43. Dios nos concede la gracia
Sopa de letras

  Introducción

    Según cuentan los Hechos de los Apóstoles, parece que la primera ciudad de Europa que evangelizó San Pablo fue Filipos. Se detuvo allí algunos días, y "el sábado salimos fuera de la puerta, junto al río, donde pensamos que estaba el lugar de la oración, y sentados, habábamos con algunas mujeres que se hallaban reunidas. Cierta mujer llamada Lidia, temerosa de Dios, que trabajaba en púrpura, de la ciudad de Tiatira, escuchaba sentada. El Señor había abierto su corazón para atender a las cosas que Pablo decía... Se bautizó ella con toda su familia" (Hechos 16, 134-15). Dios concedió a Lidia la gracia de creer en Cristo, a quien Pablo predicaba; correspondió a la gracia y se bautizó con su familia. Debió ser la primera persona que se convirtió al cristianismo en Europa.

    La gracia es el gran que Dios concede para alcanzar la vida eterna. Con razón dice San Bernardo que "sólo de la gracia necesitamos". En temas anteriores se ha hablado muchas veces de la gracia; ahora la estudiamos de forma sistemática.

  Ideas principales

1. La gracia, don sobrenatural interno

   A causa del pecado original de los primeros padres, todos nacemos privados de la gracia que Dios les había concedido gratuitamente para ellos y sus descendientes. La naturaleza humana quedó además herida, y con nuestras fuerzas no podemos cumplir por mucho tiempo ni siquiera la ley natural. Pero, compadecido de nosotros y por los méritos de Jesucristo, Dios concede e infunde en el alma el don maravilloso de la gracia. La concede gratuitamente y sin que nosotros la merezcamos, para que podamos alcanzar la vida eterna en el cielo.

2. Maravillas de la gracia en el alma

   La gracia es participación de la vida divina. Pasa con el alma que recibe la gracia de Dios algo semejante a lo que sucede con el hierro o el carbón en contacto con el fuego: que se pone al rojo vivo y adquiere las propiedades del fuego. El alma en gracia es delante de Dios como un rubí; el pecado ha sido destruido, ya no existe, y el alma adquiere un brillo maravilloso como el fuego puro y limpio, igual que el carbón pierde su negrura y se convierte en ascua de oro magnífica. Ahora el alma tiene hermosura divina, con el resplandor de la gracia y la fuerza de esta vida sobrenatural.

3. Gracia santificante, gracia actual

   Dios concede dos clases de gracia: la gracia santificante o habitual y la gracia actual.

    a) Gracia santificante es la que hace justos y santos, hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo; entonces somos templos del Espíritu Santo y Dios habita en el centro del alma. Se recibe en el bautismo y si se pierde por el pecado mortal, se puede recuperar en el sacramento de la penitencia. Estando en gracia de Dios, todo cuanto se hace -grande o pequeños, fácil o costoso- tiene mérito sobrenatural y ayuda a conquistar el cielo, si se cumplen las demás condiciones: en vida, con libertad, con obras buenas, dirigidas a Dios y aceptadas por Él; la aceptación nos consta y va implícita en el estado de gracia.

    b) Gracia actual es la gracia con que Dios ilumina el entendimiento y mueve la voluntad, como ayuda para hacer el bien -aunque cueste- y evitar el mal. El pasaje citado de los Hechos de los Apóstoles es un ejemplo de gracia actual que Dios concedió a Lidia para convertirse a la fe de Jesucristo. Otras gracias actuales son el arrepentimiento después de pecar, el propósito de ser mejor, etc.

4. Dios concede a todos la gracia necesaria para salvarse

   Dios concede a todos la gracia necesaria para salvarse porque "quiere que todos los hombres se salven" (1 Timoteo 2,4). Los que se condenan, se condenan porque no han correspondido a las gracias que Dios les da.

    El que Dios conceda más gracia a unos que a otros depende del amor de Dios y, también, de nuestra correspondencia a la gracia. Dios nos concede más gracia si se la pedimos, si recibimos los sacramentos y si nos dejamos llevar por su gracia. Ocurre como en una familia donde los padres quieren muchísimo a sus hijos -darían por ellos su vida-, pero los tratan de manera diferente según conviene para su buena educación y según como se portan ante las órdenes y consejos que les dan. Por eso es tan importante la correspondencia a la gracia de Dios, a cada gracia de Dios.

5. Medios para crecer en gracia

   El cristiano no puede aspirar únicamente a conservar la gracia, sino que ha de esforzarse por aumentarla. El crecimiento es un signo de vitalidad y también la gracia -que es vida sobrenatural- pide crecer. Pero hemos de poner los medios que la desarrollan: la oración, los sacramentos y las buenas obras hechas por amor. Particularmente, al recibir los sacramentos podemos crecer en gracia, porque en ellos comienza, se desarrolla, o se recupera cuando se ha perdido, la gracia de Cristo. En consecuencia, la vida del cristiano debe ser, por su propio peso, vida de confesión y comunión frecuente.

6. Un firme propósito: vivir siempre en gracia de Dios

   Lo más precioso que tenemos los hombres en la tierra es la gracia. Una cosa es importante sobre todas: vivir como hijos de Dios; y una sola cosa es terrible: el pecado, es decir, separarse de Dios, morir sin su gracia  y perderse eternamente en el infierno. Como decía el clásico: "Al final de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada". Por eso hemos de hacer el propósito de vivir siempre en gracia de Dios, y aumentarla más y más. Si tenemos la desgracia de perderla por un pecado mortal, hay que confesarse en seguida para estar de nuevo en gracia de Dios (y, siempre, hacer cuanto antes un acto de contrición, con el propósito de confesarse).


Curso de Catequesis. Don Jaime Pujol Balcells y Don Jesús Sancho Bielsa. EUNSA. Navarra. 1982. Con la autorización de los autores.


  A. Contesta a cada pregunta con una palabra y escríbela en un papel para buscarla después en la sopa de letras: :

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