26. El aljibe

 

 

EL ALJIBE

 

Enjalbegado y viejo allí gemía

rodeado de tierra y un corral,

el aljibe, y enfrente, muy pequeña,

diminuta, la iglesia con sus ritos.

Los domingos rezábamos apenas

debajo de una sombra.

Te miraba en mis sueños enturbiados

por la bruma que traen los recuerdos

y veía tu imagen incrustada

en las huellas de luchas fratricidas

y en tus aguas pintadas por la tierra

de almendros y otros árboles frutales.

Todo estaba tranquilo y en reposo.

Sentado en una silla roída por el tiempo

ocultaba en mi mente pensamientos quemados

por el sol, pero vivos como aroma en el aire.

La gente resignada con su suerte

celebraba, no obstante, su alegría

al son de las campanas de la iglesia.

El aljibe seguía con su arco

uniendo dos culturas milenarias.

Los años no contaban por entonces,

mi camino era corto y su trayecto

limpio, blancas sus piedras y sus bordes

como un nuevo capítulo

en un pequeño folio sin arrugas.

Nada difícil como veis. Ahora

que ya no está el aljibe ni el corral,

un templo, varias casas y una escuela

los restos de sus huellas han borrado.

Sólo un hueco estridente perdura en mi memoria.

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Vicente Barberá Albalat

El limonero de Homero III. Páginacero Ediciones.

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