Una sed abrasadora

   

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    Una sed abrasadora

    Sucedió esto hace muchos años. Era un día abrasador del mes de julio. A las tres de la tarde estaban en el campo varios campesinos segando el trigo dorado y brillante como el oro. Aquellos segadores tenían una sed abrasadora. Como no tenían agua y la fuente estaba lejos, mandaron a un muchacho con un cántaro a buscarla.


    Pasó bastante tiempo y el muchacho no remanecía. Sus compañeros aguardaban con gran impaciencia el regreso. Tenían reseca la boca y maldecían con voz ronca su tardanza. Miraban al horizonte para ver si aparecía el muchacho. Uno de los segadores estaba con tan mal humor que parecía estallar en cólera. Por fin apareció a lo lejos el aguador y uno de los segadores se adelantó y le urgió a que caminara más de prisa, El muchacho, con esa inconsciente malignidad de los chicos mal educados, empezó a reírse de él, a hacer piruetas, gestos grotescos y a dar saltos, pero con tan mala fortuna que de las manos se le cayó el cántaro al suelo y se le hizo trizas. El segador que había urgido al muchacho a caminar más de prisa, al ver el agua desparramada por el suelo, se encendió en horrible cólera. Se puso como una furia. Ya no era un hombre, estaba fuera de sí, como un loco. Y con la hoz que tenia en la mano se abalanzó sobre el indefenso muchacho y le hirió de tal manera que el pobre zagal cayó muerto al suelo. Horrible consecuencia de la cólera de un hombre.

    Explicación Doctrinal:


    La ira es un apetito desordenado de venganza. Es como un furor y rabia que le entra a una persona por una cosa que le desagrada o le ha salido mal. En el fondo el colérico es un soberbio, pues quiere que todo lo que él hace o le hacen los demás le salga bien. Pero como somos humanos, seres limitados, siempre habrá cosas que contra nuestra voluntad nos saldrán mal y entonces el individuo monta en cólera, se enfurece. Del hombre y de la mujer coléricos huye la gente, porque se hacen antipáticos y desagradables.

    Lo contrario de la cólera es la mansedumbre y paciencia. Esta virtud de la mansedumbre la conseguimos con la oración a Cristo, pidiéndole nos llene el corazón de su paciencia. Y cuando sientas que tu corazón empieza a llenarse de ira, mira con los ojos de la imaginación a Jesús Crucificado entregando el reino de los Cielos al buen ladrón; o imagínate rodeado el Señor de niños, conversando dulcemente, con ellos; o escucha con el alma el canto maravilloso de los ángeles cuando nacía Jesús en Belén. Haz esto todos los días durante un minuto y repite al mismo tiempo: "Tendré mansedumbre en todas mis cosas y reportaré a los demás paz y bien y todos me amarán". Si así lo haces llegarás a adquirir un dominio perfecto de ti mismo.

    Norma de Conducta:

    Con mi mansedumbre conquistaré todos los corazones.

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