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La buena educación
Por F. Vizcaíno Casas
No estoy pensando en la urbanidad, los modales, la cortesía, la afabilidad, lo
que se decía buena crianza, conceptos caídos en desuso, arrinconados como
trastos viejos en estos tiempos en los que privan la ordinariez, el mal gusto,
el descaro, la sagacidad y los malos modos. Me quiero referir a la educación en
el sentido de docencia, de enseñanza. A los planes de estudio, vaya.
Pues parece que la señora ministra del ramo se ha tomado muy
en serio la reforma del bachillerato y de modo muy especial, la de esa
asignatura tan maltratada en los últimos años y antes tan distinguida que
llamamos historia, Historia de España; la historia de este país, tan viejecito
y tan cargado de glorias como de desastres, de épocas memorables y de periodos
lastimosos. Unas y otros son el precedente de lo que ahora nos toca vivir. Por
eso resulta indispensable que los jóvenes los conozcan; en unos casos, para
enorgullecerse de su condición de españoles; en otros para aprender lo que no
debe repetirse.
Con la precipitada transferencia de las competencias
educacionales a las autonomías, alguna comunidad aprovechó la ocasión para
inventarse el pasado con reprobables fines. Aunque esté feo señalar, el País
Vasco y Cataluña descuellan en la manipulación de los textos escolares, de
modo y manera que los chavales de por allí no tienen idea de quiénes fueron
Isabel la Católica o Hernán Cortés, aunque se conocen muy bien la grandeza
(presunta) de Aitor o la leyenda de Wifredo el Velloso, para ellos Guifré el
Pelut.
El disparate llega al extremo de que en muchos de los libros
mal llamados de historia tan sólo se contemplan los dos últimos siglos; con lo
que los estudiantes están ayunos de la más elemental cultura histórica. Puede
ocurrir con ello (y de hecho, ocurre) que si les citan a Witiza pregunten en qué
equipo de fútbol está jugando y cuál es su cláusula de rescisión.
Tuve yo la fortuna, como todos los de mi quinta y adyacentes,
de estudiar el bachillerato según el plan 38, también llamado de Sáinz Rodríguez.
Pues fue aquel curioso, sabio e intrigante personaje quien lo diseñó, en sus
tiempos de ministro de Educación, todavía en plena guerra civil, como su
guarismo indica. Hace pocos días tuve ocasión de comentar con el profesor
Ricardo de la Cierva, coetáneo ilustre, la bondad de aquellas enseñanzas.
Pues nos amueblaron debidamente la cabeza con los muchos
cursos de latín y algunos de griego y con las diferenciales y otros misterios
de las matemáticas superiores, que a quienes no éramos proclives a las
ciencias nos dieron mucho que cavilar, aunque después comprendiésemos que
también ayudaron a nuestra integral formación. Lo mismo que la historia, digan
ahora lo que quieran los malandrines de turno, permitió que tuviéramos una
visión amplia de los orígenes, formación y desarrollo de esta nación
nuestra. Después, cada cual sacó sus conclusiones y las interpretó a su aire;
pero partiendo de unos conocimientos básicos.
Que es una de las muchas cosas de que carece la juventud
actual, dicho sea con el mayor de los respetos y sin pretender echarle la culpa
de semejantes carencias. Los chicos aprenden lo que se les enseña y mucha
vocación o grandes inquietudes han de tener aquellos que, saliéndose del
programa, buscan en otros textos no oficiales ampliar su culturita. A lo mejor
se ganan con ello una regañina de ciertos profesores, que los hay por ahí
arriba nada partidarios de que sus alumnos conozcan la verdad histórica.
O sea, por ejemplo, que los vascos anduvieron codo con codo
con castellanos, gallegos y andaluces en la gesta del descubrimiento de América,
que no fue simplemente un encuentro de dos culturas, como tanto se dijo en los
desdichados fastos del V Centenario, sino una gigantesca tarea de evangelización,
culturización y fusión de razas. Y que Juan Sebastián Elcano, primero que dio
la vuelta al mundo, lo hizo en nombre de Su Majestad Carlos I de España, que le
otorgó escudo con divisa alusiva: primus circundidistimi. Bueno, pues el
glorioso navegante era de Guetoria, mal que le pese al orate Arzallus.
Tampoco suele evocar el señor Pujol, don Jorge, las hazañas
de los voluntarios catalanes en lucha contra la invasión francesa, defendiendo
la integridad de España ni últimamente se glosa en los medios informativos
afines a la Generalidad de Cataluña (que son más bien todos) el heroísmo del
tambor del Bruch. Y si alguien recuerda los hermosos tiempos del predominio
naval en el Mediterráneo, cuando llegó a decirse que todos los peces llevaban
pintadas las cuatro barras, se calla que ésa era la bandera de Aragón
principalmente.
Sí, hace mucha falta que se unifique ya de forma definitiva
la enseñanza de la historia de España, tan múltiple y tan diversa, que se fue
haciendo entre todas y cada una de las partes integrantes de esta piel de toro,
diferenciadas, singulares cada una de ellas en su personalidad, en su carácter,
en sus culturas. Pero que fueron del brazo a lo largo de los siglos, sin perder
por ello ni mucho menos sus específicas identidades. Debemos potenciarlas,
claro; aunque sin aldeanismos ni chinchorrerías de vecindad mal avenida.
La buena educación se impone. A ver si es verdad que las
generaciones en formación consiguen tenerla.
F.
Vizcaíno Casas
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