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El viejo violinista que no podía tocar
Por Gabriel Marañon Baigorrí
En una fría
noche del mes de diciembre de 1841, un hombre alto, pero encorvado por el peso
de los años, marchaba por la calle apoyándose en su bastón. Bajo el brazo
llevaba un violín envuelto cuidadosamente en un pañuelo. Llegó a la plaza de
Fontaines. Vio que había luz en las casas de aquel barrio y desenfundando su
viejo violín, lo afinó un momento, se lo colocó en el hombro y comenzó a
tocar una melodía con unas notas tan discordantes que las gentes que pasaban a
su lado aceleraban el paso por no oírle.
El viejo violinista, al ver la actitud del público, dejó de tocar y, desalentado dijo: "¡Dios mío, ya no puedo tocar!" Y el
anciano rompió a llorar.
En aquel instante pasaron junto al viejo violinista tres jóvenes
cantando alegremente una preciosa canción. No vieron al anciano y tropezaron
con él. Los tres jóvenes, respetuosamente, le pidieron perdón y le dijeron:
"¿Os hemos hecho daño?" "¡No!", respondió el anciano.
Pero uno de los jóvenes vio el violín apoyado en la pared y preguntó al
anciano: "¿Sois músico?" "Lo fui en otro tiempo", dijo con
pena el violinista, y las lágrimas corrieron por sus mejillas.
El anciano miró a los tres jóvenes y les pidió por amor a
Dios una limosna. Los tres jóvenes metieron cada uno la mano en el bolsillo y
entre los tres sólo tenían ochenta céntimos. Pero uno de ellos sonrió con
aire de triunfo, y dijo: "Amigos, buscaremos dinero, que es lo que nos hace
falta. Tú. Adolfo, coge el violín, y tú, Gustavo, acompáñale con tu voz, y
yo haré la cuestación.
Bajo los dedos del joven violinista salieron las deliciosas y
alegres notas del "Carnaval de Venecia". En aquel instante todas las
ventanas se abrieron. Todos los transeúntes se pararon. Cuando terminó de
tocar se oyó una salva de aplausos del público que se agolpaba alrededor de
los tres jóvenes. Aquel pequeño concierto fue escuchado por el público con
verdadero gozo y placer. La gente estaba embargada de emoción y alegría. Las
monedas empezaron a caer en el sombrero del anciano violinista.
A continuación uno de los jóvenes, llamado Gustavo, cantó
la preciosa balada de "Venid, gentil señora". La voz de aquel joven
tenor era maravillosa, dulce y potente a la vez. Cuando terminó de cantar, el público
ovacionó con entusiasmo al joven tenor y empezó a pedir que cantara más.
Entonces se pusieron los tres jóvenes de acuerdo para tocar y cantar el terceto
de "Guillermo Tell", de Rossini. El joven violinista volvió a colocar
el violín encima de su hombro y se arrancó con las maravillosas notas
musicales de Rossini Los otros dos jóvenes le acompañaron cantando. El
anciano, al oír las notas musicales de su violín y las voces de los dos acompañantes,
se puso delante de ellos y empezó a marcar el compás con tal maestría que los
tres jóvenes quedaron sorprendidos de la dirección musical. La multitud quedó
arrobada escuchando aquella deliciosa música. Al final, aplaudieron con
entusiasmo y el dinero caía en el sombrero con abundancia. Todo el dinero
recaudado lo entregaron integro al anciano. Este, con voz emocionada, les dijo:
"Yo me llamo Chappuir, soy alsaciano, y durante diez años he sido director
de orquesta en Strasburgo. Desde que salí de mi patria, la enfermedad y la
miseria me han perseguido. Con este dinero podré volver a Strasburgo, donde
tengo amigos que me ayudarán. Allí recuperará mi hija la salud. Dios bendecirá
los talentos que habéis puesto tan noblemente al servicio de mi persona. Seréis
grandes entre los grandes."
Y así sucedió. Los tres jóvenes que entonces eran alumnos
del Conservatorio de Música llegaron con el tiempo a tener fama extraordinaria
en los medios musicales. El que se llamaba Gustavo Roger fue extraordinario
tenor. El segundo de los jóvenes fue violinista de fama y el tercer joven que
postuló ante el público fue el gran compositor Carlos Gounod, el autor de
"Safo", de "Romeo y Julieta" y de otras óperas y
composiciones musicales de extraordinario éxito.
Explicación Doctrinal:
Cuando se oye una buena música, una música llena de armonía
y belleza, vibra el alma de emoción, de gozo, de alegría y hasta de dolor.
La música, por la finura de su armonía, es una de las artes
más maravillosas que Dios ha puesto para bien del hombre. La música produce en
el hombre un sentimiento de gozo y felicidad que no se puede explicar. Sólo
sentir.
Oír buena y selecta música no es un entretenimiento, es una
necesidad del espíritu, porque el espíritu necesita vibrar de emoción y
placer ante el dulce manantial de las armonías musicales.
Acostúmbrate a oír buena música. Sobre todo la música de
los grandes maestros como Vivaldi, Haydn, Mozart, Bach, Handel, Gluck, Gounod,
Beethoven, Schubert, Chopin, Mendelsohn, Berlioz, Verdi, Puccini, Rossini,
Arriaga y tantos otros maestros.
Gusta también de aprender canciones y melodías. Es hermoso
cantar bien con los amigos. Es una delicia. Y las gentes escuchan con sumo
agrado.
Norma de Conducta:
Gusta siempre de la buena música.
Con la
autorización de: www.encuentra.com
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