65. El Camino del Amor

 

Estaba anocheciendo

cuando un pequeño pastorcillo,

animaba a sus ovejas

a meterse en el aprisco.

De esta forma ayudaba,

aunque sólo era un niño,

a terminar la jornada

de un día bastante frío,

que unos cuantos pastores,

sus familiares y amigos,

desde bastante temprano,

con trabajo, habían sufrido.

Tapados con una manta

y con leños encendidos,

después de haber cenado

se encontraban muy tranquilos.

Antes de irse a la cama,

aunque alguno estaba dormido,

escucharon con asombro

y, en verdad, sobrecogidos,

unos cantos celestiales

que alegraban sus oídos:

“Gloria a Dios en el Cielo.

Gloria a Dios hecho Niño

y Paz al hombre en la Tierra

que extienda su cariño”.

Cada vez se oían más cerca,

mas, quedaron más sorprendidos,

al ver que eran los Ángeles

quienes cantaban los himnos

y que uno, el más bello,

con túnica de raso fino,

se dirigía a ellos

envolviéndoles con su brillo,

para darles la noticia

sobre un Niño Divino:

“Allá en Belén de Judá,

un Niño rubio ha nacido.

Él es el Rey de los Cielos

y a este mundo ha venido,

para salvar a los hombres

e indicarles el camino

por el que llegar al Cielo,

porque lo habían perdido.

Lo encontraréis entre pajas

con sólo un pañal vestido,

entre una mula y un buey

de un pequeño cobertizo,

porque nadie esa noche

dió a sus padres cobijo.

Corred pronto a adorarle

y cantad con regocijo,

para que el mundo se alegre

por semejante prodigio.

La estrella que está brillando

alumbrará el camino,

porque es oscura la noche.

Así no os sentiréis perdidos”.

Quedaron impresionados.

El que más, el pastorcillo,

quien muy rápido pensó

llevarle un jersey al Niño.

“No importa que sea grande,

tendrá así más calorcito.

Yo deseo ir con vosotros

y no es sólo por capricho,

es que quiero yo ponérselo

si su Madre me da permiso”.

Obedeciendo al Ángel

se colocaron los pellicos

y dispuestos a partir,

cogieron un corderito,

un tarro de miel y un queso

y el jersey, hecho un ovillo,

metieron en el zurrón

que tenía el pastorcillo.

Con la ilusión  y la luz

de la estrella de gran brillo,

cantando van con los Ángeles

con alegría y delirio:

“Gloria a Dios en el Cielo.

Gloria a Dios hecho Niño

y Paz al hombre en la Tierra

que extienda su cariño”.

Nuestro pequeño pastor

camina muy pensativo

y muchos interrogantes

se pregunta a sí mismo:

“¿Qué camino será ese

que el Ángel antes nos dijo?

Yo sé el camino del monte

o el camino del río,

o el camino de la fuente

o el del campo de olivos, …

Belén se encuentra ya cerca

y un sentimiento muy vivo,

de impaciencia y de inquietud

renace en el zagalillo:

“¿Qué habrá querido decir

con lo de extender su cariño?

Mi madre extiende la ropa,

yo la piel de un corderito, …

Caminando muy confuso

y bastante aturdido

ve que la estrella se para.

Han llegado a su destino.

Un resplandor los envuelve

y, de nuevo, sobrecogidos,

sienten que su corazón,

a través de sus latidos,

está amando con fuerza.

Por fin ven al recién nacido.

Se arrodillan ante Él

y el pequeño zagalillo,

echando mano al zurrón

se levanta sin hacer ruido

y acercándose a las pajas

le besa con gran cariño.

La mirada de la Virgen,

buscando la del pastorcillo,

le dice “sí” con la cabeza

por aquello del permiso.

Con alegría en sus ojos,

sumamente enternecido

y esbozando una sonrisa

le dice muy despacito:

“Te he traído este jersey

para que no tengas frío.

Lo traía en el zurrón

y te lo pongo ahora mismo.

Sé que te queda muy grande,

porque, claro, era mío,

pero con él, muy tapado,

estarás más calentito”.

El Niño Jesús sonríe

y le dice a su oído:

“Ay, mi pequeño pastor,

sí que hay muchos caminos,

pero el que lleva al Cielo,

el lugar donde yo habito,

es EL CAMINO DEL AMOR.

En él nadie se ha perdido

y tú lo has comenzado

con lo que has hecho conmigo.

Cada vez que tú ayudas

a quien está desvalido

o regalas tu sonrisa

al que se siente oprimido,

es regalo que me haces

y un trecho de este camino.

Sigue, siempre, haciendo el bien.

EL AMOR HACE EL CAMINO

y todo lo que realices

será el ejemplo vivo,

para que otros lo hagan

y comiencen su camino.

Un regalo para todos.

Así extenderás mi cariño

y tendrás, siempre, la Paz

que con amor has conseguido”.

Ya se despiden de Él

y, entonando villancicos

y los cantos de los Ángeles,

regresan con regocijo:

“Gloria a Dios en el Cielo.

Gloria a Dios hecho Niño

y Paz al hombre en la Tierra

que extienda mi cariño”.

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 Lucía López Sánchez

 Navidad 2.013

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