62. La luz de Navidad

 

Noche fría y oscura.

No se ve ninguna estrella,

dice un pequeño pastor,

que, en la lumbre se calienta,

mientras come un bocadillo,

porque cansado se encuentra

y quiere dormirse pronto

al lado de sus ovejas.

Tapado con una manta

muy pronto dormido queda,

pero el sueño le dura poco,

porque una luz le despierta.

Un Coro de bellos Ángeles,

dejando a su paso una estela,

entona hermosos cantos

y hasta él mismo se acercan,

portando una luz en sus manos

que es cada vez más intensa:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz al hombre en la Tierra,

que ilumine con su luz

al que carece de ella”.

Al escuchar la canción

muy asombrado se queda,

mas, su asombro es mayor

cuando presencia otra escena.

De todos aquellos Ángeles,

el que, tal vez, más bello era,

se dirige a los pastores,

que, junto al pequeño, cenan

y ya muy cerca de ellos

lo sucedido les cuenta:

“Allá, en Belén de Judá,

en esta noche tan bella,

un Niño rubio ha nacido.

Junto a sus padres se encuentra,

en un humilde Portal

situado a las afueras,

porque nadie esta noche

les ha abierto su puerta

ni a la llamada que hicieron

les han dado una respuesta.

Él es el Rey de los Cielos

que ha venido a la Tierra,

para salvar a los hombres

de su miseria y pobreza.

Poneros pronto en camino

y adoradle en su Realeza.

Lo encontraréis entre pajas,

teniendo sólo una tela,

sobre su cuerpo aterido

y sin oírle una queja.

Veréis que en aquella estancia,

no demasiado pequeña,

una extraordinaria luz

la ilumina toda ella.

Él, también, es la LUZ del mundo

y donde está no hay tinieblas.

No os importe la oscuridad,

porque una brillante estrella

guiará vuestro camino.

Veréis senderos y veredas,

como si fuese de día

o noche con luna llena”.

El pequeño pastorcillo,

con su mantita a cuestas,

es el primero que sale.

Los demás dejan la cena.

Cantando van con los Ángeles

aquella canción tan bella,

aunque nuestro zagalillo

no canta y sólo piensa:

Si el Niño ha nacido pobre

es porque no tiene riquezas.

¿Cómo va a salvar al hombre

de su miseria y pobreza?

Y sigue, aún, preguntándose

mientras el campo atraviesan.

Como Él es la Luz,

ilumina la Tierra

y yo sí quiero la Paz,

pero me quedo sin ella,

porque no tengo la luz

para que regalarla pueda.

¡Qué extraño es todo esto

y qué misterio encierra

el que vea tanta luz

en los Ángeles y en la estrella,

no la vea en mi familia

y yo ni pizca posea!

Ya están llegando al Portal.

La estrella allí les deja.

Se arrodillan ante el Niño

y le miran con terneza

y pronto ríen y bailan

y tocan las panderetas.

Ha nacido el Salvador

y es una noche de fiesta.

Nuestro pequeño pastor

su mantita le presenta

y le tapa con cuidado,

para que frío no tenga.

Acercándose a su cara,

enternecido le besa

y con cariño le dice:

“Estaba durmiendo con ella,

pero, hoy, te la regalo.

Te abrigará más que esta tela

que tienes como pañal,

pero no te tapa las piernas”.

El Niño Jesús sonríe

y un secreto le revela:

“Mi querido zagalillo,

yo te diré la respuesta

a todas esas preguntas

que tanto y tanto te inquietan.

He querido nacer pobre

y hacerlo, aquí, en la Tierra,

para estar cerca de vosotros

y enseñaros una senda,

por la que se llega al Cielo

cuando de amor está llena.

Por amor he venido al mundo

y ésta es mi gran riqueza.

Por amor regalo mi LUZ,

para que no haya tinieblas.

Y ahora, quiero compensarte

por esta acción tan tierna.

Te has quedado sin tu manta,

para que calor yo sienta”.

Al terminar sus palabras,

con alegría inmensa,

nuestro pequeño pastor

nota que el pecho le quema

y que una radiante luz

que le embelesa y le ciega,

en forma de corazón,

todo su cuerpo rodea.

Contento ya el zagalillo

al Niño Jesús le besa

y gozoso le agradece

que su luz, como la de la estrella,

se la haya regalado

en una noche tan bella.

La alianza entre los dos,

fuertemente, se sella.

Su corazón brillante

alumbrará sin reserva

y por mucho que su luz alumbre

no se quedará sin ella

y tendrá, siempre, la Paz

de la Celestial promesa.

Ya se despiden del Niño

y su regreso comienzan.

La oscuridad del camino

al pastorcillo no inquieta,

porque su corazón la ha cambiado

por una luminosa senda.

Con mayor emoción, si cabe,

entonan canción tan bella:

“Gloria a Dios en el Cielo

y Paz al hombre en la Tierra,

que ilumine con su luz

al que carece de ella”.

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LUCÍA LÓPEZ SÁNCHEZ

NAVIDAD 2.010

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