada, nada?... ¡Qué angustia, Manuel!"

    Como respuesta a este grito de su alma, Miguel, al margen del rumor de los pasos de la gente que entraba y salía del cuarto, creyó escuchar en su propio pensamiento al hermano sacerdote:

    "- No he renunciado a nada, Lito. Te angustias, porque quieres. Yo participaba de todas las alegrías que puede disfrutar la gente honrada: jugar una partida de cartas con los viejos, bendecir un matrimonio, sonreír con los niños, brindar por una buena cosecha, reír o contar un buen chiste, gozar de un paisaje, de la familia, de la amistad. Y es que no puede haber alegría cristiana, si, al mismo tiempo, no nos alegramos con el primer don de Dios, que es la vida.

    - Me alegra que me des la razón, Manuel. Pero, para mí, Castilla ha sido más ancha. ¿Te lo cuento? En mi larga vida de solterón, siempre he pensado que uno de esos hilos que traman la felicidad, y no el menor, era el disfrute del sexo, como mero goce fisiológico. Porque amor, lo que es amor a una mujer, nunca lo tuve, a no ser en la adolescencia. No he querido compromisos ni responsabilidades. Me he limitado a convivir, de cuando en cuando, con alguna...

    - ¡Fulana! -le pareció sugerirle Manuel

    - No, Manuel, fulana no. El fulano era yo, pues peor es ser borracho que cantinero. Y borracho era yo, cuando acudía a que una pobre mujer me sirviera unas copas.

    - Veo que aún hay en ti cierta delicadeza hacia las mujeres -le alentó Manuel.

    - Gracias. También mi cabeza acabó adhiriéndose al marxismo. Ha sido la moda de intelectuales y artistas. Su filosofía totalizadora dio un sentido casi religioso a mi vida. Pero, a raíz de su crisis actual, me he quedado vacío de ideas sólidas. Nunca sospeché que el comunismo en los países del Este produjera tantos desencantos y amarguras. Ser comunista en nuestros países occidentales resultaba fascinante. Era tal vez así, porque, a pesar de nuestros denuestos, no dejábamos de disfrutar de los bienes que genera esta sociedad capitalista, tan criticada...

    - Ya me enteré de que participaste en alguna algarada de ideologías. Siempre fuiste un iluso, Lito.

    - Ultimamente, también la droga me rondó. Esto nunca lo supisteis en casa. En algún momento creí que podría ser una aportación más a mi búsqueda de las felicidades parciales. Por lo menos una solución, como evasión, en algunas circunstancias. Pero me asusté cuando vi que algunos amigos míos habían caído atrapados en una red sin escapatoria; sin posibilidad, a pesar de sus deseos, de dar marcha atrás. Algunos han muerto, y los que no, viven sin dejar vivir.

    - Gracias por habérmelo ocultado -le inspiró Manuel.

    - Llegué a creerme que era ateo, por haber depositado mi fe en la filosofía globalizadora de Marx. Pero, en realidad, mi ateísmo no procedía de ideas prestadas de fuera, sino de dentro de mí, ya que, a pesar del desmantelamiento de la ideología comunista, sigo sin fe. Y ahora, me encuentro vacío de certezas; vivo en el rechazo de cualquier verdad absoluta. Créeme, Manuel, esto es más desolador que el materialismo ateo.

    - ¡Tú verás como sales! Yo no puedo más que echarte una mano -le pareció oír a Manuel.

    - Dios volvió en esos momentos de escepticismo a llamar a mi cabeza. Pensé que, tal vez, en El estuviera la clave; pero, no te hagas ilusiones, Manuel, sólo como explicación del mundo, nada más. Cristo con su utopía del amor universal, Dios y hombre, es un invento exagerado, máxime si se concreta en una Iglesia con las miserias comunes a todos los hombres. Cristo y su Iglesia son un fracaso de Dios; luego no es de Dios, sino una de tantas quimeras humanas.

    Le pareció que Manuel le cortaba sus pensamientos con estas palabras:

    - Lito, ¿por qué no miras a esa quimera que es Cristo y su Iglesia, como un gesto de la gran misericordia de Dios para con los hombres?"

    Miguel escuchó, pensó y continuó:

    "- Pasé del ateísmo al agnosticismo, y he terminado en el más radical escepticismo. ¡Vivo porque nací y no he muerto! Esto es lo único cierto que hay en mí.

    - Todas esas conclusiones, ¿son orgullo? o ¿son miedo a la verdad? ¡Sé sincero! -escuchó insinuante a Manuel.

    - ¿Orgullo?... Yo diría dignidad personal. Mis dudas, mis criterios, mi ausencia de certezas, mis opiniones son mi yo mismo, mi más propio ser, y, como todo hombre, estoy íntimamente orgulloso del ser que soy... ¿Despojarme de mí mismo?... Mucha renuncia se necesita para convertirse a tu fe...¡Tendría que dejar de ser yo!...¿Para reconstruir un nuevo yo, el que tú, Manuel, crees que debería ser, cargado igualmente de ese tipo de orgullo?

    - ¡Nada fácil! La soberbia de el ser o, si prefieres, la dignidad de lo que consideramos nuestro ser, hace que el paso del camello por el hueco de una aguja sea más difícil que la soberbia de el tener. Pero para Dios todo es posible. El problema de la fe no está en Dios; está en el hombre, en sus crisis. El hombre sencillo de las bienaventuranzas no tiene problemas de fe. No te desalientes, Lito -lo animó Manuel.

    - Te tengo que confesar que cada paso que daba contra la fe me parecía un progreso. Ahora, en cambio, empiezo a dudar si no era una pérdida de posiciones, como la retirada de los derrotados. Toda mi vida ha sido una huida hacia adelante, pero huida. Además de orgullo, también hay miedo a regresar al punto fundamental de partida, para volver a empezar. ¡Manuel!...¡Manuel!"

    María, ajena a los pensamientos de Lito y atenta al cadáver, espantaba con la mano una mosca que, pertinaz, insistía en posarse en el rostro del hermano muerto. Rosa entró en el cuarto y, con una indicación de la cabeza, invitó a sus hermanos a que salieran. Tenía la mesa puesta y se sentaron los tres a comer lo que les había traído aquella mujer. Rosa servía y comía al mismo tiempo. Los tres se sentían cansados por la tensión propia de aquellos momentos; los párpados les funcionaban sin reflejos. Querían, pero no les acudían ideas para hablar. Miguel, haciendo un esfuerzo, preguntó a María por sus hijos y sus nietos.

    - Siguiendo tus pasos, Lito.

    - ¡No!, por favor -dijo rotundo y asombrado.

    - Desgraciadamente, ¡sí!

    Miguel, apenado, se encerró en el silencio. Continuó comiendo, mientras pensaba:

    "- Me gustaría evitarles tales riesgos... Yo me permití el capricho de rebelarme contra los consejos de mis padres y hermanos... Pero que mis sobrinos sigan mis derroteros no lo puedo tolerar... Yo empecé como quien juega con la seguridad de ser bien recibido cuando decidiera regresar a casa; pero he ido tan lejos que ya no hay retorno para mí... ¡No quiero esto para mis sobrinos!"

    Esto último, sin querer, se le escapó del pensamiento a los labios. María, al oírlo, le dijo:

    - Tampoco lo quiero yo, como no lo quise para ti. Pero... Luego vendrán y podrás comprobarlo.

    En ese momento, llegó el sacerdote que, durante la enfermedad de Manuel, había atendido la parroquia. En varias ocasiones de aquel día, había acudido a la casa. Ahora estaba allí, con otros del pueblo, para pasar el cadáver al cajón. Se acercaba ya la hora del entierro.

    - Sigan comiendo, que esto es cosa nuestra -les dijo.

    Mientras se realizaba esta piadosa operación, los tres hermanos permanecieron callados en el comedor. Hasta sus oídos llegaban los comentarios del sacerdote y los otros:

    - Parece mentira...

    - Qué piadoso era. Me decía que le costaba decir la Misa de cara al pueblo, porque en el altar hacía las veces de Cristo y su cara no era el rostro del Señor.

    - Con esta mano me puso el anillo de bodas, y me dijo que no me lo quitara jamás.

    - A más de un hogar le ha devuelto la armonía.

    - Con los enfermos nunca tenía prisas.

    - ¡Horas y horas se pasó con mi padre cuando cayó postrado.

    - ¡Poco le habrá dejado a Rosa! Era un manirroto; todo era mucho para él.

    - Y ¡con qué gracia! ¿De dónde sacaría tanta alegría?

    - Todos le teníamos confianza.

    - Pero se hacía respetar.

    - Donde se veía su comprensión y paciencia, era en el confesonario. ¿Recordáis la confesión de la Primera Comunión?

    - ¡Y el catecismo..! ¡Cómo corríamos para llegar los primeros!

    - Hay que reconocer que era un sacerdote cabal; no se inmiscuía en las asuntos de la política del pueblo y colaboraba con las autoridades en lo que se le pidiera, siempre que no condicionara su misión sacerdotal. En esto no transigía.

    Esto último lo decía el alcalde.

    El cura regente comunicó a los tres hermanos que ya estaba metido en el cajón, y que iban a bajarlo a la entrada para facilitar su salida en el momento oportuno.

    Se acercaron los tres, y miraron por última vez a Manuel. Rosa le acomodó mejor la casulla y las mangas del alba, dentro de la caja. Uno de los hombres pidió permiso para clavar la tapa. Se lo echaron luego a los hombros y empezaron a bajarlo con cuidado por la escalera.

    Estaba ya cayendo la tarde. Los dos hijos de María, Carlos y Daniel, tuvieron que dejar el coche lejos de la casa, y cruzaron la plaza a pie. Besaron a los tíos, y su madre les preguntó por sus mujeres. Carlos le contestó:

    - Lo sienten, pero les ha parecido más sensato no venir.

    Empezaron a llegar sacerdotes, muchos sacerdotes. Rezaban un momento y se iban a la iglesia. Las calles se llenaron de coches aparcados. También acudieron tres autobuses con hombres y mujeres de las parroquias que anteriormente había regentado Manuel. Llegaban coronas, y Rosa ordenaba que las llevaran para adornar la iglesia:

    - Mi hermano no quería flores para él -les decía.

    Junto a la puerta de la casa en la plaza del pueblo, se fueron congregando cientos de personas bien trajeadas y caras serias. En la torre empezaron a doblar pausadamente las campanas.

    Tres sacerdotes, revestidos con capas, salieron de la iglesia y cruzaron la plaza tras la cruz parroquial y los ciriales. Los hombres se apartaban para dejarles paso, al tiempo que se descubrían la cabeza. Miguel, de pie junto a la caja, no sospechaba lo que le esperaba fuera. La melancolía de las campanas rebotaba en el silencio de las calles empedradas.

    Los tres sacerdotes se detuvieron ante la puerta, e iniciaron el rito, rociando con agua bendita el cajón. Seis mozos se lo cargaron a hombros. Al salir a la calle, la sombra de la torre se proyectaba sobre la fachada de la casa. La plaza se llenó también de silencio. El niño que llevaba la cruz, en vez de dirigirse hacia la iglesia, tomó la calle opuesta, obedeciendo al alcalde que le indicó: "El recorrido de la procesión del Corpus". Tras la cruz siguieron todos, envueltos en la melodía sencilla de los salmos.

    El casi centenar de sacerdotes que esperaban revestidos en la sacristía no comprendían la demora. El obispo mandó a uno que fuera a averiguar. "Lo están paseando por el pueblo", le dijo al regresar. El obispo sonrió complacido.

    Para llevar el cajón se turnaban los hombres del pueblo con los que habían venido de fuera. Por un momento, detuvieron el cadáver en la esquina de la calle de la Constitución. El alcalde sacó un trozo de papel y leyó emocionado: "Don Manuel nos ha enseñado que nuestra vida, si se aparta del Evangelio, es una existencia de profundos vacíos y sombras. El Evangelio vivido por él está por encima de cualquier otra Constitución que puedan darse los hombres para el buen gobierno del pueblo". Se guardó el papel, y descubrió una placa provisional, sobrepuesta a la anterior, que rezaba "Calle del Rvdo. don Manuel". La gente aprobó el gesto inesperado con un cerrado y prolongado aplauso.

    Miguel, con traje oscuro desaliñado, iba al lado de María llorando sin pudor. Pensaba en la fecundidad de su hermano mayor, y, de rebote, en su propia esterilidad. Se fue serenando, como contagiado por la fe de la gente. Los tres sacerdotes, con el lento llanto de las campanas siempre al fondo, repetían la salmodia que se suele cantar camino de la iglesia. Miguel, ya lleno de paz, pensaba que, habiendo tantos motivos para creer, no tenía ahora ninguno concreto en que apoyarse. Le era razón suficiente el saberse tocado por la gracia de Dios, y que la fe era un don no rechazado. Murmuró entre dientes: "Dios ha vuelto a mi encuentro".

    Llegaron por fin al templo, lleno de flores por todas partes. Miguel entró en él convertido; pero no sabía en qué momento daría el paso definitivo. Le daba miedo empezar. Era el mismo miedo que experimentó ante la llamada de Dios en sus años juveniles. Pero ahora temía más a que, por dar largas, acabara rechazándola como entonces. Mientras avanzaban por el pasillo central de la iglesia, vio dos confesonarios, uno a cada lado de la nave, con confesores dentro. Se dijo que era por ahí por donde tenía que empezar.

    El altar, al que tantas veces había subido don Manuel como a un calvario, estaba rodeado de coronas. Depositaron el cadáver en el suelo, tocando la tierra. Los tres hermanos se sentaron juntos en uno de los bancos de detrás del cajón, acompañados por los dos hijos de María, que habían llegado a última hora.

    De la sacristía empezaron a salir sacerdotes revestidos de alba y estola; en fila de dos subían las gradas, besaban con piedad el altar e iban a ocupar sus puestos. Por último salió el obispo, revestido de sus mejores galas, con el semblante recogido bajo la mitra. Miguel sólo oyó lo que dijo como introducción a la Misa:

    - No uso hoy el báculo, porque mi apoyo son los sacerdotes, y hoy los tengo todos aquí, incluso a don Manuel que, precisamente en estos momentos, es mi mejor cayado...

    Miguel, sentado entre María y Rosa, clavó la mirada en el suelo del templo y dejó de escuchar al obispo: el pensamiento se le fue a sus miedos. De pronto, miró inquieto a uno y otro lado y, aprovechando el movimiento de los ritos iniciales en el altar, se levantó. Rosa le tomó una mano para detenerlo, pero lo soltó cuando oyó que le decía al oído:

    - Por favor, no impidas lo que tengo que hacer.

    - La casa está abierta -le aclaró Rosa pensando en alguna necesidad de los años.

    Se abrió paso entre la gente que llenaba el pasillo y las naves; llegó hasta un confesonario, y se puso en la cola de los penitentes. Al ver que era el hermano de don Manuel, le ofrecieron la primera oportunidad.

    - Gracias, y vayan al otro, pues yo tengo para mucho rato -advirtió a los que esperaban.

    Se postró de rodillas y empezó su confesión.

    Siguió la Misa, la homilía cálida del obispo, y el largo momento de la comunión de los concelebrantes y asistentes. Rosa y María se miraron, preocupadas por Lito. María mandó a uno de sus hijos que fuera a casa por si el tío se encontraba indispuesto. Al abrirse camino, alguien, sospechando el motivo de su salida, le indicó el confesonario donde el tío Lito seguía arrodillado. Volvió a su sitio y, cuando regresó de comulgar su madre, le dijo lo que pasaba. María cuchicheó al oído de Rosa. Ambas suspiraron y, en silencio, empezaron a derramar las primeras lágrimas de aquel entierro.

    Cuando, al final, se organizó la procesión de salida hacia el cementerio con el cadáver a hombros, las dos hermanas miraron instintivamente al confesonario, y se cercioraron de que Lito seguía allí.

    De nuevo, el latido pausado de las campanas empezó a sonar desde la torre. La iglesia se quedó vacía con el olor a incienso del responso final. Sólo el viejo sacristán, enjugándose las lágrimas, permaneció en ella, para cerrar las puertas cuando terminara su confesión el último penitente.

    En la puerta del cementerio, Rosa, María y los dos hijos de ésta recibieron el pésame de los asistentes durante un largo rato. La gente se fue retirando discretamente, para dejar a las dos hermanas ese tiempo de intimidad que tanto reconforta a los que han tenido que soportar una jornada como aquella. Los dos sobrinos se fueron a la casa parroquial.

    Entre tanto, Miguel, antes de retirarse del confesonario, pidió al sacerdote si le podía dar la comunión. El viejo sacristán ayudó a dársela y, al poner la bandeja bajo la barbilla del hermano de don Manuel, advirtió que sus lágrimas eran ya otras. En este momento, Rosa y María, de regreso ya del cementerio, llegaron solas a la iglesia; se pusieron de rodillas y esperaron a Lito.

    Este, recogido, agradecía al Señor el don del retorno, le pedía fidelidad en su entrega, luces para su nuevo camino y fuerzas para servirle con corazón de carne. Al dar también gracias por su familia, empezó a recordar al niño que fue y que nunca tuvo que haber dejado de ser:

    "Rosa deambulaba buscando su muñeco, y, aunque yo le prestaba uno de mis coches, prefirió un ovillo de lana que encontró en el cesto de la costura, y terminó enredada como una devanadera. Mamá salió de su cuarto, guapa y elegante, y dijo a la abuela que se nos llevaba a Rosa y a mí, para que la casa quedara tranquila. Nos tomó a los dos, uno de cada mano, y salimos a la calle. La iglesia no estaba lejos. Se llevó también la bolsa de la compra.

    Entramos en la iglesia. Nos adelantamos hasta los bancos primeros donde mamá se arrodilló, y junto a ella, de pie uno a cada lado, escuchamos lo que ella nos decía al oído; yo acabé poniéndome también de rodillas. La Misa no empezaba y nos sentamos los tres. Mamá sacó un libro del bolso y leía a ratos. Nosotros dos, moviendo las piernas descolgadas del asiento, respetábamos su silencio, hasta que no pude más:

    - Mamá, ¿quieres mucho a Jesús?

    - Menos de lo que se merece -me contestó sonriendo.

    - A Jesús puedes quererlo más que a mí; no le tengo celos, ¿sabes?

    - Yo tampoco los tendría, aunque tú lo quisieras más que a mí.

    - ¿Y de papá?

    - Jesús nos ha dado todo; nos ha dado a papá, a la abuela, a mamá, nos ha dado a ti y a tus hermanos. Y nos ha dado el corazón; dale las gracias.

    - Bueno.

    Y seguí moviendo los pies. Al poco rato, recostando mi cabeza en el brazo de mamá, le dije:

    - A Rosa también nos la ha dado Jesús y la quiero

    - Bueno... Pide a Jesús por Rosa.

    - Ya he pedido antes.

    Se encendieron las luces y empezó la Misa. Mamá se acercó a comulgar. Estaba encinta del ultimo hermano que murió al nacer. Cuando, después de la comunión, estaba ella recogida, volví a interrumpirla:

    - Llevas a Jesús con el nuevo hermanito?

    Mamá me miró sonriendo y con un movimiento de cabeza me dio a entender que sí. Yo entonces alargué mi mano, toqué con delicadeza el vientre de mamá y luego me la llevó a los labios para besarme los dedos.

    Terminada la Misa, aún permaneció un rato en oración. Nos levantamos y, al intentar hacer yo la genuflexión como mamá, me desequilibré, pero repetí el intento hasta que me pareció que lo había hecho bien".

    Para Miguel, estos recuerdos, dando gracias después de esta casi primera comunión, vinieron a ser la conexión con su niñez. El resto de su vida era ya un paréntesis olvidado. Agotado por todo lo de aquel día, pero con el rostro vivo y sereno, se levantó, intentó hacer bien la genuflexión, se acercó a sus hermanas y, mientras salían de la iglesia, les dijo:

    - Habéis enterrado a Manuel, mientras yo resucitaba.

    Ya era de noche. El viejo sacristán cerró las puertas. Las dos hermanas se cogieron una a cada brazo de Lito, y cruzaron la plaza en silencio, apoyándose mutuamente, hacia la casa parroquial, donde los estarían esperando los dos sobrinos.

    Se encontraron con que la mesa estaba puesta con seis servicios.

    - ¿Vosotros? -preguntó María a sus hijos.

    Por lo visto, aprovechando que no había nadie en la casa, algunas personas del pueblo, sin nombre ni cara, se adelantaron a dejar en ella todo lo que podían necesitar para aquella noche y varios días más.

    Mientras cenaban, sólo por rellenar silencios, uno de los sobrinos dijo sin pensar:

    - Has logrado sorprendernos, tío Lito.

    - Me gustaría que también vosotros me sorprendierais a mí. Os conozco poco, y he tenido que saber hoy por vuestra madre que sois de mis ideas. Reconozco que he vivido a mi capricho. Pero, en el fondo, la seguridad de que tenía unos padres y unos hermanos, a los que he amado y quiero, es lo que me permitió todo tipo de aventuras. Algo así, como un niño pequeño que, en presencia de sus padres, se comporta traviesamente, consciente de que le advertirán de los peligros, o lo librarán de ellos. Pero, al quedarme sin los padres y a punto de ir perdiendo a los hermanos, he sentido que mi soledad y desamparo en la vida eran como un retorno a la nada. ¿No será que los mismos lazos que nos unen a la familia, son los que nos unen a Dios?

    María asentía con la cabeza y, cuando Lito terminó, le dijo ella:

    - Estos están en el mismo camino que emprendiste tú. Pero me temo que yo no he sabido darles todo aquello que nos inculcaron nuestros padres. Me da la impresión de que no se quieren como nos queremos nosotros. No tienen familia en la que apoyarse.

    - No digas tonterías, mamá; la prueba es que aquí estamos -dijo el pequeño.

    - ¡Con vuestras mujeres! -ironizó su madre.

    Rosa, al oír lo de mujeres, no pudo aguantarse:

    - ¡Mujeres!; han hecho bien en no venir, porque esposas no son; a lo sumo, compañeras; fue una de las cruces de Manuel: que sus sobrinos se casaran sólo por lo civil.

    Los jóvenes se miraron y le hubieran dicho a tía Rosa que ese precisamente había sido el motivo de no venir ellas; pero optaron por callar. No querían discutir en esos momentos las razones de su comportamiento. Intervino Lito para evitar roces puntillosos.

    - Si de verdad son sobrinos del tío Manuel, estoy seguro de que todo se arreglará con el tiempo, como se ha arreglado lo mío.

    Mientras cenaban en silencio, Carlos y Daniel rumiaban la curiosidad de saber las razones que habían impulsado al tío Lito para decidirse a hacer lo que había hecho. El mayor llegó a sospechar si no sería una actitud cínica, por sólo complacer a sus hermanas. Y se atrevió a decirle:

    - Lo de esta tarde, tío, ¿no habrá sido teatro?

    - Tienes motivos para dudar -le contestó.

    A continuación, les contó detalladamente el juego aquel de la búsqueda del tesoro, y concluyó:

    - La cruz sin Santocristo, remarcada en el campanario, me conmovió entonces con una invitación a entregarme por entero a Dios, invitación que rechacé. Hoy he comprendido que el sufrimiento desgarrador de mi radical soledad personal, con la amenaza de la nada, tenía su origen en mi negativa a lo que Dios me pidió. Al rechazarlo, me quedé solo. Hoy he visto que mi único camino de liberación era volver a aquel momento y ofrecerme incondicionalmente al Amor, al verdadero Tesoro. Ha sido una gracia de Dios. En medio de la gente he rezado, paladeándolo, el Padrenuestro y he empezado a sentirme amado por una familia inmortal y eterna. He podido entender en mi corazón que los años pasados han sido un paréntesis que he encomendado a la misericordia de Dios, que es Padre y Madre juntos. ¡Una pena de vida perdida!

    - ¡Qué alegría de vida, por fin, hallada! -dijo suspirando Rosa.

    A María se le arrasaron los ojos. Sus hijos se quedaron entre conmovidos y escépticos. Terminaron de cenar, se despidieron, tomaron los coches y se fueron a la ciudad, llevándose a su madre.

    Después de despedirlos, Lito y Rosa se volvieron a sentar en la mesa. A pesar del cansancio, no encontraban camino de irse a dormir. Necesitaban hablar, pero no aguantaron más que este diálogo:

    - ¡Dios, en verdad, es exagerado! -exclamó Lito.

    - Y ¿no lo es el amor?

    - ¿Crees tú que Dios se ha fijado en mi ridículo ser para amarme?

    - ¡Así de inmenso es! No cabe en la cabeza; pero cabe en el corazón. No me digas que tu corazón no ha sido capaz de hacer atrocidades en tu vida.

    - Tienes razón; Dios es corazón.

    Rosa, dando un suspiro, concluyó:

    - ¡Estoy llena de alegría, de tristeza y de mucho sueño!

    Y, con esto, decidieron retirarse a descansar.

    Por la mañana, repuestas las fuerzas, Rosa, pisando en la realidad más inmediata, dijo a su hermano que la casa era de la parroquia, y tenía que dejarla libre. Miguel se alegró, porque veía cumplido su deseo de toda la vida. Su hermana preferida se iría a vivir con él en el piso propio que tenía en la ciudad.

    Y sin más comentarios, se pusieron a embalar los pocos enseres y los bastantes libros de Manuel. A Miguel le llamó la atención uno de ellos. Se notaba que había sido muy usado por su hermano. Sintió curiosidad y empezó a hojearlo. Le cautivaron sus pensamientos, y terminó por sentarse con él entre las manos. Lo puso aparte, y pidió disculpas a Rosa cuando se dio cuenta de que la había dejado sola en la tarea.

    Siguió recogiendo libros. Sobre la estantería vio un folleto titulado "Encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II, en el Centenario de la Rerum Novarum". Era de fecha tan reciente que Manuel no pudo tener tiempo de leerlo.

    Miguel, por su cultura específica, conocía la existencia de una Doctrina Social de la Iglesia y de algunos documentos de los Papas sobre este tema; pero sólo su existencia. ¿Qué le podían decir a él los Papas, encastillados en sus prejuicios burgueses? Pero ahora sintió curiosidad, y, abriendo el folleto al azar, empezó a leer algunos párrafos. Hacían referencia a temas candentes de la actualidad y muy afines a sus inquietudes intelectuales de economista. Pudo ver que se citaban otros documentos. Todo aquello le interesaba.

    A medida que iba recogiendo libros, ponía en una caja aparte todo lo que hiciera referencia a este tema. Quería dedicarle tiempo tan pronto como pudiera. Buscó el cuaderno escrito por Manuel y también lo depositó en esta caja.

    Rosa y Lito estuvieron así dos días, recogiendo y ordenando todo, y se fueron del pueblo discretamente, sin muchas despedidas.


    Ya en la ciudad, dedicaron algunos días a adaptar el piso de Lito a la nueva situación familiar. Amueblaron la habitación de Rosa, ordenaron y acomodaron los libros de Manuel y los otros enseres que habían traído del pueblo. Una vez instalados, invitaron a María a comer con ellos para celebrarlo. Lito, en la sobremesa, quiso dar una sorpresa a sus hermanas. Buscó el cuaderno autógrafo de Manuel, y empezó a leerlo en voz alta, a continuación de lo que ya él había leído durante el velatorio. María y Rosa se dispusieron a escuchar complacidas:

    Al regresar del paseo hasta la Fuentecilla, mamá ha pasado por la tienda del pueblo a comprar cosas para la nevera. Hay que estar reponiendo constantemente en ella, pero midiendo el dinero. Ha llenado la bolsa con botellas de leche, una caja de huevos, y, dudando un poco, ha echado también una lata pequeña de mejillones para papá. A la hora de cenar, en su puesto habitual, estaba abierta la lata de mejillones. Papá ha dado un mejillón, clavado en un palillo, a cada uno y, como no daba más de sí la lata, él se ha tomado la salsa mojando pan en ella, mientras nos decía con fruición:

    - El caldo es lo mejor de los mejillones.

    Ninguno nos le hemos creído. Y yo me he acordado de cuando, para el cumpleaños de la abuela, que debió ser el último, mamá puso en la mesa unos pasteles. Como todos queríamos más, los fue repartiendo, y mamá y la abuela se quedaron sin probarlos. Encima tuvieron que oír el comentario que hicieron Lito y Rosa:

    - ¿Por qué la abuela y mamá no han comido pasteles? -preguntó Lito.

    - No les deben gustar -afirmó Rosa.

    Lito levantó los ojos, miró a Rosa, se sonrieron ambos, y continuó:

    Interrumpí la escritura, y vuelvo hoy al cuaderno, para seguir buceando en el pasado. Desde el sosiego del pueblo, mis recuerdos se van ahora hasta la ciudad.

    El final de vacaciones siempre llegaba demasiado pronto. Lo aceptaba como algo necesario, pero no cantando como los grillos de la P. Del veraneo en el pueblo ya no quedaba más que un recuerdo grato y la ilusión de volver el próximo año.

    En la capital todos girábamos con la noria de la vida ordinaria, intentando llenar los cangilones con el amor a las cosas bien hechas. Los días normales discurrían dentro de un cauce rutinario. Los papás y la abuela madrugaban para empezar la jornada: papá en el Banco y mamá con la abuela en la cocina preparando nuestros bocadillos para el colegio.

    Pienso que la casa debía quedarse tranquila durante unas horas.

    La presencia de todos a la hora de la comida era una pequeña revolución, con presagios de una larga paz vespertina, siempre que Lito y Rosa la pactaran. María y yo volvíamos al colegio, y papá, a media tarde, iba a la contabilidad de la joyería.

    La merienda en la cocina, a la vuelta de los colegios, era otro momento entrañable. Lito no se hacía de rogar cuando a estas horas sonaba el timbre de la puerta. Sabía que eran sus hermanos que volvían del colegio, y siempre salía corriendo a abrirnos

    La cocina no era muy amplia. Todos permanecíamos de pie, menos la abuela, que se sentaba a pelar patatas, y mamá que, en su silla, daba a Rosa su vaso de leche, a pequeños sorbos.

    Yo tiraba del pelo a María, y ésta me decía tonto. María quería contar algo del colegio, y yo la llamaba cotorra; Lito gritaba, para no pasar inadvertido. Sólo Rosa, pegada a mamá, estaba ausente y a merced de todos. La abuela disfrutaba de la presencia y del buen hambre de sus nietos, y casi a diario nos preguntaba:

    - ¿Cómo queréis las patatas, cocidas o fritas?

    Y contestábamos a coro con algo que la abuela podía entender como "¡cofricidas"!

    - De acuerdo; seréis complacidos -aseguraba sonriendo, sin levantar la vista de la patata que llevaba en la mano.

    Después de merendar, la cocina se sosegaba. Yo me retiraba a mi cuarto. María limpiaba los vasos, los dejaba sobre la pila, y se iba también a estudiar.

    Pero Lito, en su incombustible vitalidad, iba y venía de Rosa a María, de mamá a la abuela, de la abuela a mí. Tenía que gritarle frecuentemente para que me dejara estudiar. Sólo la abuela y mamá con su dulce tiranía encontraban soluciones para la paz.

    Mamá, si no ha ido por la mañana, sale por la tarde a oír misa y a comprar. A veces, para dejar la casa tranquila, se llevaba a Lito y Rosa. La abuela, entre tanto, preparaba la cena, en la que nunca faltaban las patatas fritas como guarnición.

    No tardábamos María y yo en salir a la cocina con el pretexto de descansar del estudio. Invariablemente, yo abría la nevera sin saber qué es lo que buscaba en ella; luego picaba del plato de las patatas si ya estaban fritas o preguntaba a la abuela cuándo las freiría. María se ponía junto a ella y le ayudaba a lavar la coliflor o a lo que fuera preciso. Bebíamos agua y, a una indicación de la abuela, volvíamos a los libros.

    En este momento quiero escribir sobre los papás.

    Cierto día, no hace muchos, papá llegó de la joyería y fue directamente a acodarse a la mesa sin cambiarse de ropa. Se le veía cansado, y, dejándose llevar por la añoranza de la vida tranquila del pueblo, empezó a decir cosas como éstas:

    - La ciudad es un mundo artificial. La naturaleza, tal y como ha salido de las manos de Dios, ha sido desterrada: sólo quedan algún árbol mal nacido en las aceras, algún retazo de jardín postizo y algún pájaro triste. Todo ha quedado enterrado bajo el asfalto y el cemento. ¡Coches, pasos de cebra, semáforos! ¡A codazos entre la gente y tan solos! ¡Correr para llegar tarde! Este es el mundo que sabemos crear los hombres, calculado exclusivamente para el consumo. Allá, la naturaleza intacta, con su serenidad y precisión inmutables, invita al sosiego y brinda datos para la reflexión. Y es que la naturaleza encierra mucha sabiduría, si se tienen ojos para mirarla. No en vano está Dios directamente detrás de ella, sin intermediarios.

    - Pues, ¿por qué la dejaste y te viniste a vivir a aquí? -le contesté yo. Pero me di cuenta de la impertinencia que acababa de decir y añadí inmediatamente:

    - Perdona, papá; yo también prefiero la vida del pueblo.

    Papá se limitó a aclarar:

    - No me hagas mucho caso, hijo; he dicho esas cosas, porque debo estar cansado.

    Tanto mamá como papá tienen muy claro lo que quieren para nosotros: que seamos personas con el carácter formado. Que adquiramos conciencia clara del deber y fuerza de voluntad para cumplirlo. Una vez le oí a mamá decir con rotundidad:

    - Me da igual que mis hijos sean barrenderos o ingenieros electrónicos; pero, sean lo que sean, que se comporten como personas responsables. Esto es lo que de verdad me importa.

    La verdad es que los papás saben promediar el cariño con una insobornable exigencia en lo concerniente a nuestros deberes.

    Por hoy, es suficiente lo que he escrito. Mamá dice que, para estar de vacaciones, me encierro demasiado.

    Al oír lo del cariño y la exigencia, María asentía con la cabeza; Rosa sólo escuchaba. Lito pasó página y siguió leyendo:

    Me apetece volver a escribir. Releo lo anterior, y se me ocurre pensar que, ante esta exigencia de los papás, no es raro que yo sienta las mordeduras del orgullo y reaccione con el genio a flor de piel.

    Creo que este mi maldito orgullo va a ser una da las mayores dificultades en mi camino.

    Recuerdo que una tarde me puse a ver un partido de baloncesto en el televisor. Llevaba un buen rato, y mamá, desde la cocina, me advirtió que ya era hora de empezar mis deberes del colegio. ¡Ya los haré!, quise contestarle, pero me callé. Me hice el sordo, y seguí viendo la tele. No tardó en llegar la regañina de mamá. Yo, murmurando entre dientes, me levanté de la butaca y, dejando adrede el televisor encendido, me fui a mi cuarto. Al cerrarme por dentro, di un portazo con malos modos. Mamá se dio cuenta de mi enfado.

    A solas en el cuarto, pensaba que mamá era..., y se me ocurrían unas ideas...; fugarme de casa, incluso. Con la rabieta no podía concentrarme ni estudiar. Poco a poco, me fui tranquilizando; pude, por fin, hacer los deberes, y acabé por caer en la cuenta de que todo lo que había pensado eran locuras de mi mal genio.

    Llegó la hora de cenar, salí y me puse a la mesa con la cara seria. Hubiera querido hablar, pero no se me ocurría nada. Parecía que mamá se había olvidado de la riña. A mí me gustaría pedirle perdón, pero el orgullo me decía que no.

    Antes de irme a dormir, la miré avergonzado sin atreverme a darle un beso. Me retiré cabizbajo. Estando ya metido en la cama sin poderme dormir, vino mamá y me preguntó:

    - ¿Qué es lo que te pasa, hijo?

    Me senté en la cama, la besé y le dije:

    - ¿Me perdonas, mamá?

    - ¿Por lo de esta tarde? -preguntó ella.

    - ¡Por las tonterías que he pensado!

    - ¡Estás perdonado! Descansa.

    Por fin, me quedé tranquilo.

    Esto otro pudo ser peor. Era un domingo normal. Lito se dejó lavar, peinar y vestir por mamá, para ir a Misa. Mientras el resto de la familia se aseaba y se preparaba para salir, Lito se enfrascó de lleno en sus juegos con Rosa. Cuando mamá dio la orden de ponerse todos en marcha hacia la iglesia, Lito, sin dejar de jugar, dijo que él se quedaba para cuidar a Rosa.

    - Para cuidar a tu hermanita, ya se quedan la abuela y Manuel que es el mayor.

    - Pues ya iré yo luego con Manuel -suplicó Lito levantando los ojos. Vio a mamá, guapa y elegante como ninguna madre, y añadió zalamero:

    - No te enfades, mamá, que te vas a poner fea.

    Mamá le sonrió y estuvo a punto de ceder; pero papá, que se dio cuenta de su debilidad de madre, ordenó:

    - ¡María, toma a Lito de la mano, y delante de mí!

    Lito dio una patada al coche con el que estaba jugando, se cogió a la mano de María, y salieron juntos por la puerta.

    - ¿Enfadado? -le preguntó María.

    - No; el genio; dice la abuela que hay que tener genio para obedecer a la primera.

    Papá tomó del brazo a mamá, y salieron de casa detrás de María con Lito.

    Rosa gozaba escuchando. La cara arrugada de María se agrandaba con la sonrisa mezclada en lágrimas. Lito hacía pausas para poder seguir leyendo:

    Yo tendría entonces ya unos quince años. Mamá, nada más salir de la iglesia, vino para que yo pudiera asistir a otra. La abuela Leonor ya había ido el sábado por la tarde. Hice el remolón, y mamá me insistió enfadada que saliera inmediatamente de casa, si no quería llegar tarde.

    Ante el mandato reiterativo de mamá, salí molesto de casa para asistir a Misa. Siempre había ido; pero ir ahora porque me lo mandaba ella, cuando yo era ya capaz de tomar decisiones personales... Me humilla que me impongan lo que sé que debo hacer. Por llevar la contra a mamá, iba pensando en no ir a misa y pasar el rato en una sala de recreativos. Andaba con estos pensamientos, convencido de que no sería capaz realizarlos; pero me tropecé con un compañero de colegio y, sin pensarlo, le dije que si quería venir a los recreativos.

    - Sólo tengo cien pesetas - me contestó

    - Igual que yo. Jugamos una partida y nos vamos.

    La jugamos, nos entretuvimos un poco viendo las partidas de otros, y salimos del salón. El amigo me dijo que él aún tenía que ir a Misa. Yo me quedé perplejo, y le contesté que a mí me pasaba lo mismo. En la Catedral, si corríamos, la podríamos oír. Y salimos a toda prisa. Llegamos a tiempo. Creo que no me enteré de nada, porque estuve pensando en la necia tentación de un rato antes, y razonando para mis adentros: "En la Misa muere el Señor por mí. ¿Cómo se lo pasó Jesús en la cruz? ¡Fatal! ¿Y yo quiero pasármelo divertido en la Misa? Si El muere de la manera que murió para salvarme a mí, ¿yo me voy a salvar jugando en los recreativos?"

    Rumié también mis dudas de conciencia, y terminé por confesarse.

    Llegué a casa más tarde de lo debido, y conté a los papás toda la verdad.

    - Es que tengo mucho orgullo, mamá; pero también quiero que sepas que tú, a veces, hieres mi amor propio.

    Mamá se sonrió con comprensión. Es ridículo sentir orgullo ante los papás; pero yo lo experimento, aunque acabe reconociendo que tienen razón. Si no estuvieran sobre mí...

    Ya hablé de esto a mi orientador del colegio, y dijo que mi orgullo procede de un marcado sentido de responsabilidad. No lo sé. El orgullo siempre es orgullo aunque, a veces, no lo sea químicamente puro.

    Corto, pues me llaman para salir de paseo.

    Después de unos días, siempre en la paz del pueblo, con idas y venidas del presente al pasado, vuelvo a tomar el cuaderno.

    Disfruto evocando escenas de mi familia. Al escribirlas, descubro lo maravillosa que es. Ahora voy a recordar a mis dos hermanas, empezando por la pequeña.

    Rosa siempre ha sido un encanto. Era el contrapunto de Lito. En una ocasión, en el momento de llevarla a la cama, emprendió una de esas pataletas que les entran a los niños con lloros obstinados. Tal vez, por verla siempre tranquila, la sorpresa hizo que se me grabara en la memoria. Todo, porque quería una piruleta. Papá intentaba razonarle con paciencia, diciéndole que no se podía comprar, porque ya estaban todas las tiendas cerradas. No valían razones. Ella quería una piruleta, y la exigía con llantos y pataleos. Mamá sabía que todo era sueño y que pronto se dormiría bajo sus propias lágrimas. Pero papá, complaciente, arropó a la niña sobre su pijama, la tomó en brazos y salió con ella a la calle en busca de la piruleta. Rosa se calmó recostando su cabeza sobre el hombro de papá. Mientras andaban acera adelante, papá le decía: ¿Ves? Esta tienda está cerrada, esta otra también; ya no hay ninguna abierta. Pero Rosa seguía repitiendo cada vez con menos fuerza que quería una piruleta. Papá le decía cariñosamente que irían más lejos a ver si la encontraban. Caminaron un rato más y Rosa dejó de hablar. Se había dormido. Volvieron a casa y mamá la echó en la cama.

    Rosa interrumpió, preguntando:

    - ¿Es verdad todo eso?

    - Fue la única escena de tu vida; después, la paz en persona -le contestó María.

    Lito la miró sonriendo, y siguió:

    Lo siguiente fue años después. Habían pasado las Navidades y los Reyes llegaron en su día. Lito ya había perdido la inocencia. Por esto, tanto él como María y yo los esperábamos con menos ilusión; pero todos sentíamos el cosquilleo de la sorpresa. Y llegaron para todos, como siempre. Rosa, en cambio, andaba sumida en perplejidades. Buscó un aparte para conversar con los hermanos mayores y manifestarnos sus dudas. Yo, para despejárselas, le dije:

    - Los Reyes son los Reyes y los papás son los papás.

    Pero no la convencí. Hubiera querido creérselo, pero ya antes había visto con sus propios ojos todos los regalos. Se sintió engañada y lamentó la decepción. María añadió:

    - Los Reyes dejan sus regalos a los que son verdaderamente niños. Cuando dejamos de serlo, los Reyes se retiran y dejan el puesto a los papás.

    - Quiere decir que yo ya no soy niña -dijo Rosa.

    - Tal vez; sin embargo, los papás siguen representando el papel de Reyes Magos -observó María.

    - ¿Y nosotros no podemos hacer de Reyes para los papás? -preguntó Lito.

    - Podemos y debemos -afirmó María.

    - ¡Pues al año que viene...! -exclamó Rosa.

    - ¿Y por qué no éste? -indiqué yo.

    - Porque ya han pasado -dijo Lito.

    - Los reyes pueden estar pasando todos los días. Cada día podemos prestar nuestras cosas, ayudar, alegrar, perdonar..., y hacerlo como lo hacen los papás, ocultándose ellos para que aparezcan los Magos -dije yo.

    - Si, pero yo querría dejarles algo -dijo Rosa.

    - También, pero sin descuidar lo que he dicho.

    - Casi me da más alegría que los Reyes sean como son -concluyó Rosa.

    - Y nosotros debemos empezar ya a ser tan generosos como son ellos -sentenció María como si formulara un propósito.

    Los papás no escucharon esta conversación, y fue una pena, porque se hubieran alegrado de oírla.

    En casa, todos nos confesábamos de cuando en cuando. Los papás y la abuela, en la iglesia cada poco tiempo, y nosotros en el colegio. En esto había plena libertad. Pero en algunas ocasiones como el santo de alguno de la familia o el aniversario de bodas de los papás, todos acudíamos a la iglesia para confesarnos y ofrecer la Misa y la Comunión.

    El día que ocurría esto, se notaba: la obediencia era más ágil, los encargos mejor cumplidos, la generosidad más fina, las bromas más toleradas y el estudio más intenso. Era como si todos nos contagiáramos de serenidad y alegría. Hasta Lito, antes de que empezara a confesarse, se daba cuenta de esto, y un día que estaba enrabietado por nuestra culpa, acudió a la abuela para pedirle que María y yo nos teníamos que confesar porque lo chinchábamos mucho.

    Era el día del santo de Rosa. Fuimos toda la familia a confesar a la iglesia del pueblo. Ella no había hecho aún la Primera Comunión, pero, como estaba ya preparada y con edad para confesarse, mamá le dijo el día anterior que, si quería, podía confesarse por primera vez para celebrar mejor su santo. Se puso muy contenta, pero, de pensar en lo que tenía que decir al sacerdote, empezaron a entrarle nervios y congojas. Nos preguntó a todos, yendo de uno a otro, lo que tenía que decir. Todos se lo pintábamos muy fácil, pero, ¿cómo sería aquello de arrodillarse en la rejilla y decir sus pecados?

    Primero pasó mamá y a continuación se acercó Rosa. No fue muy larga su confesión. Salió saltando de gozo y fue pasando por los bancos de la iglesia para cumplir la penitencia. El buen sacerdote le había impuesto de penitencia dar un beso a cada uno de la familia, pidiéndoles perdón. Yo y Lito nos negamos aparentando hacerle ascos, y ella nos dijo:

    - ¿Después de venir de un viaje tan largo, me negáis el beso de la penitencia?

    - ¿Qué viaje? -le pregunté.

    - ¡El de la hija pródiga! -contestó ella.

    Nos dejamos besar, y oímos que con el beso nos decía al oído:

    - ¿Me perdonas?

    Comprendí la alegría de Rosa, al sentirse perdonada por Dios.

    Aquí, Rosa no dijo nada, pero asintió, dando a entender que lo recordaba. Lito hizo una pausa, sin apartar los ojos del cuaderno; miró luego a María arqueando las cejas, y prosiguió leyendo:

    De María quiero pensar y decir que, aparte de ser una chica de buen ver, tiene un corazón maternal. Dani y ella no lo dicen, pero advierto que se gustan. Y me agrada. Lo noté desde que se vieron por primera vez en casa, después de esta insensata aventura:

    Los comentarios en el colegio, cuando los lunes llegábamos a clase, despertaron mi curiosidad. Sentí el tirón de salir a divertirme. Era a finales de cuarto curso de Bachillerato. Con largo rodeo de palabras, intenté dar a entender a los papás que me gustaría salir de casa como mis compañeros:

    - ¡A dar alguna vuelta por ahí! -dije al fin claramente.

    - ¿Dónde es por ahí? -preguntó papá.

    No me atrevía a concretar. Las palabras que me venían a la cabeza eran discoteca y bares; pero me las callé. Me temía que la negativa iba a ser rotunda, y contesté con esta vaguedad:

    - Por donde van mis amigos.

    Papá debía saber como todo el mundo que los chicos tenían conquistadas unas zonas de la ciudad con abundantes bares y alguna discoteca, donde se reunían los fines de semana. Pero no se había preocupado por conocer lo que realmente hacían los muchachos en esos lugares. Pensaba que no sería muy diferente a lo que hacían en su tiempo: tomar un gaseosa los pequeños y bailar los mayores. El peligro de la droga no iba con sus hijos ni con los chicos de su edad. Y con estos criterios en la cabeza, terminó por decirme:

    - Si vas con tus amigos... No veo inconveniente en que salgas a dar una vuelta.

    No queriendo mostrar prisa, le pregunté si el próximo fin de semana ya podía salir con mi amigo Dani. Papá me dio permiso.

    Los padres de Dani, ante la autorización de papá, no tuvieron inconveniente en dejarlo salir también. Incluso renunciaron a ir al chalé. No iban a dejar al chico solo en casa.

    Y los dos amigos hicimos nuestros planes. El viernes haríamos los deberes del colegio, y la tarde del sábado sería el día de introducirnos en la heroica zona que tanto ponderaban algunos de nuestros compañeros. Dani con quinientas pesetas y yo con doscientas, vestidos ambos con ropa adecuada a la circunstancia, salimos a explorar.

    Pasamos por la calle de una discoteca y vimos motos, muchas motos aparcadas en las puertas de los bares. Grupos de chicos y chicas de pie y sentados sobre las vespinos y en el bordillo de la acera tomaban en corros una bebida negra que parecía cocacola, chupando cada uno con una paja en un mismo vaso grande de plástico blanco. Nos enteramos de que lo llamaban cubalitro. Varias pajas y narices coincidían sobre un mismo vaso a un tiempo. Bebían de prisa. Oímos, al pasar, que uno pedía un nuevo cubalitro:

    - ¡Que esté más cargado de vodka; no para maricas! -manifestó.

    - Por lo visto, están cargando las pilas a tope antes de meterse en la discoteca -comentó Dani intentando adaptarse al lenguaje.

    - Parece que sea el alcohol y no la música el motor del baile -insinué yo.

    Observamos que casi todos, entre chupetón y chupetón, fumaban cigarrillos rubios; pero vimos que tres chicos, pálidos y demacrados, estaban manipulando un cigarro diferente.

    - Deben estar preparándose un porro -sospechó Dani.

    Buscábamos compañeros del colegio. No los encontramos por allí, y pasamos a otras calles. En las puertas de los bares las motos estaban ensartadas unas a otras con cadena y candado; la gente estaba dentro. A través de las puertas, veíamos las mesas y las barras atestadas de chicos. Quisimos entrar en alguno de ellos; pero, al asomarnos y descubrir que no había ningún compañero ni conocido, seguimos a otro. Cansados de buscar, decidimos entrar en uno, dispuestos a ser como aquellos chicos que, más o menos de nuestra edad, estaban dentro. Una vaharada de humo de tabaco y un penetrante olor a cerveza se nos vino a las narices. Nos acercamos a la barra, nos abrimos un hueco con timidez y pedimos al camarero una cocacola cada uno. Mientras nos la tomábamos de pie, observamos a los que estaban sentados en las mesas repletas de vasos y botellas de cerveza. Hablaban unos, se reían otros, pero todos tenían los ojos enrojecidos y cansados por el humo de los cigarrillos y por el alcohol.

    Nos llamó la atención el juego que se traían en una mesa. En el centro, había un vaso lleno de cerveza cubierto con una servilleta de papel y una moneda de cinco pesetas encima. Cada uno, por turno, aplicaba la punta de su cigarrillo encendido a la servilleta; al poco, la moneda ya casi no se aguantaba entre los agujeros de las quemaduras; por fin, uno consiguió que, al quemar en el punto adecuado, la moneda cayera al fondo. Había ganado, y se bebió de un tirón el vaso con las cenizas, pues así, por lo visto, lo exigían las reglas del juego.

    En otra mesa estaban también jugando. Eran cinco y habían colocado cinco vasos en torno a un sexto, todos llenos de cerveza. Desde el borde de la mesa iban lanzando por turno una moneda de cinco pesetas, impulsada con la uña del dedo pulgar; si no caía dentro de ningún vaso, tiraba otro; el que conseguía meterla dentro del suyo, se bebía su vaso y el del centro. Se volvían a llenar y seguía el juego. Si uno metía la moneda en un vaso distinto del suyo, cada cual se bebía su vaso y el primero que acababa se tomaba el sexto. Los volvían a llenar y seguían jugando.

    Dani y yo supimos aquí que éstos eran los "juegos del durito", por el "duro" que intervenía en todos ellos. Presenciamos estos dos; pero sospechamos que debía haber muchos más. Y todos para matar una tarde trasegando cerveza. Después de pagar la cocacola, salimos del bar medio aturdidos por la grosería respirada.

    - ¿Esto es lo que nos decían? -me pregunté decepcionado.

    - Me parece que no hay más -dijo Dani.

    Los dos nos pusimos a pasear en silencio y, sin darnos cuenta, caminábamos hacia nuestras casas. Miró Dani el reloj y, manifestando pena de dejarme plantado, insinuó:

    - Aún hay tiempo para que mis padres puedan ir al chalé.

    - ¿Quieres venir a ver con mi padre el partido de fútbol? -le consolé.

    Y sin más comentarios, nos fuimos a mi casa.

    Lito detuvo la lectura y preguntó a sus hermanas si recordaban esto. María le dijo que Dani se lo contó siendo novios. Rosa se encogió de hombros, y pidió a Lito que continuara.

    A papá le gustaba el fútbol y los sábados se sentaba con nosotros delante del televisor y comentaba las incidencias del juego. Nosotros éramos incondicionales de los colores del equipo de nuestra ciudad y no nos cabía en la cabeza de que papá fuera tan partidario del Real Madrid. Sólo había una explicación, y un día se la di:

    - Siendo de pueblo y con la edad que tienes, no te ha quedado más remedio que ser del Madrid.

    El fútbol era una de las pocas cosas en las que podíamos contradecir a papá, aunque se enfadara. Y era de las pocas cosas que él podía tolerar que discrepáramos de él. Pienso que lo hacía intencionadamente. Creía que si sus hijos se atrevían a llevarle abiertamente la contra en algo intranscendente, nos estaba facilitando el diálogo en cosas más importantes.

    El partido de ese día no despertó enconos, sino decepción. Jugaba la selección nacional, y todos estábamos a favor del mismo equipo. Sólo los fallos de un jugador seleccionado del Madrid produjo un comentario mío discordante:

    - ¡Es que sois unos petardos!

    Casi a continuación, ese mismo jugador metía un gol, y papá me replicó:

    - ¡Mira, mira los petardos!

    María también lo veía con nosotros, y se ponía de parte de papá cuando discutíamos y le llevábamos la contra; pero en esta ocasión, al ver entrar a Dani, se fijó en él, lo saludó nerviosa y se fue a su cuarto.

    Veíamos el partido, pero creo que papá estaba más pendiente por saber el motivo de haber regresado tan pronto a casa en nuestro primer día de libertad absoluta. No nos dijo nada. Debió pensar que ya hablaría yo, si es que tenía algo que decir. Y hablé durante el descanso del partido. Le conté todo lo que habíamos hecho y lo que habíamos visto. Y como resumen, exclamé:

    - Si eso es divertirse, ¡viva la droga y el alcohol!

    Papa ya no prestó ningún interés al fútbol; estaba asustado por lo que acaba de oír. Sintió alegría por nuestra reacción, al tiempo que temor por los riesgos que nos amenazaban sin saber cómo atajarlos. No atinó más que a decirnos esto:

    - Mirad, no os podemos prohibir que salgáis por ahí. Pero tened siempre presente que los que más y mejor os quieren somos vuestros padres, y el mejor sitio para ir a divertirse está, donde estemos la familia.

    Terminó el partido, avisé, y salió toda la familia a despedir a Dani. María se puso encarnada al darle la mano.

    Por hoy, ya he escrito bastante.

    Lito miró a María preguntando, y ésta tuvo que reconocer que fue ese día cuando se enamoró de Dani. Lito comentó que Manuel debía ser muy perspicaz en conocer las reacciones humanas, y continuó:

    Vuelvo al cuaderno; leo lo últimamente escrito, y continúo:

    María empezaba ya a ser mujer y andaba un tanto melindrosa. Usaba mucho el teléfono y buscaba salir más con las amigas. Por las noches, papá y mamá solían quedarse solos para comentar las incidencias de la jornada. Y la incidencia de uno de aquellos días fue que María había llegado a casa una hora más tarde de lo habitual.

    A la noche siguiente, le preguntó papá, y María contestó con algo que, por lo inusual en ella, parecía a una mentira:

    - Fui a casa de una amiga a que me explicara una cosa de Matemáticas -dijo.

    - ¿Es que no estuviste atendiendo en clase?

    - Bueno, más bien fue ella la que me pidió que fuera a explicarle.

    La contradicción la delataba. Papá no quiso insistir. Pero la abuela Leonor pidió a María que le ayudara a fregar, y algo le debió decir en la cocina, porque salió y, disimulando la violencia que se estaba haciendo, se dirigió a papá:

    - Perdona, papá. Llegué tarde, porque me entretuve mirando escaparates con Loli y un chico que nos vino a buscar a la salida del colegio -confesó María.

    - ¡Tienes novio!, ¡tienes novio! -empezó a repetir Lito al ritmo de palmas.

    Papá impuso silencio, y dirigiéndose a María, que se estaba encendiendo por momentos, le dijo:

    - Te felicito por la valentía de decir la verdad. ¿Te sientes mejor?

    - ¡Mucho mejor, papá!

    - Ya hablarás de esto con mamá.

    Mamá, entre otras cosas, dijo a María que hay que poner la verdad en la palma de la mano y alargar el brazo, para que, los que deben y pueden ayudarnos, nos tiendan el suyo.

    - ¡Qué mal rato pasé! -exclamó María. Lito detuvo la lectura. María, recordando aquellos años, quiso contar una cosa que sólo mamá y ella supieron:

    - Uno de aquellos días tontos, dije a mamá que una amiga me había invitado a pasar unos días del próximo verano en su casa de la playa, y le pregunté si me compraba un bikini.

    - ¿Para tomar el sol, o las miradas de los chicos?

    - ¡Mamá..!

    - Sé sincera contigo misma y no te engañes.

    - ¿Qué hay de malo en ello?

    - No se trata de que sea malo, sino de lo que es mejor.

    - ¿No es bueno hablar con chicos?

    - Sí, pero no es necesario ponerse en bikini para hablar. Es bueno hablar con ellos, si se sabe guardar el corazón para la hora de la verdad.

    - ¿Cuándo es esa hora?

    - Cuando un chico, con veinticinco años por lo menos, te mire a los ojos y, sin tocarte, te pida, casi tartamudeando, si quieres casarte con él. Ese es el momento. Antes son juegos de vanidad y de riesgos inútiles. ¿Sabes por qué te llamas María? Tu padre y yo quisimos que nuestra primera hija llevara el nombre de la mujer más maravillosa que se pueda soñar. ¿Te cambiamos el nombre?

    - No, mamá -le contesté, mientras la abrazaba.

    - De todas maneras, hablaré con papá para que te deje ir con tu amiga.

    Días después, papá me dijo que sí, pero yo ya había decidido pasar el verano próximo en la casa de la sierra con todos vosotros.

    Terminó de hablar María, y dijo a Lito que siguiera leyendo.

    Esta es mi familia de sangre. En ella he nacido, y me he criado al amparo de su cariño y de sus exigencias, que, en este momento, me parecen un reflejo de Dios. Estoy convencido de que mis padres han vivido la voluntad de Dios formando esta familia. ¿Será también mi camino? Pero ni yo soy como papá ni la posible esposa será como mamá ni les hijos que pudieran venir serán como son mis hermanos. Si busco sólo a Dios, ¿por qué asumir riesgos, cuando lo puedo encontrar con certeza en otros caminos?

    Por otra parte, mi amistad con Dani y el bien que nos hacemos al uno al otro es una nueva luz para mi camino. Lo creo así, desde que me invitó a pasar un fin de semana en su casa.

    Dani, además de amigo, es compañero de clase. El viernes por la mañana preparé mis cosas de aseo personal, la raqueta de tenis y la bolsa de los libros, para irme con él directamente desde el mismo colegio.

    Terminadas las clases, los padres y la hermanita de Dani ya nos estaban esperando con el coche cargado en la puerta del colegio. Su madre me dio la bienvenida con un beso, al mismo tiempo que me manifestaba su satisfacción de que fuera amigo de su Dani. Su padre me tendió la mano muy amable y acomodó las bolsas en el maletero. Mientras subíamos al coche, el padre, exultante por el fin de semana, manifestó eufórico:

    - Ya veréis lo bien que nos lo vamos a pasar.

    Y sin más, salimos hacia el chalé que tenían en una urbanización cercana.

    Mientras la madre preparaba la merienda-cena, Dani y yo, sin que se nos separara la hermanita, fuimos viendo las instalaciones: la pista de tenis, la piscina, el jardín, el frontenis y la sala de juegos con mesa de ping-pong. Era la primera vez que visitaba el chalé de mi amigo y, al ver todo aquello, no he podido evitar un brote de envidia, aunque la he disimulado.

    Cenamos temprano; adelantamos los deberes para estar libres el día siguiente; vimos un rato la televisión y, como la película se ponía escabrosa, pedí permiso para irme a dormir. Dani lo comprendió, se levantó también, y dijo a sus padres:

    - Esto no lo debe ver la ni niña.

    Los padres se quedaron apoltronados, y la hermanita con ellos.

    - ¿Se habrán enfadado? -pregunté luego a Dani.

    Dani, con tristeza comentó:

    - A veces pienso que están vacíos por dentro.

    - No digas eso. A mi me parecen maravillosos. Ya quisiera yo que mis padres tuvieran un chalé como éste.

    - Me duele, porque sólo piensan en tener cosas.

    - No exageres. Todos los padres tienen defectos, pero...

    - Vamos a intentar dormir -zanjó Dani.

    Dormimos hasta bien entrada la mañana. Yo me hice la cama y Dani, extrañado, me imitó.

    Desayunamos y, en chándal, nos dedicamos a jugar al frontenis. El padre, que se levantó más tarde, puso en marcha el coche y nos interrumpió el juego para invitarnos a ir al pueblo a comprar los periódicos. La madre pidió que nos lleváramos la nena, para poder ella hacer tranquila la comida. Como el padre accedía a regañadientes, me ofrecí yo para quedarme a cuidarla, con la excusa de tener más tiempo de tomar el aire del chalé. En la ausencia de Dani y su padre, saqué todos los recursos adquiridos con mis hermanos pequeños, para mantener entretenida a la niña con mis ocurrencias. No tardaron en regresar con un montón de revista y con una bolsa de chicles, pipas y caramelos para la niña, que los despreció ante los juegos que se traía conmigo.

    El padre se sentó en una butaca de mimbres de la terraza con los periódicos en las rodillas. Dani, para reanudar la partida de tenis conmigo, mandó a la niña con su madre; ésta la remitió al padre; el padre, que no podía leer con ella al lado, le riñó a gritos; la madre intervino a voces desde la cocina, y Dani contestó que estaba ocupado. La pobre niña, harta de andar de la ceca a la meca, se defendió con lloros. Me di cuenta de que, con los ojos nublados por las lágrimas, llegaba hasta el borde de la piscina. Tiré la raqueta y corrí a detenerla. Dani llamó a mamá; el padre bramó contra Dani, y la madre se puso histérica al darse cuenta del peligro que había corrido la nena.

    No dije nada, pero pensé que, tal vez, no era tan importante tener un chalé como éste, si lo que prevalecía era la comodidad. Aquellos repentinos asomos de envidia se me desvanecieron.

    Como si el enfado anterior persistiera, comimos serios. Nos sentamos luego ante el televisor y así pasamos la tarde, absortos en la película. Sólo la niña, desconectada de la televisión, se entretenía dándome y quitándome un muñeco. Dani propuso tomar un baño en la piscina, pero lo prohibió mamá, por lo de la nena. Vino la noche y cenamos. La niña se quedó dormida en la butaca, recostada en los brazos de mamá. Por fin, nos fuimos a dormir con los ojos pesados y con la cabeza aturdida por el desfile de tantas imágenes.

    Me desperté. Era domingo y pensé en la Misa. Tenía que ir; pero, ¿irían los padres de Dani? Seguro que irían; con el coche era un momento. De todas maneras, a pie, no debería estar muy lejos el pueblo. Ya lo preguntaría. Mientras el desayuno con Dani y su madre, les dije que era domingo y yo tenía que ir a Misa. La madre se excusó:

    - Yo os podría acercar con el coche al pueblo; pero ya ves lo ocupada que estoy siempre; que os lleve papá.

    - Sabes que papá no lo hará; su misa, dice, es segar el césped; como si no pudiera hacerlo después o antes.

    - ¿Cuánto hay a pie? -pregunté.

    - Una hora más o menos; pero, ¿vas a ir andando?.

    - Vamos a ponernos las zapatillas y salimos; ¿no hay muchos que andan por andar?

    Cuando salíamos por la verja del jardín, el padre de Dani, todavía en pijama, nos gritó desde la ventana de su dormitorio para preguntarnos adónde íbamos.

    - ¡A Misa! -le contestó su hijo.

    - Que os lleve mamá con el coche; yo tengo que cortar el césped, y además ya fui mucho de niño -dijo el padre.

    - ¿Quiere que le traigamos el periódico? -le pregunté yo.

    Dijo que no con la mano y se retiró de la ventana. Dani, con ironía y con dolor, comentó, mientras andábamos a paso ligero:

    - ¿No te dije que tendría que cortar el césped? Lo de que fue mucho a Misa cuando era niño, es un argumento nuevo.

    - Tus padres son encantadores; tal vez no han recibido la formación que estamos recibiendo nosotros. Esto, unido a la pereza... Yo pienso que los hijos tenemos mucha culpa. Estoy seguro de que esto de irnos a pie les hará pensar.

    Me costaba, pero, defendiéndome de la timidez, le pregunté:

    - De amigo a amigo, ¿vas tú cada domingo que vienes al chalé?

    - Es que no me dejarían ir solo.

    - ¿Lo has intentado en serio? Ellos no irán, pero saben que es bueno y acabarán cediendo. Es más cómodo quedarse en casa, y nos justificamos con facilidad. Podemos llegar al argumento absurdo de que ya fuimos mucho en el colegio.

    Andando y hablando, nos alcanzó un coche, le pedimos autoestop, y nos llevó hasta la puerta de la Iglesia. Durante la Misa pensé en lo fácil que me era hacer apostolado; y fue allí donde me planteé por primera vez el posible camino cuyas dudas estoy desbrozando.

    Dejamos el chalé en orden y, a media tarde, volvimos a la ciudad. Me acercaron hasta la puerta de mi casa. Conté a los papás mi fin de semana; les di recuerdos de parte de los padres de Dani, y le comuniqué que querían invitarnos a pasar un día con ellos.

    El curso estaba ya terminando. Las vacaciones estaban en ese punto crucial de proximidad que parece alejarlas, como si no corrieran los días; pero ya se hablaba en casa del verano que se acercaba.

    Pero, días antes de irnos a la sierra, sonó el teléfono. Lo cogió María:

    - ¡Mamá, es para ti!

    Mamá se aplicó el auricular, y empezó el diálogo:

    - Me alegra mucho saludarte;... ya te conocía de oídas;... sí, por mi Manuel... ¡Cuánto te lo agradezco!;... me hace mucha ilusión, pero piensa en que somos muchos; ... bien... de acuerdo... de acuerdo... se lo diré a Carlos... sí, mi marido.

    Mamá, pegada al teléfono, escuchaba o hablaba:

    - No sabes en qué lío te metes;...bien;... bien;... ya te llamaré con lo que decidamos;... no hace falta, Manuel lo tiene... gracias. ¿Cómo te llamas?;... muy bonito;... ¡ah!, como el hijo... Te llamaré... adiós... no faltaba más; adiós, Luz.

    Y colgó. María, que había oído sin entender, le preguntó y mamá le aclaró:

    - La madre de Dani nos invita a pasar un domingo en su chalé.

    - ¿Qué Dani?

    - El amigo de Manuel.

    - ¿Iremos?

    - Lo que diga papá.

    Creo que María tenía ganas de volver a ver a Dani. Tratar a un chico de un año más que ella y, además, compañero mío de colegio, podría ser interesante. Tal vez le caería bien y llegarían a ser amigos. Si se había ganado mi amistad, seguro que era un buen chico. ¡Buena pinta sí que tenía!

    Papá dijo que bien. Se cruzaron nuevas llamadas telefónicas. Y, el domingo acordado, Daniel y Luz, los padres de Dani, pasaron con el coche por la puerta de nuestra casa con el fin de guiarnos hasta el chalé, y para aliviar en algo el coche de papá. Ambas familias se estrecharon las manos por primera vez, presentándose y saludándose mutuamente. María, al salir del portal, miró con disimulo y pudo ver que Dani, sentado en los asientos traseros, abría la puerta para que subiéramos Lito y yo. Nos acomodamos las dos familias en sendos coches y salimos, primero Daniel, para que le siguiera papá.

    Seguro que María, desde el coche de detrás, cuando se acortaban las distancias, miraba la nuca de Dani y se fijaba en su perfil cuando se giraba para hablar con los que íbamos a su lado, sin perderse ninguno de detalle. Dani, de cuando en cuando, volvía la cabeza para ver si seguía el otro coche, y sonreía a sus ocupantes.

    A María le corrían lágrimas de alegría y pena al mismo tiempo. No pudo más y dijo:

    - ¿Cómo podía Manuel adivinar mis sentimientos?

    - Porque nos quería mucho -le contestó Lito, que siguió la lectura:

    Pasamos la verja del chalé, aparcamos y nos apeamos las dos familias. Lito y María, sin moverse, miraban asombrados la piscina y las demás instalaciones de recreo. Mamá, papá y la abuela se deshacían en elogios sobre el lugar.

    Daniel y Luz cumplieron con la obligada educación de enseñar la casa y lo hicieron sin comentar detalles ni darse importancia. Al terminar, la pusieron a disposición de la familia invitada.

    Luego, los dos hombres sacaron de los maleteros todo lo que habían metido sus mujeres, y se sentaron a charlar en la terraza, mientras las tres mujeres tomaban posesión de la cocina.

    Nosotros pedimos permiso para usar la piscina. El día se prestaba a ello. Todos nos pusimos en traje de baño, menos María que vagaba tímida vigilando a las pequeñas y mirando de reojo las piernas y los brazos de Dani, flacos y largos, propios de un adolescente; pero le atraía su rostro, iluminado por unos ojos negros, a punto siempre de sonreír. De buena gana se hubiera cambiado de ropa y nadado en la piscina para poder trabar amistad con él; pero se sentía turbaba. Hasta que yo, agarrándome al borde de la piscina cerca de donde estaba ella, le lancé con una mano agua a la cara. María me dijo que era un tonto, pero rió la broma y, acercándose ella a la orilla, continuó el juego de tirar agua. Acudió también Dani, que hasta entonces no se había fijado en ella, y María acabó empapada. Había roto la timidez. Fue al cuarto de las niñas y se puso también en traje de baño. Salió cubriéndose con una toalla, la dejó en una silla metálica, se puso bajo la ducha que estaba al aire libre, subió al trampolín y se lanzó con su ágil cuerpo juvenil. Por primera vez me di cuanta de que María era ya toda una mujer. Casi me dio vergüenza de verla así y sentí como celos de que me la pudieran quitar. Cuando María demostró que sabía deslizarse en el agua mejor que ninguno, llamó a la hermanita de Dani y a Rosa que correteaban fuera del agua. Las tomó en brazos, las bajó a la piscina donde había menos profundidad y empezó a enseñarlas a nadar.

    Ahora era Dani el que miraba de reojo a María, procurando evitar que se cruzaran sus miradas. Realmente, María, empezaba a ser para Dani un chica encantadora.

    - Nadas muy bien -se atrevió a decirle el chico.

    - Fui de pequeña a la piscina por cosas de la columna, y con el método que me enseñaron a mí, quiero enseñar a las pequeñas.

    Dani se salió del agua, se duchó, se secó y se sentó al sol, sin dejar de mirar las maneras delicadas que mostraba María al enseñar a su hermana y a Rosa. Yo di también por terminado el baño y me fui con Dani. Nos vestimos y nos sentamos junto a nuestros padres, escuchando, sin intervenir, la conversación que se traían. María terminó sus clases de natación y, después de cambiarse de ropa, se fue con las dos pequeñas a donde estaban la mujeres.

    Los dos papás, sentados en la terraza con sendos vasos de güisqui, hablaban de sus cosas. Empleado de banca uno y constructor el otro, sus cosas eran los negocios. Comentaron vagamente sus puntos de vista y sus inquietudes.

    Para Daniel, su bastante dinero, invertido necesariamente en material, era capital en alto riesgo, debido a las crisis de los muchos engranajes que intervenían en el sector de la construcción. Las fluctuaciones del negocio lo tenían sometido a una tensión constante, aunque intentaba disimularla.

    Para papá, el negocio eran los hijos: hacer de ellos personas cabales. También tenía quebraderos de cabeza, pero no era por ladrillos o cemento, sino por seres vivos e inquietos. Y para ello, no disponía más que de su esposa y del puesto de trabajo. Los hijos eran su principal tarea. Al fin, también como Daniel, un pequeño constructor con piedras vivas para esta sociedad.

    - ¡Tampoco es fácil! -concluyó.

    Daniel debió adivinar en papá valores superiores, y pensó en voz alta:

    - A propósito, vosotros tendréis que ir a Misa; habrá que ir movilizando a los chicos -dijo el padre de Dani.

    María pidió una pausa a Lito, para poder contar los manejos de la abuela Leonor y de mamá con Luz. Cuando, después del baño, llegué a la cocina con Rosa y la otra pequeña, las tres mujeres andaban con los preparativos de la comida. La abuela Leonor se había comprometido a preparar una abundante parrillada de chuletas a la brasa en la barbacoa que había en un rincón de la cocina; mamá se dedicaba a los postres; Luz preparaba un consomé y una ensalada con variedad de ingredientes, al tiempo que, como ama de la casa, indicaba el lugar donde estaban las cosas que la abuela y mamá necesitaban para su tarea. Y las tres, sin dejar de hacer lo que tenían que hacer, no cesaban de hablar.

    Su tema de conversación eran los maridos, los hijos y la casa.

    - La verdad, Luz, es que tienes un chalé precioso -decía mamá.

    - No está mal; nos lo podemos permitir teniendo sólo dos hijos; con cuatro sería imposible tenerlo -comentaba Luz.

    - Nosotros, gracias a la abuela Leonor, tenemos una casa en el pueblo de Carlos, sin tantos lujos; pero cabemos todos. No tenemos problemas ni por cuatro ni por veinte.

    La abuela oía, pelaba ajos, los cortaba a cuadros menudos que dejaba caer sobre un plato grande con aceite, y callaba.

    - No entiendo cómo te las puedes arreglar con cuatro hijos, si yo con dos me vuelvo loca -decía Luz.

    - Me dieron faena los dos primeros. Los que vinieron después me curaron los quebraderos de cabeza -aclaraba mamá.

    La abuela no pudo aguantar más y habló por fin:

    - Si no estuviéramos nosotros, ¿dejarías que tus dos hijos estuvieran solos en la piscina?

    - No me la nombre. Es una pesadilla venir aquí con la pequeña.

    - ¡Pues ahora están solos! Y es que, siendo muchos, los padres no tenemos miedo de que los pequeños se queden solos; los mayores cuidan de ellos. Las madres de ahora tenéis miedo a romper la barrera de la parejita.

    La abuela, mientras se limpiaba las manos con un paño, añadió:

    - Todos dicen que sus hijos son su mejor tesoro. Dudo que lo digan de verdad. Si nadie renuncia a tener muchos tesoros, ¿cómo es que cuando se trata del tesoro de los hijos...?

    Se puso a desenvolver el paquete que le habían preparado en la carnicería, y, mientras pasaba chuleta a chuleta por la mezcla de aceite y ajos, continuó diciendo:

    - Perdóname, Luz; en mi tiempo teníamos menos medios, trabajábamos más, pero no nos daban miedo los hijos. Querer a los hijos que ya han nacido es fácil; la gracia está en querer a los que puedan venir.

    - Madre, no seas tan dura -terció mamá, mientras batía la crema para un pastel, ante la rotunda verdad de la abuela

    - Tiene toda la razón: buscamos las caricias, pero no soportamos los lloros, los gritos y los biberones; nos gana la comodidad -reconoció Luz, pelando un huevo duro.

    - Perdona, hija; no he querido ofenderte; cada cual tiene su propia conciencia; mi creencia es que molestan los hijos, cuando también Dios molesta. Y esto sí que es una desgracia.

    En esto, llegó Dani a la cocina diciendo feliz que se prepararan para ir todos a Misa.

    - ¿Papá a Misa? -se sorprendió Luz

    - ¡Eso me ha dicho!

    - ¿No acostumbráis a ir? -preguntó mamá.

    - Lo que acaba de decir la abuela: Dios es molesto.

    - Nosotros ya hemos ido todos, pero os acompañaremos -dijo mamá.

    Dejaron la faena, que ya estaba casi concluida, y se dispusieron a salir.

    María dio por terminado su recuerdo, e indicó a Lito que siguiera leyendo el cuaderno de Manuel:

    Dani, después de mirarme con un gesto de sorpresa grata, fue a comunicar a la cocina la orden de su padre.

    En Misa, los dos matrimonios con los más pequeños ocuparon todo un banco; María, Dani y yo nos pusimos en el de delante, y los tres aprovechamos la ocasión para confesarnos. Luego pasamos a comulgar, junto con papá, mamá y la abuela Leonor.

    De vuelta al chalé, todos los chicos colaboramos en preparar la mesa, bajo las órdenes del ama de la casa.

    El fuego de leña enrojecía la barbacoa. Las chuletas ya estaban acomodadas en dos parrillas. Se sirvió el consomé y se tomó; se retiraron las tazas. La abuela miró a la mesa y, cuando vio que los platos estaban esperando, puso las parrillas sobre las brasas. El agradable tufo de la carne asándose inundó la cocina. El calor que salía del fogón tenía encendido el rostro de la abuela Leonor. Dio la vuelta a las parrillas, que rezumaban jugo sobre las brasas humeantes. Experta en asar a la brasa, dio las órdenes:

    - Hay que comerlas quemándose los dedos.

    - ¡Platos para los que las quieran poco hechas!

    María se puso junto a mí y a Dani. Se le notaba que buscaba algo de que hablar, pero no le salía nada. Se conformó con preferir las chuletas algo más asadas, como las pidió Dani. Mientras las comían, Dani le dijo que aprendiera bien la receta de la abuela. A María le acudieron los colores a la cara.

    Mientras las mujeres limpiaban y dejaban en orden la cocina, los pequeños siguieron con sus juegos. Dani y yo nos sentamos a reposar la comida en la terraza, no lejos de los papás. Pude observar que Papá, sin dejar de mirar cómo las dos pequeñas se entretenían juntas, se atrevió a abordar con el padre de Dani temas que suponían confianza. La amistad había prendido entre ambos.

    - ¿Cuándo eres más feliz: al terminar un edificio y vender unos pisos o al recibir un beso de tu hija colgada del cuello?

    - Son cosas distintas.

    - No puede haber grietas entre ser padre y constructor.

    - La verdad es que casi no doy a mis hijos tiempo de besarme.

    - ¿Sólo para concebirlos, sin la plenitud de la paternidad? Te quedas pues en mero constructor de fincas, con riesgo además de úlcera.

    - Tienes razón, pero es lo único que sé hacer.

    - Si eres capaz de llevar ese negocio, es porque tienes cualidades sobradas para otras muchas cosas; no te cierres a la rutina del dinero; piensa en otros valores que tienes ocultos.

    - Ocultos, porque no los tengo.

    - ¿Te descubro uno? Si te exigieran este chalé como rescate de uno de tus dos hijos...

    - No seas trágico; ni mil chalés valen más que un hijo; pero esa es una situación increíble.

    - Pues con situaciones increíbles es como puede uno descubrir lo que se tiene oculto.

    Carlos hizo una pausa, dudó, pero se lanzó a ámbitos de mayor intimidad:

    - ¿Qué importancia tiene Dios en tu vida?

    El padre de Dani, resopló, abrió los brazos y comentó:

    - Me lo esperaba. Cada hijo tiene el padre que se merece. Tu Manuel nos hizo pensar a mi mujer y a mí, cuando estuvo aquí, invitado por mi Dani, aquel fin de semana. En el fondo, la razón de invitar a toda tu familia ha sido ésta; podía ser beneficioso para nosotros y para nuestros hijos el trabar amistad con vosotros. ¡Dios! ¿Qué quieres que te diga? Creo en El, pero es más cómodo hacerse el incrédulo.

    - ¿Quieres eso para tu Dani? Es un magnífico muchacho, según mi Manuel; hazte digno de él. Y sobre Dios, piensa que todos somos parejamente unos pardillos ante El ; pero que es la fuente de la dignidad del hombre.

    En la despedida hubo propósitos de repetir otro día, de visitarse más a menudo y de pasar unos días del verano en la casa de la abuela.

    De regreso a casa, los que íbamos en el asiento trasero del coche de Daniel pudimos oír que éste decía a Luz, su mujer, que debían mejorar algunas cosas de su vida. Miré de reojo a Dani y vi que estaba radiante de emoción.

    En el coche de papá, todos volvían felices, menos María. Nadie lo notó, pero la melancolía que estaba sintiendo no le permitía hablar; de haber estado sola, hubiera roto a llorar sin saber por qué.

    He disfrutado evocando estas últimas escenas. Antes sólo sospechaba que el camino de María estaba junto al de mi amigo Dani. Ahora lo puedo asegurar, aunque les quedan algunos años para madurar. Para mí, han sido también la luz definitiva. Las inquietudes de papá y mamá en

    Lito no pudo leer más. Así concluía la última página de este cuaderno. El escrito debía continuar en otro que, tal vez, el propio Manuel hizo desaparecer.

    Se hizo un largo silencio. María, emocionada, pidió a Lito que buscara la manera de que sus hijos leyeran todo esto.

    - ¿No crees que les puede hacer bien? -añadió.

    - Por lo menos, se enterarán de qué raíces vienen. Lo intentaré -le prometió Lito.

    Rosa sirvió callada la merienda y, mientras los tres hermanos tomaban una taza de manzanilla con pastas, fueron recuperando la realidad, y empezaron a hacer planes para pasar el próximo verano en la casa del pueblo. El cuaderno de Manuel les había despertado la nostalgia. Se hacía tarde, y María se despidió hasta pronto si el cuidado de los nietos se lo permitía.

    Reflexionando a solas, Lito sacó la conclusión de que la suya había sido una familia chapada a la antigua. La comparó con las familias actuales, tan progresistas en liberaciones y libertades, y le salió un balance negativo. "Esta sociedad del postmodernismo, sin más valores y normas que el instinto inteligente, ha regresado a la selva, una selva de asfalto y de velocidad sin dirección, pero selva, con una juventud residual de fango y libertinaje, de alas quemadas y con la droga como máximo aliciente". Y Lito, al pensar así, se sintió fracasado y triste, porque algo había contribuido él desde su cátedra de la Universidad.

    Al otro día, acudió al cementerio y, de rodillas ante la tumba de sus padres, les dio las gracias y les pidió perdón. Luego se acercó a la Universidad para incorporarse a su Cátedra. La miró con ojos nuevos, y la encontró distinta y decepcionante. El muro que se levantaba entre él y los colegas de Departamento le pareció infranqueable.

    No muchos días después, de regreso de la Facultad, preguntó a la hermana:

    - ¿Tú crees que me admitirán en la cartuja?

    - Pregunta y lo sabrás.

    - ¿No será una huida más de mi vida?

    En la cartuja le aconsejaron que siguiera en el mundo. Debía contrarrestar, con su testimonio de ahora, el mal que pudo haber hecho con su conducta de antes. Le pareció sensato el consejo, y siguió yendo a la Cátedra.

    Continuó, al mismo tiempo, leyendo con detenimiento aquel libro tan usado por su hermano. Se convenció de que, lo que en él se decía, tenía que haber sido la norma de toda su vida. Era el camino que se negó a seguir: la santidad de un hombre corriente en su trabajo.

    También fue estudiando, asombrándose a cada paso, las encíclicas sociales que tenía al alcance. Su mente, en blanco por el derrumbe de la ideología anterior, se abrió a criterios nuevos, y le revivió su inquietud luchadora. ¿Cómo es posible, se decía, que toda esta doctrina esté enterrada en el olvido?

    Sabía que un colega de la Facultad era católico. Lo buscó y, de pie en un pasillo, lo abordó:

    - ¡No tenéis derecho a mantener oculto todo esto! -lo increpaba agitando una encíclica ante los ojos.

    - No lo ocultamos, Miguel; nos lo ocultan. Los medios de comunicación lo silencian o lo tergiversan.

    - ¡Hay que desmontar prejuicios!

    - Son tus ímpetus de converso -le dijo su colega con una sonrisa insinuante.

    - ¿Cómo sabes...?

    - Es el comentario asombrado de tus alumnos.

    - Pues prefiero mis entusiasmos de converso a la apatía o al miedo de los que sestean en    la verdad.

    - Puedes contar conmigo -se ofreció el colega, tendiéndole la mano con franqueza.

    Movido por su inquietud, y por buscar el modo de interesar a los sobrinos en la lectura del cuaderno de Manuel, los empezó a visitar con frecuencia. Intentaba hablar con ellos, afrontando temas de fondo, pero se encontró con que allí no había fondo. En sus mujeres intuyó alguna sensatez. Ellos estaban encerrados en sí mismos y como agotados ante su excluyente parejita de hijos, a quienes, por otra parte, les criaba la abuela María. Uno de esos días, Lito regresó descorazonado de casa de uno de ellos. Sentado junto a Rosa en una butaca de la sala de estar, necesitó desahogarse con ella:

    - Como María dijo que estaban siguiendo mis pasos...

    - No te sientas responsable. No ha sido tu ejemplo el que los ha influenciado. Tampoco María tiene la culpa.

    - Yo por lo menos tuve coraje para abrazarme a otros ideales. Pero estos sobrinos, ni saben si tienen o no tienen fe. Viven instalados en su egoísmo. No tienen otro ideal que su propio bienestar. Ellos son su propio dios, su principio y su fin último. Mi ateísmo era, por lo menos, luchador; el de éstos es anestesia pura. Están como con "sida" en el alma; sin defensas ante esta sociedad capitalista que no ofrece más que consumo para la comodidad. Y más triste es que lo de nuestros sobrinos sea un caso repetido a miles.

    - Es verdad que lo tienen mal; pero no seas impaciente, Lito.

    - Tal vez, mi derrumbado comunismo, que no ha logrado más cosa positiva que hacer tabla rasa de propiedades y privilegios injustos, pueda desencadenar una sociedad nueva, que arrumbe al capitalismo.

    - No es peor lo uno que lo otro. ¡Ahora piensa que eres uno más a rezar!

    - ¿Tú crees?

    - Dime si hay otra arma. Es la que hemos usado contigo.

    - Gracias -le dijo Lito, mirándola detenidamente a los ojos.

    Se retiró a su cuarto con la intención de trabajar en el libro que estaba proyectando, pero no pudo; estaba preocupado por los hijos de María, que le parecieron en exceso alejados:

    - ¡Acércalos, Señor, en atención a Manuel!


    Los tres hermanos, con la muerte de Manuel aún reciente, decidieron reanudar la tradición familiar de pasar el verano en la casa de la abuela Leonor en la sierra. Antes había que desocupar a María de la carga de los nietos; no iba a ser fácil. Y sin ella saberlo, Lito habló a Carlos y Daniel con claridad. Les dijo que no tenían derecho a tener esclavizada a su madre, para ellos poder ingresar doble sueldo y asistir libremente a todas sus juergas, creyendo, además, que le hacían un favor; les rogó que no llevaran sus hijos a la abuela más que en casos precisos, y que le permitieran algún descanso. Aprovechó para recordarles que la casa del pueblo era también de ellos, y que sería muy bueno para sus niños que subieran a pasearlos en la libertad de sus calles y del campo. No les costó comprenderlo, y ellos mismos animaron a su madre, para que acompañara a los tíos.

    Desde que faltaron los papás, la casa del pueblo había estado cerrada. Sólo Manuel había dado, de cuando en cuando, alguna vuelta con Rosa para preocuparse de mantenerla sin goteras. También María pasó en ella varios días de algunos veranos con sus hijos aún pequeños, antes de la muerte de Dani. Lito, en cambio, ya casi se había olvidado hasta de la familia que le quedaba en el pueblo.

    Y un día de verano, Lito y Rosa recogieron con el coche a María y se fueron a la sierra. Hallaron la casa en buen estado, aunque con los desperfectos propios de haber estado deshabitada por mucho tiempo. Las dos hermanas lo suponían y acudieron preparadas para ponerla en son. Nada más llegar, abrieron las ventanas y la puerta del corral, para que se ventilara. La primera sorpresa que se llevaron fue que el olmo se había secado. Lito lo miró y pensó si no habría muerto de tristeza. Ya habían observado y comentado, mientras venían, que los olmos se estaban muriendo por los caminos y por las márgenes de los ríos.

    Apenas la prima Antonia se enteró por su hijo mayor de que habían llegado los parientes, bajó de la masía del Cerrito a darles la bienvenida y a ofrecerse para lo que necesitaran. Verla también con canas en su abundante pelo, ondulado sin necesidad de arreglos artificiales, fue otra sorpresa. De mediana estatura, tirando a llena de carnes, mantenía el rostro bien parecido, aunque curtido por los aires y soles del campo. Lito la recordaba, niña ella y niño él, con trenza negras.

    Se sentaron con la prima Antonia y, por responder y aclarar los confusos recuerdos de Lito, se entretuvieron en desenredar la madeja de la parentela.

    El tío Pascual, el hijo menor de la abuela Leonor y hermano de papá, no se acomodaba a la vida de la ciudad, y añoraba el pueblo. El decía que era porque los estudios no le iban. Entre idas y venidas cada vez más frecuentes, acabó por hacerse novio de la tía Luisa. Desde muy niña, Luisa se había quedado sin padre y sin madre. Una tía abuela suya, viuda y sin hijos, la recogió; pero a los pocos años fue Luisa la que tuvo que cuidar no sólo de su tía, sino también de las hermanas de su tía. Y todo, sin quejas, con la naturalidad del que cumple un deber sin derechos. La vida le enseñó a ser paciente, dispuesta, piadosa y alegre. Desde muy joven tuvo que ser generosa y, además, quiso serlo. El tío Pascual, por otra parte, gozaba viéndola así, y no lo dudó.

    Nada más casarse, empezaron su nueva vida como arrendatarios de la masada del Cerrito. En ella quisieron tener su hogar y el pan de la familia. Aquí les nació su única hija, la prima Antonia, de la edad de Lito y cuatro años menor que María. Tuvieron que trabajar mucho en la tierra y en cuidar el ganado para salir adelante. No obstante, la masía era siempre un lugar abierto a todos.

    Lito recordaba el paraje, a pesar de que no había estado allí desde que María y Dani, recién casados, lo invitaron a pasar unas días en el pueblo y se acercaron a la masía para que los tíos Pascual y Luisa conocieran a Dani. Y aún recuerda que, al aproximarse a la casa, se dio cuenta de que el invierno había desnudado a los olmos, y en su ramaje escueto destacaban dos nidos de picaraza, tejidos con palos secos. Ya entonces pensó que debían ser los mismos nidos que cada primavera remozaban las urracas, y a los que todos los niños nacidos en la masada a lo largo de su historia habían trepado a ver y seguir el proceso de crianza: si ya tenían huevos, si los estaban engorando, si ya habían nacido los picarazos, o estaban a medio vestir. Seguro que estos nidos fueron ocasión de aventuras infantiles durante siglos.

    Fue ésta la última vez que Lito vio a los tíos y a Antonia. Habían pasado más de cuarenta años, y lamentaba haber perdido el contacto con la familia del pueblo. Ahora estaba atento a cualquier información sobre ella. No lo hizo, pero pensó en anotar la genealogía, mientras Antonia hablaba.

    La prima Antonia se casó con Ramón, que sumó brazos jóvenes en la explotación de la masía. Han tenido tres hijos y una moza, la menor.

    Cuando el mayor de los hijos empezó a mocear, Ramón y Antonia no se opusieron a que se comprara una moto. El corazón de un joven no puede quedar arrinconado en la soledad de la masada, se dijeron los padres para atender el gusto del primogénito. Detrás de la moto vino la novia, y con la novia el matrimonio. Y como el casado casa quiere, se bajó a vivir al pueblo con su mujer. Por las fechas de la boda, murió el abuelo Pascual y poco después, la abuela Luisa. Los únicos sobrinos que acudieron a ambos entierros fueron Manuel y Rosa.

    A la boda y al contratiempo de los entierros se juntó que el dueño de la masía quería venderla. Para vivir Antonia y Ramón no precisaban la propiedad de ella; pero como en estas cosas de la tierra cuenta más el apego que se le tiene que el interés, la compraron no sin sacrificio.

    El progreso exigía un tractor. Detrás del tractor vino el coche de segunda mano, para que el hijo casado pudiera subir cada día y bajar. La moto fue pasando de hijo en hijo. A medida que se casaban, todos buscaban casa en el pueblo, y necesitaban coche para acudir a la masía. Ahora, a sus años, también Ramón se ha atrevido a usar la vieja moto arrumbada, para bajar al pueblo a diario. Se sabe que es moto porque tiene dos ruedas y hace ruido, pero se ignara de qué marca y de qué color fue.

    Las jornadas de María, Lito y Rosa en el pueblo se sucedían serenas. Se entretenían en repasar la casa, en pasear, en leer, en compartir recuerdos, en hacer y atender visitas...

    La prima Antonia aprovechaba las idas y venidas de los hijos, para pasar algún rato con los primos de la ciudad. Lito fue encariñándose con aquella rama de su familia, que mantenía las raíces incontaminadas. Uno de los días, quiso pasar a casa del hijo mayor, cuya puerta, calle por medio, quedaba enfrente. Tapando la entrada, un imponente perro mastín dormitaba enroscado, con su enorme cabeza echada sobre las patas traseras. Lito lo miró a distancia y se detuvo precavido. El perro era de pelo fino color canela, manchado de blanco en las manos y en el pecho. La cola y las orejas cortadas le daban un aspecto fiero. Si no se retiraba, Lito tenía que pasar por encima de aquel serio animal. Nunca lo había visto ni sabía de quien era. Cuando estaba tomando la decisión de darse la vuelta, el perro, sin dejar de estar echado, empezó a mover su cola rabota. "Me conoce", pensó. Se fue acercando despacio, poniendo cariño al tono de su voz: "¡Hola, perrillo"! Cuanto más se acercaba, más le sonreía con su cola. El mastín abrió un ojo para mirarle, pero no cambió de postura. Lito se mantuvo un momento junto al mastín, y de una zancada se atrevió a saltar por encima. No se inmutó, y siguió agitando su rabo corto hasta que Lito, empujando la puerta, se metió en la casa del sobrino.

    Estuvieron hablando de lo que entonces era el problema de la masía: la sequía que se venía arrastrando desde varios años atrás. El arroyo que recorre el valle ha dejado de traer agua, y las tierras de regadío se han quedado de secano. A la merma de ganancias por la sequía, han tenido que sumar los miles de duros gastados inútilmente en el intento de aflorar agua subterránea. Trajeron zahorís y un geólogo que hizo un estudio técnico. Perforaron en dos sitios, hurgando las tripas de la masada, y nada. Agua, la poca del cielo. Para beber las personas y guisar, tienen un pozo de los de sacar con soga y cubo, a quinientos metros, por el Carrascal. La acarreaban con cántaros en aguaderas sobre la mula. Para el ganado, tienen que subir el agua desde el pueblo, con bidones sobre el tractor.

    Hablaron de estas cosas, y Lito, al despedirse, mencionó el perro que estaba arriba echado en la puerta. "Es Trueno, uno de los perros que tenemos en la masada; cuando le parece, se baja al pueblo, y cuando cambia de opinión se sube", le aclaró. Cuando Lito salió, aún seguía el perro en el mismo sitio y en idéntica postura. Lo llamó por su nombre, le rascó la nuca y le dio una palmada en los lomos. Se levantó y se fue detrás a echarse en su puerta; le sacó un trozo de pan que cogió al aire, y allí se quedó tumbado. Las visitas que la prima Antonia había hecho a la casa cuando bajaba de la masía, había sido suficiente para que Trueno supiera que Lito era de la familia, aunque nunca se hubieran visto.

    La masía del Cerrito está a algo más de media hora por el camino de a pie; con el coche es sólo un momento, rodando por carretera buena al principio y por camino de tractor después. Coronada una loma, se ve enfrente otra más alta que, por estar poblada de encinas, se llama el Carrascal. Entre ambas lomas, se abre un valle alargado, con tierras de labranza a uno y otro lado de un arroyo que corre por el centro; algunos chopos sueltos marcan su cauce; hileras de espinos cercan un huerto. Sobre un otero redondo cubierto de césped, que se sale del Carrascal, se ve blanquear la casa recostada casi en la cumbre. Las faldas de este puntal se tienden sobre campos escalonados. En la puerta de la casa, unos viejos olmos, plantados por no se sabe quien, son una inevitable compañía grata.

    Estos añosos olmos, durante siglos, han venido observando la vida de la masada: al ama en sus trajines por el corral entre gallinas y conejos; y, asomadas sus ramas a los ventanucos de la casa, cuando se daba una vuelta por la cambra para controlar el secado de los jamones; cuando cernía la harina y amasaba el pan que ella misma cocía en el horno que, con su ábside, ponía un toque de bella arquitectura en las paredes lisas del caserón. Bajo los olmos, en verano, se secaba el sudor el amo mientras desuncía las mulas que venían de tirar del arado; a su sombra se tumbaban los perros, cuando volvían con el pastor de cuidar el ganado, y bajo su sombra de cuidado césped se ponía la mesa para comer la familia, mientras las cardelinas cantaban en las ramas o mientras se oían los mugidos que venían de la dehesa o los tiernos balidos de los corderos en los corrales. ¡Ah!, y si llegaban tormentas, los viejos olmos se encargaban de parar los rayos: en su tronco y por alguna de sus ramas se les ven las cicatrices. Eran uno más a sufrir y a gozar en la casa de campo. Pero los rayos no han podido con ellos.

    Como los olmos en verano, el centro de la casa, en todo el año, era la cocina. Amplia y enlosada, con su acampanada rialda en el centro y los toscos bancos de madera a su entorno, el ama preparaba la comida en ollas que hervían junto al fuego, mientras de las llares colgaba el caldero en que se cocían las patatas para los cerdos.

    Uno de los días, Lito, Rosa y María, para corresponder a las insistentes invitaciones de Antonia, decidieron visitarla en la masada. Tomaron el coche y, nada más bajar de la loma al valle, encontraron a su hija que estaba lavando en el arroyo, junto al puente, tomando el agua de un bidón que le habían dejado allí sus hermanos. La ropa lavada blanqueaba tendida sobre los espinos de la cerca del huerto. La invitaron a subir con ellos. Les dijo que sus padres estaban en casa y que luego acudiría ella. Subieron unas curvas muy pendientes, como por un tobogán incrustado a el barranco, y salieron detrás del otero a un collado en forma de pequeña explanada, en la que se veían montones de leña, aperos de tractor, remolques... Aquí se apearon del coche, queriendo ahorrarle los cincuenta metros de rampa muy dura que quedaban hasta llegar a los olmos de la puerta de la casa.

    Todos los perros se asomaron ladrando desde los olmos. En la masía siempre tenían cinco o seis, para el ganado y la caza. Daba miedo emprender la corta subida hasta la casa con todos los perros amenazantes con las crines erizadas. Lamentaron que la hija de Antonia se hubiera quedado en el arroyo. Fueron subiendo con cautela y, de pronto, se destacó Trueno moviendo, carantoñero, los cuartos traseros. Ante la actitud del mastín, se apaciguaron los otros perros y se pusieron también zalameros.

    Desde esta ocasión, siempre que llegaban a la masada y salían los perros, llamaban a Trueno y, aunque él no estuviera, era suficiente para que, sólo a su nombre, se calmaran los otros. Y, según les comentó luego Ramón, no es que Trueno abusara de ellos con su poderío. Al contrario. En sus escapadas al pueblo, se llenaba el estómago, y, cuando regresaba, regurgitaba lo que llevaba dentro, para que los otros comieran también.

    Estaban solos Antonia y Ramón. La noticia reciente y grata de la masada era que el menor de los hijos acababa de descubrir una cueva con agua dentro. Más tarde llegó la moza y dos de los hijos. Lito preguntó detalles sobre la cueva, y el descubridor contó que, años atrás, había oído contar a unos hombres del pueblo vecino que, según leyendas, existía por aquellos contornos una cueva con agua estancada dentro. Acuciado por la sequía, llevaba fija la idea en la cabeza, y siempre que andaba con el ganado, boca de cueva que veía, en ella se adentraba. Y la encontró. Luego de unos diez metros, a gatas en zigzag, le cortó el paso un estanque pequeño de agua cristalina.

    Ya tenían pensado lo que iban a hacer: labrar un gamellón en un tronco de pino; llevarlo al pie de la cueva y, mediante una manguera con un grifo en su salida, llenarlo cuando fuera preciso. Este verano, las ovejas y las cabras podrían beber, sin el ajetreo de los bidones.

    Mientras comentaban estas cosas, merendaron, sin reparos del colesterol, lo que la prima sacó de la conserva y el jamón que sólo ella sabe criar. Luego en casa, ni María ni Lito ni Rosa quisieron cenar.

    Lito, más que ninguno de los tres hermanos, disfrutaba del acontecer menudo de las personas y animales de la masía del Cerrito; de la conversación con los hijos de Antonia; de acariciar a "Trueno"; de merendar jamón en la amplia cocina... Gozaba con estos retazos de la vida.

    Hasta a las tragedias les descubría encanto. Una mañana corrió la alarma por el pueblo. El segundo de los hijos de Antonia había madrugado para adelantar faena y dejarse la tarde libre, con intención de ir a correr el toro en las fiestas del pueblo vecino. Arando con el tractor las inclinadas labores de la falda del otero, volcó. El vuelco de un tractor, según dicen, es sentencia de muerte para el conductor. En esta ocasión no fue así. Quedó aprisionado, bajo el hueco del asiento, con la mano aplastada contra el suelo por el faro del guardabarros trasero. El tractor, patas arriba, con el traqueteo de su motor en marcha se hundía en la tierra recién arada. La mano cada vez más aplastada, y el pequeño hueco del sillín, para todo su cuerpo, era cada vez más reducido. El mayor de los hermanos, que bajaba de la casa, presencio la voltereta y corrió a auxiliar. Consiguió parar el motor. Subió luego corriendo a la casa a por una llave inglesa. Tuvo que quitar los tornillos del faro y del asiento para poder sacar a su hermano.

    De paso por el pueblo para traer al médico, avisó que subiera gente a levantar el tractor. Cuando llegaron Lito, María y Rosa, ya estaba el médico curando la mano destrozada. Los hombres que intentaban poner en pie la araña metálica gigante, no comprendían cómo se había salvado. Aquella tarde, la vaca del pueblo vecino se quedó sin torero.

    Los hijos de María, Carlos y Daniel, avisaron su visita, y llegaron con los niños a pasar una semana. Sus mujeres mandaron la excusa del trabajo. Lito sospechó que era por no herir sentimientos con su incorrecta situación matrimonial. María se comió a besos a los nietos; y los acogió bajo sus cuidados, para que los hijos pudieran dedicarse a los menesteres de su libertad. Lito se propuso acompañarlos en todo como anfitrión. Ya habían estado en el pueblo, pero tan niños que no recordaban nada. Fue ahora cuando conocieron a sus primos. Su primer encuentro fue en el bar, presentándolos Lito, que no perdía ninguna oportunidad para ponerlos en relación con la gente del pueblo. A los dos días, ya habían dejado sus aires de suficiencia, al darse cuenta de que las personas del campo estaban tan al día como ellos en cualquier tema que se suscitase, y en algunos, más que ellos.

    Lito descubrió que, en aquel ambiente, los sobrinos estaban más accesibles a cualquier tema de conversación. Hasta advirtió una mutua corriente de simpatía y confianza. Era lo que buscaba. Y una tarde, sin mostrar interés, les habló de un cuaderno muy interesante, escrito por el tío Manuel en sus años de juventud, que sólo debían leer los de casa, pues contaba intimidades de la familia.

    - Si lo encuentro, os lo dejaré en vuestra habitación -terminó. Luego, en ausencia de ellos, lo dejó sobre una de las mesitas de noche.

    Antonia se enteró de la presencia de los hijos de María y se acercó por casa a saludarlos; los invitó a la masada y se fue a otros menesteres. Para animarlos a corresponder a la invitación, Lito les habló de los jamones que preparaba la prima Antonia. Con la sal justa, y secados sin prisa, colgados en la cambra de la casa, a todos los vientos fríos de la masada. Un año de cambra, o dos si son grandes, es lo que hace el jamón serrano de veras. El que se vende por ahí, pasado de sal y secado artificialmente en pocos meses, se parece más a las sardinas saladas que al jamón de Antonia.

    Se les acababa la semana de vacaciones y, el último día por la tarde, subieron a la masía con uno de los coches. Lito también los acompañó con la excusa de los perros. Al cruzar la loma, se detuvieron asombrados, mirando un bando de aves que apeonaban por el camino delante de ellos. El tío les tuvo que decir que eran perdices. Nada más salir del coche, levantaron el vuelo con fuerte estrépito de alas. Lo comentaron al llegar, y, mientras merendaban el rico jamón, se divirtieron oyendo contar a los primos algunos de los episodios de caza en la masada. Que los hijos de Antonia tuvieran verdadera afición a la caza, era natural, pues vivían en medio de ella.

    El menor, siendo aún un mozalbete, oyó que los perros ladraban enfurecidos por el Carrascal. Pensó que algo tendrían, y salió corriendo con la escopeta. Al rato, regresaba con un jabalí, pequeño, pero jabalí.

    En otra ocasión, descubrieron por las huellas que unos jabalíes frecuentaban uno de los campos. El segundo de los hijos se puso a esperarlos un atardecer. Se le vino la noche y se retiró a casa. Poco después, llegó el hijo casado con el tractor para guardarlo en el cobertizo. En el silencio de la noche, oyó gruñidos por el campo marcado de huellas. Lo dijo a sus hermanos, y prepararon la cacería.

    Encerraron a los perros antes que barruntaran a los jabalíes y los espantaran con sus ladridos. Se fueron con el Dos-Caballos, el mayor al volante, el siguiente con la escopeta y el mediano con ¡un hacha! El padre y la hija salieron con sigilo al otero, para presenciar la escena desde lo alto.

    El Dos-Caballos, a campo través, buscaba con los faros por los barbechos del hondo. Los descubrieron. Eran dos grandes con su cría de rayones. Desde dentro del coche, con los saltos que daba sobre los surcos, les dispararon inútilmente. Los dos jabalíes grandes recogieron las crías y, en grupo compacto, emprendieron la huida. El conductor aceleró mientras decía a sus hermanos que se agarraran. Arremetió contra la manada. La factura del chapista, por planchar las abolladuras del coche, fue de veinte mil pesetas. Jabalíes, ninguno.

    Toda la familia intervenía en la conversación, añadiendo matices.

    Se reían de lo mal que habían planeado la cacería. ¿Para qué querría yo el hacha, habiendo más escopetas en casa? -comentaba el hijo mediano.

    - Con Trueno les hubiera ido mejor; es un mastín que impone su ley -dijo el tío Ramón.

    Y les contó que en un ojeo se movió un jabalí. Los otros perros lo siguieron ladrando a prudente distancia. Trueno se lanzó tras él; se subió más alto por la ladera del monte sobre un zócalo de rocas; logró correr paralelo al jabalí, y cuando la roca perdió altura, de un salto, cayó sobre él y lo apresó por la cola. Logró revolcarlo. La siguiente dentellada del mastín fue derecha a la yugular. No hizo falta tiro para rematar al bicharraco.

    Lito intervino en la conversación para preguntar si mermaba el agua de la cueva. Todos se rieron con guasa, mirando al hermano descubridor, quien, sin inmutarse, contestó:

    - Hasta anteayer, no había mermado. Pero alguien pasó por allí, y, con mala idea o por capricho, dejó abierto el grifo de la manguera y el estanque se ha vaciado. Quiero enseñarles algo.

    Se levantó, salió de la cocina y volvió con un envase del fertilizante que usan. Mientras mostraba lo que había dentro, explicó que, al entrar a inspeccionar el nivel del agua y encontrarse con el estanque seco, aprovechó para extraer restos de cerámica y algunos huesos que estaban en el fondo.

    Tanto Lito como sus sobrinos los examinaron y aseguraron que la cerámica era preibérica y que los huesos, unos eran humanos y otros, de una animal desconocido.

    El hijo de Antonia afirmó también que, en una de las esquinas internas del zigzag de la cueva, hay una huella de mano humana, marcada en la pared de roca como si antes hubiera sido de barro.

    - Agua ya no le queda; pero la exploración de esta cueva, que se llama cueva de la Artesa, va a ser el acontecimiento cultural más importante de este verano en el pueblo -dijo con ironía el tío Ramón.

    Carlos y Daniel manifestaron su contento por aquella buena tarde; elogiaron el jamón, y se despidieron. Los primos los convidaron al matacerdo y a la cacería que solían hacer ese día, pero tenía que ser en invierno. Les hacía ilusión, y aceptaron. Quedaron que en las vacaciones de Navidad. Estaban descubriendo el mundo de sus antepasados y les pareció fascinante.

    Camino de casa, Daniel comentó que había leído el cuaderno del tío Manuel y que le había encantado. Lito, aparentando que se había olvidado de él, preguntó por su paradero. Lo tenía Carlos con intención de leerlo por la noche. Les rogó, por favor, que a la mañana se lo devolvieran. Daniel preguntó si lo podrían leer sus mujeres. Lito se hizo de rogar, escudándose en que sería una indiscreción que las nueras conocieran la intimidades juveniles de su suegra.

    - Si las hemos conocido los hijos... -arguyó Daniel.

    - También es verdad. De todos modos, por la mañana, antes que salgáis, quiero ver el cuaderno, y ya veré si os lo dejo -zanjó Lito.

    Al otro día, Carlos mostró el manuscrito a su tío y, sobrentendiendo su consentimiento, lo guardó en un lugar seguro del equipaje. Habían estado ocho días, y se fueron a la ciudad, llevándose a sus hijos con el pesar de María y Rosa, quienes, por mucho que lavaron a los pequeños para que sus madres los recibieran limpios, no pudieron devolver a su piel la blancura con que habían venido.

    Los tres hermanos aguantaron algunos semanas más. En la última visita que les hizo Antonia, acompañada por Trueno, les contó que la hija pensaba casarse en la próxima primavera, y también se bajaría a vivir al pueblo. Lito, después de acariciar al viejo mastín, le dijo:

    - A mí no me importa; pero mis sentimientos son míos y no me puedes impedir que te los manifieste. Me duele que, tan entrados en años, os quedéis solos en la masada. Ya sé que los hijos y los nietos no consentirán que os ocurra nada. Pero es que, a veces, los acontecimientos se precipitan, y luego lamentamos no haber hecho antes aquello que teníamos que hacer.

    Antonia escuchó, agradeció y calló.

    Los tres hermanos dejaron en orden la casa; cerraron contraventanas y puertas; se despidieron de los amigos, y se volvieron a la ciudad.

    Lito intentó reanudar aquí el trato con los sobrinos y sus mujeres. No le era fácil, ya que todos los días andaban ocupados en sus trabajos, y los fines de semana los dedicaban, siempre las dos parejas juntas, a expansionarse con viajes o juerguecillas. Le agradaba la buena armonía de los dos hermanos y las cuñadas. De todos modos, pudo hablar alguna vez, y, aunque sentía curiosidad por saber si ellas habrían leído el Cuaderno del Manuel, no le parecía oportuno preguntar.

    A primeros de diciembre, Carlos y Daniel avisaron al tío Lito; éste habló por teléfono con los hijos de Antonia; acordaron el día, y sólo los hombres se fueron al matacerdo de la masía del Cerrito. No entraron en la casa del pueblo.

    En la masada, cuando se hacía el matacerdo, se sacrificaban tres o cuatro cerdos de doce arrobas cada uno y algunas cabras para embutir chorizos. La prima Antonia necesitaba contar con abundantes provisiones, porque cuatro hombres de campo puestos a trabajar, deben hacer mucha faena, pero sentados a la mesa a la hora de comer, pueden producir una ruina. Todo era poco.

    También habían sido convidados el novio de la hija y el matrimonio de la masía vecina con sus hijos. Cuando llegaron, ya se habían matado los animales el día anterior. Se trataba sólo de capolar y embutir, salar y "enajar" (adobar con ajos y vinagre) las carnes. Era faena de mujeres.

    Los hombres, para entretener el día, habían decidido, siguiendo la costumbre, ir a cazar al ojeo. Antes de salir al monte, todos alrededor de una amplia sartén de gazpachuelo y de otra de chicharrones menudos, con las botas de vino rondando sin parar, metieron calorías para aguantar el ojeo. El tío Pascual y Lito prefirieron quedarse en casa.

    El día era gris y de crudo cierzo. A Carlos y Daniel, que no eran hombres de caza, les dieron la escopeta del tío Pascual para los dos. Los nietos de Antonia con el hijo menor y los muchachos del vecino, que hacían de ojeadores, se encaminaron hacia el hondo del valle con los perros, bordeando entre los labrantíos y el Carrascal. Cuando llegaran a donde el valle de la masada se estrecha, uno repecharía hasta la cumbre y los otros se repartirían por la ladera. Con los perros, empezarían a desandar el camino, peinando el Carrascal.

    Mientras los ojeadores bajaban, las escopetas coronaron la cumbre, y se asignaron los puestos de espera. A los sobrinos de Lito les indicaron el sitio, detrás de un matorral que los ocultaba hasta el cuello y les permitía ver terreno despejado por delante y por los lados. Los dos hermanos acordaron alternarse en el uso de la escopeta. Después de un buen rato de silencio total, no la caza, sino el frío es lo que les entraba. Carlos dejó la escopeta apoyada en el matorral y se metió las manos en los bolsillos. Al rato, el cierzo empezó a traer las voces de los ojeadores. Retomó la escopeta que, al tacto de las manos, le pareció una barra de hielo. Le lagrimeaban los ojos a causa del aire frío que venía con los gritos. No mucho después, ojeadores y perros se juntaron con las escopetas. ¡Nada! Nadie había visto nada.

    Uno dijo que el ojeador de arriba había avanzado muy rezagado, y la zorra se había colado entre él y la escopeta más adelantada. La razón de su certeza era que una tordeja había revoloteado y charrado por allí. Por lo visto, lo hacen así, cuando ven una zorra. Nadie le contradijo ni comentó nada. El frío les tenía anquilosadas las mandíbulas.

    Con las escopetas colgadas al hombro y con las manos al calor de los bolsillos, sin decir palabra, empezaron a andar pisando tomillos por unas lomas peladas. El cierzo daba ahora en los riñones. Los demás sabían a donde iban; Carlos y Daniel, no. El que andaba junto a ellos les aclaró que se dirigían al ojeo de la rambla. Es la que está en la parte de arriba de la masada, y por la que, en años normales, baja el agua con que la riegan.

    Los ojeadores se adelantaron alejándose hacia la izquierda. El primo menor tuvo que llamar a los perros para que se fueran con él. Las escopetas se encaminaron, a la derecha, hacia la rambla que, entre peñascos, se clavaba muy profunda. Una escopeta se quedó aquí en la cumbre; los demás fueron bajando, acomodándose en los puestos de la ladera; los dos hermanos se apostaron donde les indicaron, en el hondo. Resguardados del viento cierzo, no notaban tanto el frío. Al rato, las voces corrían con el eco por las breñas de la rambla. No tardaron en aparecer los perros, jadeando con la lengua fuera, y se echaron a los pies de Daniel y Carlos. Por lo visto, sabían que allí era el final. ¡Otra vez nada!

    Aunque los dos hermanos se sintieron decepcionados, para sus adentros se alegraron de que no les hubieran entrado piezas, ya que de armas no sabían más que lo que les enseñaron en la mili. Mientras se reagrupaban, ambos comentaron que el monte era excesivamente extenso para topar con una liebre. Tal vez por esto, el fracaso de la cacería pareció normal a los demás.

    Era ya media tarde cuando llegaron a la casa de la masía. En la cocina comieron algo para recuperar fuerzas y, queriendo ayudar, estorbaron a las mujeres, que andaban cociendo morcillas, embutiendo salchichón, preparando barreños de pasta de chorizos y longanizas, y salando los jamones. Antonia, en un aparte, comunicó a Carlos y Daniel la fecha de la boda de su hija, y que los esperaba para ese día.

    Durante el ojeo, Lito estuvo hablado con Ramón y Antonia, y les ofreció la casa del pueblo, por si querían usarla cuando, al casarse la hija, decidieran bajarse a vivir al pueblo.

    Le dieron las gracias, y Ramón añadió que tenían que quedarse a cuidar el ganado, aunque sólo fuera a ratos, para echar una mano a los hijos y evitarles viajes. Comentó, además, que no creían estar solos. No se sentían solos, porque él, cada día, hiciera el tiempo que hiciera, a las dos en punto de la tarde, bajaba al pueblo en busca de la tertulia de jubilados; se jugaba el café con ellos en una partida de guiñote; chismorreaba las novedades del pueblo; besaba a los nietos, y, de nuevo, a la masada. Todo esto cada día, con sesenta y tantos años, y en la vieja moto. Y Antonia, entre tanto, no se quedaba sola, porque se acompañaba con la televisión, conectada a las baterías del tractor. Lito pensó en el aguante de los olmos.

    La orgía del matacerdo fue a la hora de la cena, y cumplieron bien. Era media noche cuando salían de la masía. Mientras iban hacia el pueblo, decidieron no dormir en la casa, sino seguir camino hasta la ciudad. Estaban cansados, y hablaron poco. Lito les preguntó por el paradero del cuaderno de Manuel. Dani le dijo que, después de leerlo con su mujer, ésta lo había pasado a la de Carlos. Oído esto, se quedó dormido en el asiento de atrás. Los dos hermanos, para vencer el sueño, fueron comentando las impresiones del día, las cosas del pueblo y los planes que llevaban entre manos con sus mujeres. Llegaron de madrugada, y despertaron a Lito en la puerta de su casa.

    Se acercaba la fecha de la boda de la hija de la prima Antonia. Los tres hermanos acordaron no acudir. No estaban para viajes tan rápidos y, por otra parte, la casa debía estar con todo el frío del invierno metido dentro. No obstante, compraron los regalos para que los llevaran Carlos y Daniel, que sí mostraban ganas de tomar parte de la fiesta con sus mujeres.

    Llegado el día, madrugaron los dos matrimonios jóvenes; pasaron por casa de María para dejarle los nietos y recoger los regalos de los tíos, dejaron uno de los coches en la puerta, y los cuatro en uno solo corrieron hacia el pueblo. Antes, María había explicado a sus nueras dónde encontrarían las cosas de la casa que pudieran necesitar.

    Llegaron con el tiempo justo para cambiarse de ropa; y, en efecto, la casa estaba muy fría. En la puerta de la iglesia se encontraron con un grupo de gente en traje de fiesta. Reconocieron al novio sujetándose los nervios en el brazo de su madre. Los saludaron y se presentaron como invitados de la novia. La estaban esperando, según costumbre. En ese momento, apareció ella, del brazo de Ramón, seguida de Antonia y de toda su familia. Daniel y Carlos fueron a su encuentro; saludaron a todos, y les presentaron sus mujeres. Acabó de sonar la campana en la torre, y asomó por la puerta de la iglesia el sacerdote, ya revestido. Saludó a todos los presentes y los invitó a pasar. Detrás de él, avanzaron los novios con sus padrinos y, luego, todos los invitados.

    Carlos y Daniel con sus mujeres se pusieron en el último banco, para poder curiosear sin desentonar. Desde jóvenes, no habían pisado una iglesia ni para bodas ni para casi nada; sólo para algún entierro y para el Bautismo de sus hijos, y esto por complacer a los abuelos. Era la primera vez que asistían a una boda por la iglesia.

    Empezó la ceremonia con cantos, moniciones y lecturas que leyeron los propios novios. Los sobrinos de Lito cuchicheaban, de cuando en cuando, al oído de sus mujeres. La predicación del sacerdote los mantuvo atentos. Ellos, en esquema, entendieron que el amor conyugal, si es verdadero, exige cerrar definitivamente las puertas de salida; si se dejan entreabiertas, es para poder huir porque no se está seguro del amor; cuando no se cree en el amor, se le tiene miedo; y se le teme, cuando no se asumen sus exigencias y sus consecuencias; el amor verdadero supera las dificultades, y, además, cada hijo que viene es un nuevo cerrojo de oro en la puerta del matrimonio. Terminó con esto: se está inculcando en la sociedad el miedo al amor, pero hay que estar seguros de él, porque Dios es Amor.

    Continuó la ceremonia con la mutua aceptación de los novios, que manifestaron ellos mismos en voz alta, y con la entrega de las arras y de los anillos. Desde atrás, los dos matrimonio jóvenes no se perdían detalle. Prosiguió la misa, y terminó todo. Carlos y Daniel se quedaron dubitativos cuando Antonia les indicó que pasaran a la sacristía para firmar como testigos. Entraron con timidez, consultaron discretamente al sacerdote, y éste les dijo que bastaba con ser persona mayor de edad. Y firmaron.

    Una de los primos les dijo que el convite era en la masada, y podían subir cuando quisieran, pero sin tardar mucho. Fueron al coche y montaron los cuatro. Camino del Cerrito, una de las mujeres confesó que había sentido envidia de esta boda.

    - ¿Por el traje blanco de la novia? -le dijo con ironía Daniel.

    - También; pero, más que nada, por todo lo demás; lo nuestro fue un mero protocolo; esto ha sido un amor publicado y participado con todos los invitados; diría que cerrado y sellado por Dios.

    - ¿No quedamos en que Dios no cabe en lo nuestro? -intervino Carlos.

    - No seamos hipócritas. Dios no cabe y ¿sí cabe el egoísmo, que es lo mismo que tener miedo al amor incondicional?

    Sin dejar intervenir a su marido, añadió la mujer del otro:

    - El amor con condiciones, deja de ser amor. El amor es seguridad, y si estás temblando porque el otro se puede escapar en cualquier momento, vives en permanente inseguridad. En lo nuestro, el amor se parece a una veleta con los hijos a la intemperie.

    - Vosotras también lo quisisteis así.

    - ¿Y no se puede rectificar?

    Las dos cuñadas estaban de acuerdo. Los dos hermanos optaron por callar; pero se quedaron pensativos. Llegaban a la masía, y vieron blanquear las mesas en lo alto de la era, al aire libre.

    Los invitados eran muchos y buscaron acomodo libremente: unos de pie y sentados otros. Las nueras de Antonia y las hermanas del novio estaban dejando todo a punto: entremeses, licores, tazas de consomé, etc. El cura bendijo la mesa y, al poco, los ánimos se fueron entonando con risas y voces, ajenos a unas nubes que rondaban por el cielo. Se había servido ya el cordero asado y, de repente, se desató un vendaval con aguacero. Todos corrieron con el plato y el vaso en la mano a cobijarse donde veían puertas abiertas y tejados: en cobertizos, pajares, corrales, la casa... Los últimos en abandonar la mesa, como capitanes de aquel barco, fueron los novios con sus trajes aún de gala; al pasar hacia la casa, arrancaron aplausos desde los refugios. Antonia y la madre del novio, en cambio, no disimulaban su sofoco.

    Poco después, la pareja de recién casados, ya en traje de calle, recorrieron los diversos albergues, bajo un paraguas, para consolar a los invitados con botellas de champaña. Encontraron a todos felices y dispuestos a aguantar lo que viniese.

    Carlos y Daniel se refugiaron con sus mujeres en la entrada de la casa. Coincidieron con el cura. El insólito ambiente les facilitó la conversación con él. Comían con llaneza lo que les servían, de pie y sin mesa donde apoyar las cosas. Necesitaban más de dos manos, y se las brindaban unos a otros. Una de las dos mujeres, al devolver al cura el vaso que le había aguantado para que pudiera servirse una trozo de tarta, le preguntó sobre el significado de "cerrar puertas en el matrimonio", que había dicho en el sermón. El cura sospechaba su situación matrimonial, y le contestó con una anécdota que le ocurrió a él estando de misionero en los Andes. Acudieron a su oficina una pareja de nativos jóvenes para pedirle matrimonio. El muchacho, con poncho y sombrero, y ella, con pollera hasta los tobillos y sombrero sobre las trenzas. Gente sencilla e ingenua. Los invitó a sentarse, y sacó del cajón de la mesa el formulario impreso que se usaba para formar el expediente matrimonial. Fue preguntándoles y rellenando el impreso. Le parecieron encantadores y les quiso gastar una broma. Hay que advertir que la gente de aquel país conocía y elegía con normalidad o el matrimonio sólo civil, o el matrimonio por la iglesia, o ser simples convivientes. Teniendo en cuenta este ambiente, en un momento del interrogatorio, les preguntó por el tiempo que querían permanecer casados. Con el bolígrafo en alto, dispuesto a rellenar la casilla que ellos pidieran, les detalló: ¿para cinco años, para diez, para veinte años? La pareja se quedó desconcertada. Se miraron, y él le dio con el codo a ella para que hablase:

    - Nosotros queremos para siempre. ¿Se puede?

    - Por supuesto -les contestó, y les aclaró que era una broma, y que si hubieran fijado tiempo, no hubieran podido casarse por la iglesia.

    - ¡Qué bromas tienes, padrecito! -exclamó él para quitarse el susto.

    El sacerdote concluyó que eso es lo que pide la ley natural del amor conyugal, o el instinto del amor conyugal si es que cabe hablar de instinto en el hombre. "Cerrar puertas" es aceptar libremente el "para siempre", de manera irrevocable. También la ley de la gravedad es buena ley universal, aunque produzca, a veces, desastres lamentables.

    El cura se ganó la confianza de los sobrinos de Lito, y éstos se atrevieron a quejársele por los complicados requisitos y papeleo que exige la iglesia para el matrimonio. El cura les explicó, y se enteraron de que la complicación no era más que un tópico.

    Entre tanto, las nubes se habían ido y salió el sol. Todos los invitados salieron a la era. Las mesas estaban desnudas; los manteles y servilletas de papel habían volado y se veían por el suelo pegados en los matorrales. Caía la tarde, y había que emprender viaje de regreso. Los dos matrimonios se despidieron de la familia con manifestaciones de sincero agradecimiento y regocijo. Montaron en el coche; pasaron por la casa del pueblo para cambiarse ellas de ropa, y, al abrir el maletero para meter el equipaje, se dieron cuenta de que no habían entregado los regalos. Dudaron. Vieron que el cura había salido del Cerrito delante de ellos, y fueron a su casa. Se alegró de volverlos a ver, y los acogió en tono de guasa:

    - Por favor, aquí el expediente matrimonial, no; sería muy complicado.

    Se rieron. Le explicaron el olvido, y se encargó él de entregar los regalos aquella misma noche. Los invitó a entrar en casa.

    - Gracias por todo. No pasamos; tenemos mucha prisa.

    Mientras se metían en el coche, los miró y con una pícara sonrisa y les dijo:

    - Pensad, sin prisa, en eso de cerrar las puertas. Buen viaje.

    Durante el camino, casi no hablaron. Sólo una de las mujeres comentó, sin tener eco, que lo de aquel día tenía sabor al Cuaderno del tío Manuel.


    Pasó el invierno y, a mediados de verano, María, Lito y Rosa volvieron al pueblo. La hija de la prima Antonia se había casado por primavera. Ninguno de los hijos dormía ya en la masada. Por las noches, Antonia y Ramón se quedaban solos. Hasta Trueno se había bajado definitivamente. El noble animal se había retirado por culpa de un mastín joven que habían comprado. Su presencia en la masada habría sido la guerra con el joven advenedizo, y él siempre había sido un perro de paz. Se cobijaba en la granja que el hijo mayor tenía en el pueblo. Mas, apenas olfateaba la presencia de su ama, la buscaba y no se apartaba de ella, acompañándola de casa en casa.

    Tan pronto Lito tuvo la oportunidad de hablar con su prima, le dijo:

    - Haced como Trueno. Me he enterado que ya no sube y baja a su antojo. Ha sabido retirarse a tiempo.

    Antonia le dio la razón, asintiendo con la cabeza.

    El nuevo mastín se llamaba Tigre. No había acudido aún por el pueblo. ¿Sabría ya que Lito era primo del ama? Quería subir a ver. Y le hubiera gustado hacerlo, pero no pudo ser. Antonia y Ramón, a los pocos días, se vinieron definitivamente al pueblo también, a vivir en una pequeña casa que les buscaron los hijos.

    Lito salió de mañana a dar un paseo por el camino de la masada del Cerrito. Subió a lo alto de la loma y se sentó a mirar, desde lejos, la casa y los olmos de la puerta. Llevaba descansando un rato con sus pensamientos, cuando vio que venían dos personas hacia él. Cuando estuvieron cerca, los reconoció. Eran sus sobrinos Carlos y Daniel. Temió que hubiera ocurrido algo grave, pues, cuando él salió de casa, no habían acudido ni sabía que tuvieran que llegar hoy. Se puso de pie y salió a su encuentro. La alegría con que le saludaron le despejaron sus temores. Sólo iban a estar unas horas en el pueblo y salieron a buscarlo. Lito les dijo:

    - Mirad allá. ¡Los olmos de la puerta de la masada ya se han muerto! Pienso que es de tristeza. Se han quedado abandonados. Ya no podrán oír el canto de los gallos madrugadores y los hachazos junto al rimero de leña. Ya no subirán niños a sus ramas para ver el nido de picarazas, ni escucharán a su sombra las conversaciones del personal de la casa. Los olmos siempre han buscado la cercanía de los gentes del campo. Se podría decir que son árboles domésticos: no había masía sin ellos. Y, aunque éstas cambiaran de dueño o de arrendatario, los olmos, medidores inmutables del tiempo, las mantenían en sus ritmos de vida siempre idénticos. Así fue hasta que se huyó hacia el progreso. Ellos sabían que así tenía que ser, y han querido morir de pie, sin quejas. Los han abandonado y se han quedado sin razones para vivir. No han podido irse. ¿A dónde iban a ir? En la ciudad la vida es fugaz y efímera; en ella no hay lugar para retoños que perpetúen sus valores. Han muerto, al faltarles la compañía de hombres que quieran vivir en armonía con la naturaleza. Su soledad pedía a gritos una muerte de tristeza. Su muerte es símbolo de otras muertes más profundas...

    Carlos y Daniel escuchaban con impaciencia estas, que se les antojaban largas, reflexiones de su tío Lito. Uno de ellos se atrevió a interrumpirlo:

    - ¿El tío Manuel era también un olmo?

    - Pienso que sí; y de tanta fuerza que hasta en el asfalto de la ciudad le pueden salir retoños.

    Carlos y Daniel se miraron y se sonrieron.

    - De momento, nosotros ya hemos pasado por la Vicaría. Hemos venido a celebrar la boda con vosotros. En casa están nuestras esposas con las tías.

    Lito, radiante, rodeó con sus brazos el cuello de cada uno de los sobrinos, y sólo les dijo:

    - Volvamos a casa, a la casa de la abuela.

Durante el camino le contaron los detalles de su decisión. Al llegar, María estaba asando una parrillada de chuletas en un rincón del corral. Las esposas de Carlos y Daniel acompañaban a Rosa a preparar la mesa, mientras reían las gracias de los niños. Los tres hombres, para hacer tiempo, se sentaron a tomar una cerveza. La mujer de Carlos se acercó con el Cuaderno de Manuel y lo entregó a Lito, mientras decía:

    - Somos nietos de la abuela Leonor, y el nuevo hijo que espero se llamará Manuel.

    - ¡Sus retoños!






| Aplicaciones didácticas | Obras de Don Samuel | Descargas |






| Artículo: Reunión con el tutorOtros: Profesor

®Arturo Ramo García.-Registro de Propiedad Intelectual de Teruel nº 141, de 29-IX-1999
Plaza Playa de Aro, 3, 1º DO 44002-TERUEL