Escenas perdidas: lo rural

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

    INTRODUCCIÓN

    Bajo el título "Escenas Perdidas", se ha intentado recoger parte del lenguaje del ámbito rural de tiempos pasados. No se trata de nostalgias bucólicas, sino de dejar constancia de tareas desaparecidas y de sus palabras específicas, que constituyen un patrimonio cultural en riesgo de caer en el olvido. En realidad ya están perdidas.

    Esta idea surgió de conversaciones y tertulias con compañeros de mesa. Quiero dejar constancia y agradecer a José Civera, Teodoro de Gracia, Isaac Palomar y Manuel Gómez, que han sido los que han aportado la mayor parte del vocabulario.

    Para que se entienda mejor el lenguaje que se recoge, es usado en sus acciones propias por personajes de una insinuada trama de novela.

    Ya sé que lo que he escrito no sirve para nada; pero como diría Julio -si siguen leyendo se encontrarán con él-, yo me distraigo con esto en los ratos libres que otros dedican a las cartas o al chismorreo de la cantina.

    Teruel, 2005


    LA CASA

    El tío Ramón, por parte de padre, era de la familia apodada los Misicas, porque tuvieron un pariente que llegó a ser canónigo, y por parte de madre pertenecía a los Malmira, porque hubo un antepasado que era bizco y las malas lenguas le atribuyeron el poder de causar mal de ojo. Pero, ahora, la familia ya no es conocida por ninguno de estos apodos. El tío Ramón era el mayor de cinco hermanos, de los que sólo dos salieron adelante; los otros tres murieron a los pocos años de nacer, e incluso antes, como el segundo que era niña y murió en las manos de la abuela materna mientras la bautizaba de urgencia en la misma alcoba del parto.

    Nada más salir de quintas, se casó con Pascuala, doncella de buena crianza. Se conocieron desde que eran niños, que es como se conocen los que son de un mismo pueblo. Todos se tratan a diario. Todos han entrado muchas veces en las casas de todos; a todos son patentes las cualidades y las rarezas de todos los demás. Cuando Ramón puso los ojos en Pascuala, sabía a dónde se metía, y a qué nueva parentela se incorporaba. Su amor a Pascuala se extendía y abarcaba, como algo inseparable, a los padres, a los hermanos y a los abuelos. A Pascuala le ocurría lo mismo con la familia de Ramón. Ambos eran trabajadores honrados y temerosos de Dios.

    Se pusieron a vivir en casa del tío Ramón en la calle de Medio. La puerta de la calle era de dos hojas, cortadas horizontalmente y con gatera, que se abría a una entrada amplia; desde la entrada, se pasaba al corral por una puerta interior, y, enfrente, por una escalera de atoques de madera, se subía a la primera planta; y la misma escalera, pasada otra puerta, continuaba más empinada hasta la cambra. En la primera planta estaba la sala con la cómoda y las arcas de la ropa con olor a membrillo; y las alcobas con camas altas de pilares de madera y márcegas de borra y sillas en la cabecera. Cada primavera, la tía Pascuala desarmaba las camas y, una vez que les había matado los chinches con agua hirviendo y desinfectado con zotal, las volvía a parar. También en la primera planta se hallaba la cocina, donde se hacía la vida. En ella estaba el fogón con morillos a los lados bajo la rialda y las llares colgando sobre el fuego; a un lado del fogón, la alacena donde se guarda lo de uso más frecuente para guisar; el basar para guardar la vajilla; debajo del basar, las cantareras donde se acomodan los cántaros del agua; y la despensa debajo de la escalera de la cambra. En el centro de la cocina, la mesa de comer con algunas sillas arrimadas a ella. El tío Ramón había vivido en aquella casa desde niño y la podía recorrer a ciegas.

    Después de cenar, acudieron a pasar la trasnochada el tío Felipe y su mujer la tía Anamaría, con quienes, además de la vecindad, compartían sus respectivos machos como aparceros. Estuvieron hablando, a la luz de las teas de la almenara y al amor de la lumbre, sobre la marcha del pueblo. El tío Ramón llegó a manifestar su propósito de presentarse como Alcalde, y la tía Pascuala le advirtió:

    - ¿Y qué es lo que se te ha perdido?; ¿aún no has aprendido?

    El tío Ramón se hizo el sordo, y el tío Felipe intervino:

    - Si no lo intenta la experiencia de los mayores...

    Siguieron hablando hasta que, bien avanzada la noche, se despidieron los vecinos. El tío Ramón y la tía Pascuala estaban en el primer sueño, cuando los despertó el ruido de un portazo. Se tiró él de la cama, y salió de la alcoba a la cocina enrollándose la faja. No necesitaba luz. Dio tres pasos medidos para no tropezar con el banco de madera que se cruzaba ante el fogón; alargó el brazo, y palpó por la rialda; sus dedos hallaron lo que buscaba. Abrió la caja de mixtos y prendió uno. Las paredes de la cocina se llenaron con su propia sombra. Se cambió de mano el fósforo para poder arreglar la torcida del candil, que estaba allí mismo colgado en la candileja. Lo encendió, dejó la cerilla sobre las cenizas negras de la almenara y se dirigió a las escaleras. Con el candil en alto para no deslumbrarse, empezó a bajarlas. Una volada de aire se lo apagó. Profirió una maldición. La palabrota no fue por quedarse a oscuras, sino porque aquel aire era señal de que la puerta de la calle estaba abierta de par en par. La cerró, y subió los peldaños bajados; dejó en su puesto el candil apagado, y volvió a la alcoba. Mientras se metía en la cama, dijo a su mujer:

    - Que se ha movido aire y nos dejamos la puerta abierta.

    - Y como no hay chicos para echarles la culpa...

    - Nadie te echa la culpa a ti.

    Se arrebujaron en las mantas de cordellate y, al poco rato, conciliaron el sueño.

    La tía Pascuala se levantó al apuntar el día. Antes de salir de la alcoba se santiguó. Sería por el mes de Marzo. Encendió un mixto y lo aplico a una astilla de tea; la puso apoyada en los tizones apagados del fogón; arrimó leña menuda y, apenas se prendió la lumbre, puso las trébedes encima, y en ellas la sartén. Se acercó a la despensa que estaba en el hueco de debajo de la escalera de la cambra; cortó unas tajadas de blanco del delantero que allí tenía colgado, y las frió. Las retiró a la grasera, y, a la grasa que habían soltado, le añadió, en la misma sartén, un puñado de harina de guijas y un poco de agua. Cuando se levantó el tío Ramón, ya estaban listas las gachas de guijas. Mano a mano, cucharada va y cucharada viene, dieron cuenta de ellas en la misma sartén puesta en las mismas trébedes sobre las que las había guisado. Sin apartarse del amor de la lumbre, se comieron también una tajada con abundante pan.

    Él, después de echarse un trago de vino con la bota, dijo que se iba a ver qué tal día hacía, y, aunque ella le dijo que estaba nevando, no le hizo caso y se fue.

    La tía Pascuala se ató el delantal de las faenas de la casa (tiene dos más: el blanco del horno y el de trajinar con los gorrinos); puso en orden la casa, y una vez dispuesta la olla de la comida, subió al amasador a por las dos sollapas que, del amasijo anterior, le quedaban en la artesa. Desde el ventano de la cocina se veían caer fuera los copos de nieve, y a través del mismo entraba en la cocina su tenue luz blanca. Sobre el fuego, colgado de las llares, hervía el caldero lleno de gamones para los cerdos. En dos ollas de barro, arrimadas a las brasas y sujetas con sus cantos, se guisaba lentamente la comida al son de las corbeteras que bailaban el ritmo que marcaba el vapor. El gato pardo dormitaba tendido en el estrafuego, moteándose de ceniza. Ella, sentada en una silla baja, con los pies apoyados sobre uno de los morillos de la lumbre, se puso a espizcar sobre el delantal las dos tortas gaspacheras, mientras la comida se hacía sola. De cuando en vez interrumpía la faena, o para levantar las corbeteras de las ollas por ver si había que añadirles agua, o para retizar el fuego, o para meter un trozo de rancio en el caldero de los gorrinos si la fuerza del hervor derramaba agua sobre el fuego.

    Terminó de espizcar las sollapas; se levantó y, aguantando los gaspachos espizcados entre las puntas del delantal, se acercó al basar donde se guarda la vajilla, tomó la fuente grande de porcelana, los vació en ella y la dejó colmada en la alacena. Se acercó a la cantarera, tiró de un cántaro y lo abocó en la jarra de loza blanca que, sujeta por el asa en un clavo, tenía allí mismo para este menester. Con la punta del delantal, para no quemarse, levantó las corbeteras y añadió agua a los pucheros.

    Entre tanto, el tío Ramón había estado hablando con su hermano Abel.

    El tío Abel había sido el tercero de los hermano. Se casó con Luisa, la hija del mayor ganadero del pueblo, y pasó de agricultor pobre a ser ganadero rico. El amor es siempre un hallazgo personal, y, tal vez por esto, en cada época se tiende a pensar que es un descubrimiento nuevo y se suele decir que en tiempos pasados en los pueblos se casaban exclusivamente por juntar intereses. En algún caso pudo ser así, como lo puede ser ahora. Pero el tío Abel y la tía Luisa se casaron por amor; con un amor, eso sí, maduro, responsable, consciente y sereno. Cuando fue a pedir la mano de Luisa, el padre de ésta le echó en cara:

    - Años atrás te pedí que entraras en mi casa como criado y te negaste. ¿Cómo te atreves ahora...?

    - Ya entonces tenía puestos mis ojos en Luisa y me apetecía estar cerca de ella; pero por proteger su honra no acepté; ella lo puede decir.

    - Te la has merecido, hijo; dame un abrazo.

    Al tío Ramón le venía rondando una idea que su padre no pudo realizar, y fue a comentar con su hermano Abel su intención de presentarse a Alcalde del pueblo en el próximo San Miguel, y a proponerle que lo acompañara como concejal. Sólo le contó que sería muy conveniente que aceptara para llevar a cabo sus deseos de mejorar la situación del pueblo.


    EL CORRAL

    El corral del tío Ramón, con puerta ancha de dos hojas verticales a la calle, linda con el del tío Felipe. Tiene cobertizo adosado a un lado de la casa, y dan a él la puerta de la cuadra; la de las gorrineras, y la del gallinero.

    El gallinero es parte del apaño de la casa, y se ocupa de él la tía Pascuala.

    Cada gallinero tiene su gallo que canta, que domina a las gallinas y las monta para que sus huevos no salgan hueros. Si la puerta del corral tiene gatera, y casi todas la tienen, salen a deambular por las calles de la vecindad. Todas llevan su calza -un anillo de tela cosido a una de las patas- del color que cada dueña escoge. La tía Pascuala había escogido el color rojo, para distinguir las propias de las ajenas cuando alguna se pasaba al gallinero de la vecina, cosa que no es raro que ocurra, aunque los gallos se peleen por no perderlas.

    Salen y entran al gallinero por un ventanuco, mediante una rampa de palos que desciende hasta el corral. En el corral se les echa de comer y agua para beber; pero, si no se les impide, se van a la calle a buscar y a picotear, y, estén donde estén, lo suyo es escarbar. Dentro del gallinero hay otra rampa que baja al suelo y varios palos en alto para dormir o para pasar al nidal o ponedero, que es una cesta vieja en un rincón, con el pon o huevo relleno de yeso que las estimula a poner allí. Una vez que han puesto, salen y bajan ostentosas cacareando por la rampa.

    El gallinero tiene, además, puerta que da al cobertizo, pero sólo se abre cuando la tía Pascuala recoge cada día los huevos o cuando limpia las gallinazas o si echa huevos a la llueca. Para esto, prepara una cesta terrera con paja; coloca en ella los huevos y a la llueca encima; les hace la señal de la cruz , y a esperar veintiún día. Mientras la llueca engora, a la comida normal se le añade sopeta de pan y vino para que no le baje la calor. Cuando empiezan a salir los pollos, la tía Pascuala se los va quitando para ponerlos en una tortera con salvado al amor de la lumbre, y una vez que han salido todos, después de quitar las cáscaras y los hueros, los devuelve a la llueca para que empiece a criarlos; y, mientras tenga los pollos, tendrá el privilegio de entrar al gallinero por la puerta y dormir en el suelo con ellos bajo sus alas. Las que salgan pollas serán para reponer las gallinas viejas. Los que salen pollos, con las viejas y los huevos serán una ayuda en la economía doméstica. Se consumen algunos en casa cuando es fiesta, pero son más los que se venden. Los huevos, además, se usan como moneda para comprar. La tía Pascuala, cuando va a la tienda, lleva un huevo para comprar un carrete de hilo blanco, y media docena para comprar medio kilo de azúcar. Y cuando pasan por el pueblo el estañador, el afilador, el capador, el vendedor ambulante de pescado fresco, de fruta o de telas, y hasta el pobre fijo, como Julián el Tonto, se les paga frecuentemente con huevos, que luego ellos venderán en la tienda.

    El tío Ramón, después de almorzar, ha dicho a su mujer que iba a limpiar la cuadra.

    Ha sacado el macho al corral, y ha empezado a aparejarlo con los aperos que guarda siempre en estacas obradas en la pared del cobertizo, que hacen de perchas. Le ha puesto las cabezadas, pasando primero las orejas y ajustando la serratilla por detrás del morro; al ramal lo ha dejado colgando en el cuello; le ha echado el ropón sobre el espinazo, alisándolo para que no queden arrugas que puedan producirle tocaduras; sobre el ropón ha acomodado la albarda, levantando el rabo del macho para que la tarria quedara por debajo; luego ha tirado la cincha por encima y, recogiendo el otro extremo por debajo de la tripa, la ha tensado, tirando fuerte de la punta que antes ha pasado por dos anillas del otro extremo; ha intentado mover la albarda y estaba bien sujeta; y sobre ella, ha dejado caer el serón, impulsándolo con ambas manos como si fuera un pesado capote de torero; sus alforjas colgaban por ambos lados. El macho estaba listo y, además, se estaba quieto. El tío Ramón se ha metido en la cuadra; con la horquilla ha empezado a llenar de ciemo la cesta terrera, y a vaciarla en las alforjas del serón; y, cuando estaban a medio llenar, ha colocado un mozo debajo de cada una de ellas para abrirlas y así les cupiera más. Cuando estuvieron llenas y apretadas a golpes con el culo del terrero, ha dado una patada a cada mozo, y el serón ha vuelto en su posición natural; lo ha colmado con alguna cesta más; ha recogido con un escobote el ciemo derramado; ha abierto las dos hojas de la puerta del corral; ha tomado el macho del ramal y lo ha sacado, casi rozando el serón los lados de la puerta. Ya en la calle, ha voceado a su mujer, a la que nunca llamaba por su nombre:

    - ¡Muchacha!, me voy a descargar al piazo del Cuadrejón.

    - Ve con Dios, Ramón, -le ha contestado ella desde la cocina. De la cuadra subía olor a estiércol removido.

    A la salida del pueblo por el camino de la loma, tiene su muladar junto al de otros vecinos, donde depositar el ciemo mientras no se precisa para estercolar los campos. El Cuadrejón estará de añada en la próxima sementera, y allá se ha dirigido el tío Ramón.

    Ha descargando en el bancal, levantando y empujando una alforja del serón hasta que ha caído al suelo por el otro lado. Ha tirado de él, lo ha sacudido dándole unos golpes con el pie, y lo ha vuelto a echar vacío sobre el macho. Las picarazas no han tardado en acudir a picar en los montones de estiércol. Ha tenido que hacer varios viajes. En el último, ha rascado con el azadón el enlosado de la cuadra, y el olor era más penetrante. De vuelta, ha pasado el macho por el abrevadero, y ya en casa, ha sacado de la pajera y derramado por el suelo de la cuadra unos brazados de paja limpia. Ha llenado de pienso el pesebre, y, después de desaparejar al macho, lo ha metido dentro.

    Se ha encontrado en la puerta con el tío Felipe, y le ha comentado que lo de la otra noche iba en serio, y le ha añadido:

    - Mi hermano Abel acepta como concejal; ¿aceptas tú también?

    - Puedes contar conmigo.

    - Pienso decirlo también a Julio

    - Me parece buen muchacho.

    - Ya hablaremos. Si no precisas mi macho para mañana, iré a por una carga de leña.

    - No lo necesito.

    A la mañana siguiente se fue a por leña. Después de almorzar una sartén de gachas y dos tajadas de tocino, el tío Ramón ha bajado a aparejar el macho, como ayer. Al final, en vez de el serón, ha puesto las samugas encima de la albarda y las dos sogas acarriaderas colgando recogidas en sus puntas delanteras; ha acomodado en ellas el hacha y el podón, y ha salido echándose el ramal del macho sobre los hombros.

    - ¡Muchacha!, me voy al Sabinar.

    - Ve con Dios, -le ha gritado ella.

    Nada más llegar, ha sacado el hacha y el hocino; se ha puesto ahorrado, y al dejar la chaqueta sobre una piedra con el podón, se le ha desplegado una liebre, por sorpresa como siempre. Mientras se alejaba rauda, ha pensado en Julio y ha recordado aquello de "al leñador caza y al cazador leña". Con el hacha ha empezado a cortar ramas bajas de algunos pinos y sabinas. Entre tanto, el macho rozaba, suelto, algo de hierba. Cuando creyó tener ramas suficientes, fue repasándolas una por una con el hocino hasta dejarlas limpias en un montón. Ha visto un tocón de pino, ya carcomido de viejo, y con el mocho del hacha le ha dado un par de golpes y lo ha arrancado de la tierra; nunca sobra otra zeporra de tea en casa, y la ha echado al montón.

    Las haldas o ramas limpias de sabina y los cándalos si son de pino, aunque estaban recién cortadas, ya sangraban por los cortes y pringaban las manos con su resina. Ha hecho dos pequeños montones, separados y paralelos, con los troncos más gruesos. Ha colocado el macho en medio, y ha desplegado las sogas acarriaderas. Ha cogido en sus brazos uno de ellos y lo ha levantado hasta ponerlo paralelo encima de las samugas, y mientras lo sostenía con una mano, tomaba con la otra la soga acarriadera y lo amarraba con ñudos en cada uno de los extremos de las samugas, formando un haz. Ha tomado un cándalo largo y, poniéndolo de mozo, ha apoyado en él el haz de leña, para que lo aguantara y no se ladeara la albarda, mientras ponía el otro haz en el lado opuesto. Apenas lo ha colocado, la carga ha que dado nivelada y ha retirado el mozo. Ha reforzado la seguridad de los ñudos que sujetaban los dos fajos en las samugas, y ha completado la carga, poniendo encima el resto de haldas y cándalos con la zeporra de tea; ha pasado las dos largas puntas de las sogas y las ha repasado de uno al otro lado por encima, terminando por añudarlas con destreza.

    Ya en casa, después de desatar los ñudos de las sogas, ha empujado la carga por un lado para que caiga por el otro. Las haldas y los cándalos han quedado sueltos en el suelo del corral. Ha plegado las sogas; ha desaparejado el macho y lo ha metido en la cuadra. Al momento, los conejos, que se esconden debajo de la cina de leña, que nunca falta bajo el cobertizo, han salido con precaución y se han puesto a roer la piel tierna de las ramas hasta dejarlas blancas.

    Los conejos conviven y comparten la comida con las gallinas. Para que críen, el tío Ramón les prepara cajones puestos boca a bajo con un agujero, por el que, destapándolo, entra la coneja a dar de mamar a las crías, y al que vuelve a tapar después de salir. Son otra ayuda para la casa y para la cocinera en los días de fiesta. El conejo escabechado o con arroz son guisos que le salen muy bien a su mujer.


    LOS CERDOS

    La tía Pascuala se guardó una cerda del año anterior. No la capó y, cuando se puso varrionda, la llevó al varraco. A su debido tiempo parió, y el ama estuvo presente para ayudarle en el parto y darle el berbajo de convalecencia. Eran siete los lechones que se agarraban a los pezones de las tetas de la madre; ella se tumbaba todo lo largo que era para darles la playa, y ellos se quedaban dormidos mamando, arrullados por el rítmico ronquido de la cerda, e insensibles a los gruñidos del guarín. La tía Pascuala se pasaba las horas contemplando la escena y haciendo cálculos con los duros que podía sacar, cuando cumplieran y vendiera cinco. Para casa se quedaría con uno y el guarín que no acababa de esporrinar. Las vecinas se pasaban para verlos; preguntaban los precios que corrían y volvían para apalabrar uno o dos.

    El tío Ramón decía que los cerdos eran la hucha de los pobres. De ella se saca lo que se paga por las crías y, sobre todo, la matanza. Y pobres eran casi todos los del pueblo.

    Habían cumplido las siete semanas, y había que vender. La tía Pascuala consultó al tío Ramón y este le dijo que lo de los cerdos era cosa de las mujeres. En pocas horas desaparecieron los cinco, vendidos a cinco duros. Le enseñó las 125 peseta a su marido, mientras le decía orgullosa que ya tenían para los pagos de la contribución y las canaleras.

    La mujer de la casa sabe que es tarea suya hacer a los gorrinos, y que es tarea fácil criarlos porque, si hay conqué, ellos siempre tienen un hambre insaciable. Se comen todo lo que se les eche: cardos, alfalfe, gamones y patatos cocidos, remolacha, peladuras, lo que el tiempo lleve, revuelto con un puñado de salvado. En las gorrineras hay un gamellón y el picador que es un palo terminado en una pieza de hierro en forma de espátula. Los cerdos viven en un destajado cerrado dentro de la misma.

    Cada día la tía Pascuala tiene que pasar por la gorrinera. Apenas abre la puerta, los cerdos empiezan un concierto ensordecedor de gruñidos. Vacía en el gamellón una haldada de cardos o un haz de alfalfe o el caldero con los gamones y patatos cocidos, y, con el picador, empieza a picar para desmenuzar lo que en él ha echado. Los gruñidos siguen en aumento. Añade luego unos puñados de salvado y revuelve todo con el mismo picador. La pastura está lista y les abre para que salgan a comer. Dan cuenta de todo en menos tiempo que ella en hacerles. Los contempla complacida y, mientras comen, los acaricia rascándolos o les mide a palmos la anchura del lomo o, de cuando en cuando, retira el estiércol y les echa una haldada de pajuzo. Los cerdos son cochinos, pero a ella le gusta que estén limpios. Terminada la faena, los mete dentro dándoles con las palma de la mano, y les cierra la puerta. Así, hasta que les llegue su San Martín.


    EL PAN

    El tío Ramón, según lo hablado con el tío Felipe, fue una tarde a ver a Julio. Le parecía reflexivo y sensato, con inteligencia y carácter para afrontar los problemas. No estaba en casa. Su mujer le ha dicho que había salido al río con los chicos.

    Julio y Adelaida eran un matrimonio joven con cuatro hijos. Él era aficionado a la caza y a la pesca. Para pescar no necesitaba más que una caña con sedal, algunos anzuelos y lombrices. Para la caza tenía escopeta heredada de su padre; pero, aunque se preparaba él la munición, tenía que gastar algunas pesetas para comprar pólvora, perdigones y cartuchos vacíos. Por esto, para no malgastar, tenía que asegurarse de que el gasto del tiro quedara bien pagado, y, para conseguirlo, sólo disparaba, a espera o en el chozo, a piezas quietas. Ante el refrán del pueblo de que hombre cazador y pescador mal agricultor, se resignaba y se defendía pensando que a él nadie le hacía las faenas y trabajaba su poca tierra tan bien como el mejor; que no tenía culpa de que fueran muchos los días y poca la tierra; que el tiempo que le sobraba y otros gastaban en la cantina, él lo empleaba en llevar a casa truchas o conejos, para que sus hijos pudieran comer algo bueno. Siempre que salía con la caña o con la escopeta, se llevaba con él a algunos de sus hijos si no era hora de estar en la escuela

    El tío Ramón se fue paseando hacia el río. Lo encontró enseñando al chico mayor cómo tenía que ensartar bien la lombriz en el anzuelo.

    - Me los traigo para descargar a Adelaida; y, conmigo, nada malo aprenderán.

    - Me gustaría verte sacar una, -dijo el tío Ramón al muchacho.

    - Si la sacas, será para el tío Ramón.

    El chico echó el anzuelo en el pozo y miró a su padre con satisfacción. Los dos hombres se pusieron a hablar y acabaron sentados en el ribazo. El tío Ramón le contó que quería entrar como Alcalde en la próxima sanmiguelada; lo invitó a tomar parte con él, y le expuso su intención de roturar y parcelar los Prados. Julio le objetó:

    - Sabe usted que es imposible; los bienes comunales no se pueden tocar.

    - Eso es lo que tenemos que averiguar.

    - ¿Y los ganaderos?

    - Mi hermano Abel será también concejal, lo conozco y lo podemos convencer.

    - Cuente pues conmigo.

    - Sólo tú conoces mis intenciones; no lo sabe ni mi hermano ni el tío Felipe; será mejor que no lo digas a nadie.

    Se despidió, y volvió a casa dando vueltas a lo de roturar los Prados.

    Entre tanto, la tía Pascuala había subido al amasador con un pañuelo claro atado a la cabeza. No quedaba pan, y tenía que ir al horno al día siguiente. El amasador era un pequeño cuarto con la poca luz que entraba por un estrecho ventanuco. Pegada a la pared de la ventana y sujeta sobre una base de obra, estaba la artesa. La talega de harina se recostaba en un rincón junto a ésta y, a sus pies, un escriño. En otra pared había una tabla puesta como repisa en la que se guardaban, entre otras cosas, el perol de la levadura, el ciazo, una fina barra de madera, el rascador, la pintadera y el panderillo.

    La tía Pascuala acomodó en las muescas de la artesa la barra; desató la talega; cogió el ciazo y, arrimándolo a la boca de la talega, echó en él varias almostradas de harina. Agitó el ciazo, deslizándolo sobre la barra de madera, y la blanca harina empezó a caer cernida en la artesa. El salvado y otras impurezas que quedaban en el ciazo las depositaba en el escriño que tenía cerca. Así estaba cerniendo, cuando el tío Ramón entró en casa. No necesitó preguntar en donde estaba su esposa; el tracateo del ciazo se lo dijo. Se sonrió complacido por la mujer que tenía, y subió a verla. Con tono entre duro y tierno, le dijo:

    - ¿No podías cerner mañana?

    - ¿Y entre tanto qué quieres que hubiera hecho?

    - Dame el ciazo y ya lo hago yo.

    - ¿Para que te pongas como un burrico aljecero?; déjame a mí, y vete a lo tuyo.

    - ¿Y en este momento, qué es lo mío?

    - Guardar el fuego, que se estará apagando.

    El tío Ramón, resignado, se bajó a la cocina y se sentó a retizar el fuego, a pensar en lo hablado con Julio y a dormitar, arrullado por el tracateo del piso de arriba.

    Cuando la tía Pascuala terminó, se quitó el pañuelo de la cabeza y, después de sacudirlo en la ventana, se lo pasó por la cara para quitarse la harina de las cejas. Bajó y se puso a preparar la cena.

    Después de cenar se fueron a dormir. Como si lo hubieran acordado en capitulaciones matrimoniales, ambos, metidos ya en la cama, rezaban en silencio un Padrenuestro. Ella decía que por las almas del Purgatorio, para que le dieran paciencia y le echaran una mano en los quehaceres diarios. Él, que por las almas también; pero pocos años después empezó a dedicarlo a San José, abogado de la buena muerte. Y es que el tío Ramón, porque la muerte le robaría su esposa, comenzó a sentir miedo a morir. Terminaron el silencio del rezo, y aproximaron el calor de sus cuerpos. Él susurró a ella:

    - ¿Estás cansada?

    - Como tú.

    Se hicieron unas carantoñas y acabaron fundidos en una sola carne.

    La tía Pascuala madrugó; encendió el fuego; puso a calentar un caldero de agua con un puñado de sal; se añudó el pañuelo blanco a la cabeza, y se lavó los brazos. Cuando el agua estuvo tibia, descolgó de las llares el caldero, y con él en una mano y el candil encendido en la otra, subió al amasador. Dejó el cubo en el suelo, y colgó el candil en un clavo de la repisa. Tomó de ella el perol de la levadura y lo vació en la artesa junto a la harina, que había dejado amontonada a un lado. Puso el perol en su sitio, y se dispuso a ensanchar. Abrió con los dedos un hoyo en la levadura y, con un jarro, lo llenó de agua tibia. Manipuló la levadura, y fue añadiendo agua hasta que quedó disuelta. Hecho el ensanche, empezó a arrimar harina y a añadir agua, para mezclarla con la levadura. A medida que la harina arrimada aumentaba, se hacía más pesada la tarea de removerla y luego batirla a fuerza de brazo hasta dejar una masa correosa. La tía Pascuala sudaba, y para tomarse un respiro, usó el rascador para limpiar las paredes de la artesa y mezcló las rascaduras con la masa; luego se puso a preparar la cesta blanca de mimbres pelados, poniendo extendidos los mandiles y luego las maseras.

    El tío Ramón, desde la cama, dejó de oír los golpes de dar mano a la masa en la artesa. Era el momento de subir a ayudar a su mujer, y se levantó. Pasar la bola de masa a la cesta exigía fuerza. No es que ella no fuera capaz de hacerlo; pero siempre lo había hecho él, y subió. La tía Pascuala terminó de espolvorear con harina las maseras, y el tío Ramón cogió la masa metiendo por debajo las manos y los brazos arremangados y la depositó con mimo sobre las maseras. Como siempre que hacía esta faena, ella le recordó:

    - Te habrás lavado.

    - ¿Y si no me hubiera lavado, qué...?

    - Que serías un marranazo -le contestó, mientras arrancaba un pizco de masa y lo ponía en el perol, para levadura del siguiente amasijo.

    Él hizo una mueca y se bajó, dejando que su mujer terminara la tarea de fajar la masa, remetiendo por los lados las maseras y luego los mandiles. Quedó arropada en la cesta; hizo la señal de la cruz sobre ella, y la dejó en reposo hasta que se hiciera. Ya clareaba el día y se bajó con el candil apagado, a preparar el almuerzo.

    Acabaron de almorzar, y la tía Pascuala, después de hacer las camas, barrer y poner en orden la casa, fue al amasador a ver si ya había movido la masa. Los mandiles empezaban a ponerse tirantes. Bajó; hizo a los gorrinos, y dispuso lo necesario para que la comida se fuera guisando mientras ella estaba en el horno. Subió de nuevo a ver. La masa había crecido y los mandiles se habían abombado, tensos como un tambor a punto de estallar. Le dio una palmada, y la masa retembló: estaba hecha. Solía llamar al tío Ramón, si estaba en casa; pero hoy, puestos el panderillo con harina, la pintadera y el rascador dentro del escriño, levantó la cesta por las asas y, apoyándola en el vientre, la bajó a la cocina por la angosta y empinada escalera. Al verla, el tío Ramón le riñó:

    - Podías haber avisado como otras ves. No aprenderás hasta que un día bajes rodando tú, la cesta y la masa. Ya sé que al horno no debo ir, pero en casa...

    - Baja pues el escriño, -le dijo, y, sonriendo, se metió en la sala a ponerse el delantal blanco y arreglarse los pelos. Salió; cogió del vasar un plato plano y, de la alacena, la aceitera, y los puso, con el panderillo y la pintadera, en el escriño. El tío Ramón preguntó:

    - ¿Ya está todo listo?

    - Falta el pañuelo.

    Mientras ella fue a por su tocado blanco, él cogió la cesta y la bajó a la puerta de la calle. Hizo ademán de ayudar a subírsela al hombro; pero ella, en vez de ponerse en posición con la mano izquierda en el ancón para que se apoyara la cesta en el hombro, le dijo:

    - Hoy me la llevas tu hasta el horno.

    - A ver si te crees que se me van a caer los anillos -le contestó.

    Y cargándose la cesta al hombro salió de casa calle adelante, y ella a su lado con el escriño. Le preguntó:

    - ¿A qué horno?

    - La otra vez fui al de la Andreilla; hoy toca al de la tía Dolores.

    Era el más cercano de casa, y se alegró interiormente no por el peso, sino porque serían pocos los que lo verían hacer lo que siempre había hecho su mujer. Sin poder evitarlo, le dijo:

    - No hay dios que os entienda a las mujeres.

    - Menos mal que sólo sois los hombres los que no nos entendéis.

    - No os entendemos, pero os necesitamos.

    - Querrás decir que nos queréis.

    El tío Ramón ni negó ni afirmó, pero giró la cara para mirarla detenidamente. Llegaron al horno, y el tío Alejandro, en la puerta, descargaba sus dos mulas. La tía Dolores atendía el horno y su marido acarreaba barda para calentarlo.

    El lavadero y el horno eran terreno de las mujeres. Los hombres lo evitaban, como se evita un avispero. Sus picotazos, bromas e ironías dejaban muy malparado al hombre que se atrevía a entrar en esos terrenos. Lo prudente era saludar cortésmente y pasar de largo. El tío Ramón entró cargando la cesta de la masa, y, antes de saludar, ya oyó a una que decía:

    - ¡Qué milagro, Ramón!

    Él se hizo el sordo, dijo buenos días, dejó la cesta y salió. La tía Pascuala buscó tablero libre y puso sobre él todo lo que había traído con la masa. Había sólo tres delante de ella, y tenía que empezar a hiñir. Espolvoreó, con harina del panderillo, su trozo de tablero; descubrió la masa apartando los mandiles y las maseras; con la ayuda de otra mujer, tomando las maseras por las puntas, las subieron al tablero, y rodaron sobre él la masa, para poder quitar las maseras. Dejó éstas en la cesta, la empujó con el pie para meterla debajo del tablero, y empezó a hiñir. Espolvoreó abundantemente la masa, que estaba pegajosa; la adelgazó, y cortó una porción suficiente para hacer un pan. Le echó harina, y empezó a estirarla con el pulpejo de la mano y a recogerla repetidas veces; y terminó dándole bofetadas con ambas manos, dejándola redonda como una bola. La puso a parte, y cortó otra pella, para repetir la faena. Así, hasta que acabó de hiñir toda la masa.

    Cuando le llegó el turno de cocer, puso uno de estos trozos de masa sobre una pala pequeña que servía el hornero, y lo extendió con los nudillos hasta dejarlo en forma de pan redondo. Echó aceite en el plato plano, mojó en él la pintadera, y, con ella, marcó el centro de la masa lentiforme. Preparó otro, y, de dos en dos, los iba acercando a la boca del horno, para pasarlos a la pala de hornear. Dentro, ardía el fuego retirado a un lado. La tía Dolores introducía en el horno esta pala de mango largo y la manejaba con habilidad: con un impulso seco de brazos, los dejaba en el sitio preciso. Mientras cupieran, metía los crudos, y en el mismo viaje sacaba los cocidos, siendo competencia de ella saber cuando lo estaban. Para poder ver, echaba al fuego, de cuando en cuando, una lumbrera: un cándalo que al inflamarse iluminaba el interior.

    El horno no podía parar, y coincidían dentro de él panes de dueñas distintas; ellas los distinguían por la señal que acostumbraban a ponerles, fuera por la pintadera o por la posición del cordoncillo con que los adornaban o por un pizco en un lado. La tía Pascuala los reconocía por la pintadera que le hizo su primo el herrero.

    Todas estas tareas en el horno, narradas aquí en silencio, podrían parecer una callada cadena de montaje, pero no; las cuatro o más mujeres, cada una en su trozo de tablero, con ires y venires a la boca del horno, estaban incesantemente hablando, riendo, chismorreando... Todos los menudos aconteceres del pueblo eran reproducidos en la conversación. La única que se mantenía discreta era la tía Dolores; así lo requería su oficio.

    Cuando la tía Pascuala terminó, tendió las maseras en el tablero y las rascó; con las rascaduras hizo una pequeña torta sobada; echó un puñado de harina en ella; la dobló como una empanada, y pidió a la tía Dolores que la cociera: era una josa para el primer niño que viera. Pagó la poya y dejó un pan para las almas. Dobló los mandiles y las maseras; los puso en el escriño con los demás enseres que había llevado; llenó de panes la cesta, y se fue con el primer viaje. La casa se llenó de olor a pan recién hecho.


    LAS FIESTAS

    A las doce del mediodía, la campana de la torre de la iglesia se dispara en un bandeo acelerado de brazos vigorosos. Las palomas, asustadas, salen en bandadas alocadas. Del horno sale olor a pastas. El corazón de las mozas baila en sus ojos con alegría de fiesta. Las faenas del campo se dejan en orden, para no volver a ellas durante tres días. Los tres días de fiesta que anuncia la campana, encanándose de tanto querer reír, como se encana un niño al llorar.

    El día siguiente, amanece para celebrar el Patrón. A primeras horas, los hombres y las mujeres, en ropa de diario, barren las calles a lo largo de la fachada de sus casas, mientras la gaita, desafinada por los pulmones viejos que la soplan, y el tambor, retemblando bajo los palillos que le zurran la piel, pasean las calles por el mismo recorrido que hace el alguacil cuando pregona. Es el pasacalles madrugador, al que siguen los niños, ya vestidos con el primor de sus madres.

    Se prepara el desayuno, como todos los días. Pero antes, se toma una copa de anís con un trozo de la "torta dormida" que la madre amasó la víspera. Los niños y el padre comentan lo rica que está; sólo el ama de casa le pone defectos.

    Al media mañana, el volteo de la campana anuncia el primer toque y la recogida de Cargos. De nuevo, el tambor y la gaita se echan a la calle con su peculiar estrépito y la variopinta chiquillería detrás, para recoger los Cargos de la Fiesta. Van primero, a casa del Capitán que espera en su puerta con traje de corte, sombrero con cinta, banda terciada y bastón de mando; después a casa del Abanderado, traje de corte, sombrero con cinta, banda terciada y la bandera del Patrón; luego, sin parar los redobles de la caja y las confusas melodías de la dulzaina, hasta la casa del Teniente primero, traje de corte, sombrero con cinta, banda terciada y la escopeta; después, a recoger al Teniente segundo, sólo traje de corte, sombrero con cinta y banda terciada. Y todos, en rigurosa formación siempre tras la gaita y el tambor, van a recoger al cura para acompañarlo hasta la iglesia.

    En la torre ya han dado el segundo toque. Por las ventanas, sólo se asoman geranios rojos. Las gentes vestidas de fiesta, menudeando el paso las mujeres y despaciosamente los hombres en grupos, se encaminan al templo por las calles barridas y rociadas para matar el polvo. Los niños, a revueltas de la gaita y los Cargos, andan con otros ritmos.

    Los hombres esperan a corros en el onsal. Las mujeres ocupan, ya dentro, sus puestos. Llega el estrépito de la caja y la gaita, redoblando y soplando con más fuerza, y entran el Cura, los Cargos, la chiquillería y todos los hombres detrás. La iglesia está a rebosar. Es la casa de todos, porque es la de Dios. Relucen los manteles, los candeleros y el sagrario. Flores en la peana del Patrón, flores a la Virgen y flores en el altar. Un monaguillo, tirando de la soga de la campana, hace sonar el tercer toque. Empieza el silencio religioso de la Misa; al alzaradios se estremecen todos con las salvas que el Cargo de la escopeta sale a disparar en la puerta; y termina la ceremonia con la estirada procesión y nuevas salvas al final.

    Los hombres, en amistad alegre, se van caminando sin prisas hacia la plaza. Los niños piden al padre o al abuelo alguna perra, y corren a quemarlas en el puesto del turrunero. Las mujeres se despiden unas de otras y se dispersan hacia sus casas a preparar la comida. En la cantina se apelotonan hombres y mozos para invitarse a unas copas.

    Mientras la plaza es bulla, arriba en el salón del ayuntamiento, las esposas y las madres de los Cargos sirven a éstos, a los gaiteros, a las autoridades y a los sacerdotes un tradicional refrigerio. Los comentarios surgen fluidos:

    - Todo esto de los Cargos con sus paseos y ceremonias tiene su gracia.

    - ¡Y su miaja de filosofía! Me da a entender que hemos sido alguien, que venimos de atrás; que podemos mirar hacia alante, porque tenemos pasado; para avanzar hacen falta apoyos.

    - Si tuviéramos más tierra...

    - Es la que hay y no se puede estirar.

    - Tampoco cabe más ganado y mira cómo lo aumentan...

    - No enguizquéis; ahora estamos de fiesta y hay que tenerla en paz; dejad la tierra y el ganado para otro momento. -cortó la esposa de uno de ellos.

    - Pues para mí, estas costumbres son tan propias como nuestros montes y fuentes; forman parte de nuestro ser, -añadió uno por desviar la tensión.

    En las casas, las mujeres ya están terminando sus tareas de cocina. Casi todas las casas tienen invitados, y no falta mucho para comer. Los amigos, que se habían desperdigado, se buscan y se llaman a gritos. Se ha hecho la hora, y se encaminan a comer. A algún rezagado en la cantina, lo viene a llamar la niña:

    - Que ha dicho la madre que ya está la comida.

    - Dile que ya voy; habrá que acudir -dice a la tertulia.

    Y, por un rato, la cantina se queda vacía con olor a cerveza y tabaco.

    Por la tarde, en la misma plaza, con los alientos renovados con el buen comer y beber, se entregan, al son de la dulzaina, a bailar danzas típicas hasta terminar la jornada. Los niños entretanto corretean haciendo de toro unos y de toreros los otros, mientras trituran caramelos. Los jóvenes permanecen en la plaza, hasta la media noche, bailando los pasodobles que algunos saben tocar con bandurrias y la laudes; los mismos que en algunos anocheceres de verano salen a echar la rolda. Al día siguiente se correrá la vaca

    Los Cargos, con rito de gaita y tambor, como el día anterior, acuden temprano al templo a la Misa por los difuntos del pueblo. Menos gente. Puede más el sueño que los muertos. La Misa se celebra temprano, porque va a venir la vaca y, aunque la tengan que esperar dos horas, el día entero les parece corto. Después de la Misa, se repite el refrigerio en el salón de la Casalugar.

    Los responsables de la vaca se afanaron durante la noche en colocar maderos en las carrancleras para que la plaza quede cerrada. Aunque no exporta figuras del toreo, todo el pueblo es afición. Durante la prolongada espera, la gente sube y baja por las calles con nerviosismo, tensión i impaciencia, como si anduvieran vestidos de luces con la ropa de diario y las alpargatas bien atadas a los pies. A lo largo del recorrido del encierro, los que suben dicen que ya está llegando; los que bajan van a ver. Los mozos salen de la cama: la vaca puede más que el sueño. Los que suben dicen que ya está cerca; los que bajan van a ver. La plaza está repleta, esperando en aparente indiferencia; pero cuando, allá donde el recorrido hace esquina, un grupo de muchachos simula una carrera al grito de ¡que viene!, ¡que viene!, la plaza es una desbandada. Se ríe la broma. Los que suben dicen que ya está en la calleja; los que bajan van a ver, y se vuelven con precipitación atolondrada. Las esquilas de los mansos ya se oyen, y destacan sus aparatosas cornamentas corriendo con la vaca calle arriba. En la plaza empiezan los repretones al trepar a las barreras. Después de unas probatinas y varios intentos, consiguen encerrar la vaca en el toril, y dan suelta a los mansos. Con cometarios jocosos en torno al miedo, a la vaca que parece fura y a los sustos, se retiran todos a comer. Por la tarde la correrán.

    Pero antes, al entrar la tarde, a toque de campana, la caja y la gaita reemprenden la recogida de Cargos. En las casas abrevian la sobremesa, y las mujeres dejan el friegue para después. Los que viven en la plaza sacan sillas para sentarse en el portal de sus casas. La gente va concurriendo a ella, y también llegan los Cargos, el cura, la dulzaina y el tambor. Se va a hacer el cambio de Cargos. El Capitán sale al centro con la bandera; saluda con el sombrero a la concurrencia; bandea la bandera con más o menos garbo, y entrega sus atributos al Capitán del próximo año: sombrero con cinta, banda terciada y bastón de mando. El nuevo Capitán toma la bandera, sale al centro, saluda, bandea y se retira. Y así los otros cuatro Cargos van entregando su atuendo a los nuevos. Terminada la ceremonia, los ocho Cargos y el cura, sonando el tambor y la gaita, van a la iglesia, rezan una Salve a la Virgen, dejan la bandera y vuelven a la plaza, donde el cura bendice el pan. Con cestas llenas, con jarras y vasos, se va repartiendo a toda la gente pan y vino. Buen pan y buen vino que, cada año, obsequian los Cargos nuevos. No hace mucho que se ha comido bien en las casas, pero de este pan y de este vino, mucho o poco, todos comen y beben. Algún niño, distraído de sus padres, experimenta su primera borrachera.

    Para ver la vaca, concurren de los pueblos vecinos. Los encargados de la fiesta aseguran en las carrancleras los maderos de las barreras. Se retiran las sillas; se llama a los niños. En las barreras no cabe más gente a carramanchones. Por los balcones y ventanas, entre los geranios rojos, nunca se han asomado tantos ojos. Aparecen algunas mantas viejas y otros trapos que hacen de capote. Los desvencijados burladeros rebosan de afición y de miedo. El de la llave se asegura de que todo está en orden. Y la vaca negra sale con rabia a la plaza. Los valientes se protegen tras los trapos que llevan.

    La recibe uno, la toma otro, la quiebra fulano...; mengano la atrae e intenta pasarla por dentro del burladero, para gastar una broma a los que en él se refugian. La gente chilla, aplaude, grita, anima, avisa. A los pocos capotazos, el animal desengañado, se refugia en la querencia. Empieza a ser peligroso arrancarle una embestida. El más ligero de pies, que corre más que la vaca, se mete en su terreno, y consigue con riesgo que se arranque. Los que son casados con familia, no quieren revolcones; sólo están por allí atentos al quite. Al final, ante la terquedad de la vaca, los únicos que animan algo la fiesta son los de piernas elásticas. El animal está acabado. Los valientes se ponen de acuerdo. El de los pies como alas la saca del rincón; pasa por detrás y se agarra a la cola. El animal lo busca obcecado, girando como una rueda. El forzudo, que es más bruto que la vaca, se acerca por detrás, alarga sus manos a uno y otro cuerno para sujetarla, al tiempo que acuden otros en ayuda. Rendida la vaca, se entrega al puntillero. Al otro día se la comerán guisada en la plaza. Todo un pueblo, comiendo y bebiendo juntos, olvida roces pasados y empieza a vivir renovado.

    Las fiestas han terminado y la siega se echa encima.


    LA SIEGA

    Estaba la tía Pascuala preparando la cena, y llamaron a la puerta. Era Adelaida la de Julio. Entró en la cocina cubriendo un plato debajo del delantal. Lo destapó y lo dejó sobre la mesa; era una hermosa trucha, ya limpia y preparada para la sartén.

    - Para que la prueben; es una deuda de mi muchacho mayor al tío Ramón.

    - Pues estaba haciendo un perol de sopas de ajo y, para después, sardineta fresca de la que han pregonado; pero te la acepto, hija, y te lo agradezco; aunque con tantas bocas en tu casa...

    Se notaba que Adelaida, con la trucha, traía una preocupación que le costaba contar. Pero, al fin, habló:

    - No tengo pan para mis hijos y lo peor es que ya no me queda harina. Si pudieran prestarme una talega hasta que seguemos...

    La tía Pascuala le hubiera dicho que sí; pero pensó que no debía hacerlo sin contar con el tío Ramón, y se limitó a decirle que también ellos andaban muy justos. Retiró la trucha del plato y puso en él la cuarta de sardineta que había comprado, sacó dos panes, y le dio todo mientras decía:

    - De momento, toma; que los chicos cambien de pescado, y piensa que Dios aprieta pero no ahoga.

    - Dios se lo pague.

    Adelaida se fue resignada. Por esta noche y mañana, había salido del apuro, pero...

    Al rato, acudió el tío Ramón y, mientras cenaban, la tía Pascuala le dijo que la trucha era de la Adelaida. El tío Ramón era muy perspicaz, y preguntó si, además de la trucha, no trajo algo más. Ella le contó lo de la talega de harina hasta que segaran.

    - ¿Y qué le has dicho?

    - He pensado que se la debía dar, pero no podía hacerlo sin tu consentimiento. Le he dicho que Dios aprieta pero no ahoga.

    - ¡No lo dudo, si se aplica el refrán a uno mismo; pero no vale para los demás!

    Terminaron de cenar. El tío Ramón encendió el candil y fueron los dos a la troje. Alumbró y preguntó si había suficiente trigo para ellos. Ella contestó que, faltando tan poco para la nueva cosecha, tenían de sobras para ellos dos solos. Se metió él en la troje con la media fanega; pidió que ella aguantara desde fuera la boca de una talega, y la llenó. Se la cargó con la ayuda de su mujer, y la dejó en el cobertizo del corral.

    - Y ahora mismo vete a llamar a Julio.

    Al momento acudió Julio y subió a la cocina con la tía Pascuala. El tío Ramón se adelantó a hablar y le dijo:

    - En el corral tienes una talega de trigo; si quieres te la llevas ahora que no hay gente por la calle o, si lo prefieres, la cargas mañana en el macho y la llevas directamente al molino. Ha venido Adelaida... y no quiero que paséis la noche preocupados.

    - Muchas gracia, tío Ramón. Mañana vendré con el macho; no me avergüenzo de cargar trigo prestado ni que se sepa a quien lo debo; y perdone que no haya venido yo a pedir el favor.

    - Los hombres sabemos que sólo las mujeres son capaces de humillarse por los hijos.

    La tía Pascuala intervino para decir a su marido con ironía:

    - Qué sabrás tú de hijos si no hemos tenido ninguno.

    - Los hijos se quieren aún sin tenerlos.

    La entrevista fue tan breve que ni llegaron a sentarse. El tío Ramón alumbró con el candil la escalera y, desde abajo Julio, se despidió:

    - Queden con Dios.

    - ¡La trucha estaba muy rica! -le contestó el tío Ramón desde arriba.

    Cuando se quedaron solos, cambiaron impresiones. Luego la tía Pascuala bajó a cerrar la puerta, y se fueron a la cama.

    Y llegó la siega.

    La mies huele a madura y urge recogerla: una granizada puede robar el pan del año. Todas las manos son pocas. Hay que salir al tajo con las estrellas de la madrugada. Se andan los caminos en tintineo de zoquetas y corvellas, únicas herramientas que se precisan junto con el garrote de atar. El pueblo se queda vacío y, durante el día, sólo gallinas se ven por las calles escarbando a sus anchas.

    Julio y la Adelaida, como los demás, han madrugado para ir a segar. Antes, ella ha sacado de la conserva unos trozos de costilla y tajadas de papada; ha rellenado con ellos dos panes abiertos y los ha metido en el saquillo de la merienda; ha llenado la bota de vino y el tonel de agua, y luego ha despertado a los chicos. Han almorzado todos las tajadas de blanco que dejó fritas antes de acostarse. Julio, ha aparejado el macho con el serón; ha sujetado en lo alto un haz de encañadura, y en los cojines ha metido el garrote de atar, el saquillo de la merienda, la bota y el tonel, y luego a los dos niños pequeños. Los corvellas y las zoquetas colgaban de las samugas. Van a pasar todo el día bajo el sol, y ella se ha ceñido la cabeza con un pañuelo blanco; él, como el chico mayor, se ha puesto un sombrero de paja.

    Cuando llegaban al piazo, los ha alcanzado en tío Felipe, solo, con un puñado de vencejos, la corvella y la zoqueta. Les ha dicho que iba a replegar las cuatro lletas de centeno del pitañal que tiene en la loma, y ha seguido.

    Han descargado todo junto a una sabina de la linde y ha dejado a la sombra todo lo de comer y beber con el perro y los pequeños. Ha quitado los aparejos al macho y ha mandado al hijo mayor a que lo soltara trabado en el Prado. Mientras Julio llevaba el haz de encañadura a la acequia para ponerlo a remojo, Adelaida se ha atado la zoqueta en la muñeca con la cuerda que lleva pasada por los dos agujeros de su base, y ha metido en ella tres dedos, dejando libres el índice y el pulgar; sirve para ampliar la capacidad de la mano y evitar cortes de la corvella. Ha tomado la corvella con la otra mano y ha empezado la faena, después de santiguarse y dar gracias a Dios por la cosecha. El piazo era encosterado y lo ha emprendido cuesta arriba para no doblar tanto los riñones

    Se coge un puñado de mies con la mano de la zoqueta al tiempo que se introduce por debajo la corvella para segarlo. Es una combinación sincronizada de zoqueta y corvella. Cuando la mies segada no cabe en la mano, se deja la garba sobre el rastrojo formando gavillas.

    Ha vuelto Julio, se ha fijado en lo segado y, al ver corto el rastrojo, le ha dicho:

    - Este año hay mucha paja; dale más alto.

    Se ha puesto el manguito de cuero en el antebrazo de la zoqueta y ha empezado junto a ella, ensanchando el tajo. Al rato, ha vuelto el mayor y se ha unido a ellos; su madre se ha dado cuenta de que le sangraba la espinilla, porque, al segar con la pierna adelantada, se cortaba con la corvella a cada golpe que daba. Lo ha hecho ver a Julio y éste, además de enseñarle la postura adecuada, le ha puesto su manguito en la espinilla. Ella estaba pendiente de los pequeños para que se protegieran del sol, no fueran a coger una insolación, y, de cuando en cuando, se acercaba a ellos para darles agua. También el perro se ha puesto a trastear y ha levantado un par de codornices: ha erguido la cabeza para mirar a Julio, y como no le ha hecho caso, se ha vuelto con los niños.

    Cuando el sol estaba en todo lo alto, han parado para comer: pan y conserva con agua y vino. Julio ha ordenado a Adelaida que se acostara para que se durmieran los niños con ella. Al mayor lo ha mandado a por la encañadura que estaba a remojo, y que se tumbara también. Sentado él a la sombra con el fajo de encañadura a su lado, se ha dedicado a hacer vencejos: un puñado de cañas añudadas por la espiga. Cuando tenía hechos suficientes, se ha ido a atar. Tendido un vencejo en el suelo, ha ido recogiendo gavillas con el garrote de atar y a colocarlas sobre el vencejo con las espigas en la misma posición; cuando era suficiente el montón, agarraba los extremos del vencejo y, con la fuerza de sus brazos y la ayuda de la rodilla, apretaba el montón; retorcía las puntas del vencejo y, con habilidad, formaba un ñudo con el garrote y lo introducía bajo el vencejo tensado. Así, un haz tras otro, ha atado la mies segada. Luego los ha recogido formado tresnales, dispuestos para el acarreo: cuatro haces en el suelo, tres encima, luego dos y uno de remate.

    Pasada la fuerza del calor, han reanudado la siega hasta que se ha puesto el sol. Han dado de mano; han merendado y cenado, al mismo tiempo, y el hijo mayor ha ido a recoger el macho, mientras Julio ataba las gavillas dejadas por la tarde. Han llegado a casa ya anochecido. Adelaida ha preparado unas sopas para comer algo de caliente, y se han ido a la cama. Mañana y en los días sucesivos repetirán la misma faena, hasta tener todo segado.

    Al comenzar el verano se echaron concejadas, de orden del Ayuntamiento, para arreglar los caminos del pueblo. Durante la siega eran muy transitados. Julio aparejó el macho con albarda, las samugas encima y las sogas acarriaderas replegadas y colgadas en cada una de las puntas delanteras de éstas. Empezaba el acarreo de la mies a las eras. Llegó a uno de los piezos; deshizo un tresnal poniendo cinco haces paralelos a los otros cinco, con un espacio en medio para situar el macho. Soltó las dos sogas acarriaderas de las que uno de sus cabos ya estaba sujeto en la punta de las samugas. Alzó un haz y lo apoyó, con las espigas hacia abajo, contra la albarda y samugas de un lado; lo ciñó con la soga, que, alargándola, añudó luego en las muescas de la otra punta de las samugas. Pasó al otro lado e hizo lo mismo con otro haz, para equilibrar la carga. Así, turnando un lado con el otro, fue sujetando cuatro haces a cada lado, y lugo, entre ellos, colocó dos sobre la albarda. Acabó de sujetar la carga, y la trajo a la era.

    Según fueran las distancias, eran más o menos los viajes que se hacían al día. Cada cual iba hacinando en su era, en espera de la trilla, la mies que acarreaba. Las cinas crecían, día a día, unas menos que otras. Cada vecino llevaba su ritmo, y, cuando unos aún segaban o acarreaban, otros ya trillaban. Este era el trajín del pueblo durante varias semanas de la canícula.


    LA TRILLA

    El ajetreo en los campos y en los caminos se dirige hacia las eras. Hacia ellas converge el pueblo entero. Se sacan los escobones hechos de ramas de guillomo para barrer la era; las horcas en tridente, las palas, el barrastro, el trillo y las trilladeras. El trillo, dos o más tablones ensamblados a lo ancho y curvados por delante, está claveteado de agudas chinas de pedernal por debajo. La parva se tiende en redondo, desvencijando los haces y desparramando la mies con la ayuda de la horca. Se aprovecha esta faena para entresacar bálago o encañadura: aflojado el haz, se cogen con la mano las espigas de centeno que sobresalen y se tira de ellas; cada manojo sacado se deja cruzado sobre las espigas del otro, para después golpear contra el suelo uno por uno al borde de la parva, hasta que suelten el grano; se hace con ellos un haz, que se guarda para atar en la siega del año que viene. Tendida la parva, se echa el trillo encima y se ponen delante el par de animales. Se engancha el tiratrillo, que es un balancín de madera, en la anilla de hierro que va fija en la parte delantera del trillo; en los extremos del balancín van fijas las trilladeras o tiros que se alargan y enganchan en las colleras de los animales. Las caballerías, a pelo, forman el par, atando el ronzal de la que anda por fuera de la parva al cuello de la que anda por dentro; el ronzal de la que anda por dentro se alarga hasta el trillo para que el que va sobre él pueda guiarlas.

    Las primeras vueltas sobre la mies es cosa de hombres o mozos, ya que, por muy bien que se hayan desparramado los haces, sus bruscas ondulaciones y el brío del par pueden desequilibrar al que va montado en el trillo. Cuando la parva está a medio moler, ya suben las mujeres o los chicos, sentados en una media fanega o en una silla baja. Y a dar vueltas casi todo el día hasta dejar el grano suelto y la paja molida. Se dice que el trillo se carga cuando, en vez de deslizarse, arrastra la mies amontonándola bajo las chinas de pedernal. Si ocurre esto, hay que bajarse de él para aliviarlo y dejar que el par siga andando hasta que se quede atrás el montón. De cuando en cuando hay que tornear para que la mies de debajo pase arriba: se le da la vuelta, abriendo con la horca una calle tangencial que se cubre con la mies de la nueva calle que se abre, y así se va avanzando hacia el centro y hasta el final; cuando la paja está casi molida se tornea con la pala.

    Las eras escalonadas en la parte alta del pueblo, asomadas a las piqueras de los pajares alineados en los terraplenes, y las cinas, unas más grandes que otras, apretadas y edificadas como casas con estrechos callejones, son la vida del pueblo durante la trilla y los niños corretean por ellas jugando al escondite como en un laberinto.

    El tío Ramón y su aparcero el tío Felipe también tienen los pajares colindantes y la era no permite más que una parva. Se han arreglado como siempre y alternarán los días de trilla. En la faena se ayudarán con los machos y con sus personas. Han subido temprano a la era; han quitado las piedras que tapian en seco las piqueras, y, después de mirar al cielo para asegurarse de que no lloverá, han descolgado haces de la cina y han tendido la parva. Llevaban ya algunas horas de dar vueltas e incluso habían hecho la primera torneada, cuando se ha presentado la tía Pascuala con en el almuerzo, la bota de vino y el tonel del agua. Mientras ellos se comían las migas, ella ha montado en el trillo. Luego se ha bajado a casa a preparar la comida. Los hombres se turnaban en el trillo, en el torneo y en el tonel del agua, y con el escobón barrían hacia dentro los bordes de la parva. Ella, ya comida, ha vuelto a subir para sentarse en la media fanega encima del trillo, mientras ellos descansaban y daban buena cuenta de lo que les había subido.

    Avanzada la tarde, el tío Ramón ha tomado un puñado de paja y, examinadas algunas espigas, ha visto que la parva ya estaba hecha. Ha desenganchado el tiratrillo enrollando en él las trilladeras y, junto con el trillo, ha dejado todo arrimado en la piquera del pajar de tío Felipe. La tía Pascuala ha tomado del ramal a los dos machos y los ha llevado al abrevadero, metiendo luego el suyo en la cuadra y el del tío Felipe en la suya con el permiso de la tía Anamaría. Se ha entretenido un rato con ella comentando que los hombres llevaban muy adelantada la faena y que, lo más seguro, mañana trillarían para ella; también le ha preguntado por la salud, y ella le ha contestado:

    - Como siempre en este tiempo.

    - No te preocupes; prepara tú aquí las comidas y yo las subiré.

    - Pensaba hacer unas migas, una tortera de arroz con conejo y luego sacaré de la conserva.

    - Yo les hecho cocido, pero no es comida para la era; mejor la tortera de arroz. Ya me pasaré a recoger lo que vayas preparando; queda con Dios.

    Y es que la tía Anamaría se ponía muy mala cuando llegaba el verano. Las malas lenguas decían que le venía muy grande el calor y la siega. Para el tío Felipe, era una enfermedad muy moderna que se llama lergia, según le dijo el último médico que la visitó. Fuera lo que fuera, cuando tocaba la mies, le venían subidas a la cara y daba pena verla respirar. Con la excepción de la siega y la era, no era mujer que se arredrara ante las otras faenas del campo: segaba alfalfe, sembraba y cogía las patatas, trabajaba su huerto... Como decía su marido, era la lergia al polvo de la mies.

    Entre tanto, los hombres, con el barrastro, con la pala y barriendo con el escobón, han amontonado la parva. Corría algo de aire, el habitual de los atardeceres, y, después de colocar el blentón (un palo largo) al borde del montón en la parte opuesta al viento, han tomado sendas horcas y uno a cada lado han empezado a lanzar al aire la paja para ablentar la parva. Con la brisa volaba la paja al otro lado del blentón y el grano caía en el montón. Así estarán, mientras haya brisa y parva que ablentar.

    La tía Pascuala ha subido con la merienda, que servirá también de cena, y con unas talegas bajo el brazo; pero le han dicho que no podían desaprovechar el aire tan bueno que entraba. Ella ha ido a la puerta de abajo del pajar a sacar el pajuzo y a dejarlo limpio para la paja nueva. Ha descolgado el cribón y lo ha subido a la era. Los hombres ahora ablentaban con las palas: el montón era ya más de trigo que de paja, y les ha tenido que renegar para que pararan a cenar. El tío Ramón le ha contestado que acercara el cribón, pues había que aprovechar la poca luz que quedaba, para limpiar el trigo. Ha metido en una horca inhiesta las asas de cuerda de un lado del cribón y lo ha aguantado en alto por el otro lado con las manos; el tío Felipe ha ido echando paladas de trigo en él, mientras el tío Ramón lo sacudía, acercándolo o apartándolo de si, con la horca vertical en vaivén. El trigo, con algo de cozuelo, caía a sus pies, y cuando se acumulaban las granzas en el cribón, las arrojaba fuera inclinándolo hacia el otro lado. Luego, con las palmas de las manos, ha recogido el cozuelo del rabo del montón de trigo, lo ha echado a un arnero y lo ha vuelto a cerner para separarlo del trigo. El cozuelo ha pasado al montón de las granzas.

    Por fin, han obedecido a la tía Pascuala y se han sentado a cenar los tres. Cuando han terminado, el tío Ramón ha dicho a la tía Pascuala que bajara a por el macho y al tío Felipe que podía irse a casa; lo que quedaba podían hacerlo ellos dos solos. El tío Felipe ha hecho oídos sordos. Con la media fanega han llenado las talegas y mientras subía la tía Pascuala han ido acercando el montón de paja a la piquera con el barrastro. Apenas ha llegado el macho, se han ayudado a cargar dos talegas y las han bajado a casa, llevando uno el ramal del animal y el otro sujetando con la mano las talegas. Las han descargado en el corral. Entre tanto, ella echado las granzas en un zaquilote, para las gallinas. Han hecho otro viaje y han dejado el animal en la cuadra. De nuevo en la era, el tío Felipe se ha sacudido bien la ropa y el sombrero para quitarse el tamo, y les ha dicho que en el corral se lavaría antes de entrar en casa:

    - Es por lo de la lergia de Anamaría.

    - Nosotros aún nos quedamos un poco a dejar todo limpio, para mañana.

    - Hasta mañana, pues.

    - Di a Anamaría que no me olvido de lo suyo, -le ha dicho la tía Pascuala.

    Con la noche ya cerrada, han acabado de meter a tientas la paja por la piquera; han dejado en orden las herramientas, y con el zaquilote de las granzas a la espalda, se han bajado hacia casa, sin ganas de nada. En el camino, ella le ha contado a él que mañana empezaba Julio a trillar y le había dicho Adelaida que su primera talega sería para devolver la prestada, y que ella le ha avisado que la puerta del corral estaría abierta para que la pudieran dejar aunque no estuvieran ellos en casa. El tío Ramón, como contestación, se ha limitado a encogerse de hombros. En aquel momento sólo tenía ganas de dormir, y mañana sería otro día.

    Y al otro día temprano llamó a la puerta el tío Felipe para decirles:

    - Por el aire de ayer tarde y la puesta del sol, ya vi que había mudanza, y las nubecillas de esta madrugada por el saliente me dicen que a media tarde tendremos tronada. Así que, si queréis podéis tender vosotros; yo no tiendo la mía.

    Muchos del pueblo observaban al tío Felipe a la hora de trillar. Le reconocían un sentido especial para adivinar las tronadas, y una parva mojada era parva perdida. A nadie aconsejaba él, pero todos hacían lo que él hiciera. Si tendía él, todos tendían; pero si no, nadie lo hacía.

    - Ya avisarás pues, cuando digas de trillar, -le ha contestado el tío Ramón. Se iba a volver a la cama, cuando se ha acordado de Julio, y ha mandado a la tía Pascuala a avisarle que el tío Felipe no trillaba hoy.

    Le ha hecho caso, y, con nubarrones negros en el cielo, por la tarde se ha ido con los chicos al río a traer unas truchas a casa. Uno de los que estaban en la cantina, al verlo pasar, ha comentado:

    - Mirad Julio: a pescar, con la faena que tenemos ahora.


    AYUNTAMIENTO

    Por San Miguel se pagan los rentos, se apalabran pastores y criados, se contratan los nuevos arriendos y se pagan las igualas hasta el próximo año. Y, como siempre por esta fecha, el Ayuntamiento echó el bando para cabildo abierto, con la novedad de que este año tocaba renovar el Ayuntamiento. Abierta la sesión, el tío Ramón se ofreció a ser el nuevo alcalde con la colaboración de Julio, del tío Felipe y de su hermano Abel, como concejales. Nadie se opuso y fueron aceptados; sólo algunos se extrañaron de la presencia del tío Abel: con su hermano de alcalde, ya tenía aseguradas sus ventajas de mayor ganadero. Se hizo el relevo de cargos y el tío Ramón manifestó, en voz alta, a los presentes:

    - Muchos son los pagos. Menos mal que se paga con grano y el grano depende de nosotros, de nuestro trabajo y del buen o mal año, aunque la troje se quede tan mermada que algunos no puedan acabar el año; que si se hubiera de pagar con dinero, no habiendo nada que vender, no se podría sostener; no hay más que ver los sacrificios que cuesta la contribución y los arbitrios municipales que hay que pagarlos con dinero. Si no fuera por los huevos del gallinero, por alguna cría de cerdos, por algún ternero si hay suerte y por algún saco de patatas para simiente o por algunas fanegas de trigo si es que hay alguno que le sobra... Pero los tiempos van hacia alante y no vuelven hacia atrás. Lo del dinero no lo podemos arreglar; pero lo que depende de nosotros, algo podemos hacer entre todos.

    A continuación se pasó a ajustar para el año siguiente las igualas del cirujano y del médico, las del cabrero, del dulero, del vaquero y, al final, se subastarían los pastos.

    Al médico se le aumentó en media cuartilla; el cirujano, aunque pidió también el aumento de otra media por cortar el pelo dos veces al año, se quedó como estaba con el compromiso anterior de rasurar las barbas de los hombres una vez por semana, y que el pelo se lo corte cada cual o lo pague por su cuenta. Los demás servicios quedaron con la misma iguala.

    En la subasta de los pastos, el tío Abel y los otros dos ganaderos metieron sus pliegos, y se ausentaron. Todos pensaron que tenían buen abogado con el nuevo Alcalde, pero al abrirse los pliegos y ver que habían subido la puja del año anterior, se adjudicaron sin protestas. El secretario dejó constancia de todo en el Libro de Actas.

    El tío Ramón conocía la situación y la expuso:

    - Nuestro pueblo vive de la tierra, pero es escasa y, además, se ha ido dividiendo, por las herencias, en pequeños piazos que apenas producen para comer. Es verdad que está el monte público del término municipal y los bienes del común destinados al ganado de los que todos participamos, pues casi todos tenemos una mula o dos para las faenas, alguna cabra para la leche y alguna vaca para vender el ternero. Pero hay algunos vecinos que tienen rebaños de ovejas, varias yeguas y varias vacas para la crianza y venta de muletos y terneros. Está claro que estos se aprovechan más de los bienes del común, aunque también es verdad que a nadie se nos prohíbe dedicarnos al ganado, creo que nuestro término no admite mucho más. El hecho es que ellos tocan dinero de la venta de la lana y los corderos, de los terneros y muletos, apoyándose en las leyes y ordenanzas sobre pastos, y, sobre todo, en las normas que rigen los bienes comunales. Hace unos años, mi padre intentó convencer a los vecinos para que consintieran en parcelar y roturar los Prados, pero no lo pudo llevar a cabo por las razones que os imagináis. Me contó que el señor cura, en una conversación sobre el asunto, le dijo que ésta es una vieja guerra de envidias que se remonta a los hermanos Caín y Abel. Abel era ganadero y fue asesinado por su hermano Caín; pero Caín, que era agricultor, se arrastró durante toda su vida marcado por este crimen. Y añadió el señor cura: sólo se solucionará por la vía del amor en la justicia. No pongamos, pues, envidia en esto, sino razones.

    Esteba terminando de hablar el tío Ramón, cuando entró el tío Abel y tomó la palabra:

    - He oído lo último que decía mi hermano; yo también lo oí contar a mi padre, y supe después por mi suegro que no fueron las ovejas las que dificultaron la parcelación de los Prados. Las ovejas no pacen en ellos. La dificultad está en la vacada y en la dula que son las que comen en los Prados. Los que tenemos varias vacas y yeguas para criar y más de un par de mulas, somos los perjudicados con la parcelación, y son los que antaño se opusieron a ella. Las ovejas ha sido un pretexto para echar la culpa a quienes no la tenían. Joaquín, Domingo y yo hemos salido del local en el momento de la subasta de los pastos para que pudieran discutir con libertad, y hemos hablado de todo esto, y sobre la roturación y parcelación de los Prados. Es cosa de que lo pensemos bien y acordemos lo más conveniente para el pueblo. El alcalde es el que tendrá que mirar por el buen entendimiento y por las decisiones a tomar. Es cuanto quería decir.

    El tío Abel había puesto el dedo en la llaga. La mayoría pensó que tenía razón, pero se lo guardaban para sus adentros. El tío Ramón les dijo que en siguientes sesiones del Ayuntamiento pensarían sobre todo esto y lo irían haciendo saber. Y después de invitar a que todos aportaran ideas, dio por terminado el cabildo.

    La roturación y parcelación de los Prados pasó a ser el comentario de todos. Cuando pasaban por ellos, no se imaginaban que aquella extensión de alfombra verde donde comían y se expansionaban sus animales, pudiera ser tierra de cultivo. Se debatían entre la nostalgia de perderlos y la utilidad que les podía reportar, y la mayoría pensaba que no era posible, y, si lo era, que no se llevaría a cabo. Con estos comentarios, se dedicaban a lo que traía el tiempo que era la siembra de los tempranos.


    SEMENTERA

    Habían llegado unas lluvias al entrar el otoño, y había que aprovechar el tempero para la siembra de los tempranos. Los tardíos se sembrarán por primavera. El tío Ramón era aparcero con el tío Felipe. Ninguno de los dos tenía hacienda para un par de machos. El romo del uno y el yeguato del otro hacían una buena yunta.

    Nada más terminar el verano había barbechado y hasta binado los campos de la presente añada. Ahora tenía que sembrar. Sacó de la troje la media fanega de trigo que precisaba y lo vació en el suelo para sulfatarlo. Sobre un papel rompió con el martillo una piedra azulada, que era el sulfato, y, después de triturarla, la disolvió en una lata con agua y, usando un escobote, ha ido asperjando el trigo con una mano, mientras lo revolvía con la otra. Luego lo ha echado en el zaquilote de sembrar. Había amanecido con niebla, pero el día empezaba a levantar.

    Ha uncido los animales; ha colocado la reja del aladro sobre el yugo y sujetado la esteva a cada lado con cuerdas como tensores; ha echado el zaquilote de trigo en el lomo de uno de los machos, y ha salido con el timón arrastras hacia el campo. Antes, ha gritado a la tía Pascuala que iba al piazo de los Espinillos.

    - Ve con Dios, -le ha contestado desde dentro.

    Una vez en el bancal, ha dejado el zaquilote de trigo en el ribazo, y, junto a él, la chaqueta para trabajar ahorrado; ha bajado del yugo el aladro; ha metido, entre los dos animales, la punta del timón en el barzón, reteniéndolo con la lavija; ha recogido los ramales atándolos en la esteva; la ha empuñado, y ¡arre!. Ha salido a marcar, a lo largo del bancal, las márcenes para la siembra. Ha dejado los animales, sin desyuncir, a rozar en el ribazo, y, terciándose en bandolera el zaquilote con la boca a la altura del pecho, ha empezado, metiendo y sacando la mano, a tirar la simiente a boleo con mimo, andando con pausa por el centro de las márcenes. Alguna totovía revoloteaba ya sobre el campo en busca de comida. Ha llegado al final, y, arreando de nuevo a la yunta, surco va surco viene, ha envuelto la simiente en la tierra. Seguidamente ha trazado otra marcen; ha vuelto a tirar simiente a boleo, y ha repetido los ires y venires de la yunta para envolverla. Así, hasta que el bancal ha quedado sembrado. De aquí en adelante, a mirar al cielo y a esperar la primavera para sembrar los tardíos.

    Como el tío Ramón, todos los del pueblo andaban con la siembra; después se dedicarán a recoger las patatas; a preparar leña para el invierno; a sacar las cuadras; y en todo tiempo, a las cascaderas de la cantina con los Prados como tema.


    LOS PRADOS

    Entre tanto, los de Ayuntamiento se reunían en sesiones de noche para deliberar y poder, cuanto antes, ofrecer a los vecinos soluciones concretas. La primera cuestión la planteó Julio: ¿Se pueden transferir bienes comunales a propiedad privada? Es fundamental, pues si no es posible, huelga que sigamos. Se acordó consultar a una abogado. La respuesta fue negativa; pero sí se podían arrendar por un periodo no mayor de noventa años. El tío Felipe dio la solución: si se pueden arrendar, que sea a todos y cada uno de los vecinos; una vez parcelados, se hace un contrato de arriendo de por vida, que nunca es más de noventa años, y, al final de la vida, volverían al común. El tío Ramón les dijo que podían comentar con los vecinos estos avances, y añadió que tenían que pensar en un estatuto que regule todo esto del arriendo. El tío Abel planteó la cuestión más peliaguda: si roturamos los dos Prados, ¿dónde echamos los animales? Si se rotura uno sólo, no caben en el otro el vacuno y el mular; del mular no podemos prescindir, pues es necesario para trabajar la tierra; por tanto, el vacuno tendrá que desaparecer, y ¿estamos dispuestos a renunciar a las vacas? Es la cuestión que ya expuse el día de la toma de posesión. Haciendo caso omiso, el tío Ramón les propuso la conveniencia de contratar uno de esos que miden los campos.

    - Agrimensor o topógrafo, le aclaró el secretario.

    - Pues ese, para que mida el Prado de las vacas y sepamos cuanto hay; pero ¿tendremos dinero para pagarle?, preguntó a Julio que era el Depositario. Y tío Abel dijo que, si no había, él salía fianza.

    El Alcalde firmó el oficio que el secretario escribió, pidiendo un topógrafo al organismo correspondiente. A los pocos días, ya estaba en el pueblo. Con la ayuda de Julio y del tío Felipe, andando entre las vacas, fue tomando medidas, clavaba estacas numeradas en puntos determinados y tomaba notas en un cuaderno. Los vecinos comentaban que aquello parecía ir en serio. El agrimensor se fue y, a la semana, volvió con un plano del Prado, dividido en cuarteles que serían los caminos de paso y las acequias de riego; entre paso y paso, se marcarían las posibles parcelas que serían de mayor o menor superficie según quisieran. El tío Ramón intervino:

    - No toda la tierra es igual: la que arrima a la acequia es mejor que la de fuera que pega en salitrosa; habrá pues que compensar una parcela buena con otra mala; quiere esto decir que cada vecino debe tener dos parcelas. Mi pensamiento es que, si somos sesenta y cinco vecinos más otros diez que pueden llegar a serlo, se divida la tierra disponible en setenta y cinco parcelas de tierra mejor y otras setenta y cinco de mala. Es mi idea.

    Les pareció bien a todos. El agrimensor dijo que, sin tener aun cálculos precisos, creía que a cada vecino le podría corresponder una anegada de tierra. Antes de irse, les encargó que prepararan estacas abundantes y pintura roja; y volvería dentro de tres días a marcar las parcelas.

    Ya veían todo solucionado, cuando el tío Felipe les recordó:

    - ¿Pero qué hacemos con las vacas?

    El tío Ramón les pidió que calcularan lo que rinde en trigo una anegada de tierra y lo que rinde una vaca con su ternero. Así tendrían razones para ellos mismos y podrían darlas a los demás. Además, cada vecino podrá dedicar sus parcelas a lo que quiera: al cultivo o, si lo prefiere, a meter en ellas su vaca.

    Julio preparó un saco de estacas y un bote de pintura roja. Regresó el topógrafo y, con la ayuda del tío Felipe y Julio, volvió a tomar nuevas medidas y fue sembrando de estacas el Prado, pintando la testa con números rojos y anotándolos en el plano. Algunos de los que pasaban, se acercaban a ver y a preguntar. El agrimensor les explicó lo que hacía y la superficie de las parcelas. Ahora veían que aquello iba en serio de verdad y, además, muy bien.

    Habían pasado dos meses y los acuerdos y gestiones iban saliendo. Estaban satisfechos. Pero se habían dado cuenta de que el tío Abel no colaboraba más que con el silencio, y de que hablaba con Joaquín y Domingo, los otros dos ganaderos fuertes. Julio y el tío Felipe no sabían qué pensar, ni se atrevían a manifestar sus dudas al tío Ramón, por temor a que se disgustaran los dos hermanos. Por su cuenta, Julio decidió hablar con él; pero se enteró de que el tío Ramón iba a matar los cochinos, y lo dejó para después.


    El MATACOCHINO

    Por el otoño se intensifica la alimentación de los cerdos con patatas y harina. Hasta ahora se trataba de mantenerlos. Unos meses antes de la matanza, que es por invierno en torno a Navidad, hay que engordarlos.

    La fecha era cosa de la tía Pascuala; pero el tío Ramón, para evitarse sorpresas, se adelantó a traer una carga de aliagas. La tía Pascuala, cuando las vio, se sonrió, y hablaron para fijar la fecha. Ella fue preparando todo lo que iba a necesitar: limpió la caldera de cobre de cocer las morcillas y el barreño de recoger la sangre, sacó los manguitos y el delantal blancos que guardaba limpios en el arca, aseó la jeringa y la capoladora; y fue a comprar el recado: una madeja de tripas, betas para atar las morcillas, un cuarterón de arroz, especias, medio kilo de higos y una botella de anís.

    El tío Ramón, dos días antes, pasó por casa de su hermano Abel, que era el matarife de la familia, para avisarle que viniera a matar los cerdos, si es que podía, y pedir a su cuñada Luisa que acudiera a ayudar. Le pidió también el pelador; y de regreso, se lo cargó a las espaldas y se lo trajo a casa. La víspera por la tarde avisó a los vecinos de siempre para que acudieran a sujetarlos. La tía Pascuala les echó paja nueva para que salieran limpios y los tuvo sin comer todo el día, para que el mondongo no estuviera tan sucio. Avisó también a su sobrina Inés, para que acudiera a echar una mano.

    Con estrellas aún en el cielo, ya estaba en el corral el fuego encendido con aliagas bajo la trébedes y la caldera de cobre llena de agua, y dos ollas de barro arrimadas a la lumbre. A parte, el pelador de cuatro patas y, junto a él, el barreño de recoger la sangre. No tardaron en llegar el tío Abel, provisto del gancho y los cuchillos, y Luisa su mujer ceñida de delantal blanco. El tío Ramón dio la voz a los vecinos y, al poco rato, el corral se llenó de sombras danzando con las llamas del fuego. La tía Pascuala, con delantal también blanco y manguitos, sirvió a todos una copa de anís y, para que acompañaran el trago, dejó sobre una mesa la bandeja con higos. El agua en la caldera esta a punto de bullir.

    - ¿Empezamos con el primero?, dijo el tío Abel, mientras dejaba el cuchillo de degollar en el barreño.

    Abrieron la gorrinera y salió el cerdo con torpeza hacia el corral. Uno de los vecinos alabó al bicho y le calculó ocho arrobas, cosa que halagó a la tía Pascuala. El tío Abel fue de frente hacia él con el gancho y los otros hombres lo rodearon; le metió el gancho en la papada y tiró de él; el animal se repropió, pero los otros hombres lo empujaron hasta el borde del pelador, lo levantaron de las cuatro patas y lo echaron encima. Uno de ellos se echó sobre las patas delanteras y los otros le sujetaron las patas traseras; siguiendo las indicaciones del tío Abel y con la ayuda del gancho, lo dejaron en disposición al borde del pelador. El tío Abel se acomodó el extremo ancho del gancho en la corva de la pierna derecha para mantener estirado el cuello del animal. La tía Pascuala se acercó con el barreño a recoger la sangre; el tío Abel tomó el cuchillo y lo clavó en la yugular. Un borbotón de sangre saltó hasta el barreño y, mientras caía, la tía Pascuala le daba vueltas con una de sus manos para evitar la coagulación. Si antes no eran más que gruñidos, ahora eran chillidos de muerte los que se oían en todo el barrio. Los niños de los vecinos se tapaban los oídos en la cama. Todos se enteraron de que en casa del tío Ramón estaban de matacochino. Hasta que murió entre estertores y sacudidas de las patas.

    Mientras la tía Pascuala retiraba y dejaba a buen recaudo el barreño con la sangre, la tía Luisa sirvió a los hombres otro reo de copas de anís y de higos. El tío Abel pasó por la piedra el cuchillo de pelar y pidió agua. Los hombres, con los ollas que estaban junto al fuego, fueron sacando agua de la caldera y las daban al tío Abel y al tío Ramón, que con otro cuchillo se puso también a pelar. La derramaban lentamente para que escaldara la piel del cerdo, y seguidamente pasaban el cuchillo cegándolo como afeitado. Terminado un lado, le daban la vuelta y lo pelaban por el otro. El agua caliente corría por las canaletas laterales del pelador hasta la del centro, por la que se vertía en el cubo que habían puesto. Cuando se llenaba el cubo, la volvían a echar en la caldera para que se mantuviera a punto. El tío Abel, con unos cortes habilidosos en la patas traseras, descubrió los tendones y sujetó en ellos los extremos del camal. Ayudados de una soga, los hombres colgaron al cerdo en la viga que aguantaba el alero del cobertizo. Prendió fuego a una aliaga y, empezando por la cabeza, la pasó por todo el cuerpo, para socarrar el pelo que el cuchillo no había podido pelar. Cambió de cuchillo el tío Abel y empezó el despiece. Le cortó las tetillas, y dibujó con un corte fino la tripa; la desprendió con suaves tirones, y la entregó a la tía Luisa que la dejó en la gamella preparada. Se acercó la tía Pascuala con una cesta cubierta de mandiles blancos. El tío Abel hizo las incisiones oportunas y, con la fuerza de sus brazos, vertió el mondongo en la cesta que sujetaba su cuñada. Cortó los hígados, los livianos y los riñones. Había quedado limpia la canal del animal. Después de sacar la papada y la carátula, cortó la cabeza. Sacó los delanteros; luego los lomos y los solomillos. Con una hacha fue cortando los costillares, y desprendió el espinazo con la ayuda del cuchillo. Cortó los blancos, recortando los perniles. Aflojó la soga, sacó de los tendones el camal, y dejó sueltos los perniles.

    Liaron un cigarro los que fumaban, tomaron otro reo de anís con higos, y el tío Abel dio la orden:

    - A por el otro.

    Repitieron la faena, y mientras terminaban, la tía Pascuala troceó parte del hígado y algo de tocino y de magro frescos, y subió a la cocina a preparar el almuerzo: una sartén de gaspachos tostados, y otra sartén con las tajadas frescas del cerdo fritas, a las que le añadió un ajo picado con vinagre. A fuerza de pan y vino dieron cuenta de las dos abundantes sartenes, y los vecinos se despidieron con las palabras del caso: "con gusto que se lo coman".

    Después del almuerzo, llegó su sobrina Inés. Empezaba un día de trabajo intenso para las cuatro mujeres. Había que ir al río a limpiar el mondongo; capolar magro y tocino y los livianos y riñones para amasar y embutir las longanizas y las bueñas; enajar en la gamella el espinazo, los costillares, la tripa, la papada, los lomos y los solomillos; cocer el arroz en la caldera y revolverlo con la sangre para hacer las morcillas, y embutirlas luego con le jeringa y echarlas de nuevo a la caldera para darles el último hervor; meter en sal los jamones y los delanteros. Por el corral y la cocina se anda entre barreños y cacerolas. La tía Pascuala va añadiendo a cada cosa la combinación de especias que les darán el toque personal. No se come; mientras se trabaja, se va preparando la cena, que por tradición serán judías en ensalada, arroz con conejo, albóndigas y morcilla asada. Se cena a la luz del candil, y se deja para el día siguiente el colgar en las varas de la cambra las morcillas, las longanizas y las bueñas. Los jamones aguantarán unos días en la sal, y otros tantos bajo el peso de unas gruesas piedras que los prensen, y acabarán colgados también en la cambra.

    Durante unos días, la tía Pascuala se dedicó, de tapadillo, a llevar el presente a lo más pobrecicos del pueblo, que ni cochino que matar tenían. Pasadas un par de semanas, que los enajados y longanizas se hayan oreado, se hace el frito. Se trocean los costillares, las longanizas, los lomos y la papada; en una sartén grande se pasa todo por el fuego en abundante aceite; se echa cada cosa en su tinaja que se colma de aceite crudo, y ya está hecha la conserva, que será el remedio del ama de casa cuando tenga que improvisar comidas y meriendas.


    LAS PARCELAS

    Julio fue a ver al tío Abel en su propia casa, y le expuso la idea que había pensado para el caso de que no se aceptara la roturación del Prado. Consistía en que el Ayuntamiento tomara el acuerdo de que cada vecino sólo pudiera tener una vaca y un par de machos en los Prados, que para eso eran Y los que tengan más de estos animales, que paguen cada año un impuesto, que equivaldría a la mitad del precio de cada ternero o muleto que vendieran. Esto sería lo equitativo: el que obtenga ventajas que pague a los que se conforman con lo justo. Y terminó:

    - Pienso que, con este acuerdo, los que dudan de la conveniencia de la parcelación, la aceptarán de buen grado o por miedo.

    Expuso todo esto, no en tono de amenaza; pero sí con la intención de que el tío Abel tuviera que declarar su posición.

    - Esto ya me lo dijo mi hermano Ramón, y me parece justo; lo he hablado con Joaquín y Domingo, y apoyan, como yo, la parcelación del Prado a cambio de que no se pongan límites al caballar y al mular.

    Julio le dijo que estaba de acuerdo, y dieron por terminada la entrevista. Se fue pensando que el tío Ramón lo había previsto todo, y sintió mayor admiración por él. Luego lo comentó con el tío Felipe, al que también la pareció bien.

    Se convocó cabildo para votar el proyecto el día de Reyes. Se votó y fue aprobada la parcelación por unanimidad. Se sortearon las parcelas metiendo en un saquillo las papeletas numeradas de tierra mejor, y en otro, las papeletas de tierra peor. Cada vecino fue sacando una de cada saquillo: eran sus suertes del Prado. Por cuenta del Ayuntamiento se haría un tajadero en la parte alta, para sacar el agua de la acequia grande, y se abrirían, a concejadas, las acequias comunes de riego. Y empezaron a roturar y a quemar en formigueros las raíces de la hierba.

    Las vacas se fueron vendiendo y, de ellas, sólo quedó la afición de correrlas en las fiestas.





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Artículo: Cómo parar los pies a los matones de la clase

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®Arturo Ramo García.-Registro de Propiedad Intelectual de Teruel nº 141, de 29-IX-1999
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