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San Juan Bosco y las diversiones
Por
Gabriel Marañon Baigorrí
San Juan
Bosco fue un santo que supo dar alegría y gozo a los demás. Desde niño empezó
a realizar juegos de prestidigitador ante un público algo numeroso. Todos
rodeaban al muchacho deseosos de ver los prodigios que les anunciaba. Y todos veían
maravillados sus juegos de manos, cómo el agua se transformaba en vino, la
cebolla en un conejo. Pero lo que más admiraba el público era ver cómo el
muchacho tenía un pollo decapitado encima de una alfombra, luego lo metía en
una canasta y de repente salía el pollo vivo, que se ponía a saltar y a
cantar. San Juan Bosco llegó incluso a ejercitarse con maestría a saltar como
en los circos sobre un caballo lanzado a la carrera y ponerse de pie sobre el
lomo.
San Juan Bosco, siendo todavía estudiante, vivió durante
cierto tiempo en casa de un sastre, que le enseñó a pegar botones y a cortar
chaquetas y pantalones. San Juan Bosco, para divertir al sastre y a sus amigos,
echaba mano de sus artes de prestidigitador. Cuando el sastre metía la mano en
el bolsillo, encontraba su dinero convertido en rodajas de cartón. Se servía
agua y al ir a beberla se la había convertido en vino. El sastre se reía unas
veces y otras se enfadaba. Un día el sastre tenía preparado un banquete para
celebrar su cumpleaños. Había invitado a varios amigos a comer. Como plato
fuerte había pollo en gelatina. El sastre vigilaba a San Juan Bosco, temiendo
le hiciera una jugarreta. Y cuando ya estaban todos en la mesa, el mismo sastre
trajo el pollo en una fuente tapada. La depositó en la mesa y cuando destapó
la fuente he aquí que saltó un gallo vivo y se puso a cantar. El sastre no
pudo más. Creía que su aprendiz era brujo y lo denunció al Tribunal eclesiástico.
Una mañana le llamó el arcipreste de la catedral para examinar a San Juan
Bosco y comprobar si era o no hechicero. San Juan Bosco tuvo que esperar un rato
para que terminara de rezar el arcipreste el breviario; luego entró un pobre, a
quien el arcipreste socorrió con una limosna, y luego llamó a San Juan Bosco.
El canónigo creía que San Juan Bosco era un bribón y empezó a interrogarle:
"Me han dicho que tú adivinas los pensamientos, que haces ver lo blanco
negro y aquí parece que anda por medio Satanás, ¿quién te ha enseñado esa
ciencia?" San Juan Bosco le dice: "Concédame cinco minutos para
contestarle". El canónigo le contestó: "Concedido". Pero San
Juan Bosco le dijo: "Dígame la hora exacta". El canónigo metió la
mano en el bolsillo y el reloj no lo tenía. San Juan Bosco le indicó: "Si
no tiene el reloj no importa, présteme una moneda de cinco sueldos". El
canónigo volvió a meter la mano en el bolsillo y tampoco tenía el
portamonedas. El canónigo montó en cólera y le dijo: "¡Granuja, me has
robado la bolsa y el reloj" San Juan Bosco no perdió su calma y le dijo
con una sonrisa: "Señor arcipreste, aquí no hay magia ni misterio, sino
inteligencia y rapidez en las manos. Cuando yo entré, tenía usted encima de su
mesa el reloj y la bolsa. Luego salió usted de su despacho, lo cual aproveché
para esconder los dos objetos. Cuando regresó usted, al no verlos, creyó usted
que los tendría en el bolsillo". San Juan Bosco entonces se incorporó de
la silla y se fue a un extremo del despacho, levantó una pantalla y aparecieron
el reloj y la bolsa. El arcipreste se echó a reír del maravilloso juego de
manos de aquel muchacho.
San Juan Bosco durante su vida compuso numerosas comedias,
unas cómicas, otras serias, para su teatrito del oratorio. Los alumnos lo
pasaban en grande, pues su obras de teatro tenían mucha gracia y amenidad.
Estando San Juan Bosco en un colegio del sur de Francia, habían
preparado en su honor una opereta. Pero hubo un grave contratiempo. El niño que
tenía que actuar de primer actor se puso repentinamente ronco. El teatro estaba
lleno de gente. San Juan Bosco, que estaba en la primera fila de espectadores,
se enteró de lo que ocurría y mandó llamar al pequeño artista y le dijo al oído:
"Sube sin miedo al escenario, yo te prestaré mi voz". El chico, que
estaba totalmente afónico, subió al escenario y cantó maravillosamente.
Durante todo este tiempo San Juan Bosco quedó totalmente afónico. Cuando
terminó la representación, San Juan Bosco recobró su voz y el chico volvió a
su afonía.
Explicación Doctrinal:
El divertirse es una necesidad del espíritu, pues se siente
la inclinación a la alegría y al buen humor.
Hemos de divertirnos con moderación y nunca con obsesión desmedida y sin
molestar a los demás ni faltarles al respeto.
Tenemos necesidad de divertirnos, pero hemos de hacerlo sin
pecar. Incluso hemos de recordar que las diversiones se pueden santificar si las
hacemos gratas y dignas.
Nunca vayas a una diversión donde sabes que puedes pecar fácilmente.
Porque eso ya no es propiamente diversión, al inundar tu espíritu con la ponzoña
del pecado.
Sé siempre alegre en tus diversiones y procura con tu alegría
hacer felices a los demás.
Norma de Conducta:
Que tus diversiones sean siempre alegres y buenas.
Con la
autorización de: www.encuentra.com
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