48. En la Bahía de Halong

 

Estaba oyendo el silencio

y el silencio me envolvía

entre el Cielo, el agua y las rocas

de todas aquellas islas.

Unas tres mil islas eran,

que, de su fondo emergían

y sobre las aguas verdes,

a la sazón, muy tranquilas,

nos dejaban ver su cara,

toda ella de caliza.

Tan sólo en unos instantes,

con los remos que movía

un joven de ojos negros,

el silencio se rompía,

mas, también, era placentero

lo que yo, después, sentía:

Escuchaba aquel silencio

y la dulce melodía,

que, el remo al besar el agua

entonaba con gran dicha.

Su ritmo acompasado

para ella era delicia.

El agua, con gran dulzura,

sintiéndose agradecida,

le ofrecía su espuma blanca

y le brindaba su sonrisa.

Al mirar al horizonte,

absorta y muy complacida,

acompañándome el silencio

y esa dulce melodía,

descubrí con emoción

la bellísima Bahía.

La BAHIA DE HALONG,

una sin par maravilla

en el Golfo de Tonkin,

dentro del Mar de la China,

donde “desciende el Dragón”

y en sus aguas anida.

Un lugar extraordinario

y lleno de fantasía,

en el que el tiempo que pasas

el alma sólo se extasía.

No salía de mi asombro

y todo me sorprendía:

Islas de formas variadas

y de alturas muy distintas,

que, figuras fantasmagóricas,

muchas veces, parecían,

unas, ocupando el centro

y otras, en las orillas,

de aquel mar de color verde

que la esperanza traía,

de soñar que la paz existe

y que las guerras vividas

y todas sus consecuencias,

este Pueblo Vietnamita,

podría, tal vez, olvidar

con tanta belleza unida.

Y, también, veía barcos,

lujosos, de madera fina,

con la estrella en su bandera,

en los que tantos turistas,

pasando la noche a bordo,

a todas aquellas islas,

en esa noche serena,

les haríamos compañía.

También unas barcas blancas,

de una hechura más sencilla,

enganchadas a la popa,

para trasladarlos deprisa,

a zonas de tierra firme

para realizar visitas.

Tanto unos como otras

iban dejando a la vista,

estelas de espuma blanca

que te ensueñan y cautivan.

Y Poblados de pescadores,

que, en sus humildes casitas,

sonriendo nos saludaban,

porque el agua es su vida. … …

Aunque el paisaje era bello

como el de una estampa lírica

y con el joven que remaba

encantada yo seguía,

la emoción me desbordó

cuando una mujer vietnamita,

para vender sus trabajos,

realizaba la travesía,

remando igual que el joven,

en una pequeña barquita,

llevando a bordo, durmiendo,

a su hija, una niñita

que pronto se despertó

y, también, ella vendía.

En una mano, el biberón.

De la otra, un collar pendía.

¡Cuánto mérito y ejemplo!

El trabajo es la semilla

para superar la pobreza

y olvidar las ignominias.

Aplausos para este Pueblo

desde esta hermosa Bahía,

con el verde de la esperanza

y el blanco de su sonrisa.

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LUCÍA LÓPEZ SÁNCHEZ

22 de Octubre de 2.010

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