22. Creo en la resurrección de la carne
Sopa de letras

  Introducción

    El Símbolo de la fe cristiana acaba proclamando la "resurrección de la carne", al final de los tiempos, "y la vida eterna". Un cristiano cree firmemente -y espera- que igual que Cristo resucitó de verdad de entre los muertos y vive para siempre, así los justos -después de su muerte- vivirán para siempre con Cristo resucitado; y Él los resucitará en el último día.

    Creer en la resurrección de la carne, pues, ha sido desde los comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. Ya en el siglo III escribe Tertuliano: "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos para creer en ella". Y San Pablo demanda a los cristianos de Corinto: "¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también nuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que murieron." (1 Corintios 15, 12-14.20).

  Ideas principales

1. Todos los hombres han de morir

    Todo hombre sabe que un día morirá, y la experiencia de la muerte, que a todos alcanza, es completamente cierta y segura. Diariamente, mueren muchas personas, con frecuencia muy cercanas a nosotros: familiares, amigos, conocidos; mueren ricos y pobres, famosos o gente desconocida, ancianos, jóvenes y también niños. Y hay que considerar que sólo se vive y se muere una vez; es una fantasía -y un error- pensar en la reencarnación después de la muerte. La muerte es la separación del alma y el cuerpo; el final de la vida terrena. A las pocas horas de morir, el cuerpo comienza a corromperse.

2. La muerte, consecuencia del pecado

    Recogiendo las afirmaciones de la Sagrada Escritura, la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado. El hombre es por naturaleza mortal, pero Dios había corregido esta falla de la constitución humana con un privilegio que lo libraba de la muerte, si era fiel a su Creador. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios creador y entró en el mundo como consecuencia del pecado de los primeros padres, Adán y Eva.

3. La muerte fue transformada por Cristo

    Gracias a Cristo, la muerte cristiana debe tener un sentido positivo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana, pero la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición. Por su muerte, Cristo venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la posibilidad de salvación. La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia cuando dice:

    "La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo" (Prefacio de difuntos).

4. A continuación de la muerte

    En el instante de la muerte el alma se separa del cuerpo -el alma no muere porque es inmortal- y comparece inmediatamente delante de Dios para ser juzgada. Según la sentencia del juicio, el alma va al cielo a gozar eternamente de Dios -va al purgatorio, si necesita purificarse-, o al infierno, en el caso de que el hombre muera en pecado mortal y sin la gracia de Dios. El Señor es misericordioso, pero también justo; y por eso premia o castiga conforme a las obras que el hombre ha realizado durante su vida en la tierra. Después de la muerte ya no se puede merecer ni rectificar el destino final.

    Este juicio, que acaece en el momento mismo de la muerte, es el juicio particular. El juez será Jesucristo.

5. Los muertos resucitarán al final de los tiempos

    Como hemos dicho, el cristiano cree firmemente que, igual que Cristo resucitó, también él resucitará al final del mundo: nuestro cuerpo, transformado, resucitará para unirse con el alma y nunca más morir. Resucitarán todos los hombres, pero no tendrán todos el mismo destino: los buenos resucitarán para la gloria eterna y los malos para eterna condenación.

6. Prepararnos bien para el momento de la muerte

    El Señor -en el Evangelio- no avisa de estas tremendas verdades de la vida y de la muerte, para que estemos preparados cuando nos pida cuentas en el momento del juicio. Puesto que la muerte viene como un ladrón -sin avisas-, debemos estar siempre preparados. ¿Cómo?

    - Pedir frecuentemente perdón al Señor. Al darnos cuenta de que hemos obrado mal, debemos hacer un acto de contrición, al menos con una jaculatoria que brote del corazón sinceramente arrepentido.

    - Hacer todos los días el examen de conciencia. El examen de conciencia es como un juicio que nos hacemos nosotros mismos para ver si cumplimos la voluntad de Dios. Se trata de recordar, brevemente, las cosas que hemos hecho durante el día. Al descubrir cosas que hemos hecho bien, damos gracias a Dios; al ver lo que hemos hecho mal, pedimos perdón con dolor de amor y hacemos firme propósito de rectificar al día siguiente. Este examen nos ayuda a estar siempre preparados para nuestro encuentro con Jesucristo y para mejorar nuestra vida cristiana.

    - Confesarse con frecuencia. En el sacramento pedimos perdón y el Señor perdona nuestros pecados. Una buena confesión es la mejor manera de prepararnos para el juicio de Dios. Si muriésemos después de confesarnos bien y estando en gracia de Dios, el juicio será el gozo del Padre celestial al tener que premiarnos y la alegría nuestra por haber alcanzado el cielo con su misericordia.


Curso de Catequesis. Don Jaime Pujol Balcells y Don Jesús Sancho Bielsa. EUNSA. Navarra. 1982. Con la autorización de los autores.


  A. Contesta a cada pregunta con una palabra y escríbela en un papel para buscarla después en la sopa de letras: :

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