78. Corazón de Navidad

 

El Sol se había ocultado

y ya estaba oscureciendo.

Para cenar, unos pastores

se encontraban ya dispuestos,

cuando unas voces extrañas

escucharon a lo lejos.

¡Callad! dijo un pastorcillo,

que, casi, se estaba durmiendo

y sorprendidos quedaron,

en tan sólo unos momentos,

al ver que eran unos Ángeles

quienes cantaban contentos

y repetían gozosos:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz al hombre que tenga

su corazón de amor lleno”.

No salían de su asombro

y más, aún, cuando el más bello,

con la luz de una estrella,

se dirigía hacia ellos

y lo sucedido les contaba

en medio de un gran silencio:

“Allá en Belén de Judá,

en esta noche de invierno,

ha nacido un Niño rubio

que es el Rey del Universo.

Deprisa. Id a adorarle.

Es un gran acontecimiento.

Lo encontraréis entre pajas

y con un pañal envuelto,

en un humilde pesebre,

porque nadie le ha dado un techo.

A pesar de su realeza

y de ser del mundo dueño,

por amor a todos los hombres,

quiso hacerse tan pequeño

y nacer en la pobreza,

para así darles ejemplo,

su salvación ofrecerles

y que puedan vivir en el Cielo.

Aunque la noche es oscura,

luz dará a los senderos

la estrella que me acompaña.

Con ella no podréis perderos”.

El pequeño zagalillo

que permaneció despierto

y que, escuchando al Ángel

se mantuvo muy atento,

dijo pronto a su familia

que quería ir con ellos

y mirando a su madre,

con carita de hacer pucheros,

la llevó hasta un baúl,

porque, con mucho esmero,

guardaba unos patucos

de cuando él era pequeño.

Con ellos, sus piececitos,

los tendrá así cubiertos

y pasará menos frío

que si yo no se los llevo.

Sonriendo madre e hijo

y sin pérdida de tiempo,

los sacaron con cuidado

y en una tela envueltos,

el zagal en su bolsillo

los metió muy satisfecho.

Con la luz de aquella estrella

y conseguido su empeño,

comenzaron a caminar

y, sumamente, contentos,

cantando van con los Ángeles:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz al hombre que tenga

su corazón de amor lleno”.

Nuestro pequeño pastor

que iba cantando el primero,

en varios momentos se paraba

y el canto dejaba de hacerlo.

Son las palabras del Ángel

las que no estaba comprendiendo

y se preguntaba a sí mismo

ante ese desconcierto:

“¿Cómo lo podré llenar

si mi corazón no lo veo?

Y ¿Hay que llenarlo de amor?

¿De amor? ¿De amor nada menos?

Yo lleno el botijo de agua

o un saco con lana metiendo, …”

Sin respuesta a sus preguntas

ni a todos sus pensamientos,

van llegando hasta Belén.

La estrella sigue luciendo

y les guía hasta el lugar

donde sucedió el Nacimiento.

Se acercan muy despacito,

porque el Niño está durmiendo,

pero saltan de alegría

al verle, de pronto, despierto.

Emocionado el pastor

se acerca a darle un beso

y sacando los patucos

le dice en tono muy tierno:

“Quiero que no pases frío,

eran míos, de pequeño,

pero tuyos son, ahora,

desde este mismo momento”.

El Niño Jesús sonríe

y aprovecha este encuentro,

para darle la respuesta

a todos sus pensamientos:

“No te inquietes, zagalillo,

por lo que crees ser un misterio.

Aunque el corazón no veas,

hoy, el tuyo ya está lleno,

porque el corazón se llena

con los buenos sentimientos

y el traerme los patucos

ha sido algo muy bello,

algo que se llama amor,

que ha calentado mi cuerpo.

Sigue regalando amor,

que, aunque parezca estar lleno,

para amor y más amor,

siempre, tendrás un buen hueco”.

Cantando y bailando alegres,

del Niño se van despidiendo

y regresan a su casa

con emoción en sus pechos

y entonando el mismo canto:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz al hombre que tenga

su corazón de amor lleno”.

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Lucía López Sánchez

Navidad 2.014

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