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OTROS TEMAS Jóvenes japoneses reclusos en su cuarto PROGRAMAS Ejercicios
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Fomentar el espíritu crítico en nuestros hijos frente a la televisión, el cine e InternetEntonces, los hijos éramos nosotros. "Esta semana, gran programa doble". El sábado o el domingo por la tarde nos daban en casa las pesetas para pasar la tarde mágica junto a los amigos en el cine del barrio con "una de romanos", "una de selva", "una de convoys" -queríamos decir "cowboys", pero la fiebre del inglés estaba aún por venir-, "una de policías" y, si había mala suerte, "una de amor". ("Tarzán" y "El gordo y el flaco" tenían categorías aparte.) ¡Ah, y el bocadillo! Los olores a chorizo y a tortilla se mezclaban con el ambientador de ozonopino. La gloria, entonces, olía así. Cuando nosotros éramos los niños, las cuatro esquinitas de nuestra educación la sustentaban la familia, el colegio, la iglesia, la calle, los tebeos y el cine. Sí, salen seis. Y siete: la literatura, pero eso vendría luego. El teatro, entonces, ni olerlo, esto no era "la pérfida Albión", ni mucho menos. El cine: sobre todo, casi únicamente, Hollywood. Aquellas historias dejaban bien claro en nuestras mentes infantiles lo que estaba bien y lo que no, quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Algún elemento hispánico a cargo de Tony Leblanc, Manolo Gómez Bur, Gracita Morales, José Luis López Vázquez, entre otros excelentes profesionales, hacían un cine pariente pobre del americano. Buena gente, más cercana a nosotros, y personajes tiernos que eran buenos hasta cuando hacían de malos. La "tele" tardó un poco en afianzarse. Primero, porque el dichoso aparato costaba un dinero. Era una marca de solvencia económica, como después lo sería el coche. "Los del segundo tienen tele". "Mi padre dice que no la compra porque con la tele en casa no voy a estudiar". Al final, compró la tele casi todo el mundo y se hizo con el mejor rincón de cada casa. Eso sí, no te la dejaban ver a todas horas. Además, la programación entonces era corta. Nuestros padres intentaron controlar un poco la invasión, "ayudados", entre otros -innecesario mencionar la censura- por la familia Telerín, que te mandaba a la cama si abultabas poco, y los rombos. Cuando llegaron los rombos (uno para mayores de catorce años, dos para mayores de dieciocho), marcaron territorios. En mi casa y en la de mis amigos, lo de los rombos se tomaba en serio: no había trampa que valiera. "Mariona Rebull" se oía de lejos, con el morbo de los susurros prohibidos, desde el dormitorio, poco antes de dormirte. "Historias para no dormir" lo conocías por lo que contaban los mayores en el barrio. Nos quedaba "Bugs Bunny, "El conejo de la suerte", "Valentina" y poco más. Podéis añadir vosotros mismos los nombres pertinentes, según la década en que nacisteis. Entonces, cuando los hijos éramos nosotros, la media de televisión que veíamos era, en el caso más extremo, una nimiedad frente a las tres horas y media por niño y día que he llegado a leer no hace mucho en una estadística. ¡Tres horas y media! ¿Cuántas y, sobre todo, qué películas ven nuestros hijos en una semana? ¿Cuántos programas de TV, cuántos vídeos ven en una semana? Y, sobre todo, ¿cuáles? ¿Quienes son ahora los héroes? ¿Se llaman, por ejemplo -decidan ustedes- Torrente, Picachu, Antonio David, Rociíto, Carmele, Tamara? ¿Qué hay de claridad y de confusión en ese juego eterno del héroe y del antihéroe? ¿Qué interruptores encienden y apagan en las cabezas de nuestros hijos? ¿En qué medida se hallan nuestros hijos preparados o desvalidos frente a ese enorme caudal de referencias cruzadas y confusas? El panorama es como para echarse las manos a la cabeza. Podríamos dimitir, si nos valiera, y dedicarnos a otra cosa. "Que paren el mundo, que me bajo", dijo el ocurrente. Pero no cuela. Ni se para el mundo, ni podemos bajarnos. Hay que hacer frente a todo esto: ahora nos toca a nosotros. Ahora somos nosotros los responsables del mundo en que crecen nuestros hijos. Responsables. Tenemos que responder. Marcar el camino, abrirlo, desbrozarlo. Y enseñarles para que cuando no estemos continúen ellos. Y claro, esto no se hace de la noche a la mañana. De eso hablamos, de educar. La tecnología y el desarrollo económico nos han regalado estos instrumentos magníficos de comunicación y de diversión. Se trata de aprovecharlos en nuestro beneficio. De que nos ayuden a vivir mejor y a hacernos mejores. No podemos ser retrógrados y renunciar a los medios de comunicación porque su mal uso nos cree problemas, como no vamos a prescindir del automóvil porque se produzcan accidentes. Hay que aprender a manejarlos y reducir los errores al mínimo posible con sensatez y el comportamiento debido. Consideremos a este respecto unas cuantas verdades "del barquero". Primera: Y obvia, pero no por eso menos importante. El primer paso para resolver un problema es conocer su existencia. Seamos, pues, conscientes de que tenemos un serio problema social y educativo derivado del uso indebido de medios de comunicación tales como el cine, la televisión e Internet. Aceptemos que manejamos fuego. Y que ese fuego lo manejamos todos, cada uno en su medida. Está claro que hemos de ir por partes. En este primer artículo planteamos sólo algunas reflexiones generales sobre el problema, y apuntaremos el principio del camino de las soluciones posibles. En educación no hay milagros inmediatos. He dicho inmediatos. Observarán que soy optimista con respecto al poder de la educación. Segunda: Aunque toda la información de que dispusiéramos fuera buena, fiable -y no lo es-, intentar atender a toda ella generará en nosotros una confusión tal que invalidará cualquier información. ¿Hablamos de cantidad? Hablamos de cantidad, pero en el acto de decidir la cantidad de información a la que atenderemos, va a producirse la selección inevitable, y toda selección coherente requiere un criterio, que conduce a la valoración de calidad. Lo siento: hay que trabajar, hay que pensar. Podremos apoyarnos en algunas fórmulas, pero habremos de adaptarlas individualmente.
¿Reducir la cantidad de televisión
que vemos al día, por ejemplo, o que ven nuestros hijos? Veamos: cada caso es
distinto.
(Hace poco invité a mi hija de quince años a que viera con asiduidad un
determinado noticiario de televisión, como alternativa a sus pocas ganas de
leer el periódico todos los días: me sorprendió su ignorancia de la
actualidad mundial en los ámbitos que no son propios de adolescentes. Sus notas
del Instituto son magníficas pero las lagunas de información general me
parecieron preocupantes.)
Tercera: Le preguntaron al sabio qué
había que aprender para ser sabio, y dijo: "Sólo aprender a ver y a oír".
Parece fácil ¿no?
Cuarta: Sobre Internet.
Para terminar por hoy, apuntadas ya algunas líneas maestras del discurso que el
título evoca, añadiré dos consideraciones: Con la autorización de:
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