Miedo en la vega del Tajo

 

     Por Don Samuel Valero Lorenzo

    Para un labrador de aquellas tierras altas es un quebranto considerable perder un campo de remolacha. Y Braulio lo estaba perdiendo, si no lo remediaba. Lo pensó, y optó por la solución que creyó más eficaz.

    Después de cenar, pasó a casa del vecino:

    - Si me puedes prestar la escopeta.

    - ¿También cartuchos?

    - Un par de ellos; de postas, si tienes.

    - ¡Claro! Toma.

    La gente del campo no necesita despertador. Sabía que tenía que salir de noche para no llegar tarde. Eran tres horas de buen andar. Cogió de la mesa el saquillo con la comida que, antes de acostarse, le había dejado preparada su esposa; terció la escopeta a la espalda; se puso al hombro la pala de abrir reguera; abrió y cerró la puerta sin ruido para no despertar a las niñas; miró al cielo y no vio más que estrellas. Al cruzar la calle, se palpó el bolsillo del pantalón de pana para cerciorarse de que no se le habían olvidado los cartuchos.

    Los caminos que salen de Villar del Cobo se encaraman en zigzag por las laderas que lo circundan. Río arriba y río abajo, todo es un desfiladero por el que sólo cabe el agua; no hay más ensanche que allí donde está el pueblo, para que éste quepa justo. Por la garganta que sube a las Casas de Búcar sí puede haber carretera, y la hay, retorciéndose como un culebrón barranco arriba.

    Braulio tomó el camino de la Vega de Tajo. No era muy religioso, pero en aquellas horas, y pasando junto a la ermita del Rosario, discretamente oculta tras una cortina de olmos, se santiguó y murmuró algo por su esposa y por los ángeles de sus hijas.

    Cuando alboreaba, ya estaba él al acecho en el lugar de la cita.


    Pepe, el guarda forestal de Guadalaviar, también madrugó.

    Guadalaviar es otro de aquellos pueblos altos, tendido a plena intemperie en la falda meridional de la Muela de San Juan con la pradera de su dehesa hasta la puerta de las primeras casas.

    Pepe había decidido aquel día hacer la ronda de vigilancia por los pinares de la Vega de Tajo. Se encaminó hacia poniente; cruzó el riachuelo que en Valencia será río Turia; se metió en la umbría de una alargada cordillera, y afrontó la subida, superándola por el llamado paso del Portillo. En la cumbre le amaneció el paisaje de la Vega, siempre impresionante desde esta atalaya. El ancho valle se viene a los ojos de sur a norte, escoltado por esta cordillera y la de enfrente; por el centro van los incipientes meandros del Tajo, del que ahora, en otoño avanzado, únicamente juncos dan señales de su cauce; sólo en los deshielos de la primavera le corre el agua por estas alturas. En la amplitud del valle, manchas de pinos, como compactos escuadrones uniformados de verde, protegen campos de labranza.

    Como buen guarda, Pepe dejó el camino y se perdió entre los pinos de la solana, con el oído atento a los hachazos de algún leñador furtivo. Pasaron algunas horas, y notó que era la hora de comer algo. No había fuente que él no conociera. Apoyó la carabina en un tronco y se despojó de la chaqueta del uniforme. Junto al caño de agua, sobre una piedra, estaba la lata oxidada que él mismo había dejado en otra ocasión, para poder beber cuando volviera a pasar por allí. La enjuagó, la llenó y se sentó a almorzar sin prisa.

    Serían las diez de la mañana, cuando oyó lejano un disparo de escopeta. En la Vega, los tiros tenían una resonancia trágica. Hacía no muchos años, en aquellos parajes los "maquis" habían matado a Eliseo y a su padre. Los miedos aquellos ya habían pasado, y pensó: "Algún cazador, legal además, porque ya está desvedado también el pelo". No obstante, cuando terminó de almorzar, su intuición de guardián lo llevó en su recorrido hacia donde había oído el disparo: hacia el sur, a la otra parte de la Vega, en labores de Villar.

    Después de una hora de vagar sin rumbo determinado, vio, a través de los pinos, en medio de un campo recién arado, un bulto como un hombre tirado entre los surcos. "Un espantapájaros", pensó. Le pareció que se movía. Se fijó más detenidamente, y aquello se retorcía con convulsiones. "¿Es? ¿No es? ¡Es!", se dijo, poniéndose tenso y en guardia.

    Quiso salir corriendo a auxiliarle; pero se detuvo al pensar: "En campo abierto, si hay alguien dispuesto a matar, yo seré el próximo". Cargó la carabina y, en disposición de usarla, corrió de pino en pino, intentando, sin ser visto, cerciorarse de que no andaba por allí el posible asesino. En el centro del campo, el hombre gemía. Cuando se aseguró de que nadie había alrededor, corrió a prestarle ayuda.


    A lo largo de la mañana, habían acudido a la Vega unas seis u ocho personas a laborear las tierras o a dar suelta a los ganados. Era tiempo de barbechar, metidos ya en noviembre. Cada cual en su tarea desconocía la presencia de los demás. En el hondo, las pinadas impiden verse unos a otros, y oírse. Los pinos se comen las voces de los que arrean las bestias en sus faenas de labranza. En un pinar, cuando se oyen las esquilas de un ganado, es que ya está encima.

    Pepe sí conocía su presencia. Mientras había descendido pausadamente por la solana, los había visto llegar por el camino de Villar, y dónde se habían puesto a faenar. Por esto, no dudó en salir corriendo, a través de labores y pinadas, a pedir ayuda al que estaba más cerca. Cuando éste vio que alguien venía jadeante hacia él, detuvo el par de mulas que tiraban del arado, y esperó. Ya cerca, reconoció al forestal de Guadalaviar:

    - ¿Estoy haciendo algún mal, Pepe?

    - ¡No lo he podido reconocer! Me ha dicho que es Braulio de Villar. ¡Está malherido!

    - En Villar no hay otro Braulio que el de la Nicolasa.

    - Pues él será. ¡Está muy grave!

    - ¿Como ha sido?

    - He entendido que un toro; pero ha debido decir un tiro. Le he colocado mi chaqueta como almohada, y he salido corriendo. Avisa tú a los demás que están por ahí, y el que tenga mejores piernas que vaya a Villar a pedir ayuda. Al médico y al cura, por lo menos.

    Pepe le indicó las partidas por donde sabía que había algunos más, y se volvió a toda prisa. El labrador desunció las mulas; las ató con el ronzal a la esteva del arado, y corrió a dar la voz a los otros.

    Leandro, que era el más joven y pastor, se encargó de regresar a Villar a pedir auxilio. Los demás, a medida que se fueron enterando, dejaron la faena y acudieron adonde Pepe había dicho: en la vaguada que hay antes del camino de Tragacete, cerca de la mojonera de Cuenca.


    En las Casas de Búcar confluyen la carretera que sube por la garganta de Villar, la que baja de Griegos y la que viene ondulando un par de lomas desde Guadalaviar. Es el punto equidistante: tres kilómetros a cada uno de los tres pueblos. De estas Casas no quedan más que ruinas, alguna paridera para cerrar ganado y una ermita abandonada. Todo entre ortigas.

    A nadie sorprendía, y a todos agradaba, que aquí en Búcar, cada semana se encontraran los tres curas que servían a aquellas parroquias. Sabían que los sacerdotes tienen sus cosas que hablar, sus alegrías que contar, sus penas que consolar y sus pecadillos que confesar.

    Un pastor comentó, un día, en uno de los pueblos:

    - Los sacerdotes también se confiesan. En Búcar. Yo lo ha visto.

    - ¿Es que no son personas? -contestó el teólogo del corro.

    Aquel día, a las Casas de Búcar sólo acudieron el Párroco de Villar y el de Griegos. El de Guadalaviar se había ido de Ejercicios Espirituales. Por la última curva de la garganta del Villar, vieron asomar a alguien que subía a buen paso. Este también se fijó en los sacerdotes, y se dirigió hacia ellos.

    - Me vienen al pelo. También iba en busca de uno de ustedes.

    - ¿Pasa algo?

    Leandro dijo que venía de la Vega de Tajo en busca de socorro, y contó lo poco que sabía. Ahora subía a Griegos, mandado por don Manuel, el médico de aquellos pueblos, a pedir a José el Cojo que bajara con su camioneta para ganar tiempo, y traer a Braulio; de paso, que avisara a uno de los curas para ir también allá.

    - ¿Has corrido la voz por Villar? -preguntó su cura.

    - ¿Lo dice por la Nicolasa? Sólo he dicho que vayan allá y que callen. Las penas, cuanto más tarde mejor.

    - Debes estar rendido. Tú descansa aquí. Ya voy yo a poner en marcha a José -le dijo el cura de Griegos.

    - Esto es cosa mía. Con la congoja que llevo dentro, ni me noto los pies.

    - Hazme, pues, el favor de avisar a mi madre que llegaré muy tarde.

    Y Leandro, el pastor de las buenas piernas, en vez de la carretera, tomó el atajo que va por la dehesa hacia Griegos.

    Los sacerdotes se quedaron pensativos.

    - Es feligrés mío, y debo ir yo -dijo el de Villar.

    - Lo que se le pueda hacer a Braulio, cualquiera de los dos lo podemos hacer. Pero lo que hay que hacer en Villar, sólo lo puedes hacer tú. Procura estar cerca de Nicolasa y las niñas en el momento de enterarse.

    Al poco rato, se encontraron en la carretera el cura de Villar que bajaba y don Manuel, el médico, que subía a esperar en Búcar la camioneta de José el Cojo. Cambiaron impresiones, y siguieron cada cual a su cometido. El sol ya se escondía tras la Muela de San Juan.


    La buena gente del campo, sometida a recorrer siempre caminos pedregosos con riesgo de tropezones, acaba por adquirir unos andares peculiares: levantan los pies y alargan la zancada. Con estos andares se marchó Leandro a tomar el atajo de la dehesa, sabedor de que caminar por aquel sendero era un alivio: una cinta de arena suave que va recortando la verde alfombra, sin más accidentes que alguna raíz de pino que, desenterrada por el frecuente paso de caminantes, se cruza retorcida.

    Después de pasar el Prado de la Malena, pisó la carretera sólo para atravesarla. Desde aquí ya vio la torre almenada de la iglesia. Cien metros más, y entraba en Griegos, discretamente oculto en un vallejo de la falda oriental de la Muela de San Juan. Cruzó el puente, enfiló una estirada calle, y llegó a un rincón empedrado de la plaza, frente a la fuente, donde vivía José el Cojo. Su casa era tienda y cantina al mismo tiempo.

    De la pasada guerra civil, José, aunque salvó la vida y la camioneta, había heredado una cojera del pie izquierdo a causa de la metralla. Aparentemente era gruñón, áspero, desabrido. Pero los que lo conocían bien sabían que esa apariencia hosca no era más que el camuflaje de un corazón inmenso y de una generosidad que saltaba por encima de sus posibilidades.

    Leandro le explicó lo que sabía, y le expuso el encargo de don Manuel. Mientras le hablaba, José el Cojo, sin habérselo pedido, sirvió una cerveza al emisario, y gritó a su esposa que andaba sorda por el piso de arriba:

    - ¡Vicenta!, ¡Vicenta!

    Y añadió seguidamente al pastor:

    - Os creéis que mi camioneta es un tanque para andar por esos caminos; y a estas horas que se nos viene la noche encima. ¡Vicenta!

    - ¡Ya bajo! -contestó por fin su mujer.

    - ¡Lo que tienes que bajar es la llave de la cochera! -le aclaró.

    Antonino, un estudiante de Veterinaria natural del pueblo, que estaba con José en la cantina, fue, por indicación de Leandro, a avisar a la madre del cura que éste llegaría muy tarde.

    - ¡Y volando aquí! Me tienes que echar una mano -le pidió José.

    - ¿Qué le debo de la cerveza? -preguntó el pastor.

    - ¿Es que tú vas a cobrar algo a Braulio por lo que estás haciendo?

    Sin parar de rezongar, con el bastón en la mano izquierda y la llave en la derecha, fueron a la cochera. Levantó un lateral de la capota de la camioneta; tocó algo en el motor; miró el nivel del aceite; abrió y volvió a cerrar el tapón del radiador. Revisó las ruedas golpeándolas con el garrote. Cuando necesitaba de las dos manos, recostaba el bastón en algo, y se mantenía sobre un solo pie. Si tenía que dar algunos pasos sin él, lo hacía saltando a la pata coja.

    - Ve a la fuente a llenar esa garrafa -pidió a Leandro.

    En vacaciones, el estudiante de Veterinaria era cliente diario de la cantina. Disfrutaba mucho tirándole de la lengua a José, y le ayudaba en cualquier menester. Conocía la tienda y la cochera como su dueño.

    - ¡Ya estoy aquí! -le dijo al regresar del encargo.

    - Llena el depósito de gasolina -le mandó el Cojo.

    Antonino puso el envasador en la boca del depósito, y fue vaciando, poco a poco, una garrafa. Entre tanto, José sacudía los asientos con el bastón para quitarles el polvo, y sacaba cosas varias, almacenadas en la cabina.

    - La garrafa de agua, a la caja. Pon otra llena de gasolina. ¡Nunca se sabe! -ordenó.

    Se subió al volante, colocó el bastón entre las piernas, y abrió el contacto.

    - ¡Dale a la manivela! Tú, no. ¡Antonino! -pidió al estudiante y se lo impidió al pastor.

    Antonino lo había hecho ya otras veces. Media vuelta a la izquierda y un golpe seco y fuerte hacia la derecha.

    - Nada ¡Otra vez! -pidió José.

    Y la camioneta Ford, de antes de la guerra, destartalada y sin color ya, se estremeció, al poner su motor en marcha.

    - ¡Todos arriba!

    Todos eran Leandro y Antonino. Ni cerraron la puerta de la cochera.

    Salieron de Griegos entre dos luces con los faros encendidos.


    Las cosas en la Vega de Tajo habían ocurrido bastantes horas antes.

    La acuciante preocupación de Pepe, que le impulsaba a correr hacia el herido, no le impedía andar con la vista atenta al entorno. Era hábito de vigilante. Y, gracias a esto, pudo verlo a tiempo. Se detuvo y puso en alerta todos sus sentidos. Negro, de estampa impresionante. Solitario. Más impresionante por no estar con la manada. Peligroso. De raza brava. Allí estaban las agujas afiladas de sus cuernos, mirándolo altaneras.

    Pepe entendía de toros; para ayudar su economía, era propietario de una docena de novillos que pastaban más abajo de la Vega, donde el Tajo ya es Tajo, angosto y profundo. Sabía bien que, si avanzaba unos cuantos metros más, se metía en los terrenos del animal y provocaría su acometida. Sin perderle la cara, fue alargando las distancias, sin dejar de ir, con un breve rodeo, hacia donde lo esperaba Braulio.

    Cuando llegó, éste estaba ya muerto. Observó el cadáver, cosido de heridas y con las ropas destrozadas. Con la chaqueta que le había puesto de almohada, le cubrió la cara, y pensó que ni una docena de tiros a bocajarro harían tanto daño. "¿Habrá sido el toro?" -se preguntó sorprendido.

    Se apartó del cadáver, y, sin perder de vista a la alimaña, fue a situarse en un altozano. Tenía que advertir del peligro a los que no tardarían en acudir. Con gritos y agitando el pañuelo, a medida que llegaban, les indicaba el lugar donde él estaba. A dos les tuvo que vocear desesperadamente para que desviaran la trayectoria; se metían en los dominios del toro.

    Reunido el grupo, lamentaron la muerte y no encontraban explicación a aquella tragedia. Mientras caminaban hacia el cadáver, alguno dijo que allí cerca, Braulio tenía una partida sembrada de remolacha.

    En efecto, al otro lado de una estrecha maga de pinos, en la parte opuesta adonde se hallaba el toro, estaba el campo sembrado, a punto de cosechar. Vieron remolachas mordisqueadas por dientes de res, y abundantes pisadas. En la parte alta del bancal, una zanja, cavada para cortar las filtraciones de agua, presentaba señales de haberse trabajado recientemente. Encontraron la pala. En un extremo, los calcetines de lana estaban guardados en las abarcas, y el muerto estaba descalzo. Veinte metros más allá, hallaron una boina; y a otros pocos más, una escopeta de un cañón cargada con un cartucho de postas. Luego, dentro de la misma zanja, vieron otro cartucho ya disparado que aún olía a pólvora. La tragedia empezaba a explicarse.

    Desde donde estaba tirada la escopeta hasta el cadáver, había unos cien metros. Cien metros de cornadas. Los recorrieron como un viacrucis. Huellas de toro en pelea. Revolcaderos del cuerpo de Braulio entre los cuernos; lanzado y, de nuevo, recogido; arrastrado y lanzado; corneado y otra vez lanzado; recogido, lanzado, corneado, arrastrado. Así cien metros. Cuando, siguiendo las huellas, llegaron de nuevo al cadáver, lo contemplaron y les cruzó un escalofrío. Miraron al toro que seguía en aquella manga de pinos que se alargaba hacia el hondo de la Vega; estaba lejos, pero les pareció ver que las astas chorreaban sangre. La sangre estaba en sus ojos, rojos de rabia y de pena.


    Don Manuel y el cura de Griegos se consideraban especialmente amigos. Se alegraron de encontrarse ambos en Búcar, y de poder ir juntos hasta la Vega de Tajo. Mientras esperaban impacientes la camioneta de José el Cojo, hicieron sus conjeturas sobre lo que le podía haber ocurrido a Braulio.

    Por fin, aparecieron los faros encendidos y todo el estrépito de la Ford.

    - Vosotros a la caja y cuidad las garrafas -ordenó José a Leandro, el pastor, y a Antonino, el estudiante.

    El médico y el cura subieron a la cabina junto al Cojo. Pisó con dificultad el embrague y, al meter la primera, rascaron los piñones. Hizo una mueca como si le doliera la caja de cambios. Lo que le dolía era su pie izquierdo.

    - Con ustedes, sí. Con ustedes voy hasta el fin del mundo. Cuando los he visto, me ha entrado el resuello al cuerpo.

    - ¿Podría parar en Guadalaviar para recoger los óleos?

    - Para auxiliar, se para y se va adonde haga falta.

    - Me temo que el viaje va a ser inútil, pero hay que ir -dijo don Manuel.

    - Y hace usted muy bien. Es lo que digo yo. Ojalá fuera uno tonto del todo: no me enteraría de nada. Pero uno es medio tonto, y veo cada cosa que me enciende la sangre. Los de Villar no se merecen que usted viva allí. Mientras veníamos, me ha dicho el Leandro, que entre paréntesis hoy lleva lo suyo, que teníamos que bajar a Villar a recogerlo a usted. ¡Sois unos zamarros!, le he dicho. Don Manuel ha cogido los trastos y ha salido pisándote los talones. Me juego ésta (soltó la mano derecha del volante y se pasó el índice por la garganta) a que está ya en Búcar esperando. ¡No saben apreciar lo que tienen! Debería venirse a vivir a Griegos -terminó pidiéndole el Cojo.

    - Gracias, José -se limitó a decir don Manuel.

    Con esta perorata sincera, y con algunos silencios que realzaban los ruidos de la camioneta, llegaron a Guadalaviar. Paró en la puerta de la casa del cura, a la entrada del pueblo. El de Griegos bajó, entró y, al momento, salió con las crismeras, acompañado por la madre del cura del pueblo, ofreciendo dos mantas con insistencia:

    - ¡Pero hijo, por favor, que las vais a necesitar!

    Era como si la madre de un sacerdote se sintiera madre de todos los demás. Las aceptó y las entregó a Leandro y a Antonino que iban en la caja a la intemperie. Lo agradecieron.

    En Guadalaviar se acababa la carretera. El resto del trayecto se tenía que hacer sobre las huellas de los camiones que sacaban madera.


    En la Vega de Tajo los acontecimientos habían seguido su ritmo.

    Era algo más de mediodía, y los que estaban allí se retiraron a la estrecha franja de pinos que separaba el campo de remolacha de el campo barbecho en que yacía el cadáver de Braulio. Pepe les interpretó lo ocurrido:

    - Si se hubiera quedado en la zanja, nada le hubiera ocurrido. El toro rompió en huir al sentir el tiro. Braulio sacó el cartucho disparado desde la reguera; cargó el otro, y salió corriendo detrás para dispararle el segundo. Lo quería escarmentar bien. El bicho, al sentirse herido y ver que le seguían, se revolvió furioso. A Braulio no le dio tiempo de disparar el segundo. ¿No habéis visto cómo reacciona un toro bravo cuando siente el hierro en sus carnes?

    Los demás asintieron con la cabeza. Así debió ocurrir. Y comentaron:

    - Por defender su remolacha, ha perdido la vida, y ahí se queda la Nicolasa sola con las dos criaturas.

    - ¿Y el dueño del toro no tendrá alguna responsabilidad? Lo digo por si se le pueden sacar algunas pesetillas.

    - EL bicho ha sido acosado; no sé si se podrá conseguir algo.


    La camioneta pasó por las calles del pueblo con los faros encendidos. Los niños corrían delante y, cuando eran alcanzados, seguían detrás. En la última casa desistieron. Cruzó un valle, y empezó a encaramarse por rampas que subían haciendo zetas. Parecía que las rodadas llegarían a coronar la cordillera. Pero no; los camiones aún no habían logrado superarla por el Portillo.

    Torcieron a la izquierda en dirección sur. La cordillera quedaba siempre a la derecha. En las curvas y contracurvas continuas, la luz de los faros barría el paisaje. Lomas, barrancos, chirridos de frenos, baches, ruidos de latas y de motor, acelerones y repechos en los que la luz se perdía en el oscuro horizonte de la noche. Atentos a las huellas marcadas por los camiones, nadie hablaba. Sólo José, de cuando en cuando, animaba a la camioneta:

    - ¡Chata, que tienes espectadores!

    - Demuestra quién eres.

    - ¡Hala, chatica, que sí que puedes!

    Se detuvo ante un humedal en el que las rodadas eran demasiado profundas y, además, estaban encharcadas.

    - Tenemos prisa, pero lo que importa es llegar.

    A la luz de los faros, los cuatro acompañantes cortaron ramas de pino y las cruzaron tapando el fango.

    - Con el motor podríamos patinar y quedarnos ¡Empujad! -ordenó José.

    Se perdió algo de tiempo, se llenaron de rasguños y barro, pero pasaron y siguieron.


    Cuando atardecía en la Vega, Pepe insinuó la conveniencia de alejar al toro de aquella zona. Era un peligro para los que tenían que venir. Había que sacarlo de la pinada en que se había aguantado todo el día, provocándole una arrancada. Tenía que ser Vega abajo. No parecía difícil, ya que, por allí, todo era pradera con pinos sueltos, a los que podrían subirse en caso de peligro.

    Pepe y otro decidieron intentarlo. Bajaron unos doscientos metros y salieron a la pradera. Fueron avanzando hacia el toro, dando gritos y agitando los brazos. El bicho se volvió y se fijó en ellos. Organizaron la estrategia. Pepe iría por delante; el otro, detrás, a unos cincuenta metros. Avanzarían manteniendo esta distancia, siempre con un pino al alcance.

    - Cuando se me arranque y yo esté subido en el pino, tú lo citas, para que te acometa a ti. Lo entretienes desde tu pino, mientras yo bajo y voy a otro, para atraerlo hacia mí. Así, de pino en pino, lo podemos llevar lejos.

    Se acercaban. El animal los miraba altivo. Pepe sabía que estaba ya cerca de los terrenos en que un toro provocado inicia la embestida. Junto a un pino lo citaba a voces, dando palmadas y saltos. El bicho escarbaba en el suelo y sacudía la cornamenta. No era aún su distancia. Corrió tres pasos adelante y se frenó en seco elevando los brazos. Nada. Entre el toro y Pepe había otro pino, más cerca del toro que de Pepe. Observó que tenía una rama cómoda para agarrarse. Dio unos pasos atrás para que la fiera se sosegara. Unos segundos después, se lanzó a todo correr hacia el toro para alcanzar el pino. Provocó la arrancada. De un salto se agarró a la rama con las dos manos, y elevó los dos pies hasta sujetarse también con ellos en el tronco de la misma. El toro lo buscó alzando las astas, y aún le hizo un rasguño en la nalga. Logró subirse más alto y ponerse de pie sobre otra rama.

    - Ahora te toca a ti; pero no hagas lo que yo -advirtió al otro.

    Y cortando un tallo, azuzaba al animal desde arriba para entretenerlo, mientras su compañero tomaba posiciones. El bicho, rabioso y babeando, corneaba hacia arriba, a diestro y siniestro.

    De pino en pino, el otro consiguió acercarse hasta el de Pepe. Lo intentó de todas las maneras que el miedo le permitía, sin lograr una nueva embestida. Por lo visto, los toros tienen mecanismos que no coinciden con la lógica. Pasaron varios largos minutos, y el toro seguía debajo. Pepe tuvo tiempo de sacar cuadernillo y lápiz, para tomar nota del hierro del animal. Desde arriba leyó y anotó W 8.

    Cuando el forestal se dio por vencido, impartió instrucciones al compañero:

    - Aléjate y, dando un rodeo, adéntrate en la pinada donde estaba antes; desde ella lo llamas. Saldrá hacia la querencia. No te subas a ningún pino; corre entre ellos. Como están muy tupidos, él no te seguirá.

    Esta vez, sí se comportó como pensaron. Miró y sacudió la cornamenta. El otro ya no vio más. Empezó a ratear por la pinochada, sin sentir que las ramas bajeras le arañaban la cara. Corrió alocadamente, hasta que Pepe lo frenó con un grito. El animal, que había salido andando, se detuvo en la querencia. El forestal bajó del pino con precaución, se alejó, buscó al compañero de brega, y ambos se fueron con los demás, dejando al toro en el mismo sitio.


    La camioneta entró en la Vega de Tajo por su extremo más alto, por la rambla llamada de Navaseca. En el corto recorrido de aquella tarde, a lomos de los Montes Universales, habían pasado por aguas que vertían al Mediterráneo unas y al Atlántico otras. Donde confluyen las ramblas de Navaseca y de Fuentegarcía, el Instituto Hidrográfico Nacional tiene colocado un pequeño monolito desde el año mil ochocientos y pico con la inscripción: "Origen del Tajo".

    Vega abajo, el camino de los camiones de la madera era suave y casi recto. Un alivio para José y para su vehículo. Para los de la caja, la brisa era más fuerte, y las mantas, más acogedoras. Por fin, los faros iluminaron dos siluetas que con una mano se hacían pantalla en los ojos para no deslumbrarse, y levantaban la otra indicando que se detuvieran. Eran Pepe y otro de Villar. Un buen rato antes habían oído el ruido de un motor que se acercaba, y habían salido a ver.

    Mientras se saludaban y daban las novedades, José maniobró para dejar la camioneta en posición de regreso, y apagó los faros. La noche era tan oscura que no se veían unos a otros. Sólo las palabras eran punto de referencia:

    - Vamos por aquí. El toro está ahí -dijo la voz de Pepe.

    - ¿Por dónde? -preguntó Antonino.

    - ¡Por ahí, a un centenar de metros! -repitió el forestal, al mismo tiempo que indicaba la dirección con la mano. Pero, en la oscuridad, ninguno percibía su gesto; sólo con la imaginación podían ver los detalles de la tragedia que en aquel momento empezaba a contarles.

    ¡Un toro, que había destrozado a un hombre, a sólo cien metros, sin poder ver si se movía, si miraba, si iba o venía! Toda la negrura de la noche era toro, y el miedo, cornadas.

    Sólo el esfuerzo que notaban al andar, les daba a entender que estaban subiendo por un repecho. El cura pisó en falso y cayó de bruces.

    - Vayan con cuidado. Esta zona está preparada con hoyos para repoblar. Me sigan en fila -advirtió Pepe.

    - ¡Está esto bueno para correr! -se sinceró el cura.

    A partir de aquí, las declaraciones de miedo por parte de los que acababan de llegar, fueron unánimes. Nadie quería quedarse el último. El cura se puso junto a José el Cojo y le ofreció el hombro para que se sujetase. Coronaron el repecho, que no debía tener más de veinte metros, y vieron una hoguera. Allá se encaminaron José el Cojo y el otro de Villar. Pepe, el médico, el cura y el estudiante, en fila por este orden, se dirigieron hacia el cadáver a través del campo recién barbechado. Pepe se detuvo, y detrás de él los demás. En voz normal dijo:

    - ¡Un momento!

    Los mecanismos del miedo estaban en tensión. Menos Pepe, todos iniciaron la espantada.

    - ¡Quietos! No es nada -los tranquilizó.

    Sobre el fondo de la oscuridad, se destacaba un bulto más negro.

    - Es un enebro -aclaró el guía.

    El cura y el médico hicieron lo que tenían que hacer en el cadáver, y los cuatro fueron a juntarse con los de la fogata.


    La hoguera bailaba su danza de sombras. En torno a ella, el miedo superaba al cansancio y al hambre. La presencia del médico y del cura dio al resto de los hombres cierta seguridad. Pronto se formó allí una familia con tres preocupaciones: el toro, Braulio y Nicolasa.

    Lo de Braulio, con mucho dolor, ya no tenía remedio. El juez daría la orden de levantar el cadáver; el forense le haría la autopsia; se rezaría un funeral por su alma y, como todos, a descansar en paz. Los que tenían fe, que eran todos, sabían que, si supo defender su campo de remolachas, con mayor razón, desde la otra vida, defendería a su viuda y a sus niñas.

    Después de un buen rato de comentarios, propuestas, preguntas, respuestas, posibilidades y dificultades, se dio solución al toro. Era un peligro público y había que matarlo cuanto antes, aunque no se supiera el dueño. Los datos tomados por Pepe desde lo alto del pino, W 8, no correspondían a ninguna de las tres ganaderías que pastaban por los Montes Universales.

    En cuanto a la indemnización a la viuda, siempre se tropezaban con lo que había dicho Pepe:

    - Braulio había hostigado al bicho. Allí estaban las pruebas.

    Mientras los demás rumiaban el asunto, José el Cojo tocó discretamente en el hombro al sacerdote, y le hizo señas con la cabeza que le siguiera. Cuando estuvieron apartados del corro, le dijo:

    - Bajo mi exclusiva responsabilidad, esto lo arreglo yo.

    Casi a tientas, al resplandor de la hoguera, fueron en busca de la zanja y de la escopeta. Alumbrándose con el encendedor, hallaron el cartucho disparado. José lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Luego encontraron la escopeta.

    - Cójala con el pañuelo para no dejar huellas, y démela.

    Sujetó la culata bajo la axila izquierda y apoyó el cañón en el antebrazo. La abrió, usando el pañuelo, y extrajo el cartucho. Pidió al sacerdote que mojara el pañuelo en agua. Lo introdujo en el cañón y lo empujó con el bastón hasta que salió por el otro extremo. Repitió la acción. Había quedado limpia y con humedad para que se oxidase. La cargó de nuevo y la dejó donde estaba.

    - ¿Ha comprendido? ¡Braulio no ha disparado!. Vamos con todos, y hable usted.

    El cura se resistió:

    - Esto no es legal, Pepe. Estamos eliminando las pruebas para un justo juicio.

    - Entre la vida de un hombre y la de un toro, por hostigado que haya sido, nunca puede ser justo un juicio. Con lo que acabo de hacer, no miento. Simplemente oculto y callo. Pero si llega el caso, yo diré toda la verdad. ¿Conforme?

    El cura se encogió de hombros. Al volver, es cuando los del corro se apercibieron de que se habían ausentado. El sacerdote les dijo:

    - Si todos queremos ayudar a la viuda, yo os pido un compromiso de silencio: Braulio no ha disparado al toro.

    José sacó del bolsillo el cartucho disparado, lo mostró y se lo guardó. El cura enseñó el pañuelo renegrido del hollín y con olor a pólvora, y también se lo guardó. Todos comprendieron y se comprometieron al silencio.

    - ¿Y si se hace la autopsia al toro y aparecen postas?

    Ante la observación aguda de Pepe, se produjo, de nuevo, el desconcierto. Fue el médico el que intervino para zanjar el asunto y dar el plan a seguir:

    - Uno de vosotros, que tenga escopeta en regla, se viene ahora con nosotros. Mañana a primera hora tiene que estar aquí. Cuando los guardias disparen al toro, el de la escopeta le mete también un par de tiros de postas. No perdamos tiempo. El juez y el alcalde tienen que preparar sus escritos para avisar al forense y pedir a la Guardia Civil que mañana venga a matar al toro. ¿Quién se viene? -terminó, dando la orden de regreso.

    Uno que tenía escopeta y licencia de caza se unió a los que regresaban a Villar. José, apoyado en su bastón, se giró a los que se quedaban:

    - Estoy seguro que guardaremos el secreto. Pero si llega a saberse, quiero manifestar que el cura sólo ha ayudado a mi cojera. Todo es responsabilidad mía.

    - A partir de este momento, es responsabilidad de todos y mía -aclaró el cura.

    A los pocos metros, los que se iban desaparecieron en la negrura de aquella noche, y dejaron el miedo en la Vega de Tajo.


    Villar estaba en tensión. Cuando la camioneta llegó a las primeras casas, las ventanas y los portales se abrieron. Con la noticia de la muerte de Braulio corrió la consternación.

    A Nicolasa no hubo necesidad de decirle nada. Cuando vio entrar en su casa al médico y a los dos sacerdotes, se tapó la cara con el delantal para sujetarse las lágrimas. Las pequeñas estaban durmiendo juntas en la misma cama. No quería despertarlas. Más tampoco pudo evitar entrar en la alcoba, abrazarse a ellas, meter su cara entre sus caras y regarlas con lágrimas. Después de este prolongado llanto silencioso, se serenó, como si hubiera sacado fortaleza en la debilidad de aquellas niñas.

    Todas las gentes de Villar acudieron a llorar con ella.


    Aquellos tres pueblos no tenían puesto de la Guardia Civil; el más próximo estaba en Orihuela del Tremedal. Tampoco había teléfono, y las comunicaciones eran a pie. Para emergencias como ésta, estaba José el Cojo.

    En el ayuntamiento se redactaron los papeles y los firmaron el alcalde, el juez y el médico. La camioneta se puso en marcha. Llegaron de nuevo al empalme de Búcar; llanearon dos kilómetros y subieran la cuesta de Codejas. En lo alto, José el Cojo aminoró la marcha.

    - Ustedes se quedan aquí -dijo al cura y a Antonino.

    - Y usted, a estas horas, no va solo a Orihuela del Tremedal -contestaron a coro los dos.

    Rozaron el pueblo, pasaron las curvas al pie del Castillejo y las rectas del Cuarto del Rábano. Subieron. Bajaron la cuesta de Aguas Amargas. Entraron en el Puerto como en un túnel de pinos. Llegaron al empalme: a la derecha Noguera, a la izquierda Orihuela. Terminaron la recta, las curvas de descenso, y vieron las luces de Orihuela.

    Pararon en la puerta del Cuartel. Dentro, todos dormían. Llamaron y, al poco, el guardia de puertas les abrió. Explicaron su misión. Salió luego el Comandante del Puesto abrochándose el cinturón de la guerrera. Se informó de lo ocurrido y leyó los papeles. Aseguró que a primera hora saldría una pareja a la Vega de Tajo con un camión de los Martínez que estaba sacando madera de allá. Que él mismo llamaría por teléfono al juez y al forense de Albarracín.

    Dejaron el asunto en buenas manos. La burocracia seguiría su curso. A las tres de la madrugada ya estaban en Griegos, dispuestos a descansar.


    Allá en la Vega, donde se había quedado el miedo y el frío nocturno del otoño, los hombres mantenían viva la fogata. Intentaban cuidar del cadáver y de ellos mismos. Cuando se quedaron solos, su soledad les parecía total, sobrecogedora.

    La oscuridad impenetrable agigantaba los ruidos de la noche: la caída de una piña seca, el crujir de la hojarasca al pisarla algún animalillo, el roer de las ardillas o el de la ratas del prado. A fuerza de escuchar, oían el avanzar del toro hacia ellos. A fuerza de mirar, veían lo que se imaginaban. Acabaron por treparse a los pinos, y en ellos permanecieron hasta que, con la luz del amanecer, pudieron discernir entre la realidad y la fantasía.

    El cadáver de Braulio estaba en el mismo lugar en el que lo había robado la noche. Y el toro seguía allí, donde dejaron de verlo, en la manga de pinos que avanzaba hacia el hondo de la Vega.

    Estaba allí, pero echado. Le gritaron y no se movía. Se fueron acercando con la prudencia que brinda el miedo.

    - ¿Tumbado?

    - ¡Tumbado!

    - ¿Muerto?

    - ¡Muerto también!

    Empezaba a rayar el sol, cuando llegó el cazador con postas y perro. Más tarde, el camión de la madera con la pareja de la Guardia Civil. Pudieron ver que el hierro W 8 que había anotado Pepe desde arriba, era B M: el hierro de los toros de Benito Mora que pastaban en Valtablado, al otro lado de la cordillera occidental, a la altura de Fuentegarcía.

    No hubo necesidad de dispararle, ni se hicieron preguntas. Cargaron las dos víctimas en el camión, y alguien recogió la escopeta, la boina y las abarcas.

    La Vega de Tajo se quedó llena de luz con su paisaje matizado de tristeza.


    A los dos días, Benito Mora, montado sobre el caballo de su mayoral, entraba en Villar del Cobo. Explicó a las autoridades que aquel toro era uno de los sementales de su ganadería, que, después de una pelea con otro, había salido huyendo de la dehesa. Y concluyó:

    - Sé que el toro fue hostigado; pero tampoco yo tengo cercada la finca. Entreguen a la viuda este cheque. Si le parece poco, me lo hacen saber. Le manifiesten ustedes mi pena, pues yo no me siento con ánimos.

    Es un hombre más de aquellos pueblos.

    Valencia, enero 1987





 Aplicaciones didácticas 

Atrás





Artículo: ¿Qué es educar?

Otros: Profesores

®Arturo Ramo García.-Registro de Propiedad Intelectual de Teruel nº 141, de 29-IX-1999
Plaza Playa de Aro, 3, 1º DO 44002-TERUEL (España)