76. El milagro del Amor

 

Algo brilla a lo lejos.

Algo que a mis ojos ciega.

Es un fuerte resplandor

que llega hasta nuestra tierra,

dice un pequeño pastor

que en el fuego se calienta.

Al elevar la mirada,

del asombro a la sorpresa,

pasan quienes, reunidos

en torno a la lumbre, cenan.

Ven descender desde el Cielo

una luminosa estela,

acompañada de Ángeles,

vestidos de tul y seda.

Uno, tal vez, el más bello,

a los pastores se acerca

y con inefable alegría

les cuenta la Buena NUEVA:

“Allá, en Belén de Judá,

 de una humilde doncella,

un Niño rubio ha nacido.

Junto a sus padres se encuentra.

Entre pajas lo hallaréis

y sólo cubierto de tela,

en un establo pequeño

situado a las afueras.

Siendo una noche tan fría,

oscura y de espesa niebla,

nadie en esa Ciudad

les ha abierto sus puertas,

ni siquiera en la Posada,

aunque estaba abierta.

Él es el Rey de los Cielos

y a pesar de su realeza,

para salvar a los hombres

quiso nacer en la Tierra.

Poneros pronto en camino

y seguid aquella estrella,

porque ha empezado a nevar

y se han cubierto las sendas”.

Estos pastores sencillos

que, apenas, comprenden la escena,

dejan todas las viandas

y en el campo a sus ovejas,

para adorar a este Niño

de semejante realeza,

pero, antes de marcharse,

el  pastorcillo comenta:

“Yo, también, deseo ir

y llevarle mi chaqueta,

que, aunque le quede muy grande,

con ella algo se calienta,

mas, aquí, en la Cabaña,

¿Sólo el abuelo se queda?.

Está postrado en la cama.

No le sostienen sus piernas, …

Yo me quedaré con él,

aunque al no ir sienta pena”.

Advirtiéndolo el Ángel,

le hace esta propuesta:

“Yo cuidaré de tu abuelo.

Estaré hasta que vengas.

Vete tranquilo con todos,

porque el Niño Dios te espera”.

Cantando van con los Ángeles:

“Esta noche es Nochebuena.

Gloria al Rey de los Cielos

y Paz al hombre en la Tierra”.   

Contento va nuestro pastor.

Nunca vió noche tan bella.

Ya se vislumbran las casas.

Se está parando la estrella,

porque han llegado al establo

en el que el Niño Dios se encuentra.

De nuevo, un gran resplandor

de luz el lugar lo llena

y ven sonreír al Niño,

que es Dios nacido en la Tierra.

Se arrodillan ante Él.

Ensimismados se quedan.

Algunos lloran de emoción,

otros, tocan panderetas

y cantan y ríen y bailan, …

La noche ya es una fiesta.

Nuestro pequeño zagal,

muy despacito se acerca

y con toda su ternura

le tapa con su chaqueta

y muy bajito, al oído,

lo sucedido le cuenta:

“Estoy muy contento de verte,

tan sólo siento tristeza,

porque enfermo está mi abuelo

y la alegría inmensa

de poder contemplarte,

seguro que ni lo sueña.

Yo le contaré al volver

tu sonrisa y tu belleza”.

El Niño Dios complacido,

ante palabras tan tiernas,

le indica con su mirada

lleve la suya a la puerta.

Gran emoción en su pecho.

Ve que quien por ella entra

es su abuelo con el Ángel,

que con sus alas le lleva

hasta la cuna del Niño,

para que, también, le vea.

Se arrodilla ante Él

e inclinando su cabeza:

“Gracias por haber nacido.

Esta noche es Nochebuena.

Gracias, también, por curarme

en esta noche tan bella”,

le dice emocionado

y al levantarse le besa.

No saliendo de su asombro,

con alegría serena,

nuestro pequeño pastor,

fija su mirada atenta

en este Rey de los Cielos

y con sus brazos le estrecha.

El Niño Jesús sonríe

y le dice: “Tú no sueñas.

Mi pequeño zagalillo

estas palabras recuerda:

EL AMOR HIZO EL MILAGRO

de darle vida a sus piernas”.

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LUCÍA LÓPEZ SÁNCHEZ          

Navidad 2.005

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