4. En algo hay que quemar la vida

 

Una frase tan sencilla

tuvo gran repercusión.

En mi alma no decidida

sembró una alegre ilusión.

¿Qué valor tiene la vida

si no se pone corazón

y la tarea se emprende

como ardua obligación?

Como el eco, en mí  resuena,

con tan profunda emoción

y con tal fuerza, que consigo

unir al esfuerzo tesón

y ya, desde el primer día,

no más que esta decisión

me oigo a mí misma decir,

como si fuese una oración:

“Que las brasas del fuego

iluminen tu labor

y el desánimo no llegue

a toda tu actuación”.

Agradecido por el consejo,

el impulsivo corazón,

eleva una plegaria

al poderoso Señor:

¡Que descanse en paz!

como merecido galardón,

quien su vida ha quemado,

enseñando con pasión,

sirviendo de vivo ejemplo

a docentes como yo

y suavizando asperezas

donde encontraba dolor.

Mi alma, agradecida,

repite con admiración:

“GRACIAS, Inspector bueno,

por la preciosa lección”.

 

Lucía López Sánchez

A D. Leónides Gonzalo Calavia

Inspector de Educación

Abril de 1.978

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