7. Atardecer en el Cañón

 

He sentido su caricia.

Suavemente me ha besado.

Era la brisa del viento

cuando estábamos sentados,

admirando aquel paisaje

del CAÑÓN DEL COLORADO.

El Sol brillaba muy fuerte.

Rojizos eran sus rayos.

Iluminaba los árboles,

el río y riscos formados,

despidiéndose de ellos,

lentamente, muy despacio.

Algo sentí aquella tarde,

mas, no sé cómo explicarlo.

Escuchando aquel silencio

y el trino de algunos pájaros,

adivinando el murmullo

del río, un tanto lejano,

contemplaba el resplandor

de todos aquellos rayos,

reflejándose en las rocas

y tiñendo sus estratos.

Muda quedé en un momento,

tuve los ojos cerrados

y sentí que el corazón

con fuerza estaba vibrando.

Al darme el viento en la cara

fui del sueño despertando

y agradecí su mensaje

mientras volvía a mirarlo:

“El Cielo ha sido testigo

de tantos y tantos cambios,

que, con el paso del tiempo,

desde el alba hasta el ocaso,

en un día y otro día,

años, millones de años, …

con el agua y con el viento

en el Cañón se han formado.”

Moviendo el viento sus alas,

de nuevo, siguió contando:

“Recorro estos lugares

y preparo su descanso,

porque el Sol de todo el día

bastante los ha dorado.”

Emocionada marché.

Tan fuerte fue aquel impacto,

que de aquellos sentimientos,

este es el recuerdo claro:

“AQUEL ATARDECER

EL ALMA ME HA BESADO.”
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 Lucía López Sánchez

  Agosto l.995     

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