79. Dios se hace hombre

 

Un gran silencio en la noche.

El ganado está tranquilo.

Los pastores a la lumbre

se encuentran casi dormidos,

porque cansados están

y esa noche hace frío.

¿Qué se oye a lo lejos?

¿Qué escuchan nuestros oídos?

¡Es música de los Cielos!

exclama un pastorcillo,

que todavía no duerme,

aunque está, también, rendido.

¡Gloria a Dios! ¡Paz en la Tierra!

¡Gloria al Divino Niño!

se oye cantar a los Ángeles

con alegría y delirio.

Cada vez están más cerca,

pero … ¡Qué grande prodigio!

Uno de ellos les mira

y les cuenta lo ocurrido:

“Allá en Belén de Judá,

un Niño rubio ha nacido.

Él es el Rey de los Cielos,

el Mesías prometido,

que para salvar al hombre,

por amor se ha hecho Niño.

Deprisa. Id a adorarle.

Poneros pronto en camino.

Se encuentra en un pesebre,

sobre unas pajas tendido,

teniendo sólo un pañal,

tapándole, de vestido,

porque nadie esa noche

les ofreció un cobijo”.

Nuestro pequeño pastor,

que lo escuchó, sorprendido,

se puso en pie, en seguida

y con tono decidido,

les dijo a los demás:

“Yo quiero ver a ese Niño,

le llevaré mi mantita,

para que no pase frío

y si no le importa a Él

yo quisiera ser su amigo”.

Al instante se preparan

para emprender el camino

y visitar el pesebre

que el Ángel, antes, les dijo.

Dejan la lumbre encendida.

Se cubren con los pellicos

y, aunque es oscura la noche,

una estrella de gran brillo

ilumina las veredas

y les guía a su destino.

Van temblando de emoción,

no sienten hambre ni frío,

tan sólo que son más fuertes

del corazón sus latidos.

Corazón lleno de amor.

De amor, corazón herido,

el de todos los pastores

y el de nuestro pastorcillo,

que, con su mantita a cuestas,

tapar desea a este Niño.

Un resplandor los envuelve.

La música sigue con ritmo

y a los Ángeles escuchan:

¡Gloria a Dios, que al mundo ha venido!

Ya se encuentran en Belén

y estos pastores sencillos

se arrodillan ante Él

y le ofrecen su cariño.

Cantan y bailan alegres,

le acarician con gran mimo,

tiernamente le sonríen

y le miran complacidos.

En medio de tanta fiesta,

éste nuestro zagalillo,

le regala su mantita

y le dice despacito:

“No entiendo que siendo Dios

te encuentres, aquí, tendido

y que siendo Rey del Cielo

tan pobre hayas nacido.

Si yo tuviera riquezas

te las habría traído.

Al menos, con mi mantita,

seguro, no tendrás frío

y, aunque soy mayor que tú,

yo quisiera ser tu amigo.

Déjame darte un abrazo

por quienes te han ofendido.

Te ayudaré a hacer las paces

si es que tienes enemigos”.

El Niño Jesús sonríe

y se siente conmovido,

ante la ingenua ternura

del pequeño pastorcillo.

Silencio ante el pesebre

y entre José y María, el Niño,

quien al pequeño pastor

le dice de modo sencillo:

“Mi Reino no es de este mundo,

mi querido zagalillo.

Mi Reino es de Paz y de Amor

y a enseñároslo he venido.

Mi enemigo es el rencor,

el odio y el egoísmo,

las torturas y las guerras,

aplastar al oprimido, …

no sentir con el que siente

y no escuchar los quejidos

de quien algo necesita

y quiere ser atendido.

Falta amor en el mundo

y mi Amor es infinito.

Yo he venido a la Tierra

para estar siempre contigo

y que consigas el Cielo,

el lugar donde yo vivo,

para que feliz tú seas,

eternamente, conmigo.

Y, también, quiero decirte:

Antes de hoy, ya eras mi amigo”.

DIOS SE HACE HOMBRE,

PARA QUE EL HOMBRE SE HAGA   DIVINO.

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Lucía López Sánchez

Navidad 2.003

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