El cordón umbilical

 

    Por Don Samuel Valero Lorenzo

    Con sólo nueve años de edad mi padre me envió a un campamento, al primero y único campamento de mi vida. Mi hermano Víctor quiso venirse conmigo, y mis padres se lo permitieron aunque tenía un año menos que yo.

    Una de las actividades del campamento era que cada equipo tenía que escribir en los ratos libres un diario de aquellos días. El de nuestro equipo lo tuve que escribir yo. Me lo impusieron los otros chicos. Mi edad y, sobre todo, mi estatura no me permitieron negarme. ¿Qué podría yo escribir entonces? Unos breves renglones mal redactados.

    Como el diario lo había hecho yo, al terminar el campamento, me quedé con él. Lo normal es que ese cuadernillo de infancia, aunque no hayan sido muchos los avatares de mi vida, hubiera acabado en a la basura; sin embargo no he sido capaz de desprenderme de él. En aquellas pocas líneas concentré hechos y sentimientos que siguen siendo una parte entrañable de mi ser. Fueron días tan intensamente vividos que sus resonancias aún perviven en mi memoria.

    Curiosamente, con la misma edad con que mi padre me mandó a mí y a mi hermano Víctor, he mandado también yo a mi hijo a un campamento en el mismo lugar además.

    Este ha sido el motivo de releer ahora aquel viejo cuadernillo. Y, pensando que mi hijo estará viviendo lo que yo viví, voy a intentar desarrollar los ecos que se encierran en este diario para que, cuando regrese mi tierno retoño, vea que los sentimientos no han cambiado. Porque estoy seguro de que habrá llorado como yo lloré; que cuando regrese y se encuentre con el beso gozoso de su madre, se desbordará en llanto emocionado; que tendrá prisa por hablar, queriendo contar todo a borbotones; que nos traerá ingenuos regalos, elegidos con ilusionada delicadeza. Todo como me ocurrió a mí.

    Quiero que, cuando regrese y los lea, no se sorprenda.

    NOTA: Al copiar ahora el cuadernillo en letra bastardilla, corrijo su ortografía y le añado títulos.


    LA LLEGADA

    "Ayer llegamos al campamento que es muy bonito. Estamos entre pinares.
Toni el Duro nos ha enseñado todo. También hay piscina.
Tenemos de monitor a Blas y formamos equipo con unos de Mallorca que son mayores.
Por la noche jugamos a policías y ladrones, y Víctor se arañó en la cara con una rama.
Cenamos poco en el albergue que hay aquí. Las noches son muy oscuras y con muchas estrellas. Me he acordado mucho de los papás y he dormido con Víctor".
(Así empieza mi Diario).

    Dejamos, por fin, la carretera de asfalto y, nada más entrar en camino de tierra, empezamos a subir una dura pendiente. Toni el Duro nos avisó que ya estábamos llegando. El autobús avanzaba tambaleándose sobre las torrenteras de pasadas tronadas. Al final de la cuesta, nos asomamos a una explanada, dominada por un albergue de dos plantas con soportales de ladrillo. Todos saltamos de alegría en los asientos.

    Habíamos llegado ya, y como si fuera a tomar posesión del campamento, me puse el atuendo apropiado: cantimplora y machete al cinto y gorra de visera en la cabeza. Nos amontonamos en el pasillo del autobús queriendo salir con prisa y a empujones. Procuré que mi hermano no se separara de mí. Al asomarme a la escalerilla, me acarició una brisa fresca con aromas de monte.

    Mientras aguardábamos a que sacaran las mochilas de la panza de nuestro autobús, llegó el otro con cuarenta niños más. Les dimos la bienvenida con gritos y saltos de entusiasmo.

    Los campos de deporte, repartidos por toda la explanada, estaban circundados de pinos. Aquello era impresionante.

    Fernando, que era el jefe, llamó nuestra atención con tres pitidos de silbato, y nos dijo que subiéramos de nuevo a los autobuses para ver si nos habíamos olvidado de algo. Mi hermano Víctor se había dejado el jersey; y también otros niños habían olvidado alguna de sus cosas.

    En torno a los autobuses y bajo los soportales del albergue, todo era un bullir multicolor de gorras de visera caladas hasta las orejas y de mochilas a la espalda, que frecuentemente abultaban más que sus dueños. Ahogando nuestros voces chillonas, Fernando hizo sonar el silbato una sola vez y todos los monitores lo rodearon. Oí que les decía:

    - Haceos cargo de vuestros muchachos e instaladlos.

    Pensé que nos meterían a vivir en el albergue y me sentí decepcionado: venir a un campamento para vivir en el interior de una casa no tenía gracia.

    Los monitores se apartaron un poco del amontonado alboroto para que los viéramos, y empezaron a gritar nombres que leían en un papel. Después de muchos, oí: ¡Víctor Carretero! ¡Andrés Carretero! Éramos mi hermano y yo. Aunque Víctor tenía ya ocho años, era un despistado según decía mi madre; por esto, lo tomé de la mano y me fui hacia el que nos había llamado. Nos dijo:

    - Soy vuestro monitor y me llamo Blas. Vamos a ver si estáis los diez.

    Repitió la lista; estábamos todos y añadió:

    - Seguidme.

    A los pocos metros del albergue, nos asomamos a una corta pendiente entre pinos. Allí mismo, bajo las ramas, vi los techos de las cabañas, pintados de verde. Esto sí tenía pinta de campamento; no eran tiendas de campaña, pero se parecían.

    Al bajar la breve cuesta, de tierra muy trajinada por el paso de campamentos anteriores, mi hermano se resbaló y cayó de espaldas sobre la mochila.

    - ¡Patastiernas!, le dijo uno mayor, riéndose y dejándolo tirado.

    A mí me indignó que insultaran a mi hermano, y a Víctor casi le saltaron las lágrimas, mientras se quitaba las chinas que se la habían clavado en la palma de las manos.

    Fuimos caminando por las calles escalonadas e irregulares que formaban las cabañas, y vi que todas tenían sobre la puerta un azulejo con su nombre. Blas se detuvo ante dos que estaban en un extremo: eran las nuestras, y se llamaban Dragón y Pegaso. Antes de entrar nos dijo que nos acomodáramos cinco en cada una, y fuéramos dejando allí nuestras cosas en orden; que, como cada cabaña tenía capacidad para seis, él dormiría en cualquiera de las dos; que los diez formaríamos equipo durante todo el campamento, y teníamos que ser buenos amigos.

    - Cuando oigáis tres pitidos de silbato, acudid adonde lo escuchéis; entre tanto, podéis hacer lo que queráis -terminó de decir Blas y se fue.

    A pesar de lo mandado por Blas, los ocho querían meterse en la misma cabaña. Discutieron entre ellos y fueron sólo seis los que ocuparon la Pegaso. Los otros dos con mi hermano y conmigo nos metimos en la Dragón. Era la última de la calle y, por detrás, se asomaba a un barranco con maleza muy enmarañada en el hondo.

    Mientras elegíamos litera y sacábamos nuestras cosas de la mochila y nos asignábamos los pequeños armarios metálicos, empezamos a hablar. Uno, el que era más delgado, llamó al otro Abel, para decirle que dormiría arriba. Abel, algo regordete, llamó Juanico al otro, para preguntarle si había traído pilas de repuesto. Yo llamé Víctor a mi hermano, y mi hermano me llamó Andrés. Al momento, los cuatro nos estábamos llamando por nuestros nombres propios, sin habernos presentado.

    Y hablando, hablando, Juanico me dijo que su nombre de pila era Antonio y Juanico era apellido, y que él y Abel eran compañeros de clase; que ellos dos y los otros seis de la cabaña Pegaso eran de Mallorca; que tenían ya once y doce años, y todos habían venido ya otros años a este lugar. Yo les dije que era la primera vez que asistía a un campamento, y que mi hermano y yo éramos de Madrid; que teníamos ocho años él, y nueve yo; que estábamos veraneando en Gandía y mis padres se enteraron de este campamento por un primo, y nos habían mandado a respirar el aire de la sierra.

    Cuando terminamos de dejar todo en orden, Juanico y Abel se pasaron a la Pegaso con sus amigos. Mi hermano y yo nos bajamos a la explanada que se abría al final de la cuesta de las cabañas; nos acercamos a un gran redondel de cemento, como una pequeña plaza de toros, cerrado en todo su derredor con un muro bajo que servía para sentarse; en el centro había un montón de leña sobre tizones y ceniza. Había ya otros muchos niños jugando. Nosotros no conocíamos a ninguno y no sabíamos como entrar a jugar con los demás. Nos sentamos en el muro y nos pusimos a mirar. Vino otro y se puso a nuestro lado. Por él nos enteramos de que este era el lugar de reunión del campamento; aquí se encendía fuego todas la noches y, al amor de la lumbre, se contaban chistes o se hacían juegos muy divertidos.

    Estando así, llegó Toni, se puso de pie sobre el muro y gritó:

    - ¡Soy Toni el Duro, y los que sean valientes que me sigan a explorar el campo de batalla!

    Un buen grupo nos fuimos tras él; subimos corriendo la corta pendiente de las cabañas; pasamos por detrás del albergue y dijo fuerte, señalando una puerta:

    - ¡A los aseos y al comedor! ¡La pila de fregar, a la derecha!

    Entonces vi que el albergue tenía esta puerta trasera, y frente a ella, al aire libre, una pila de varios metros de larga con una infinidad de grifos. Sin dejar de correr, dimos la vuelta al albergue, cruzamos el campo de fútbol, el de voleibol, el de balón tiro y llegamos a la piscina que estaba al final. Me alegró que fuera piscina con depuradora y todo. Aquí tomamos un respiro y Toni nos arengó:

    - Toni el Duro está dispuesto a que os lo paséis bomba, y así será si participáis con entusiasmo en todas las actividades que se van a realizar durante el campamento. ¡Aquí no puede haber cobardes!

    En esto, se oyeron lejanos tres pitidos de silbato y terminó:

    - El jefe nos llama y tenemos que ser los primeros en llegar.

    Salimos corriendo hacia el fuego de campamentos. Estábamos lejos y no pudimos ser los primeros, pero tampoco los últimos; vi que los mallorquines de mi equipo llegaban rezagados con andar cansino. El sol ya se ocultaba detrás de los pinares.

    Encontramos a Fernando en el centro de la plaza de cemento, junto al montón de leña. Se había cambiado de ropa y ahora iba vestido de montañero. No era muy alto, y tendría la edad de mi papá. Esperó un momento y ordenó que nos sentáramos todos en el muro circular. Nos tuvimos que apretar para caber. Y todos, al estar en círculo, nos veíamos las caras.

    Blas estaba con nosotros, Toni el Duro se sentó con los suyos y cada monitor se había puesto junto a los niños de su equipo. En aquel momento, a mí me hubiera gustado ser del equipo de Toni. Blas era bueno, pero me parecía serio; tal vez, tendría que ser así. A los otros monitores no los conocía aún.

    El jefe, después de presentar a Ernesto como ayudante primero, empezó a dar avisos sobre el orden en las cabañas y la limpieza en todo el campamento. Insistió en el uso de las papeleras.

    Nos habló también de los turnos de servir en el comedor y de la limpieza de los servicios higiénicos, en la planta baja del albergue.

    Nos recalcó que nadie debía subir a los pisos altos; sólo habría dos excepciones: los que se pusieran enfermos y los que quisieran ir a hablar con el sacerdote.

    Yo procuraba estar atento, por mí y por mi hermano; pero algunos se distraían lanzando piñas al aire o manoseando los machetes.

    Por último, nos leyó el horario del día siguiente, miró el reloj y dijo que fuéramos ya al comedor. Cuando todos nos levantábamos, reclamó un momento de atención para pedir un equipo voluntario que sirviera la cena de esta noche, hasta que se organizaran los turnos para los días siguientes. La mayoría ya se iba en desbandada. Toni levantó la mano. Volví a pensar que Toni era genial y me gustaría pertenecer a su equipo.

    El albergue también tenía puerta por la parte de atrás; en el pasillo de entrada había una a cada lado para los servicios de aseo y otra enfrente para pasar al comedor. Éste era amplio, con mesas alargadas y banquetas corridas. Blas nos indicó la que íbamos a ocupar todos los días.

    En el recinto cerrado, la gritería empezó a ser atroz. Fernando pitó tres veces con energía hasta conseguir silencio a medias. Dio normas de comportamiento en el comedor: sólo tenían que levantarse los que servían; nadie podía marcharse hasta que se diera la orden; debían quedar las mesas y el suelo sin desperdicios; que arrojáramos las sobras en los contenedores que había al salir, y limpiáramos los cubiertos en la pila antes de guardarlos en la cabaña.

    Mientras decía todo esto, algunos, sin darse por enterados, se levantaban o se peleaban por el puesto. El mismo Fernando rezó la bendición de la mesa, e indicó a Toni que ya podía empezar a servir.

    Con la buena cuenta que habíamos dado a las chucherías que nos habían puesto nuestras madres, casi nadie quiso probar la cena. Gracias a los ánimos que nos daba Toni, comimos algo del segundo y la fruta. Las cacerolas de sopa volvieron a la cocina sin tocar.

    Los de Mallorca, a pesar de lo dicho por Fernando, se levantaron y se fueron, con gran enfado de Blas que salió tras ellos; nos quedamos solos en la mesa mi hermano y yo, y recogimos, lo mejor que supimos, los desperdicios que habían dejado. En la pila pasamos por agua los cubiertos.

    Era noche cerrada ya y los pinos la hacían más negra. Con las linternas nos tuvimos que abrir un túnel de luz, para bajar con los cubiertos limpios a dejarlos en la cabaña. Cuando pasamos por la puerta de la Pegaso, oí que Blas estaba diciendo a los mallorquines:

    - ¡Sois de una isla y adonde vais queréis ser isla!

    Les hablaba fuerte. Yo no entendí entonces lo que les quería decir.

    Al poco, acudieron a nuestra cabaña Abel y Juanico a dejar sus cubiertos. Estábamos a oscuras; nos enseñaron el interruptor de la luz eléctrica que teníamos en la cabaña, y nos acompañaron al fuego de campamentos que ya empezaba a flamear. Desde abajo, sólo se veían focos de linterna que avanzaban hacia nosotros entrecruzándose sus haces de luz.

    Mientras esperábamos, nos entretuvimos enfocando con las nuestras la columna de humo que salía de la hoguera. La linterna de Abel era la más potente. Al mirar hacia arriba, vimos muchas estrellas y Víctor empezó a contarlas, pero desistió porque le dolía la nuca. Juanico buscó en el cielo y nos indicó la Osa Mayor.

    Por fin llegó Fernando, tocó tres veces el silbato y nos dijo que jugaríamos a Policías y Ladrones, pero antes rezaríamos el Rosario, y que durante el rezo, el sacerdote estaría por allí para oír confesiones. Miramos y, por la tirilla blanca, lo descubrimos junto a unos pinos en la penumbra de la fogata. Uno lo enfocó y vimos que ya tenía el pelo blanco. Fernando pidió un voluntario para rezar, y se ofreció Blas; me gustó que fuera nuestro monitor.

    Yo quise rezar bien, pero no pude porque miraba a los que salían del corro para confesarse y, sobre todo, porque el recuerdo de mis padres y hermanas se me puso fijo en el pensamiento.

    El juego duró hasta muy tarde. Con tanto correr y ocultarse, subir y bajar por aquel paraje aún desconocido, bajo el negror de la noche entre los pinos y con el uso mínimo de la linterna para evitar ser descubiertos, acabamos agotados. Blas aún tuvo que llevar a Víctor al albergue, para curarle los rasguños que se habían hecho en la cara y en las piernas. Cuando vinieron, Abel y Juanico respiraban bajo el sueño; yo ya estaba metido en el saco en la parte alta de la litera, pero sin poderme dormir. Blas preparó a Víctor el saco y le ayudó a meterse en él. En la Pegaso, seguían hablando y tuvo que pasar a imponer silencio. Volvió, apagó la luz eléctrica, se acostó y, al poco, ya roncaba.

    En el silencio de la oscuridad que había fuera, se percibía un rumor que debía ser de los pinos, pero que a mí me parecía del mar de la playa de Gandía. Sin poderlo evitar, empezó a manar dentro de mí una fuente de nostalgias: "Allá lejos, los papás, mis hermanas, especialmente la pequeña; y yo, aquí solo con el peso de cuidar a Víctor". Hubiera querido irme para decirles cuánto los echaba en falta. Me venían como oleadas de cariño, que me subían en forma de congoja hasta la garganta, y, sin querer, empezaron a correrme lágrimas por las mejillas. Me asomé al borde de la litera y dije muy quedo:

    - Víctor,...¿duermes?

    - No,... y me acuerdo mucho....

    Bajé sin hacer ruido, me eché junto a él y nos abrazamos.


    NO ESTAMOS SOLOS

    "Hoy he ido a contar lo que me pasa. Después he llevado a Víctor porque le pasa lo mismo que a mí.

    Con un abuelo no estamos solos y estamos muy contentos.
Hemos hecho mucho deporte, pero los de Mallorca no quieren que juguemos con ellos, porque pierden.
Tenemos ya muchos amigos y hemos comido muy bien.
Víctor aún tiene mercromina en la cara por la herida de anoche.
Nos hemos buscado un truco para ir a dar las buenas noches al abuelo.
Dicen que hay jabalíes por aquí, pero aún no los hemos visto".

    Por la mañana, el silbato nos despertó abrazados.

    Al salir de la cabaña, los primeros rayos del sol, que se asomaba por la cumbre de enfrente, me deslumbraron; esto me recordó que tenía que ponerme la visera. Bajo un cielo azul limpio, las laderas eran, al contraluz, una mancha de verde-oscuro sin relieves. El aire era puro y de un frescor oloroso. Con la toalla medio a rastras y la bolsa de aseo en la mano, fuimos al lugar de reunión, que no era otro que el redondel de cemento.

    Por aguardar a Víctor que era incapaz de despertarse, llegué de los últimos, y uno de los de Mallorca me riñó porque nuestra falta de puntualidad restaba puntos al equipo. Me atreví a decirle:

    - También vosotros anoche os fuisteis del comedor antes de tiempo.

    - ¡Pero eso no quita puntos!

    No supe qué replicarle, y me vino una oleada de congoja como la de anoche; pero se me pasó al ver a Toni el Duro que nos llamaba con el silbato y los brazos abiertos:

    - Los valientes hacen footing por la mañana, para despertarse bien y calentarse antes de la ducha. ¡En marcha detrás de mí!, gritó y se puso a correr marcando el ritmo con el silbato.

    Dimos la vuelta a los campos de deporte y nos llevó hasta la puerta de los lavabos y las duchas. Aquí nos animó:

    - Los lavabos son para los valientes, las duchas para los héroes, ¡escoged!

    La mayoría fuimos sólo valientes.

    El horario decía que la Misa era a las nueve; había que asearse rápido para ser puntuales. La tendríamos en la ermita que descubrí anoche al otro lado del fuego de campamentos, discreta entre unos pinos. Juanico se fue delante y luego fuimos Víctor y yo con Abel. Blas ya estaba allí esperando.

    Nos sentamos, al aire libre, en unos troncos cuadrados como si fueran bancos de iglesia. Enfrente estaba el altar bajo cubierto, con unos azulejos de fondo, en los que se representaba un crucificado de estilo moderno. El sacerdote entraba y salía de la sacristía, preparando las cosas para la Misa; de cuando en cuando, nos miraba y se sonreía. Un monitor le ayudaba a sacar las cosas. Fueron acudiendo poco a poco los demás niños y los monitores, y nos tuvimos que apretar para caber todos en los troncos.

    Por fin, salió revestido el sacerdote; le daba el sol en la cara. Primero miró a todos y se sonrió; se puso luego serio y empezó la Misa. El Evangelio lo leyó de manera muy amena, explicando las palabras que no entendíamos.

    En la predicación nos habló de que nacemos con dos cordones umbilicales, uno nos lo cortaron ya, pero el otro está en el corazón y no se puede cortar: es el impulso que sentimos por dentro hacia los padres, que nos atraen como si fueran un imán. Sólo cuando estamos lejos, nos damos cuenta de cuánto los queremos. Es el cordón umbilical del corazón. Esto es maravilloso, aunque haga sufrir y hasta llorar.

    Al oír esto, pensé que, tal vez, Blas le había dicho lo que me ocurrió anoche.

    Luego añadió que en esos momentos, lo que había que hacer era decirle a Jesús que ¡cuide a los papás!, y meterse de lleno en los juegos. Pero si alguno no lo pudiera superar, los monitores y también él estaban para ayudarnos.

    Mientras el sacerdote decía estas cosas, me pasó por la cabeza la idea de ir a hablar con él. La rechacé, pues me daba vergüenza; en todo caso, le contaría lo que me pasaba a mí, pero como si le ocurriera a mi hermano.

    Luego nos dijo que él estaba en el campamento, exclusivamente para decirnos la Misa, confesar a los que quisieran y aconsejar a los que se lo pidieran; que estaría en su habitación del albergue a nuestro servicio y, además, saldría a confesar durante el Rosario y antes de la Misa.

    En esto, nos sorprendió el grito de un niño que estaba en el primer banco:

    - ¡Ay!

    - ¡Barro al cuello!, dijo de inmediato el sacerdote, interrumpiendo su predicación.

    Un monitor salió corriendo hacia el niño y se lo llevó. Nos aclaró el sacerdote que le había picado una avispa. Terminó de predicar y siguió la Misa. Al poco volvían los dos: el niño, con un emplasto de barro en el cuello, bajo la oreja derecha.

    En el silencio que siguió a la Comunión, al pedir a Jesús por mis padres y hermanas, la imaginación se me fijó en ellos, y empezaron a salirme lágrimas, sin querer, como si manaran de una fuente; incliné la cabeza para que no me vieran y me goteaban sobre el pantalón. Me di cuenta de que a otro niño le pasaba lo mismo; me sequé los ojos con la visera y me tranquilicé al ver que no era yo solo. Decidí ir a ver al sacerdote: si sabía lo que nos pasaba a lo niños, no se extrañaría de lo mío.

    Al ir a desayunar, vimos en la puerta del comedor el tablón de anuncios con los turnos de servir y recoger el comedor, y los de limpiar los aseos. A nuestro equipo nos tocaría servir las comidas dentro de tres días, y la limpieza de los aseos, el último.

    Después del desayuno, Fernando y Ernesto pasaron la revista de tiendas: se fijaron en el orden y limpieza de la cabaña y en el aseo personal. Antes, los de Mallorca nos habían avisado que esto daba puntos, y nos esmeramos en limpiar el piso y la puerta y en dejar cada cosa en su sitio; pero apenas se fueron los dos jefes, empezaron a revolverlo todo y a tumbarse sobre las literas. Blas se enfadó y los amenazó con llamar a Fernando; se moderaron y volvieron a poner orden.

    Busqué un aparte con Blas y le dije que me indicara la habitación del sacerdote, porque quería hablar con él. Me dijo que por la puerta principal, al final de la escalera, a la izquierda. Dije a mi hermano que se pusiera la ropa de deporte y se fuera con los demás; yo también me cambié, y me fui hacia el albergue con alguna timidez.

    El sacerdote tenía la puerta abierta y lo vi de perfil escribiendo sobre una mesa; pedí permiso; volvió la cara y me sonrió. Se puso de pie y me invitó a sentarme en una butaca; él se sentó en otra. De repente, me vino la congoja a la garganta, los ojos se me empañaron y temí no poder hablar. Me dijo inmediatamente:

    - Echas de menos a tus padres, ¿verdad?

    - Es que, además, lloro cuando me acuerdo de ellos, le pude decir.

    - Eso es bueno; es señal de que los quieres mucho; aquí puedes llorar todo lo que quieras; cuando te hayas calmado, te lavas la cara en mi cuarto de baño, y nadie se va a enterar. Toma mi pañuelo y empápalo en lágrimas.

    Esto me serenó y me hizo reír. Entonces preguntó mi nombre y se interesó por mi familia. Le conté todo y que, además, tenía aquí un hermano más pequeño.

    - El tener que cuidar de él sin los papás, me hace sentirme más solo, le dije.

    - No estás solo; están los monitores y Fernando y yo.

    - Sí, pero no es como los papás, le insinué.

    Se quedó pensativo y me dijo:

    - Tienes razón; pero si estuviera en el campamento un tío tuyo o un abuelo, ¿te sentirías solo?

    - No, le contesté sin dudarlo.

    - Pues mira, yo podría ser uno de tus tíos y, por edad, tu abuelo. ¿Qué prefieres que sea?

    - ¡Mi abuelo!, le dije rotundamente.

    - Pues aquí me tienes, nietecillo; ¿ves cómo no estás solo? -me dijo abriendo los brazos.

    Me quedé feliz, me puse de pie para irme y no pude evitar darle un beso, mientras le decía:

    - Hasta luego, abuelo.

    - Hasta cuando quieras, nieto.

    Al besarlo, noté el perfume de la loción que usaba mi padre. Bajé las escaleras saltando y me fui con ganas de contárselo a Víctor.

    Todos los niños estaban en deporte. Ernesto ya nos había explicado, en el desayuno, que cada día nos enfrentaríamos dos equipos en tres deportes distintos: voleibol, balontiro y fútbol. Cada partido duraría una hora y, acabada la hora, se pasaría al otro deporte.

    En ese momento mi equipo jugaba a fútbol. Víctor estaba sentado sobre una piedra en la banda del campo, cabizbajo y con ojeras de haber llorado.

    - ¿No juegas?, le dije.

    - No me dejan los de Mallorca, me contestó.

    No hice caso y me metí a correr tras la pelota; apenas le di una patada, me gritaron:

    - ¡Si quieres que ganemos, vete!

    Yo seguí, pero me di cuenta de que no contaban conmigo. Si venía el balón por donde yo estaba, me apartaban de un empujón para jugarlo ellos. La verdad es que jugaban muy bien y estábamos ganando.

    Comprendí que era un estorbo y me retiré adonde estaba mi hermano. Me dijo que se acordaba mucho de las papás y que se aburría. Le conté lo del abuelo y que lo llevaría para que viera que era verdad.

    En esto, los de nuestro equipo metieron otro gol y salté de alegría. Entonces dije a mi hermano que nosotros teníamos que ser los hinchas. Nos pusimos de pie y empezamos a darles gritos de ánimo. Ganamos con mucha diferencia.

    Se terminó el fútbol y nos trasladamos al campo de voleybol; Víctor y yo, al margen del campo, uno a cada lado de la red, continuamos animándolos. Pasó Blas, que arbitraba a otros equipos, y nos felicitó:

    - Somos el único equipo que tiene hinchas y por eso vamos a ganar.

    Cuando conseguíamos un punto, los jugadores de campo levantaban entusiasmados los brazos con los dedos en "V" de victoria y nos miraban a nosotros dos que les respondíamos con el mismo gesto; era como si jugáramos también. Se acabó la hora de voleibol, y también ganamos.

    En balontiro, sí nos dejaron entrar al campo, y nos explicaron:

    - Aquí, más que saber, conviene ser muchos para que los contrarios tengan que eliminar a más.

    Conseguimos vencer a los rivales en los tres deportes, y nos fuimos a disfrutar de la piscina, gritando, "¡vencedores! ¡vencedores!"

    Pero al ver que los derrotados habían admitido a jugar a niños pequeños como Víctor y yo, caí en la cuenta de que a los de Mallorca sólo les importaba ganar, y no me gustó. Más tarde supe que Blas les riñó por esto; no era como Toni el Duro, pero empezaba a caerme muy bien.

    Después de comer, nos dieron un buen rato de tiempo libre para estudiar; pero vino Blas con un cuaderno, nos lo dio y dijo que teníamos que escribir un diario de las actividades del equipo. Ninguno de los mayores quería escribirlo y me obligaron a mí:

    - Si no lo haces, tú serás el culpable de que perdamos puntos.

    Me arrojaron esta amenaza y se fueron a jugar. Pedí a Víctor que estuviera a mi lado para ayudarme, y lo empecé con lo del día anterior. Puse en ello toda mi alma.

    Sonó el silbato tres veces, y acudimos todos al lugar de reunión. Nos esperaban Fernando y Ernesto con una bolsa grande de lona. Contenía una tienda de campaña. Nos pidieron que nos sentáramos. A medida que desplegaban la tienda, nos decían los nombres de sus elementos y, a medida que la montaban, nos explicaban cómo se tenía que hacer. Luego recalcaron que, cuando se desmontaba, antes de enrollarla para meterla en la bolsa, tenía que estar bien seca de la humedad de la noche, para que no se malograra la lona.

    Durante la explicación, algunos atendían y otros se despistaban, como siempre. En esta ocasión, fue con los saltamontes. Mi hermano Víctor y otro andaban con una bolsa de plástico a la caza de ellos. Uno, de gafas de alambre, los perseguía con un palo; daba el golpe y el saltamontes saltaba más lejos. Así fue tras él, hasta que desapareció entre los pinos.

    Al final de la explicación, Fernando dijo:

    - Dos equipos con dos tiendas irán a acampar esta noche en el valle de Heidi.

    - ¿Qué es el valle de Heidi?, se adelantó uno a preguntar.

    - Un valle que está al otro lado de éste. Lo llamamos así desde que un chico, hace años, le puso este nombre por su parecido con el paisaje de un serial de dibujos animados.

    - ¡Heidi, los Alpes!, confirmamos a coro.

    - Pero, ¿qué equipos irán? Ernesto los acompañará; saldrán después de merendar, y los equipos son....

    A todos no hacía mucha ilusión, y Fernando no acababa de decirlos. Por fin, nombró a otro equipo y al nuestro.

    - ¡Bien!, grité entusiasmado.

    - ¡Menos, menos bien!; que por allí hay muchos jabalíes -me advirtió uno.

    Yo me encogí de hombros.

    Blas nos reunió y nos indicó lo que teníamos que llevar: la mochila con el saco de dormir, el bocadillo, linterna, cantimplora, chubasquero y la tienda repartida a piezas entre todos. Juanico le preguntó si nos llevábamos los machetes por eso de los jabalíes. Sin hacer mucho caso, dijo que lo que quisiéramos.

    Faltaba aún un rato para merendar; busqué a mi hermano, y lo llevé a que conociera al sacerdote.

    - Este es mi hermano y le pasa lo que a mí, le dije.

    - ¿Cómo te llamas?, le preguntó.

    - Víctor, contestó mi hermano.

    - Pues si Víctor es hermano de Andrés y Andrés es mi nieto, Víctor también es nieto mío; ¿te parece bien?

    Mi hermano dijo que bueno. Le contamos que nos íbamos de acampada toda la noche y veníamos a despedirnos. Le dimos un beso y nos dijo:

    - Que paséis buena noche, mis nietos.

    - Hasta mañana, abuelo.

    Bajando la escalera, felices los dos, dijo mi hermano:

    - Pues es verdad; tendremos que buscar un truco para venir a darle los buenos días por la mañana y a despedirnos por la noche.

    - Venimos y ya está, le dije yo, y en eso quedamos.

    Corrimos hacia la cabaña a preparar las mochilas, y subimos a merendar con ellas puestas. Con la merienda, nos dieron el bocadillo para la cena. Los de Mallorca llevaban sus machetes colgados del cinto y, como eran más fuertes, cargaron también con la tienda, desmontada en piezas. Yo aún volví a por mi machete, y emprendimos la marcha hacia el Valle de Heidi con Ernesto al frente. Toni el Duro, al vernos salir, gritó a los que estaban por allí:

    - ¡Paso a los héroes que se van a pelear contra los monstruos de la noche!

    Pensé que lo decía por los jabalíes y dije a Víctor, mostrándole mi machete:

    - No tengas miedo.


    LOS FANTASMAS DE LA IMAGINACIÓN

    "Nos salieron los jabalíes en el valle de Heidi, y pasamos mucho miedo
Nos tuvimos que volver a media noche. No nos ha pasado nada, gracias a Ernesto que es muy valiente.

    Por el día, hemos ido a recoger todo y hemos traído las tiendas cerca del campamento.
Algunos niños tienen mucha morriña. El abuelo nos dice que los jabalíes no hacen nada, y estamos contentos".

    Con las mochilas a la espalda, avanzamos por la explanada y, cerca ya de la piscina, nos tiramos por una pendiente entre pinos muy espesos; al final de la bajada, dimos con la carretera de tierra por la que subieron los autobuses cuando vinimos. Salimos a la anchura del amplio valle. El sol nos daba en la cara. Siguiendo esta carretera, llegamos a otra de asfalto y la cruzamos. Fuimos bordeando, por fuera, una alambrada que acotaba una dehesa de vacas, y nos plantamos al pie de la ladera que, un poco antes, veíamos enfrente. Metidos entre los pinos, empezamos a repecharla sin camino. Ernesto, más joven que Fernando y con gafas de cristales gruesos, iba delante, dándonos ánimo.

    Al llegar a un humedal, quisimos sentarnos a descansar; pero no hicimos más que el amago, porque él mismo se dio cuenta de unos surcos hozados en la hierba:

    - Son huellas de jabalí, nos dijo.

    También había muchos tábanos y empezó a dar manotazos al aire, mientras ordenaba:

    - Sigamos; aquí no se puede estar.

    Reemprendimos la subida. Llegamos a unos corrales que había en la cima. El sol estaba a punto de caer tras otras cumbres que emergían enfrente, oscurecidas ya por sus propias sombras.

    A nuestros pies se abría el Valle de Heidi. Praderas, pinar y algunos retazos de mies a punto de segar. Ernesto nos señaló unos troncos tendidos en fila, uno a continuación de otro, como saliendo de una pinada hacia la pradera.

    - Son los gamellones; allí tenemos que acampar.

    Después de mirar desde lo alto, empezamos a descender por el camino de herradura que aquí se iniciaba. Nos salimos de él por la derecha y fuimos cortando alternativamente pinadas y praderas, hasta llegar a la fuente.

    De cerca, los gamellones eran troncos de pino, labrados con hacha y azuela para contener agua y beber los ganados. Estaban escalonados. El primero se llenaba con un chorro que canturreaba al caer; de éste iba pasando al otro, y al otro, hasta el último, que derramaba el agua sobrante a través de una cotana abierta en su testa. Ernesto dijo:

    - Dejad de mirar; lo primero es montar las tiendas.

    El sol se había puesto ya, y el valle entero estaba en sombras. Escogimos los lugares donde instalar las tiendas, una a cada lado del abrevadero.

    Dejamos las mochilas en el suelo; cada equipo sacó los accesorios de su propia tienda, y empezamos a montarlas. Ernesto pasaba de un lado al otro para impartir instrucciones.

    Víctor y otros dos pequeños de la otra tienda, liberados de responsabilidad, chapoteaban en el agua.

    Las últimas piquetas las clavamos a oscuras, alumbrándonos con las linternas. Nos metimos para probarlas y nos sentíamos seguros dentro. Eran para seis, pero cabíamos todos, aunque algo apretados y cruzados. Como además Blas y el monitor del otro equipo no habían venido, casi estaríamos anchos.

    Mientras nos comíamos el bocadillo sentados en el borde de los gamellones con las linternas en la mano, los haces de luz se perdían en la lejanía o se detenían en el agua o escrutaban el pinar cercano. Sin darnos cuenta, estábamos creando un laberinto de luces manipuladas por fantasmas en una noche cerrada.

    De pronto, Juanico nos alarmó:

    - Acabo de ver entre los pinos algo como un perro.

    Todos enfocamos las linternas adonde él, y nada vimos moverse. Pero allá lejos, adonde no llegaba ni la potente luz de Abel, advertimos la presencia de varios bultos quietos. A fuerza de mirar y remirar, se nos antojaban jabalíes y hasta nos pareció que se movían algo. Terminamos de cenar y Ernesto dio la orden de meternos en las tiendas a dormir.

    Tomamos los sacos y dejamos las mochilas fuera; ya dentro, nos descalzamos de zapatillas y calcetines y los sacamos al exterior por debajo de los faldones de la tienda. No sin dificultad, por la estrechez, logramos introducirnos en los sacos.

    Ernesto, cuando dejó bien acomodados a los de la otra tienda, vino a acomodarse en la nuestra. Estuvimos hablando largo rato y, poco a poco, fuimos guardando silencio, pero sin llegar a dormirnos. Era el nuestro un silencio tenso y escrutador.

    Yo, y como yo, pienso que los demás, oía chasquidos y ramas que crujían; el chorro de agua se confundía con ronquidos. La imaginación empezó a ver jabalíes en el entorno; el miedo se me metía a presión. De pronto, estalló un griterío histérico en la otra tienda; nosotros nos contagiamos, y aquel rincón del Valle de Heidi, en un instante, se llenó de pánico.

    Ernesto se decidió a salir con intención de poner calma; detrás de él salimos todos y, con nosotros, los de la otra tienda. Veíamos los jabalíes merodeando por la pradera; se nos ponía la carne de gallina, y ninguno nos queríamos separar de los otros. El jefe, al sentirse desbordado, gritó:

    - ¡Todos al campamento!

    Nos calzamos de prisa las primeras zapatillas que encontramos, que raramente fueron las propias, y, sin tiempo de atárnoslas, salimos corriendo de allí, dejando todo abandonado. Sólo Ernesto y Abel tomaron sus linternas. Cogidos de la mano, yo a la Víctor y a la de otro, anduvimos apelotonados en torno a Ernesto, sin querer ser ni el último ni el primero. Y así llegamos al campamento, pasada la media noche. Aquí ya nos sentimos seguros.

    Por la mañana, mientras nos aseábamos, contamos a los demás que habíamos visto jabalíes y que nos quisieron atacar. Cada uno lo contaba a su manera. Yo, que los oí roncar cerca y que los vi ya lejos cuando se iban. Todos nos hacían preguntas, y nosotros nos creíamos importantes. El miedo nos lo callábamos.

    Durante el desayuno, Fernando dijo que era posible que hubieran acudido jabalíes por allí, como por cualquier otro sitio; pero que no les tuviéramos miedo, porque no hacían nada; que huían de los hombres como huyen las ardillas; unas palmadas hubiera sido suficiente para espantarlos. El abuelo, cuando fuimos a darle los buenos días, nos dijo lo mismo y se rió de la aventura. Esto nos tranquilizó a los dos hermanos; y, por dentro, me sentí avergonzado y ridículo.

    A media mañana, regresamos con Ernesto, con Blas y con el otro monitor a recoger las mochilas, las tiendas y todo lo que habíamos dejado. Con la luz del día pude ver que los bultos eran simples matorrales. Siguiendo órdenes de Fernando, montamos las tiendas en una pequeña pradera entre pinos, cerca del campamento, junto a la carretera de asfalto y a la alambrada de la dehesa. Las dejamos allí, para que, cada noche después de cenar, bajen dos equipos a acampar.

    Por ir a hacer todo esto, no pudimos seguir la competición deportiva de la mañana, y los de Mallorca, que se habían propuesto ganar el campeonato, reclamaron a Ernesto. Como coincidió que los dos equipos de esta aventura nocturna éramos precisamente los que nos teníamos que enfrentar este día, Fernando decidió que, para la puntuación, nos pondría un empate en los tres deportes. A los de Mallorca les hubiera gustado ganar, pero no protestaron.

    No sé si sería por culpa de los jabalíes o porque coincidió; pero el hecho fue que, ese día, estalló en algunos niños un súbito contagio de morriña.

    Se les veía caminar solitarios o sentados bajo un pino, rumiando sus nostalgias. Los monitores andaban consolándolos, y conseguían que, a ratos, jugaran; pero no tardaban en volver a su soledad, tristes y llorosos, aislándose de los demás, como auscultándose obsesivamente los tirones del corazón.

    Uno de estos era el Gordi, de quien me había hecho amigo en el autobús. Ya la primera mañana me dijo que no había podido dormir.

    - Yo tampoco, le dije para consolarnos.

    Luego empezó a sentir dolores de cabeza y, más tarde, de tripa. Me daba mucha pena, y le hubiera contado mi secreto del abuelo; pero sentí celos de que me lo quitara.

    Desde esto de los jabalíes, el Gordi ya no quería comer y tenía náuseas. Andaba descuidado y sucio, lleno de moscas, y con ojeras producidas por el polvo amasado con las lágrimas.

    - Que vengan mis padres a curarme, me repetía.

    Su monitor lo tuvo que llevar al pueblo, para que hablara por teléfono con ellos. Cuando se lo dijo, le vino la alegría a la cara y se le pasaron todos los males. Fui a verlo después y me dijo:

    - No estaban en casa, y me vuelve a doler la tripa.

    Entonces ya le dije lo del abuelo, pero no sirvió de nada: no admitía razones. Me dio una pena...

    Por el lado opuesto, estaba Pipo que llegó a ser mi mejor amigo. Bajito y regordete, se lo pasaba bomba, siempre jugando, corriendo y sudando. En las rodillas le coloreaba la mercromina, y en los brazos y en las piernas, los rasguños. No le importaba ir sucio de polvo amasado con sudor en la cara, brazos y piernas. Era desordenado, pero siempre bien dispuesto a todo. El monitor tenía que recordarle que se lavara y se cambiara de ropa, y él no dudaba en meterse a la ducha con agua fría, y en lavarse los calcetines y otras prendas. Su trabajo serio era jugar y participar en todo. Los de su tienda presumían de tenerlo como mascota. En las excursiones llegaba agotado; parecía que se le iban a doblar las piernas; pero descansaba un momento y, de nuevo, se entregaba al juego con una vitalidad explosiva.

    Hablé, pues, con Pipo de lo que le pasaba al Gordi, y me contó que él también intentaba ayudar a Edu, un niño flaco y pálido, que había pensado irse porque sus padres habían reñido por su culpa, porque el uno no quería que viniese al campamento y el otro sí. Tenía que volver para que hicieran las paces. Cuando Pipo creía que ya lo tenía convencido, Edu empezó a decir que era sonámbulo y, si se salía de la cabaña a media noche, los jabalíes...

    Pipo le dio solución inmediata:

    - Por la noche, nos ataremos una cuerda, de muñeca a muñeca y, cuando te levantes, me despertaré y te impediré salir.

    Así lo hicieron aquella misma noche; pero el que se levantó no fue Edu, sino el propio Pipo. El pobre Edu se asustó al notar que su protector tiraba de la cuerda y se iba hacia la puerta. Se puso delante, pero Pipo lo apartó de un empujón. Al llamar a los compañeros de cabaña para que le ayudaran, se despertó también Pipo.

    - Pero, ¿es que eres sonámbulo?, le pregunté.

    - No; lo hice de mala idea. Seguro que ya no quiere la cuerda.

    Consiguió que Edu superara la morriña. Estas cosas de Pipo me producían admiración, y me hubiera gustado tener soluciones como él. Por eso, le pregunté:

    - ¿Que puedo hacer con el Gordi?

    - Nada; el Gordi es sólo gordi y no piensa, me contestó.

    Pipo me caía muy bien y era mi ideal de amigo a pesar de que éramos distintos. Porque, de verdad, éramos muy distintos. Mi hermano y yo no podíamos evitar hacer algunos ascos a la comida, y nos asustábamos de los tábanos y de las arañas. Seguíamos a rajatabla los consejos que nos dio mamá antes de salir, procurando ser ordenados y cambiándonos de ropa muy a menudo. Viendo a Pipo, llegué a pensar que nuestra morriña pudo venirnos por no tener quien nos hiciera las cosas y por no ser capaces de valernos por nosotros mismos. Pero no fue por esto sólo; era por algo más. Pipo y nosotros, simplemente, éramos distintos.

    Por él me enteré también de que a Miguel le entraban unas lloraderas incontenibles en ciertos momentos, especialmente de la mañana. Para que no lo vieran, se ausentaba y se escondía por los pinos. Su monitor tenía que salir a buscarlo y llevarle, a veces, el desayuno a su escondite. Una vez que se le pasaba, acudía a participar contento en todas las actividades.

    El cordón umbilical producía cosas muy raras. Menos mal que a la mayoría no les pasaba nada de esto.

    En el comedor, antes de cenar, Fernando nos pidió y recalcó con insistencia que no correteáramos fuera de los límites del campamento: el dueño de la vecina masía había venido a protestar porque malográbamos los pastos de su ganado.

    - ¡Y su ganado es su pan!, terminó enérgicamente el jefe.

    Al abuelo no lo vimos por el campamento más que en los momentos en que debía estar. Tan apenas salía de su cuarto. Cuando fuimos a darle las buenas noches, nos ofreció la mejilla sin dejar de mirar sus papeles; pero le dije que antes queríamos hablar. Dejó el bolígrafo, nos invitó a sentarnos y se puso a escuchar. Le hablé de la morriña del Gordi y de lo bien que nos caía Pipo a Víctor y a mí. Terminé yo y nos dijo él:

    - Si os cae bien Pipo, tal vez sea porque es generoso. Completad vuestras cualidades con las que tiene él.

    Sobre el Gordi, me aclaró:

    - No quiere creer que su dolor es sólo nostalgia y, por eso, está obsesionado con irse; ayúdale a superar esa manía.

    - Bueno -le dije, y le dimos el beso.


    UN DÍA CUALQUIERA

    "En Misa hemos escuchado el canto de los pájaros.
Las ardillas nos han tirado piñas al tejado. Ya hemos jugado en el equipo y hemos ganado.
Nos ha tocado servir en el comedor.
El Gordi se ha ido. Víctor se ha hecho un arco de flechas con la ayuda de Pipo".

    Pasamos mucho miedo durante esta noche: alguien estuvo tirando piedras al tejado de nuestra cabaña. Al despertarnos por la mañana, hablamos de ello, y las sospechas recayeron sobre el pastor que vino ayer enfadado a llamarnos la atención por pisar los pastos de su ganado. Seguro que había querido vengarse de esta manera.

    En la Misa, el sacerdote nos predicó del silencio, guardando silencio. Después de leer el Evangelio, nos dijo:

    - Cuando os halléis en plena naturaleza, como es el campamento, conviene guardar silencio y escuchar. Vamos, pues, a callarnos, y escucharéis cosas maravillosas.

    Dijo esto, y se puso en actitud de aplicar el oído.

    Hacía una mañana plácida; los rayos del sol rozaban las copas de los pinos, arrancándoles un verdor brillante. Se oía lejano el arrullo de una paloma, los esquilones de las vacas en la dehesa, el graznido de un cuervo, el canto de codornices, el trino de un jilguero en las ramas próximas, el rítmico golpeteo de un pájaro carpintero en el tronco de un pino seco, el tintineo agudo de las esquilas del ganado en la otra ladera, y, como fondo, el rumor suave del pinar. Así estuvimos más de un minuto y, de repente, mugió una vaca. Todos nos reímos, el sacerdote también, y terminó:

    - Así de maravillosa es la música que Dios ha puesto en la naturaleza. Pero sabed que un solo acto de amor vale más que toda ella junta. Por eso Dios está siempre esperando que le digamos de verdad, ¡te amo!

    Y, sin más, siguió con la Misa.

    Cuando fuimos a darle los buenos día, le dijimos que había sido muy bonito lo del silencio, y le contamos lo de las piedras en el tejado. Se sonrió y se vino con nosotros a buscar explicación a un hecho tan extraño. Nada más mirar y ver lo que había por el suelo, descubrió la causa:

    - Son las ardillas; roen las piñas de los ramas que hay sobre las cabañas y dejaban caer los restos.

    Nos enseñó las muestras. Nos quedamos admirados, porque el abuelo siempre hallaba una explicación a nuestros miedos infundados. Se fue él al albergue y nosotros nos quedamos en las cabañas.

    Cada día a estas primeras horas, todo el recinto parecía un pequeño pueblo en ebullición: entrar, salir, pasar, correr, empujar, perseguir, tirar piñas, gritar, llamar, tropezar, caer, reír, llorar. Todo al mismo tiempo. Como el hormiguero que vimos de hormigas royas que, alocadamente inquietas, pululaban sobre un montón de pajas y semillas, formado por ellas mismas en un incesante acarreo.

    Eran los momentos que precedían a la revista de tiendas, y nuestro trajín era el de amas de casa: tender los sacos de dormir y las toallas en las ramas de los pinos para que se ventilaran o se secaran; barrer la cabaña y la puerta; volver a meter los sacos y las toallas; ordenar las mochilas y los armarios; traer manojos de cualquier hierba florida, para adornar el azulejo con la imagen de la Virgen que teníamos dentro. Los más pequeños, se empeñaban en alfombrar la entrada con musgo; en marcar el acceso con piedrecitas, y en formar letras con piñas: "Bienvenidos a...", "Pase a..." (aquí ponían el nombre de la cabaña).

    Terminada la tarea, unos nos sentábamos a esperar y otros se iban a sus juegos, hasta que sonara el silbato para la revista de tiendas.

    Fernando insistía en que sólo quería limpieza y orden.

    - Los adornos de la puerta no cuentan; sólo sirven para acarrear suciedad a la cabaña, dijo un día Fernando.

    Ernesto tomaba notas en un cuaderno para la puntuación.

    - Pero ¿quitan puntos?, le preguntó uno.

    Dijo que no, y los pequeños volvían cada día a sus adornos.

    Durante estos ratos libres, el juego preferido era la Cruz de la Muerte. Le daban este nombre, por los dos palos cruzados que colocaban sobre el césped para delimitar el campo y la dirección de cada uno de los dos jugadores. El que actuaba en primer lugar abría las piernas todo lo que podía a partir del palo horizontal, y lanzaba el machete para clavarlo en el suelo lo más lejos posible. Si lo conseguía, se mantenía en esta posición. El otro tenía que coger el machete, alargando igualmente las piernas desde el mismo palo. Si no alcanzaba a cogerlo, había perdido. Si lo conseguía, una vez recuperada la posición normal, volvía a abrir las piernas hacia el campo contrario, y arrojaba el machete para clavarlo. El primero que lo lanzó, que aún mantenía las pierna abiertas en su campo, ya no tenía posibilidades de alcanzar el machete clavado en el otro lado, y perdía. Si el machete no se clavaba, volvían a empezar. Así se pasaban largos ratos bajo los pinos cercanos.

    Un día apareció otro juego. Lo puso de moda un niño cuando se presentó con un arco de lanzar flechas de fabricación personal. No tardaron los otros en descubrir las sargas que había en el barranco, donde se cortaban las varas que se arqueaban tensando la cuerda con tanta facilidad. Todos los pequeños empezaron a lucir su arco colgado al hombro, y a lanzar indiscriminadamente sus flechas, que hacían con otras varillas finas.

    Este juego duró, hasta que uno recibió en la cara un flechazo. Fernando, después de hacerles ver el peligro, mandó que arrojaran los arcos al fuego de campamentos. Mi hermano se lo quería guardar, pero al ver que Pipo lo dejaba en el montón de leña, Víctor también obedeció.

    Por fin, los de Mallorca nos permitieron hoy participar en los tres deportes de la competición. Fue Blas el que lo consiguió. En fútbol me pusieron de portero y no lo hice mal; a Víctor lo colocaron junto a los defensas contrarios para que les estorbara, y, gracias a él, los nuestros cogían muchos rebotes. Ganamos, y Juanico, que era el que mejor jugaba, nos felicitó.

    En voley, como sólo podían jugar seis, nosotros estábamos de reserva; nos ponían, cuando ya estaba el triunfo seguro, y nos quitaban cuando nos tocaba hacer el saque, porque casi nunca conseguíamos pasar la pelota al otro lado de la red. Mi hermano y yo también queríamos ganar, y nos parecía bien esta estrategia.

    Estando luego en la piscina, me di cuenta de que el Gordi, a pesar de mis buenos deseos, seguía empeorando. Lo vi sentado bajo un pino, lejos de donde estábamos todos. Me acerqué y me dijo:

    - Mis compañeros me echan la culpa de su mala puntuación.

    - ¿Y por eso estás más triste?

    - Por eso y por todo.

    No supe qué más decirle, y me fui. Por la tarde, dejé de verlo. Pregunté a los de su equipo y me contestaron a coro:

    - ¡Ya nos ha dejado en paz; se lo han llevado!

    - ¿Y qué ha dicho?

    - Que había conseguido lo que quería.

    Me quedé triste por no haber logrado ayudarle.

    Nada más cenar, el equipo de Pipo y otro salieron a dormir en las tiendas que instalamos abajo, junto a la carretera de asfalto. Yo pasé al albergue a ver al abuelo. Le dije lo del Gordi y me contó que el médico había indicado que lo suyo también podía ser apendicitis. Ante esta posibilidad, era muy arriesgado mantenerlo en el campamento. El abuelo añadió:

    - Después de varios intentos se ha podido hablar con sus padre por teléfono: no estaban en el chalé, como el Gordi aseguraba. Los he localizado en su piso de la ciudad y les he explicado lo que pasaba. Yo mismo he ido a llevarlo con el coche de Fernando hasta mitad de camino, donde hemos acordado encontrarnos. Al verlo su madre, que también es médico, me ha dicho que todo era morriña de la más pura.

    - ¡Pobre Gordi!, repetí.

    Y el abuelo añadió:

    - Su cordón umbilical era más fuerte que él.


    VUELVEN LOS JABALÍES

    "Los de las tiendas han visto los jabalíes, y Pipo dice que no son.
Dos guardias civiles han venido a defendernos de un loco suelto.
Hemos bajado al pueblo y hemos comprado juntos los regalos para los papás, las hermanas y la abuela.
Pipo es valiente y listo".

    Los que bajaron a dormir en las tiendas regresaron entusiasmados. Durante la noche les habían rondado muy cerca los jabalíes y las vacas, y oyeron cómo se alejaban cuando les ladró un perro. Todos vinieron emocionados menos Pipo, que se atrevió a decir:

    - Aquello no eran jabalíes.

    Lo dijo al salir de desayunar, y se formó un corro en la puerta del comedor. Todos decían que sí que eran, y empezaron a discutir con Pipo. Yo admiraba a Pipo, y dudé a quien creer. Eran todos contra él; pero si Pipo, que no tenía miedo, aseguraba que no eran jabalíes, es que no lo eran.

    Discutían acaloradamente, y el abuelo, que pasaba al azar por allí, se acercó y preguntó el motivo. Le contaron, gritando todos a la vez, que habían oído los ronquidos, el crujir de ramas al pasar y los chapoteos en el agua del arroyo. El abuelo no entendía, y uno de los niños, señalando a Pipo, sintetizó el motivo de la pelea:

    - ¡Y éste dice que no eran jabalíes!

    - ¡Ah..! Sus razones tendrá, dijo el abuelo.

    Pipo estaba acoquinado ante la fuerza de los gritos; pero no dudó en asegurar:

    - ¡Pues no eran jabalíes, porque los jabalíes no llevan zapatillas blancas!

    Todos nos quedamos sorprendidos ante tal afirmación. El abuelo lo animó a que continuara hablando, y Pipo siguió:

    - Yo también creí al principio que eran, y abrí y cerré rápidamente la cremallera de la tienda para enfocar con la linterna y poderlos ver; pero lo que vi llevaba zapatillas blancas. ¡Eran los monitores, pero, si por esto os vais a enfadar, eran jabalíes!

    Yo, en aquel momento, me incliné definitivamente por Pipo. El abuelo se quedó pensativo y preguntó:

    - ¿Dices monitores? Sé que anoche los monitores bajaron a las tiendas. Como todos los días venís asustados, hablando de jabalíes...

    - ¿¡Ves como es verdad!?, se encararon todos con Pipo.

    - Pues eso sería, aceptó resignado.

    Todos quedamos convencidos de la presencia de los jabalíes. Se acabó la disputa, y nos fuimos a limpiar las cabañas.

    Después de la revista, fuimos Víctor y yo a ver al abuelo para consultarle algo sobre los regalos que queríamos llevar a nuestra familia. Hoy iríamos de excursión al pueblo después de comer y queríamos comprarlos ya; pero no sabíamos si era mejor que cada uno comprara por su cuenta o comprarlos entre los dos. El abuelo nos dijo que era mejor entre los dos, porque a los papás les gusta que los hijos anden unidos en todo, y porque, además, nos saldría más barato, cosa que los papás también agradecen. Era lo que yo pensaba y Víctor no protestó.

    A la hora de comer, vimos en la puerta del comedor una pareja de la Guardia Civil hablando con Fernando y algunos monitores. Estando ya todos sentados en las mesas, entró Toni el Duro con los dos guardias, tocó el silbato, y guardamos silencio, más en atención a los guardias que al silbato. Muy serio, cosa rara en él, nos dijo:

    - Por estos contornos hay un loco suelto que ha raptado ya a dos niños de otro campamento. Aunque la policía ya lo está buscando, tenéis que andar con mucho ojo; esta pareja de la Guardia Civil, que veis aquí, ha venido para protegernos.

    Al decir esto Toni, todos estallamos en un apretado aplauso a los guardias. Ellos se sonrieron, nos saludaron con la mano y salieron del comedor.

    Mientras comíamos, no se habló de otro tema; uno de mi mesa cayó en la cuenta de que debía ser el hombre que vio por la noche, cuando jugábamos a Policías y Cacos:

    - Lo enfoqué con la linterna y vi que no era del campamento; era muy alto, pero se estuvo quieto.

    Seguro que era, pensamos todos. Hicimos alardes de valentía con los machetes, pero por dentro nos carcomía el miedo. Cuando salíamos del comedor dije a Víctor:

    - ¡No te separes de mí!

    Luego fuimos a las cabañas a coger las mochilas. A nosotros nos bastaba con una y cargué con la mía para que Víctor fuera sin peso. Nos repartieron los bocadillos de la merienda, y salimos hacia el pueblo por un atajo que pasaba por el memorable Valle de Heidi.

    Normalmente, en las excursiones unos se adelantaban y otros se retrasaban entretenidos en cualquier cosa. Hoy, en cambio, nadie se iba por delante ni nadie se quedaba rezagado. El loco nos amontonaba en torno a los monitores. No hubiera hecho falta que Toni el Duro nos lo recordara en el momento de salir.

    Después de una hora de camino, entramos en el pueblo agrupados; pero inmediatamente nos dispersamos por sus calles empinadas, en busca de tiendas con chucherías. Víctor y yo, antes de comprar los regalos, nos fuimos juntos a ver si había de lo que queríamos. Pasamos por una tienda con cosas de forja, por otra con cerámica y por otra que tenía de todo. Nos sentamos luego junto a una fuente a comernos el bocadillo y a pensar lo que podíamos comprar para la abuela, para mamá, para papá, para la hermana mayor, para las dos pequeñas. Lo apuntamos en un papel, y fuimos directamente a comprar todo. Para nosotros también compramos un helado, pipas, caramelos, un bote de cocacola, papas y chicles.

    Acudimos luego a la puerta de la iglesia, que era el lugar donde nos teníamos que reunir antes de emprender el regreso, y nos sentamos en las escaleras de piedra, con la mochila entre los dos, a esperar y a dar buena cuenta de las chucherías.

    Para regresar al campamento no volvimos por el atajo, sino por la carretera asfaltada, que sube retorcida y empinada en los tres primeros kilómetros. Mientras subíamos, Pipo se sacó del bolsillo un puñado de caramelos y se los dio a Víctor; éste le dio una bolsa de pipas. En el intercambio, se fueron quedando rezagados y los perdí de vista en una curva. Lo dije a Blas y se quedó conmigo a esperarlos. Les grité:

    - ¡El loco!

    Víctor nos alcanzó corriendo, pero Pipo, haciendo con la mano un gesto de despreocupación, siguió a su paso. Cuando llegó, le dije que no se tomara a broma lo del loco suelto.

    - No hay tal loco, me contestó convencido.

    - ¿Cómo lo sabes?, le preguntó Blas.

    - He preguntado en el pueblo y nadie sabe nada; es una broma de Toni, contestó sin inmutarse.

    Blas se rió y nos dijo que tenía razón Pipo; pero que no lo dijéramos.

    - ¿Y los dos guardias?, pedí que me explicara.

    - Una de tantas visitas de rutina que hacen, me aclaró Blas.

    Me callé, pero me enfadé con Toni el Duro por jugar con nuestra ingenuidad. Y pensé que, en venganza, lo contaría a todos. Pero, el orgullo que también sentí de ser partícipe de los secretos de los monitores, me aconsejó callar. Entonces empecé a reírme por dentro del miedo de los otros, viéndolos subir por la carretera agrupados. Luego me di cuenta de que no eran buenos todos estos sentimientos que se entrecruzaban en mí, y pensé que tendría que ir a confesarme esta noche.

    Llegamos, y fuimos directamente Víctor y yo a enseñar al abuelo los regalos que habíamos comprado. El pañuelo de cuello para la abuela, la loción para papá y el destornillador fino para sus chapuzas, el jarrón y los pendientes para mamá, las pulseras para María, las muñecas para las pequeñas. Nos felicitó por el acierto al elegir. Envolvimos de nuevo todo en sus papeles, y le pedimos que nos los guardara en su cuarto.

    Luego nos fuimos a la cabaña a dejar la mochila vacía. Al a meter en ella todo lo que antes había sacado, me di cuanta de que casi no me quedaba ropa para cambiarme. Miré la de Víctor y le ocurría lo mismo. Nuestras mochilas eran dos sacos de ropa sucia, en los que escondíamos nuestra invalidez. Con la que nos quedaba podríamos aguantar, pero oliendo a sudor.

    Subiendo a cenar, conté a Pipo lo que me pasaba con la ropa, y me dijo que me enseñaría a lavarla o, por lo menos, a quitarle el mal olor. Con Pipo todo era fácil.

    Después de cenar, subimos a despedirnos del abuelo. Nos enseñó dónde guardaba los regalos, por si necesitáramos cogerlos y no estuviera él en la habitación. Le dimos el beso de las buenas noches y nos fuimos al fuego de campamentos.

    Él vino detrás a confesar a los que quisieran, sentado en una piedra bajo los pinos. Yo también me acerqué y, entre otras cosas, le conté lo de la rabieta contra Toni el Duro, por la mentira que nos había echado. Me dijo que de esto, si me parecía bien, hablaríamos mañana fuera de confesión. Me puso la penitencia y me fui feliz.


    CON LA VERDAD SE VAN LOS MIEDOS

    "Hablo con el abuelo y me cuenta un secreto que no puedo contar ni escribir ahora.
Pipo me dice que mi equipo es el mejor y me enseña a lavar la ropa.
He sentido mucho miedo con la tormenta de granizo y sin saber dónde estaba Víctor.
Los de Mallorca cuchichean sobre la excursión de mañana. Abel se ha torcido un pie y no podrá ir".

    Me levanté pensando que tenía que ir a hablar con el abuelo sobre lo que le dije anoche. El tema era muy personal y, en esta ocasión, iría sin Víctor. Cuando me asomé al fresco de la mañana, vi a Toni el Duro que nos esperaba fuera, gesticulando como siempre, para dirigirnos el footing tempranero. Se me había pasado ya la rabieta de ayer, y lo miré con la simpatía de siempre.

    Mientras corríamos, nos tropezamos con los que ayer tarde bajaron a dormir en las tiendas. También subían contando que los jabalíes habían vuelto de nuevo; pero, esta vez, sin vacas ni perro que los espantara. Los habían visto, pero no estaban de acuerdo en el color que tenían; para uno eran royos y para otro negros. Toni el Duro, para aclarar el asunto, dijo que de pequeños son royos y a medida que crecen se vuelven negros. Yo miré a Pipo, preguntándole con los ojos si era verdad eso. Me contestó encogiéndose de hombros. Ya en los lavabos me dijo que no lo sabía, pero que era posible. Por asociación de ideas, le recordé:

    - ¿Cuándo me enseñarás a lavar la ropa sucia?

    - Después de comer.

    - ¿Y dónde hay jabón?

    No me contestó; salía ya por la puerta y no me debió oír. Seguro que él sabía dónde encontrarlo.

    Durante el desayuno, Fernando nos anunció que al día siguiente, nada más merendar, saldríamos con la cena y el saco de dormir en las mochilas a una gran excursión:

    - Subiremos a dormir a la cumbre más alta que hay por aquí; al Peñarroya, ¡un dos mil!

    Hubo manifestaciones de entusiasmo y silencios de desagrado.

    Nada más desayunar encargué a Víctor que ordenara mis cosas de la cabaña, y me fui a hablar con el abuelo. Le conté la mentira de Toni, y la rabia que sentí contra él, cuando Pipo descubrió la verdad.

    - Pero ya se me ha pasado, le dije para terminar.

    Se sonrió y empezó a hablarme de lo duro que era el campamento para los monitores:

    - Están todo el día pendientes de vosotros para que lo paséis bien, y cuando os vais a la cama, ellos aún se quedaban para puntuar el día y planificar el siguiente. Ellos no tienen tiempo para divertirse si no es con esas bromas.

    Me aconsejó que tenía que ser comprensivo con ellos; pero que también debía ser crítico con lo que nos dijeran. Y me puso un ejemplo:

    - ¿Ves Pipo?, llega a la verdad porque mira la realidad sin miedo.

    Luego hizo una pausa, dudó y se decidió a continuar:

    - Los monitores, cansados del día, necesitan divertirse de alguna manera. Tienen una esquila de las que se ponen a las vacas; Toni imita muy bien el ladrido de los perros; romper ramas y dar ronquidos como los jabalíes, lo sabe hacer cualquiera...

    - ¡¿Son los monitores?!, exclamé preguntando.

    - Sólo Pipo, que no tiene miedo, lo ha descubierto.

    - Pero usted dijo..., me atreví a insinuar que nos había mentido también.

    - Yo sólo dije que sabía que esa noche habían bajado los monitores, y vosotros interpretasteis que habían ido a espantar los jabalíes.

    - ¿Y también lo del Valle de Heidi?, pregunté.

    - Eso fue pura imaginación de los que allí estabais, y lo que dio a los monitores la idea de divertirse cada noche con vuestro miedo.

    - Pues preferiría que fueran jabalíes, le confesé.

    - Tienes razón: un campamento sin aventuras, aunque sean imaginadas, no tiene emoción.

    Luego me pidió el abuelo que guardara el secreto. Yo le aseguré que no lo diría a nadie, y me fui a los deportes, orgulloso por la confianza que había tenido conmigo.

    Durante el rato de piscina, casi me ganó la tentación de contarle a Pipo lo de los jabalíes; pero me vencí pensando que, aunque él ya lo supiera, un secreto del abuelo era un secreto que se tenía que guardar sin excepciones. Y, en vez de esto, le dije con guasa que mi equipo era el primero en deportes. En vez de picarse como yo quería, se quedó indiferente, y me contestó:

    - Porque sois los mejores.

    Satisfecho por su opinión, busqué con los ojos a los de Mallorca y los vi a todos juntos en un rincón de la piscina. Nadé hacia ellos con la intención de contarles lo que me acababa de decir Pipo; estaban hablando de la excursión de mañana, y se callaron cuando llegué. No sospeché lo que planeaban.

    Después de comer, llegó Víctor a la cabaña para avisarme que lleváramos la ropa sucia a la pila de fregar. Terminé de escribir el diario, y cogimos las dos mochilas. Pipo ya nos estaba esperando. Nos llevó a la puerta trasera de la cocina, llamó y pidió:

    - Por favor, ¿dos cubos y detergente para lavar ropa?

    La cocinera no sólo no se opuso sino que, al mismo tiempo que nos daba todo, dijo:

    - Así me gusta, que andéis limpios.

    - Y yo que estaba preocupado por el jabón...

    - ¡Son como todas las madres!, comentó Pipo cuando nos apartamos de la puerta.

    Mientras él llenaba un cubo de agua, nos pidió que llenáramos el otro. Puso en ellos unos puñados de detergente y, después de removerlo con el brazo, nos dijo que fuéramos echando la ropa blanca en uno, y la de color en otro. A medida que echábamos prendas, se derramaba el agua; pero conseguimos que todas se mojaran algo. El profesor de lavado dijo que había que esperar a que el detergente hiciera efecto. Para entretener el rato, nos fuimos con un balón a entrenarnos de porteros.

    No nos dábamos cuenta de que, entre tanto, unos negros nubarrones avanzaban contra el sol. Pipo dijo que ya había pasado el tiempo suficiente, y nos fuimos a lavar. Se puso junto a un cubo y empezó a restregar las prendas entre los puños; yo hacía lo mismo en el otro, hasta que él dijo basta. Lo llevó luego bajo uno de los grifos de la pila de fregar y le dejó caer agua, mientras removía las prendas; yo hacía lo mismo. El agua, al principio sucia, empezó a ser clara.

    - ¡Ya está!, dijo Pipo, y se fue a tenderla en las ramas bajas de un pino; yo hice lo mismo en otro, a su lado. Devolvimos los cubos y, dando por terminada la clase de lavado, me dijo:

    - Cuando esté seca, la recoges.

    Enfrascados en nuestra tarea, no habíamos mirado al cielo y nos llegó por sorpresa. Bajando a las cabañas, nos deslumbró el azulado destello de un rayo en la cumbre de enfrente, y nos aturdió su repentino trueno. Casi al mismo tiempo se movió un viento fuerte, mezclado con gruesas gotas. Corrimos cada uno a su tienda. Los que andaban dispersos por el campamento también se cobijaron.

    Los de Mallorca se oían gritar en la cabaña Pegaso. Yo, solo en la Dragones, me eché sobre el catre y me puse a auscultar los latidos del cielo; nunca había estado tan cerca de una tormenta; me daba la impresión de que estaba metido en medio de ella. Fueron sucediéndose los relámpagos y los truenos, y arreciando la lluvia. Víctor, que se había esfumado al empezar a lavar, tampoco estaba conmigo. Cuando la tormenta se desencadenó en granizo, repicando fuertemente en el tejado y rebotando trepidante en el suelo, me llené de pánico y decidí salir a buscarlo. Me acordé de la ropa tendida, pero ella no era mi hermano. Me puse el chubasquero y corrí protegiéndome la cabeza con las manos. Por suerte, estaba donde pensé, en la cabaña de Pipo, y allí me quedé seguro.

    Un rato antes, esto parecía el fin del mundo, y poco después, con la aparición del sol, volvimos a la normalidad. Salimos de la cabañas comentando la tormenta. Lo impresionante para unos habían sido los rayos, para otros los truenos; para mí fue el granizo.

    Subí a ver la ropa y estaba en su sitio, pero moteada de hojas de pino, caídas por la lluvia y el viento. Fui a preguntar a Pipo y me dijo que la dejara estar hasta que se secara; ya la sacudiría al recogerla. Y así lo hice poco antes de cenar. No blanqueba como antes, pero, como tampoco olía mal, me sentí satisfecho de nuestro trabajo.

    Correteando por el campo, mojado aún, Abel resbaló en el suelo y se torció un pie; le dolía al andar y se retiró cojeando a la cabaña. Se vio obligado a permanecer en el catre. Juanico y yo le tuvimos que llevar la cena.

    Antes de salir del comedor, Fernando dijo que, como la leña se había mojada, no encenderíamos fuego; que allí mismo pasaríamos el rato hasta ir a dormir; que fuéramos a fregar los cubiertos y permaneciéramos en las cabañas, mientras los encargados de comedor lo limpiaban y retiraban las mesas a un lado; que cuando sonara el silbato, acudiéramos allí.

    Todos los de Mallorca se reunieron por primera vez en nuestra cabaña, la Dragones, en torno a la cojera de Abel. Hablaron de la excursión de mañana, y le felicitaban porque él ya tenía una excusa para librarse de ella. Entonces descubrí que andaban planeando la manera de no ir. Me pareció una idea de mayores, que yo no era capaz de tener ni de realizar. No me di por enterado.

    En el comedor nos divertimos con diversos juegos y, al terminar, Víctor y yo subimos a despedirnos del abuelo; estaba la puerta cerrada y no se veía luz. Debía estar ya descansando y no lo quisimos despertar. Nos fuimos a la cabaña. Blas estaba ajustando el vendaje en el tobillo de Abel, y se fue apenas terminó. Los demás no tardamos en quedarnos dormidos.


    LA GRAN EVASIÓN

    "Anoche tuvimos una operación de emergencia.
Nos ha tocado servir en el comedor y todos saben cómo me llamo.
Hemos ido a dormir a un monte muy alto y los de Mallorca se han salido con la suya, pero no sabían lo que les aguardaba...
Blas se volvió a buscarlos".

    Nos despertamos sobresaltados en medio de un desconcierto de silbatos, de golpes en las puertas de las cabañas, de gritos: ¡fuera todos!, ¡fuego!, ¡fuego! ¡No hay tiempo que perder! ¡Fuego, fuego!

    Salimos de las cabañas precipitadamente. Era noche cerrada. Hasta Abel saltó del catre con su cojera. Blas apareció para exigirnos que nos calzáramos a toda prisa las zapatillas, nos pusiéramos el anorac y nos alejáramos de allí.

    - De Abel me encargo yo, dijo, y se quedó con él para ayudarle a huir.

    Los monitores nos recogieron con la luz de sus linternas y, mientras nos conducían en la oscuridad, nos dijeron que había un incendio y teníamos que ir a cobijarnos a un campamento que había no muy lejos del nuestro. Me acordé del abuelo y pregunté a uno de los monitores:

    - ¿Habéis avisado al sacerdote?

    - Ya va por delante, me contestó.

    Estuvimos andando un buen rato sin saber por dónde íbamos y, por fin, llegamos al otro campamento. No sabíamos que por allí hubiera otro más que el nuestro, pero el atolondramiento de las prisas y el susto del fuego no nos dejaron pensar. Al principio nos pareció otro, pero pronto nos dimos cuenta de que estábamos en el nuestro.

    Allí mismo, Toni el Duro nos explicó:

    - Esto ha sido un ensayo de evacuación para casos de emergencia.

    Miró el reloj, alumbrándose con la linterna y añadió:

    - Hemos empleado media hora en la operación; os felicito por el comportamiento, y ahora a la cama, que mañana os aguarda un día muy duro.

    Al entrar en nuestra cabaña, Abel y Blas, metidos ambos en sus sacos de dormir, nos estaban esperando a carcajadas. "¿Otra broma de los monitores?", me pregunté por dentro, pero me dormí sin dar tiempo a responderme.

    Por la mañana, nada más despertarme, me vino al recuerdo el susto de anoche y, con el mal humor que produce el haber dormido poco, todo aquello me pareció absurdo: ese ensayo ya lo podían haber hecho durante el día, pensé. Después de despabilarme en el aseo, ya empezó a parecerme razonable, pues estaba en lo posible una emergencia similar. Razonable o absurdo, tenía un motivo para contar algo al abuelo; seguro que me dirá la verdad. Así me dije mientras me lavaba los dientes. Miré, pero no vi a Pipo; me hubiera gustado oír su opinión.

    Al pasar a comulgar, oí que el sacerdote decía al que iba delante de mí:

    - ¡Qué labios lleváis!

    No sé por qué sería, pero se nos ponían muy resecos. Nos los humedecíamos con la lengua, pero era inútil; empezaron a agrietársenos y nos sangraban al reír. Las grietas terminaron en gruesas pupas, y casi todos llevábamos los labios hechos una pena.

    Fernando se dio cuenta, y luego en el comedor nos dijo que eso se curaba con aceite. Pidió una botella en la cocina y nos hizo pasar a todos para ponernos unas gotas en el dedo, para que nos lo aplicáramos a las pupas. ¡Santo y barato remedio!

    A media mañana subí a ver al abuelo, y le conté lo de anoche. No sabía nada. Me dijo escuetamente, sin dejar entrever su opinión, que se fue a dormir temprano y no había estado en la reunión de monitores.

    Pipo, en cambio, al preguntarle, me dijo:

    - Ayer, por culpa de la tormenta, no fue nadie a acampar a las tiendas, y la broma que los monitores no pudieron hacer en ellas nos la gastaron a todos, aseguró.

    Me quedé con la opinión de Pipo, pero pensando que un ensayo así tampoco era descabellado.

    Fue este día cuando nuestro equipo sirvió en el comedor. Lo organizamos muy bien: nos repartimos la faena en dos turnos. Los del primero servimos las cacerolas de la sopa a los del segundo turno, antes que a nadie. Como terminaron pronto, se levantaron a servir el segundo plato, y nosotros nos sentamos a tomar la sopa y el segundo. El postre lo servimos todos.

    Me gustó mucho que, mientras iba y venía, los comensales me llamaran por mi nombre cuando me pedían lo que necesitaban. ¡Andrés! ¡Andrés!, me gritaban. A mí que pensaba que nadie me conocía...

    A la hora de limpiar el comedor, no estuvimos tan bien organizados. No habíamos recogido aún las mesas y ya andábamos pasando el mocho por el piso; de nuevo ensuciamos lo que acabábamos de limpiar. Nos lo tomamos con calma y tuvimos que volver a empezar. Pasó Ernesto y nos llamó la atención.

    Mientras hacíamos y deshacíamos, los de Mallorca hablaban sin disimulo sobre la manera de evitarse la excursión de esta tarde. Habían creído que se suspendería, porque hoy repetiría la tormenta de ayer. Pero ni una nube.

    Junto con la merienda servimos la cena en la puerta del comedor. Fernando dijo que dentro de media hora saldríamos con la mochila, saco de dormir, linterna, cantimplora y el bocadillo de la cena.

    Blas ya sabía que Abel no podía caminar y se quedaría; pero no contaba con los vómitos de Chema. Le dijo, a punto de salir, que le habían sentado mal los chorizos de la merienda y acababa de vomitar. La verdad era que sí había tenido vómitos, pero yo vi cómo se los provocó introduciéndose el mango de la cuchara. Alguien tenía que quedarse a cuidar los enfermos, y se ofreció Raimundo. Ya eran tres los que conseguían librarse de la acampada.

    Cuando fue la hora, todos los niños, con las mochilas a la espalda emprendimos la subida. Desde abajo, los dos cerros de enfrente se veían protegidos por una larga muralla de rocas , que se quebraba al converger en un collado. La cinta multicolor de niños subíamos cantando. El camino, ladera arriba, subía hacia el único paso posible que se abría a través del collado. El campamento se iba quedando en el hondo a nuestra espalda. Lo perdimos de vista al entrar en el estrecho que se abría entre los dos farallones que allí confluían.

    Aquí, aprovechando el descanso que nos tomamos, vi cómo los otros mallorquines se escondían entre los matorrales. Reemprendimos la marcha. Ahora el camino iba por encima de las rocas del monte de la derecha. Por un momento, volvimos a ver las cabañas y el albergue, como lo debían ver las águilas. Me sorprendí de que dos de Mallorca siguieran aún con nosotros. Tal vez tenían otro plan de escabullirse. En efecto, con el pretexto de orinar, se salieron del camino, y ya no los vi más. De todo nuestro equipo, sólo Víctor y yo seguíamos con todos los chicos.

    Llegamos a la cumbre con el sol ya puesto. Blas, que había ido haciendo cabeza en la marcha, se dio cuenta entonces de que se había quedado sin sus muchachos. Se hizo de noche, y en aquella altura se dejaba sentir el frío. Cenamos y buscamos acomodo para meternos en los sacos de dormir. Blas se echó junto a Víctor y a mí; se le notaba preocupado. Las estrellas estaban allá arriba y, entre nosotros, todo era silencio. No aguantó mucho rato: se salió del saco, lo plegó, lo metió en la mochila y me dijo al oído:

    - Por la mañana, dices a Fernando que he regresado al campamento a buscar a los de Mallorca.

    - No es necesario que vayas a estas horas; yo sé que están allí, le dije.

    - Pues se van a enterar, me replicó enfadado.

    A los pocos metros encendió la linterna y se perdió entre los matorrales, alejándose en la noche.


    OBEDECER ES LO MÁS SEGURO

    "Pobre Toni Juanico. Se cayó ayer por las rocas y casi se mata. Qué susto se debió llevar. Estuvo gritando socorro, hasta que lo oyeron. Raimundo, Chema, Emilio, el abuelo y Carlos lo bajaron y lo llevaron al hospital. Todos los de Mallorca se sienten culpables. Me gustaría ir a verlo a la clínica". (Aquí y así acaba mi Diario).

    En estas alturas amaneció más temprano que abajo. Sin tiempo para acomodarse a la luz, el brillo repentino del sol naciente nos hería los ojos. Recogimos los sacos y se organizó el regreso. Busqué a Fernando y le transmití el encargo de Blas. No le dio mucha importancia. Víctor y yo nos pegamos a él, y bajamos sin dejarlo en todo el camino. Cuando llegamos, vimos al abuelo que estaba esperándonos a la entrada del campamento. Lo saludamos con los buenos días, pero advertimos que al que esperaba era a Fernando, para decirle algo urgente.

    Nos encaminamos a nuestra cabaña. Aquí estaban los de Mallorca, pero los encontramos muy preocupados. No era para menos según nos fueron contando.

    Ayer por la tarde, mientras los demás caminábamos hacia la cumbre, Raimundo y Chema se entretenían en la puerta de la cabaña de Abel, jugando a clavar el machete en el suelo. Pasado un rato, fueron a asomarse al camino para ver si ya regresaban al campamento sus compañeros desertores.

    Al mismo tiempo, el monitor Emilio, que se había quedado en el albergue con la intención de meterse en la cama a recuperar sueño, estaba sentado en el comedor, esperando que le sacaran la cena. Sobre el silencio en que había quedado el campamento, oyó gritos lejanos de socorro. No se los tomó muy en serio, pero salió del albergue, por si fueran sinceros. Creyó que lo eran, y bajó corriendo la rampa de las cabañas. Los gritos venían de las cumbres por donde se habían ido los chicos. Cruzó la explanada del fuego de campamentos, y se metió al camino estrecho que baja entre pinos hasta el fondo del barranco. Aquí se encontró con Raimundo y Chema, que también escuchaban los gritos.

    Los localizaron, al pie de la muralla de rocas del monte de la izquierda, y los tres emprendieron a correr hacia allá. Cruzaron el camino que subía al collado, y empezaron a repechar los quinientos metros de dura pendiente que había hasta los gritos. A mitad de subida, Raimundo pudo ver la mancha roja de una prenda de vestir. Lo dijo a Chema y éste preguntó gritando:

    - ¡¿Quién eres?!

    - ¡Soy Toni Juanico!, escucharon la respuesta.

    Sacando nuevos bríos, apretaron el paso. A medida que avanzaban, las rocas de arriba se veían más altas. La dureza de la subida fue dejando a cada uno en el puesto de sus fuerzas. Raimundo fue el primero en llegar con Chema a los talones.

    Encontraron a Juanico sentado en el suelo, recostado en una piedra. La sangre, ya seca, le cubría la mitad izquierda del rostro y había corrido por el cuello; la otra media cara era de una palidez que asustaba. En sus ojos negros se reflejaba la angustia. La mochila, aunque estaba separada y detrás de él, se notaba que, poco antes, había estado bajo su cabeza, pues los largos hilos de sangre que habían corrido por sus pliegues, así lo indicaban. Miraron hacia arriba y la pared de roca podía tener de diez a quince metros de altura. Por allí mismo había caído, y vivía.

    Raimundo y Chema no lo pensaron. Le ofrecieron sus cuellos; se agarró a ellos con cada uno de sus brazos, y pudo ponerse de pie. Abrazados los tres, emprendieron el regreso. Toni ayudaba con sus propios pies; pero, a cada paso que daban, tenían que mirar a donde dar el siguiente. Bajaron sólo unos pocos metros y llegó también Emilio.

    Al momento, Juanico empezó a sentir unos agudos dolores en el costado izquierdo y se le produjo rigidez en su pierna izquierda. Esto hacía imposible bajarlo de pie. Emilio quiso cargárselo al hombro, y sólo el intento le arrancó unos gritos desgarradores.

    Entre tanto, el sacerdote seguía tranquilo trabajando en su cuarto, hasta que oyó a Carlos, otro monitor que se había quedado, que lo llamaba alarmado:

    - ¡Traen un chico accidentado!

    Bajó corriendo, se asomó entre los pinos y los vio luchando en medio de la empinada ladera. No reconoció a nadie ni entendía por qué lo traían por allí. Cogió el coche y, dando un rodeo, se acercó lo más que pudo. Maniobró para dejarlo en disposición de salida, y subió a ayudar. Chema bajó a su encuentro y le informó de quien se trataba. Detrás acudió también Carlos corriendo.

    Bajar al herido, en brazos de cuatro personas, por aquella pendiente poblada de aliagas y, sobre todo, por los taludes casi verticales, que escalonaban la ladera, era bastante penoso. Las prisas no les permitían pensar. Los bruscos resbalones inevitables eran acusados por el herido con quejidos alarmantes. En una ocasión, a los cuatro se les deslizaron los pies y se quedaron tendidos sobre las aliagas, pero sin dejar de sujetar con los brazos el cuerpo de Antonio. De cuando en cuando, tenían que posar a Toni tendido en el suelo, para recuperar el aliento y mirar por dónde seguir. En algunos desniveles, el sacerdote bajaba primero y, desde abajo, sujetaba con sus manos las zapatillas de los porteadores, para que no resbalaran.

    Los que se habían quedado escondidos en el collado, contaron que vieron pasar a Antonio Juanico con su mochila. Lo llamaron y, o porque no los oyó o porque hizo caso omiso, siguió andando. Tomó el camino de sacar madera, que iba por encima de las rocas de la izquierda, el opuesto al que siguieron los de la excursión. Cuando empezaron a bajar, vieron a los monitores, y se ocultaron, esperando a que se fueran. Mas, al advertir que se estaban ocupando en algo grave, se dieron a ver discretamente. Cerca ya del coche, se quedaron consternados ante el estado de su compañero. Uno de ellos tuvo la idea de sacar de su mochila el saco de dormir, y así, poniendo al herido sobre él, la llegada hasta el coche fue ya cosa fácil.

    Confesaron que no habían oído los gritos de socorro. Y se explica. Estaban metidos en el collado más atrás de las rocas. En cambio, los oyeron desde el campamento, porque la roca devolvía el eco.

    Con el mismo saco lo metieron en el asiento trasero del coche, y el sacerdote y Emilio lo llevaron al campamento. Aquí cogieron dinero, un bocadillo y unas cocacolas para la sed de Antonio; buscaron su cartilla del seguro y no la encontraron. Le quitaron la bota de la pierna izquierda que no podía doblar, para que cupiera justo, todo lo largo que era, en el asiento, y salieron hacia la clínica de la Seguridad Social de la capital.

    Estando los demás de Mallorca acostados en la cabaña, intentando dormir sin conseguirlo, llegó Blas enfadado. Le contaron lo ocurrido y también se fue precipitadamente con su coche a la capital.

    Mientras mis compañeros mallorquines, interrumpiéndose unos a otros, contaban los detalles que recordaban, fueron acudiendo niños: llenaron la cabaña y se agolpaban a la puerta para enterarse de lo ocurrido. Cuando vieron que ya no contaban más, se fueron a sus juegos, repitiéndose unos a otros lo que habían escuchado.

    Nos quedamos solos, y les dije que el sacerdote ya había regresado y nos podría informar de lo ocurrido en la clínica. Se encogieron de hombros. Sólo uno, muy preocupado, manifestó:

    - Es que estaba muy grave.

    Deduje que se sentían culpables y tenían miedo a recibir malas noticias o miedo a dar la cara. Levantándome del catre, les dije:

    - Yo me voy a ver al sacerdote; Toni es mi compañero de equipo y quiero saber cómo está. ¿Os venís conmigo?

    Se levantaron y se vinieron conmigo y con Víctor al albergue.

    El sacerdote nos tranquilizó, y nos entretuvo contado detalladamente todo lo que ocurrió desde que salieron del campamento:

    A las once de la noche estaban en la puerta de Urgencias, después de una hora larga de carretera. Los enfermeros, al ver cómo llegaba Antonio, les riñeron por traerlo en el coche; debían haber pedido una ambulancia. Cuando ya se hicieron cargo de él los médicos, el sacerdote y Emilio se pusieron a esperar. Entonces tuvieron tiempo de explicar a los enfermeros el lugar del accidente, y cómo lo tuvieron que rescatar. Si se le había producido más daño del que tenía, no habría sido en el coche, sino en la difícil operación de bajarlo por aquella larga cuesta; sólo con un helicóptero se podría haber sacado de aquel lugar sin más daños que los de la caída. Los enfermeros comprendieron la situación y se disculparon.

    Para aliviar la espera, sacaron el bocadillo y, sentados en el bordillo de la acera, se pusieron a cenar junto a la puerta. Entraban, de cuando en cuando, a información, y nada; que esperaran fuera. Una enfermera salió para entregarles una bolsa de plástico negra con toda la ropa de Antonio, y les dijo que seguían haciéndole pruebas.

    Por fin, les informaron que no tenía lesiones internas, y respiraron con algún alivio. Desde la puerta de la calle, vieron cruzar una camilla con un gotero colgando; entraron deprisa, pero les negaron ver si se trataba de Juanico. A la calle, otra vez. Había una sala de estar, pero prefirieron esperar en la calle solitaria, bajo la temperatura apacible de aquellas horas.

    Después de tener la bolsa de la ropa en la mano durante mucho rato, el sacerdote fue a llevarla al coche; metió también en ella la bota que le quitaron en el campamento; dobló el saco de dormir; lo dejó todo en el asiento, y volvió con Emilio que seguía sentado en la acera, rendido por el sueño acumulado y por el cansancio.

    El mismo enfermero de la regañina detuvo una camilla con su gotero colgando y, con un gesto de la mano, los llamó. Acudieron corriendo por la entrada. Era su Toni, ya limpio de la sangre seca, con dos parches en la cabeza.

    Una amable mujer de bata blanca, la misma que les dijo que no tenía lesiones internas, les comunicó ahora que, aunque pareciera increíble, no le habían detectado más que una leve fisura en una costilla del lado izquierdo. Que ahora lo ingresaban en Pediatría para tenerlo en observación, durante 24 horas. También preguntó si estaría vacunado contra el tétanos, y, ante la duda, ordenó al enfermero que regresara. Metieron la camilla en otra dependencia de la que no tardó en salir. Agradecieron de todo corazón a la enfermera lo que habían hecho, y se despidieron de ella.

    Era la una treinta de la noche. Detrás del enfermero que empujaba la camilla, anduvieron por pasillos, tomaron un ascensor, más pasillos, y en la habitación número 115 lo depositaron en una cama, siempre al pie del gotero. Allí estaba ya esperando la doctora pediatra, una señora mayor, que se hizo cargo de Antonio.

    Solos en la habitación, estuvieron hablando con él un rato. En un momento de la conversación manifestó que alguien le había empujado por la espalda y lo había tirado desde lo alto de las rocas. Se hizo un silencio de desconcierto. Era imposible, y tenía que haber una explicación. El sacerdote lo tranquilizó y le hizo ver que nadie le había empujado: fue su propia mochila la que, al rozar inadvertidamente con alguna roca o matorral, lo impulsó al abismo, dándole la sensación de que le habían empujado.

    Emilio se quedó con él, y el sacerdote, después de desandar pasillos y ascensores, tomó el coche y emprendió el regreso al campamento. Por la mañana supo que Blas también había ido, pero debieron cruzarse en la carretera. El sacerdote terminó diciendo:

    - Al llegar aquí, quise daros estas buenas noticias, pero ya estabais dormidos.

    Uno de ellos hizo este comentario:

    - La culpa la tenemos todos nosotros.

    Los demás asintieron, y fue bonito que lo reconocieran.

    Los demás niños seguían consternados. Las añadiduras que hacían en la transmisión de la noticia llegaron a dar por muerto a Juanico, hasta que el sacerdote aclaró todo en la Misa, que hoy tuvimos por la tarde.


    LA DESPEDIDA

    Al día siguiente, con la información del sacerdote, el campamento recobró su normalidad de juegos y alegría. Sólo que los de mi equipo, a parte de importarnos lo mismo ganar que perder, andábamos más serviciales y amables, como si estuviéramos en deuda con todos.

    Nada más comer, el sacerdote nos llamó y, como todos no cabíamos en su coche, echó suertes entre los siete. Nos llevó a cuatro a visitar a Toni.

    ¡Qué alegría la del accidentado y, sobre todo, la nuestra! Estaba tan bien que hasta preguntó, bromeando, si habíamos conseguido todos burlar la excursión. Le dieron a entender que mejor no recordarlo:

    - Creímos que te habías matado por culpa de esa tontería.

    Estuvimos un rato con él y, cuando nos despedíamos, llegó su madre. Blas había hablado con ella por teléfono y le dijo que Toni estaba en el hospital a consecuencia de un pequeño accidente. Esto fue suficiente para que tomara el avión. Cuando llegó y se enteró de la caída, se quejó de que no le hubieran dicho toda la verdad. El sacerdote le dijo que lo importante era que ella había venido y Toni estaba bien; que habiéndole dicho toda la verdad, Toni estaría igual, pero ella se lo hubiera pasado muy mal hasta llegar a verlo. Se quedó conforme.

    Después de cenar fue la entrega de premios. En individuales, tuvimos medalla: Víctor en aseo y yo en compañerismo. Por equipos, el nuestro fue el primero en deportes. Me gustó que, cuando nos nombraron, Abel dijera a Fernando que no nos lo merecíamos. Pero Fernando le contestó que ya lo había pensado; pero que esta última actitud noble de reconocer la culpa le daba motivos para concedérnoslo. Y así, Víctor y yo recibimos también la medalla en deportes.

    Por la mañana, amanecimos muchos con la cara pringada de pasta de dientes. No me hizo ninguna gracia. Le pregunté a Pipo y me dijo que no habían sido los monitores:

    - Es una costumbre tonta de la última noche.

    Y llegó la hora de la despedida. Los autobuses ya habían llegado. Víctor y yo fuimos a decirla adiós al abuelo. Nos insistió en que dijéramos, de su parte, a los papás, cómo se había convertido él en abuelo nuestro. No lo entendíamos bien y optó por escribir y darnos una carta para ellos.

    Al darle el último beso, se me opacaron los ojos por las lágrimas, y me dijo sus últimas palabras:

    - Cuida ese corazón, Andrés, que lo tienes muy tierno y te puede acarrear muchos disgustos; pero también es el corazón el que al final salva.

    Ignoro el contenido de su carta a mis papás. Sólo sé que se rieron al leerla, y mi papá se puso a contestarla inmediatamente. Me dijo que era para darle las gracias.

* * * *

    He terminado de escribir estos recuerdos, y mi hijo ya ha vuelto. Ha llegado con la tez renegrida y lleno de rasguños en brazos y piernas. Nos ha traído ¡un chorizo!, empezado ya, que había comprado para nosotros. Tan apenas ha hablado. Se ha ido inmediatamente a ponerse al día de los dibujos animados de la TV. Me he acercado a él con los folios escritos, y le he dicho que eran los recuerdos de mi campamento de niño; pero no ha mostrado ningún interés. ¡Decepcionante!

    Su madre, entre tanto, se ha dedicado a sacar la ropa sucia de la mochila, y, con sorpresa suya, la traía lavada, mal, pero lavada y mezclada, además, con hierbajos.

    - Pero, ¿qué es esto, hijo?, ha preguntado gritando mi esposa.

    He acudido, y la mochila despedía buen olor; las hierbas eran de tomillo y lavanda. Le había puesto desodorante.

    Me he sentado junto a él delante del televisor, y le he pedido permiso para interrumpirle. He empezado el interrogatorio, y he podido saber que no ha tenido morriña; que ha jugado mucho; que, aunque se ha acordado de nosotros, no ha llorado; que sólo se aseaba cuando se lo mandaban; que no ha pasado miedo; que todos lo tenían por amigo.

    Ante tales contestaciones, se me ha escapado en voz alta el pensamiento:

    - Pero a quién se parecerá este hijo mío ...

    Y él me ha respondido con naturalidad:

    - Al señor Pipo.

    - ¿Qué Pipo?

    - El padre de un niño.

    - ¿Cómo era?

    - De tu edad más o menos.

    - ¿Qué te ha dicho?

    - Es que su hijo es muy educado; se hacía de querer, pero no sabía hacer nada; andaba triste, me hice amigo suyo y le he ayudado; me presentó a su padres cuando vinieron a verlo y, estando comiendo con ellos, su padre me dijo que yo me parecía a él cuando fue de campamentos.

    - ¿Estás seguro de que se llama Pipo?

    - Así lo llamaba su mujer.

    - Me alegra saber de él; fue el amigo ideal de mi campamento, reconocí ante mi hijo.

    Me levanté de su lado, contento y desconcertado. Rasgué los folios, que no había dejado de la mano, y mientras los arrojaba en la papelera, se me ocurrió pensar en voz alta:

    - A Pipo le nace un hijo como era yo, y a mí me sale el niño ideal como era él. Queda claro que las personas no son copia de sus padres, sino imagen y semejanza del Único, que es, además, infinito en matices.

    - Algo así dijo también el señor Pipo, aseguró mi hijo.

    Pero la alegría me llegó, cuando, a los pocos días, vino a mí con los folios rasgados recompuestos, y me dijo:

    - Los he leído todos; ¿me los das?

    Teruel, Octubre 1993.





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