The desirable peace

The desirable peace
 By Agustín Pérez Cerrada

War is a too commonplace scene around the world. Some of us have been spared, even though the mass media bring closer this remoteness, which hurts those who live there, but images on a full stomach are always painless.

As it happens most of the time, for good and for bad things, a minority will push a majority. The passions moving a few will lead many others to take up arms and devastate everything in their way, without distinguishing between fighters or simple citizens. Women and children get the worst of it in wars, whose underlying reason they never get to understand clearly, and which seem to have no end.

And when peace arrives, if really at all, not everything is over yet. As spectators, it may seem to us that peace simply arrives when there are no more warfare news on TV, when the demonstrations of a people harassed by cold, famine, and the militia’s submachine guns stop hitting the headlines; but peace needs to settle down in daily life. Just like when there is a catastrophe, the worst may be about to happen.

I remember a painting by Van Gogh, in which a crouching father waits with open arms for the first steps of a small child being held by its mother, his wife. The scene background is half a family garden and half an orchard. A true symbol of that peace we all long for, and which seems so hard to find, not only around the world, but also within our own families, or the inner peace of the inhabitants of a world which keeps chasing after who knows what.

Peace requires coming back home, rebuilding houses and, above all, mending hearts. Peace is not only a fireplace burning under a roof; it is also enjoying peace of mind, not feeling hatred for others, forgetting grudges against your neighbor, and seeing a hopeful future. That peace of heart requires patience and support. Such peace is likely to be achieved only by children, since it will not be easy for adults to forget how much they have suffered, to forget those who have lost their lives along the way, those who cannot come back anymore.

We ourselves, our ancestors, have already gone through all of this, and it seemed as if the children we were then had actually found the necessary peace. Certainly our parents, active players in suffering, knew how to go on, leaving grudges on their way as shreds of life.

But, as usual, a few want to move many to rekindle hatred and resentment, to open old, healed wounds. 

Original de http://indeforum.wordpress.com/


La deseable paz
Por Agustín Pérez Cerrada

La guerra es un escenario demasiado frecuente en el mundo. Algunos nos libramos, aun cuando los medios de comunicación acerquen esa lejanía dolorosa para los que allí viven, pero las imágenes, con el estómago lleno, siempre resultan indoloras.

Como casi siempre, para lo bueno y para lo malo, una minoría empuja a una mayoría. Las pasiones que mueven a unos pocos arrastran a otros muchos para que tomen las armas y arrasen cuanto encuentran a su paso, sin discriminar combatientes o meros ciudadanos. Las mujeres y los niños llevan la peor parte en guerras de las que no acaban de comprender la razón por la que se han iniciado y que nunca acaban.

Y cuando la paz llega, si es que llega de verdad, todavía no se ha acabado todo. Como espectadores, puede parecernos que la paz llega simplemente cuando cesan las noticias de guerra en la televisión, cuando han dejado de ser noticia las marchas de un pueblo acosado por el frío, el hambre y las metralletas de los milicianos; pero la paz necesita asentarse en la vida diaria. Como cuando ocurre una catástrofe, lo peor puede venir a continuación.

Recuerdo un cuadro de Van Gogh, en el que un padre, en cuclillas, espera con los brazos abiertos los primeros pasos de un niño pequeño a quien sujeta su madre, la esposa. Todo ello en un jardín entre familiar y huerto. Todo un símbolo de esa paz que todos anhelamos, y que parece tan difícil de encontrar, no ya en el mundo, sino entre la misma familia, o la paz interior de los habitantes de un mundo que corre en pos de no se sabe qué.

La paz exige retorno al hogar, reconstruir casas y, sobre todo, reparar corazones. La paz no sólo es una chimenea humeante bajo un techo; es también la tranquilidad de espíritu, la ausencia de odio hacia los otros, el olvido de rencores contra el vecino, y un futuro abierto a la esperanza. Esa paz en el corazón exige paciencia y ayuda. Una paz de este tipo es posible que solo los niños la lleguen a alcanzar, ya que para los mayores no será fácil que olviden lo que han sufrido, que olviden a quienes han dejado su vida en el camino, que ya no podrán volver.

Nosotros, nuestros antecesores, hemos pasado por todo esto, y parecía que los niños que fuimos creciendo desde aquel entonces si habíamos encontrado la paz necesaria. Seguramente nuestros padres, sujetos activos en el sufrimiento supieron seguir adelante, dejando rencores por el camino como jirones de vida.

    Pero como siempre, unos pocos quieren mover a unos muchos para reavivar odios y rencores, para abrir heridas cicatrizadas.

Original de http://foroin.wordpress.com/





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