64. Regalo de Amor |
Ha oscurecido muy pronto
y ya están en el aprisco,
las ovejas que cuidaban
unos pastores sencillos.
Está empezando a nevar,
es de noche y hace frío.
Sentados al pie de un árbol,
junto a leños encendidos,
tapados, unos con mantas
y otros con algún pellico,
se disponen a cenar,
porque se encuentran rendidos.
Algo se oye a lo lejos.
¡Callad y no hagáis ruido!
les dice a sus mayores
un pequeño zagalillo.
Un resplandor los envuelve.
Se quedan como aturdidos,
hasta que les habla un Ángel
que está en el árbol subido.
Le escuchan con atención.
Escuchan lo sucedido:
“Allá en Belén de Judá,
ha nacido un rubio Niño.
Él es el Rey de los Cielos
que a este mundo ha venido,
porque quiere a los hombres
con un poder infinito.
Deprisa. Id a adorarle.
Poneros pronto en camino.
Lo encontrareis entre pajas,
en un establo tendido,
porque nadie esta noche
le dió posada y cobijo.
Aunque apenas se ve nada,
la nieve cubrió el camino,
iluminará los campos
una estrella de gran brillo.
Ella será vuestra guía
y os llevará hasta el Niño”.
Sin terminar de cenar
y a medias sus bocadillos,
dejan la lumbre encendida
y abandonan el aprisco.
Cantando van con los Ángeles,
sin sentir hambre ni frío:
“Gloria a ese Dios que nos ama
y Paz a los bien nacidos”.
Ya se vislumbran las casas,
ya han llegado a su destino.
La estrella ya se ha parado
y al fin todos ven al Niño.
Cantan y ríen y bailan.
La noche es puro delirio.
Nuestro pequeño pastor
se acerca muy despacito,
no quiere que se despierte,
porque parece dormido
y se emociona al verle
con sólo un pañal vestido.
Quitándose su bufanda,
cubre el cuerpo aterido
del Niño que está entre pajas
y le dice enternecido:
“Déjame que yo te tape.
Así tendrás menos frío”.
El Niño abre los ojos
y le sonríe agradecido.
Ya, con mucha confianza,
éste, nuestro zagalillo,
se atreve a contarle
aquello que el Ángel les dijo
y, asombrado, le pregunta,
acercándose a su oído:
“Si tu corazón es pequeño,
porque eres recién nacido,
cómo es posible que a todos
nos quieras y dés cariño.
Yo quiero a mi familia
y a otros seres queridos,
pero no a todos los hombres,
muchos de ellos desconocidos”.
“El amor no ocupa espacio,
mi querido pastorcillo,
pero llena el corazón
y llena todo vacío.
Falta amor en el mundo
y para eso he venido.
Quiero sembrarlo en todos
y con todos compartirlo,
para que os abracéis, siempre,
como hermanos y como amigos.
El amor da vida a todo.
Como tú has hecho conmigo,
que con tu bufanda caliente
me has regalado abrigo,
quiero yo hacer con vosotros:
Regalaros mis latidos,
para que mi corazón
esté a los vuestros unido
y se llenen de mi Amor,
porque EL AMOR SOY YO MISMO.
EL AMOR ES VIDA,
mi pastorcillo querido”.
Ya de vuelta a la Cabaña
y con el corazón henchido,
de tanto amor regalado
por este Divino Niño,
todos quedan asombrados:
Junto a los leños encendidos,
la mesa está preparada
y enteros los bocadillos.
Contentos siguen cantando
sin sentir hambre ni frío:
“Gloria a este Dios que nos ama
y Paz a los bien nacidos”.
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Lucía López Sánchez
Navidad 2.007
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