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Autoestima: ¡Tú puedes campeón!
Los elogios y anti-elogios tienen un enorme peso en la
autoestima de un niño. Más si vienen del papá o la mamá, quienes son para él
un verdadero espejo. En ellos el pequeño se mira y se ve tal cual lo describen:
malo, flojo, mañoso..., o bueno, valiente, generoso...
La autoestima -o autovaloración- tiene un importante y
decisivo papel dentro del desarrollo de cualquier niño.
El concepto o imagen que él tenga de su propia valía es un
sentimiento íntimo y exclusivo, como la inyección de confianza que necesita
para afrontar los retos que constantemente se le plantean: vestirse solo,
abordar a los otros niños en el jardín..., pero lo cierto es que se forma a
partir de los elementos que le proporcionan las personas que lo rodean.
¿Quién dices que soy?
Lo que el niño piense de sí depende en gran medida de lo
que los demás -que son su espejo- piensen de él. O de lo que le digan que
piensan de él. Si el reflejo que capta es negativo, tendrá una imagen negativa
de sí mismo. Por el contrario, si los reflejos son positivos, su autoestima será
alta.
Durante los primeros años de vida, el niño va configurando
su autoestima partiendo únicamente del reflejo que conforman quienes lo
rodean, sin cuestionarse nada.
Se trata además, de una tarea que no acaba, ya que la imagen
de sí el niño la va modificando -para bien o para mal- continuamente,
aprovechando cada circunstancia que le brinde el ambiente que le rodea.
La etapa en que el niño comienza a formar su autoestima
coincide con la del desarrollo básico de sus facultades. El nivel que sea capaz
de alcanzar en el desarrollo de sus capacidades depende en gran medida de su
autoestima. Sólo si se considera capaz, podrá salir victorioso en la lucha que
día a día le propone su propio desarrollo: hoy, pronunciar bien esta palabra,
mañana, escribir derecho sin plantillas, pasado, sacar solo los problemas de
matemáticas...
Sin embargo, aunque tenga un coeficiente superior al normal,
si no tiene fe en sí, tomará posturas catastróficas, cobardes, que le
conducirán al fracaso, no sólo en la niñez sino, probablemente, también a lo
largo de su vida.
Fuera las etiquetas
El primer paso en su educación debe ser, por tanto, ayudarle
a poner las bases para que tenga una imagen positiva de sí mismo. Antes de enseñarle
a hacer algo, hay que convencerle de que es capaz de aprender y de hacer las
cosas bien.
Hay que evitar las etiquetas que se le cuelgan y pueden
convertirse en su soga, porque luego será difícil retirarlas. Si desde que
empieza a entender las cosas -mucho antes de lo que pensamos- se identifica con
nuestros apelativos de niño-tontito, niño-torpe, etcétera, crecerá creyendo
firmemente que es un pillo, tonto, torpe...
Otro buen propósito para los padres sería que se
propusieran, al retarlo, separar siempre la mala acción del cómo es realmente
él. Una cosa es hacerle ver que se ha portado mal, que lo que ha hecho no está
bien, y otra distinta, decirle que es un niño malo.
Tan negativo es colgar etiquetas como no reconocer los méritos.
El niño busca instintivamente conocerse a sí mismo, pero no cuenta con más
espejo para encontrar su reflejo que el que nosotros le brindamos.
Por lo tanto, si le reprendemos por lo que hizo mal, también tenemos que
elogiarle por lo que hizo bien.
La luz del espejo
Al actuar como espejos, debemos poner especial cuidado en
reflejar con más intensidad sus virtudes que sus defectos. Si le hablamos de lo
bien que estuvo prestar su pelota a su hermano, en vez de repetirle lo egoísta
que es y cuánto le cuesta prestar sus cosas, estaremos cambiando la luz del
espejo, y ése será su mejor estímulo. Resulta mucho más efectivo alentar la
virtud contraria que recriminar el vicio.
El elogio -si es sincero y objetivo- es una de las armas más
poderosas para fortalecer la autovaloración del niño. En sí mismo es un
premio, pero su función primordial es la de subrayar con la felicitación la
cosa bien hecha y que, por sí misma, ya causa goce en quién la realiza.
Elogiar es reforzar el éxito alcanzado. Su efecto es ante
todo de motivación, pues supone un empujón para la autoestima del niño, que
se lanzará a mayores logros.
De igual modo, al valorar las acciones del niño sería
injusto -además de totalmente contraproducente- fijarnos solamente en lo malo
en vez de felicitarle por la parte buena de lo que logró. Es el caso del padre
que cuando su hijo le enseña el dibujo que hizo en clases, se fija más en lo
torcido de las líneas que en lo luminoso de los colores utilizados.
Esto no quiere decir que le mintamos, porque él necesita
confiar en la verdad de nuestras palabras, aunque algunas veces le duelan.
Palabras de ánimo
Nuestros hijos agradecerán y responderán también mucho
mejor con un gesto de aprobación y unas palabras de ánimo (con el grado justo
de reproche), que con cuatro gritos y un castigo rápido e inapelable.
Más efectivo que levantar la voz o -peor- la mano, es
emplear los elogios y la motivación. Un "¡tú puedes, campeón!"
puede lograr que el niño llegue mucho más lejos de lo que él y nosotros
mismos hubiéramos nunca pensado. Esta valorización no debe faltar nunca en
nuestros labios.
Cuanto más "desastre" sea el niño, más necesitará oír esas
palabras de ánimo y, sobre todo, comprobar que nosotros tenemos confianza en él.
La seguridad es fundamental para alcanzar el éxito. Para que
se valore a sí mismo y se considere capaz de hacer esto y aquello, es
primordial que se sienta seguro, aceptado y querido por los que le rodean.
Unos padres excesivamente exigentes pueden lograr que un niño
con capacidades extraordinarias no consiga más que sacar los cursos raspando.
Otro más normalito podrá obtener las mejores notas, porque sus padres lo han
aceptado tal como es y han orientado sus expectativas hacia aspectos muy
concretos de su desarrollo.
Te quiero "porque sí"
El niño necesita comprobar que lo quieren por ser él, no
por sacar buenas notas o no romper ceniceros. No sería nunca aconsejable que
pensara que debe cumplir las expectativas de sus padres para comprar su cariño
o confianza.
En cambio, no es malo que las conozca, si son razonables y
posibles para él, porque le darán también la oportunidad de luchar y obtener
unos éxitos que alegrarán a los papás. Si el pequeño se siente querido y
aceptado, tendrá una actitud más positiva, será capaz de ponerse metas
realistas y, de ese modo, automotivarse para alcanzar otras aún más altas.
Los primeros años de vida son fundamentales para que el niño
adquiera seguridad en sí mismo, para que aprenda a autovalorarse y verse como
alguien capaz de mejorar en cada reto. Nuestra actitud y la valoración que
hagamos sobre él y sus actos tienen un papel decisivo en este logro, ya que los
padres somos precisamente el espejo único en el que ellos han de mirarse para
formar su propia autoestima.
Frases que promueven actitudes...
Negativas
- Eres un desordenado.., Desorden
- Siempre estás deseando fastidiar... Fastidiar más.
- Debes aprender de tu primo... Rechazo al primo.
- Así no llegarás a ningún sitio... Temor.
- Estoy harta de ti... Desamor.
- Aprende de tu hermano... Celos.
- Siempre estás peleando... Me gusta pelear.
- Aléjate, no quiero ni verte... Desamor.
- No sabes estar quieto... Soy nervioso.
- Me matas a disgustos... Temor, desamor.
- Cada día te portas peor... Soy así, soy malo.
- Eres un mentiroso... Lo mío es mentir.
- No sé cuando vas a aprender... Tristeza, no puedo.
- No me quieres nada... Desamor. Tristeza.
- Así no tendrás amigos... Tristeza. Es verdad.
Positivas
- Estoy seguro de que eres capaz... Soy capaz.
- Muy bien, yo sabía que podías... Soy capaz.
- No dudo de tu buena intención... Soy bueno.
- Juan tiene un alto concepto de ti... Tengo amigos.
- Si necesitas algo, pídemelo... Tengo amigos.
- Sé que la has hecho sin querer... No la repetiré.
- Estoy muy orgulloso de ti... Satisfacción.
- Sabes que te quiero mucho... Amor.
- Yo sé que eres bueno... Soy bueno.
- Te felicito por la que has hecho... Alegría, mejorar.
- Qué sorpresa más buena me has dado... Alegría.
- Cuando me necesites, yo te ayudaré... Amor.
- Noto que cada día eres mejor... Ganas de serIo.
- Creo en la que dices, sé que la harás... Confianza.
- Sabes que quiero para ti la mejor... Amor.
- Puedes llegar donde tú quieras... Puedo hacerlo.
- Las próximas notas serán mejores... Estudiaré más.
Para pensar y actuar
- Interésese por sus pequeños logros, huya de la alabanza mecánica y pierda
un par de segundos en elogiar ese primer dibujo, aunque usted esté discutiendo
el "Total a pagar" de la cuenta de teléfono.
- Respete su cansancio o enojo, y evite que se le escape un anti-elogio.
- Intente mantener el respeto por el carácter de su hijo y plantéese periódicamente
si las expectativas que ha depositado en él son justas, razonables y
equilibradas.
- Evite el exceso de protección sobre el niño e intente intervenir en sus
aventuras o juegos sólo cuando haya algún peligro.
- Propóngale metas que sea capaz de lograr y saquen siempre la parte positiva
de su intervención, aunque la negativa fuera mucho más importante. Esto le hará
sentirse importante, autovalorarse y respetarse a sí mismo.
- No recurra nunca a las comparaciones para retarlo o hacerle ver cómo tiene
que portarse. No es bueno para ninguno de los dos niños y siempre hay alguno
que sale perdiendo.
- Propóngase la meta de elogiar cada día, al menos, una cosa bien hecha a cada
hijo, oportunamente y con naturalidad. Si está atento, no será difícil
encontrar la ocasión.
Con
la autorización de: www.encuentra.com
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