17 Parque Nacional de Monfragüe

 

Una alfombra gris de asfalto,

hacia otras escondidas,

ha llevado nuestros pasos

para ver cómo están tejidas.

Alfombras de bellos colores

y recreo para la vista,

que, en años, siglos y eras,

sobre unas hierbas finas,

otras muchas se bordaron

junto a miles de florecillas.

Hemos llegado a MONFRAGÜE

y al realizar la visita,

su encanto y su misterio

envolvió ya nuestras vidas

y un sentimiento de paz,

de gozo y de alegría,

nos acompañó en el Parque

durante todo este día.

Contemplamos el campo verde

y las flores amarillas,

jugando con el cantueso,

con sus moradas espigas

y diversas variedades

de vegetación y margaritas, …

sirviendo de blanda alfombra

al alcornoque y la encina,

a la retama y la jara,

cuyo perfume era dicha

y su  blanco inmaculado,

aunque de flores sencillas,

entornaba nuestros ojos

y el corazón enternecía.

Si todo esto era bello,

¡ay!, mi estampa preferida

la contemplé a lo lejos,

desde cerros que dominan

y estratos impresionantes

con capas casi infinitas,

al ver al TAJO y al TIÉTAR

abrazarse sin medida.

Era un abrazo esperado,

como el de madre e hija

que han tardado en verse

y muchas veces lo soñarían.

Así seguirían juntas

hasta su morada definitiva.

En este su caminar,

sus aguas, muy cantarinas,

con entrantes y salientes

en perfecta armonía,

regaban campos y huertas

besándolos en sus orillas,

aunque  un saludo especial,

con sus manos extendidas,

a lo largo de su cauce,

entre sierras de cuarcita,

le hacían al CASTILLO

y a una antigua ERMITA.

Ciento treinta y dos escalones

nos elevaban la vista

y contemplar su belleza

era una pura delicia.

Su silueta alargada

con sus aguas muy tranquilas,

en aquel atardecer,

la llevo ya tan prendida,

que es difícil olvidar

al centinela y vigía,

dominando el horizonte

con tan bella perspectiva.

Otro encuentro en su camino,

entre cantos y entre risas,

de este nuevo Río Tajo

y sus aguas cristalinas,

nos dejó impresionados

antes de nuestra despedida.

Era el SALTO DEL GITANO,

farallón de faz erguida,

que protegía su paso

del viento y de su brisa,

para ofrecer un conjunto

que, también, te enternecía.

Es como si en dos se partiese

esa Sierra de cuarcita,

para que el Río pasase

recreándose, sin prisa.

Parque de singular belleza.

Parque de tal maravilla,

que amar la Naturaleza

y sus alfombras tejidas, 

debe ser la recompensa

por cuanto ella significa:

Eleva al Creador el alma

y de admiración y dicha

llena el corazón del hombre.

En él se vive sin rencillas.

Flores, arbustos y árboles,

en primavera florida,

con los ríos y los cerros, …

además de estampa bellísima,

unidos, en su convivencia,

nos dan ejemplo de vida.

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Lucía López Sánchez

8 y 9 de Mayo de 2.010
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