73. Duérmete mi Niño

 

Cierra los ojos, mi Niño,

para que puedas dormir.

Te cantaré una “nana”,

mi precioso querubín

y al contemplarte dormido

yo ya podré sonreír.

Te estrecharé entre mis brazos,

mucho frío hace aquí,

mis manos junto a las tuyas,

¡ay! mi dulce pequeñín,

te darán todo el amor

que estoy sintiendo por ti.

Sonríe, Madre querida.

No te preocupes por mí.

Te quiero tanto y tanto,

que quiero verte feliz

y decirte con cariño,

que vine al mundo a sufrir

y por amor a los hombres

yo he nacido de ti.

Un zagalillo menudo

que a adorarle quiso ir,

al verle tan dormidito

sólo le dijo así:

“Gracias por haber nacido

para salvarme a mí.

Quería darte un abrazo

y dos, tres, cuatro, … y mil”.

El Niño abrió los ojos,

comenzó a sonreír

y, al mirarle con ternura,

su pecho hizo latir.

“Dime que quieres que haga

y qué puedo hacer por ti,

aunque, como eres Dios,

poco has de mí recibir”.

“No te importe, pastorcillo,

amor ya me has dado a mí.

El amor de tus latidos

con otros debes compartir”.

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Lucía López Sánchez

Navidad 2.015

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