77. Siguiendo a la Estrella

 

Ha oscurecido deprisa.

Tan sólo se ven las llamas,

de la lumbre encendida

que está junto a la Cabaña,

en la que unos pastores,

se calientan y descansan,

porque dura fue la tarea

y muy larga la jornada.

Un pastorcillo pequeño,

notando algo que extraña,

despierta a sus mayores,

alguno dormido estaba

y se quedan asombrados

al elevar su mirada,

porque una luz los envuelve

y, a lo lejos, Ángeles cantan:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz a los hombres que aman”.

Uno de ellos se acerca,

radiante es su túnica blanca

y embelesados se quedan

al escuchar sus palabras:

“Allá, en Belén de Judá,

nació esta madrugada,

un Niño rubio muy bello

de carita sonrosada.

Él es el Rey de los Cielos,

que ha dejado su morada,

para salvar a los hombres

de la miseria en que estaban.

A pesar de su realeza,

lo encontraréis entre pajas,

en un humilde Portal

que, del Pueblo, está a su entrada,

porque nadie esta noche

le dió cobijo y posada.

Poneros pronto en camino.

No os importe la nevada.

Os guiará una estrella,

la que veis en lontananza.

Id a adorarle deprisa

y, alegres, dadle las gracias”.

Nuestro pequeño pastor

se apresura y exclama:

“Yo quiero ir con vosotros,

lo de la estrella me encanta,

pero lo que más deseo,

lo que más siente mi alma,

es abrazar a ese Niño

y darle besos en su cara”.

Dejando allí sus ovejas

todos emprenden la marcha.

Cantando van con los Ángeles

sin pensar que sus pisadas,

son las huellas que ellos dejan,

porque la nieve está blanda:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz a los hombres que aman”.

Con la emoción en sus pechos

y un nudo en sus gargantas,

van siguiendo a la estrella

y al ver que ésta se para,

entran juntos al Portal

y, en medio de gran algazara,

cantan al recién nacido

y delante de Él danzan.

María y José sonríen,

tal visita no esperaban

y su ternura es mayor,

cuando en momento de calma,

nuestro pequeño pastor

deja el grupo y se adelanta,

para besar a este Niño

y para darle las gracias.

Acercándose a su oído

y con cierta confianza,

le cuenta lo sucedido

y del Ángel, sus palabras.

“Quiero, mi Niño querido,

besarte, con la esperanza,

de que todo mi cariño

alegre, ahora, tu cara

y no sientas tanto frío,

sin una puerta cerrada

y con sólo un pañal

tengas tu carne tapada,

en este pesebre de cuna

y durmiendo entre pajas.

Gracias por venir a verte.

Por haber nacido, gracias

y gracias por esa estrella

que hasta aquí nos guiaba.

Quiero contarte un secreto.

Te lo diré en voz baja.

Todo esto de la estrella

he creído que era magia.”

“No era magia, mi pequeño.

Yo he querido que brillara

y se moviese en el Cielo,

para que, hasta aquí, tu llegaras.

Sin su luz, entre la nieve,

con las veredas borradas,

no me habrías encontrado

ni besado en la cara”.

Escuchando al Divino Niño

estas hermosas palabras,

se han quedado dormiditos

con sus caritas pegadas.

Mientras duermen, ve entre sueños

lo que más tarde pasara,

todo cuanto el Niño Dios

a su oído le contaba:

La visita de  unos Magos,

que, por cerros y montañas,

siguiendo, siempre, una estrella,

a Belén se encaminaban

y venían a adorarle

con vestimentas doradas,

con turbantes y coronas

y sus manos enjoyadas, …

y a ofrecerle sus tesoros,

desde tierras muy lejanas.

Eran oro, incienso y mirra,

ofrendas muy valoradas

que, como Rey, Dios y Hombre,

para el Niño representaban.

Eran los Reyes de Oriente

y  ante Él, se arrodillaban.

Despertando de aquel sueño,

de nuevo, oye estas palabras:

“Mi pequeño zagalillo,

tampoco esto fue magia.

Habían visto mi estrella

y hasta que no me encontraran,

ninguno de los tres Reyes

de su empeño descansaba.

Yo guiaba a la estrella

y la estrella a ellos guiaba”.

“Yo no tengo qué ofrecerte,

pero volveré mañana

y te traeré algún regalo”,

dijo con voz entusiasta.

“Tu alma es muy hermosa,

mi pequeño, no hace falta,

me entregaste tu cariño

y me besaste en la cara

y has calentado mi cuerpo

con tu amorosa mirada.

Tú, también, eres un Mago

y cualquier hombre que ama.

El amor todo lo llena,

los corazones ablanda,

el mundo será mejor,

si en sus profundas entrañas

se siembra, desde pequeños,

lo que, hoy, al mundo le falta, …

Mi pastorcillo, querido,

este mensaje proclama”.

Ya se despiden del Niño

y regresan a su Cabaña.

El día está amaneciendo

y con las luces del alba,

el Sol empieza a borrar

muchas señales y marcas,

que, cubiertas por la nieve,

la noche anterior estaban,

mas, no se habían derretido

todas aquellas pisadas,

cuyas huellas se quedaron,

en la nieve, muy grabadas.

Era el premio a su amor.

Y por ellas regresaban,

sin necesidad de la estrella

que con el Niño se quedaba.

Durante todo el camino

de cantar no se cansaban,

aunque nuestro zagalillo,

al mismo tiempo escuchaba,

al Niño Dios otro mensaje,

para que lo divulgara:

“Dile a niños y a mayores

que, cuando escriban sus cartas,

todos pidan mucho amor,

como la joya más cara

y en esas noches de Reyes,

en todas las Cabalgatas,

no falte el amor que piden,

aunque lleven cajas pesadas.

El amor no pasa nunca,

el tiempo es el que pasa

y, aunque pasen muchos siglos,

el amor alimenta el alma”.

Con la canción de los Ángeles

están llegando a su casa:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz a los hombres que aman”.

--- 

LUCÍA LÓPEZ SÁNCHEZ

Navidad 2.008

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