3. En ese tren íbamos todos

 

Es día once de marzo.

Somnoliento se levanta

un Madrid que va al trabajo,

con la ilusión de un mañana,

que promete su descanso

ante el fin, ya, de semana.

Se oye el ruido del tren.

Sus pasos con prisa avanzan.

Entra ya en la estación

y sus vagones se paran.

Gente que llega corriendo.

Unos suben y otros bajan.

Niños y trabajadores,

mujeres embarazadas, …

Tan sólo unos segundos

vida de muerte separan,

porque el tiempo, inexorable,

en los relojes se marca:

Explosiones muy seguidas,

gritos que salen del alma,

entre amasijos de hierros

caras ensangrentadas,

piernas y brazos sueltos

y las ropas estalladas,

personas, sin vida, esparcidas

o en sus cuerpos metralla,

que, llevadas a hospitales,

unas reciben el alta,

otras, allí  permanecen

hasta que su corazón les falla.

¡Cuánto dolor escondido

y sufrimiento en las caras!

¡Cuánta impotencia y lágrimas

que el corazón nos desgarra!

Silencio roto por quejidos

o sirenas de ambulancias.

Ojos fijos en el suelo

y perdidas las miradas,

que, ante todo lo ocurrido,

explicaciones no hallan.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Para qué

segar tanta vida humana?

¿Por qué, alguien, estas bombas,

alguien que no tiene entrañas,

ha colocado en mochilas,

para que explote su carga?

¡Qué diferencia, Señor,

con mochilas que, a la espalda

o cogidas de la mano,

sólo en su interior llevaban,

para comer ese día,

todo tipo de viandas!

Tal vez, eran bocadillos

o comidas cocinadas,

para calentarlas después

o, sencillamente, latas, …

Unas, mochilas de vida.

Otras, mochilas que matan.

Madrid llora esta muerte,

sale a la calle y canta:

“Ahora no estamos todos,

porque doscientos nos faltan”.

“En nuestras manos no hay sangre

que las tenemos muy blancas”.

Está lloviendo con fuerza

y los zapatos se encharcan,

mas, la lluvia no es lluvia

que a todos nos empapa,

son lágrimas de Madrid

que su corazón derrama

y que, aún con paraguas abiertos,

a todo nuestro ser calan.

¡Oídlo bien, asesinos!:

¿Es qué acaso no os basta

ver crespón negro en balcones

y en banderas roja y gualda,

por los muertos, cuyo nombre

aparece en las pantallas?

¿O el dolor de las familias

con ilusiones truncadas?

¿O el que niños nunca más

abriguen la esperanza,

de acariciar a sus padres

y de escuchar su llamada?

¿O el contemplarnos unidos,

portadores de pancartas,

con letras rojas, de amor,

en las que se lee y proclama:

“EN ESE TREN ÍBAMOS TODOS.

CON ELLOS VA NUESTRA ALMA”?

 ¡Oídlo bien, asesinos!

Que todas nuestras gargantas,

no se cansarán jamás

de gritar con voz muy clara:

“TODOS QUEREMOS LA PAZ,

PARA EL MUNDO Y PARA ESPAÑA”.

Es difícil perdonar

ante vidas destrozadas,

mas, Señor, también para ellos,

acepta nuestra plegaria.

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Lucía López Sánchez

Jueves, 11 de Marzo de 2004

                            

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