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La sociedad educadora
EL universo educativo excede en mucho los límites impuestos por la
familia y la escuela. Además de estas instituciones hay que pensar en la
virtualidad formadora de los medios de comunicación, del Estado, de la Iglesia,
de la sociedad civil, de los centros de trabajo, etc. Las condiciones sociales
que se adivinan en el título de este artículo pueden antojarse utópicas y,
sin embargo, necesarias. En la medida en que la utopía
representa una corrección o formulación ideal de una situación social
existente el planteamiento aquí vertido lo es, pero se trata en todo caso de
una aspiración cada vez más extendida.
Si bien el término ‘sociedad’ también se extiende al reino animal
(sociedad de abejas, de hormigas, etc.) habitualmente designa una agrupación de
personas cuyo fin es satisfacer algunas necesidades vitales. La sociedad se
fundamenta en la persona, pero puede llegar a deshumanizarse cuando se desvía
de su esencia. Es lo que sucede, por ejemplo, en sociedades en las que las
relaciones interindividuales se resquebrajan si el Estado practica la opresión,
si los medios de información extienden la manipulación, si la familia se
desintegra o si la escuela se convierte en mero aparcamiento.
Es menester, por tanto, que se fortalezca el tejido de las relaciones humanas
para que pueda fomentarse el despliegue y la actividad personal -racional y
libre- dentro de la sociedad. Cuando el Estado o cualquier institución, por el
procedimiento que sea, violentan la urdimbre
social se deteriora la formación y la convivencia. Como contrapunto, el
impulso de la sociedad civil, sobre la
que versarán algunas de nuestras reflexiones, puede ser decisivo en el
compromiso que todos hemos de asumir en lo tocante al desarrollo humano.
Cada vez se toma más conciencia del influjo totalizador que los distintos estímulos
(familiares, escolares, mediáticos, sociales...) tienen en el desarrollo
personal. Esta paidocenosis
-influencia conjunta del ambiente en la formación humana-, nos lleva a demandar
por vía de urgencia que los distintos agentes y ámbitos aúnen esfuerzos en
beneficio de la educación. Ofrecemos seguidamente algunas reflexiones que
esperamos animen a construir una genuina “sociedad educadora”.
¿El
ocaso de la familia?
Cuando la familia es fiel a sí
misma las notas que presiden la convivencia entre sus miembros son la
intensidad, la intimidad y la profundidad. Acaso la realidad radical que mejor
la define sea el amor. La familia, de hecho, a través de las relaciones
paterno-filiales y fraternales desempeña un papel fundamental en la educación
de la afectividad, sin que se soslayen otras influencias formativas.
En el hogar halla el niño calor, alimento y estímulo, es decir, todo lo que
necesita para desarrollarse. No en vano, la familia es la comunidad formativa
primera y principal. En esta institución el infante conquista las habilidades
cognitivas y motrices básicas. A ellas hay que agregar la impregnación y el
progreso emocional, la adquisición del lenguaje, la apertura a los demás y el
tono vital. El niño encuentra en la familia los estímulos que satisfacen sus
necesidades afectivas y garantizan su desarrollo psíquico y físico. Las
relaciones familiares presididas por la seguridad, la confianza y el corazón
posibilitan el despliegue saludable y armónico de la personalidad. Los efectos
benéficos de esta institución universal se extienden a padres e hijos y se
dejan sentir particularmente en los primeros años de vida, hasta el extremo de
que el ambiente familiar pobre en estímulos educativos pone en serio peligro la
maduración infantil.
Si bien la familia tiene más potencia formativa que ningún otro grupo social,
en la actualidad se observan signos evidentes de desconcierto derivado de los
profundos cambios operados en su seno.
Las consecuencias de las desfavorables condiciones en que hoy se halla la
comunidad familiar varían considerablemente, pero se puede asegurar que, a
medida que se incrementa la desintegración en el hogar, el niño queda expuesto
a todo género de problemas. La solución, si es que se puede hablar en
singular, no es sencilla. Desde mi punto de vista, una política familiar encaminada a fortalecer el papel de los padres en
la formación de los hijos es totalmente necesaria. Es menester estimular la
colaboración entre la familia y la escuela, robustecer la figura del orientador
familiar, crear espacios formativos para padres, mejorar la escuela infantil y
ampliar la oferta de servicios de algunos centros educativos. El análisis del
marco sociológico de cada institución escolar mostraría, en muchos casos, la
conveniencia de dilatar el horario e incrementar los recursos y el número de
educadores para atender debidamente desde una óptica lúdico-formativa a
menores que lo necesiten. No se descarta tampoco que los propios padres
participen del proceso o de otras actividades recreativas, sociales y
culturales.
Pese a los males que se ciernen sobre la familia y a la escasa implicación de
algunos padres en la educación de sus hijos, no creo que se pueda hablar de
“ocaso de la familia”. Por más que esta institución se halle en situación
crítica, me atrevo a afirmar que está llamada a perdurar, pues se trata de la comunidad
esencial de la vida personal.
El
papel de la escuela
La imposibilidad de que los
padres asumiesen todas las necesidades formativas de los hijos condujo al
nacimiento de la escuela en cuanto institución
artificial encargada de acciones educativas concretas, sobre todo en la
vertiente intelectual. Más allá de los cambios experimentados a lo largo de su
discurrir histórico, la escuela continúa siendo delegada
de la familia. En nuestro tiempo esta delegación adquiere un renovado
impulso, principalmente por el aumento del trabajo de la mujer fuera del hogar,
lo que se ha traducido en un crecimiento de la población escolar infantil. Sin
embargo, el resultado de esta escolarización temprana y de la obligatoriedad de
la enseñanza hasta los dieciséis años no ha cubierto, ni de lejos, las
expectativas formativas.
Por ejemplo, continuamente se quejan los profesores de
la ignorancia de un considerable número de alumnos.
Sin entrar a valorar la legislación, que indudablemente tiene su incidencia, el
aire que se agita en este mundo globalizado está alcanzando un alto nivel de
contaminación. Esta alteración ambiental nociva también se cuela por los
recovecos de las instituciones escolares en forma de plutocracia, consumismo,
rivalidad, discomunicación, etc. Cerrar el paso a estos agentes patógenos es
difícil pero necesario. Un buen escudo contra el clima psicosocial viciado lo
encontramos en la formación moral
practicada en una comunidad ética, en el cultivo
de la comunicación y en el fomento
del estudio. En esta aleación de moral-comunicación-estudio hallamos una
poderosa defensa contra las impurezas atmosféricas.
No creo, ni mucho menos, que debamos adscribirnos a la tesis de los que demandan
el cierre de la escuela, “porque se trata de una institución nociva que
esclaviza”. A diferencia de estos planteamientos, defendemos que otra escuela
es posible y, además, necesaria.
El
magisterio de la Iglesia
La influencia formativa de la
Iglesia está fuera de toda duda. Aunque el camino de esta institución
milenaria presenta altibajos llega hasta nuestros días con la responsabilidad
de difundir el Evangelio. Desde su origen la Iglesia ha sido consciente e
intencionadamente trasmisora de doctrina. La labor educadora de la Iglesia ha
ido variando, desde las primeras comunidades cristianas que sintieron la
necesidad de convertir a los infieles hasta los nuevos retos del siglo XXI:
encuentro fe-cultura, diálogo interreligioso, superación de anacronismos,
etc., pero esencialmente sigue latiendo la misma necesidad de sembrar la Buena
Nueva.
El mensaje educativo inherente a la misión eclesiástica y los numerosos
docentes e instituciones escolares de inspiración católica evidencian el
influjo de la Iglesia. Algunas de las ideas fundamentales que se han propagado
por el mundo llevan su sello. Más allá de tensiones, aciertos y errores,
interesa destacar el gran potencial formador y transformador de esta institución
plurisecular a la que se le presenta en nuestros días una difícil tarea en
esta sociedad compleja, tecnificada y pragmática. Quizá el mayor desafío
educativo que la Iglesia tiene ante sí sea, por lo mismo, la renovación de
su discurso, que no supone en absoluto la negación de sus raíces, sino un
aperturismo fecundo impulsor de desarrollo personal y social.
Humanización
del trabajo
En la historia de la
civilización occidental el trabajo se ha asociado al esfuerzo físico y aun al
sufrimiento. Recuérdese, a este respecto, que la palabra ‘trabajo’ procede
del latín tripalium, instrumento de tortura compuesto por tres palos con el
que se castigaba a los esclavos que se negaban a trabajar. Acaso por ello el
trabajo se sigue asociando en determinadas ocupaciones al dolor.
En cuanto actividad básica, el trabajo
goza de común aceptación. No cabe decir lo mismo de las distintas concreciones
laborales (los trabajos), pues es bien
sabido que un significativo número de personas sufren estrés, explotación,
frustraciones, injusticias, temores, etc. La imposibilidad de analizar las
circunstancias concretas de cada modalidad laboral nos lleva a afirmar genéricamente
y de acuerdo al enfoque de la sociedad
educadora que el trabajo está llamado a dignificarse. Es verdad que en los
últimos siglos se ha avanzado de modo apreciable. Ahora bien, consolarse porque
en materia de trabajo cualquier tiempo pasado fue peor o por la pésima situación
laboral que en la actualidad atraviesan algunos países equivale a postergar la
solución del problema. Hay todavía muchos trabajos alienantes y, lo que quizá
sea más dramático, hay muchas personas desempleadas. Se requiere, en este
sentido, una mayor sensibilidad social y el concurso de todos (Administración,
empresarios, trabajadores, etc.) para dar un renovado impulso al proceso
de humanización laboral.
Asimismo, es hora de abrazar una educación genuina que exija al mundo
laboral la asunción de su responsabilidad en la construcción de la
convivencia. A pesar de que esta muy extendida la visión pragmática de la
relación educación-trabajo, nos animamos a enunciar algunas ideas
discrepantes:
En un entorno laboral en continua mudanza se precisa igualmente una formación
permanente que cultive, además de la vertiente técnica, el desarrollo
interior.
Toda empresa debe tener una proyección
social.
Potenciar la orientación vocacional-profesional.
El
Estado y la sociedad civil
En el plano educativo, el
Estado se presenta, por una parte, como regulador del sistema educativo a través
de leyes y, por otra, como actor de gran influencia simbólica en la vida
social. La política educativa estatal constituye una función esencial y
compleja encaminada al cumplimiento de los objetivos formativos establecidos
para una determinada sociedad. Junto al conjunto de medidas explícitas, el
Estado ejerce una influencia indirecta sobre los ciudadanos al condicionar sus hábitos
y costumbres. En la medida en que un Estado se funde en la racionalidad
contribuirá a la construcción y consolidación de una verdadera comunidad. Más
allá del aparato del Estado, al que
compete establecer el marco legislativo educacional, nos encontramos con que por
la sociedad circulan numerosas influencias estatales de alcance formativo cuyo
signo depende de los valores y el comportamiento de gobernantes y empleados públicos.
Los administrados no están exentos de responsabilidad en la atmósfera
reinante. La condición de ciudadano en la sociedad democrática no ha de
reducirse a ejercer el derecho al voto en momentos de consulta electoral, es
menester asimismo fortalecer el tejido asociativo, abrir cauces para la crítica
constructiva y establecer mecanismos de control.
Una orientación adecuada es proponer el robustecimiento de la sociedad civil.
El modelo presente de relaciones interhumanas está seriamente debilitado y se
caracteriza por la rivalidad, el individualismo y la prisa. El aceleramiento del
ritmo de vida y la decadencia de la comunicación amenazan el establecimiento y
la pervivencia de las asociaciones. Por más que haya ciertas tensiones, la
sociedad rectamente entendida comporta relaciones de colaboración, intercambio
y participación. El pluralismo inherente a las genuinas sociedades democráticas
permite aceptar todas las posiciones siempre que se hallen dentro del marco
constitucional y legal. De acuerdo a nuestro criterio pedagógico, la madurez
cívica sólo se alcanza en un
escenario de libertad, responsabilidad, comunicación y acción recíproca. En
la vida social es igualmente necesario el espíritu
cultural, por ser el que posibilita el desarrollo y la plenitud de los
ciudadanos. Para que la participación sea efectiva hay que vivir la cultura,
por ser clave del uso y disfrute de los bienes sociales.
Otro tanto hay que decir del trabajo, pues es evidente que no puede haber
fortalecimiento de la sociedad civil si un elevado número de personas están en
camino de exclusión social por su condición de desempleados.
Si aceptamos, en fin, que la participación activa y responsable en la sociedad
no se reduce a depositar el voto en una urna en momentos de consulta electoral y
que, desde el prisma educativo, la auténtica convivencia democrática tiene una
incidencia positiva en el desarrollo de la personalidad, entonces hemos de
concluir reforzando nuestro compromiso con la construcción de una sociedad
civil vigorosa.
Los
medios de información
Aunque las posibilidades
educativas de los mass media son
enormes, con frecuencia se desaprovechan. Más allá de la función informativa
y de entretenimiento, estos medios podrían desempeñar un papel formativo más
claro, es decir, además de divertir y de proporcionar datos, deberían fomentar
actitudes y valores positivos. Pensemos, por ejemplo, en la beneficiosa
influencia que algunos programas televisivos de medio ambiente, sociedad y arte
tienen sobre las personas, ya desde la niñez, al despertar y afianzar el amor a
la naturaleza, a los animales, a los pueblos y a la cultura.
Lo mismo cabe decir de la radio, tan ágil, actual y accesible como sugestiva,
lo que la convierte en un medio idóneo para la actividad educativa, incluso
desde el centro escolar.
La prensa, por su parte, pese a la llegada de la era audiovisual, mantiene toda
su vigencia, acaso por la permanencia de sus mensajes y por su capacidad para
crearlos. Aunque su misión es informar, también es fuente de educación
informal, pues promueve valores, genera opiniones y orienta el comportamiento
colectivo.
El cine también puede contribuir muy positivamente a la educación. La ilusión
de movimiento de los fotogramas genera una impresión de realidad en el
espectador, quien percibe lo representado como narración, es decir, de modo
continuo. El sujeto organiza toda la información recibida y confiere sentido a
lo que ve y oye merced a la entreveración de procesos racionales y emocionales.
La fuerza educativa del cine se extiende a diversos ámbitos de la vida humana:
intelectual, afectivo, estético y ético.
Es obligado reflexionar en este apartado, siquiera sea de modo sumario, sobre
internet. La red ofrece posibilidades
crecientes para el aprendizaje, mas si no queremos que los potenciales
beneficios se tornen perjuicios urge crear una infraestructura escolar que
permita formar a los educandos para que manejen positivamente la malla
electrónica. Cada vez son más los niños y adolescentes que sin ninguna
preparación se aventuran a navegar por las aguas procelosas del océano
virtual. La ausencia de guía aboca a los menores al caos: aislamiento, confusión,
adicción, sedentarismo, consumismo, etc. Es menester, pues, seguir impulsando
las iniciativas escolares y sociales que capacitan a las personas para usar
inteligentemente este medio.
A
modo de conclusión
La educación no se
circunscribe a la familia y a la escuela. Por todas partes recibe la persona estímulos
ambientales de distinto signo. Estos influjos son complejos, difuminados y
heterogéneos, pero son formativos si tienen efectos beneficiosos sobre la
persona. Entre estos ambientes, todavía poco estudiados desde el punto de vista
educativo, quedan incluidos el Estado, la Iglesia, los medios de información,
los centros de trabajo y la sociedad civil. A la acción específica de cada ámbito
hay que añadir su influencia conjunta, cual si se tratase de un macrocampus
formativo en el que el balance arrojado por la totalidad de “estímulos
educativos” puede ser positivo o negativo. Aunque no es fácil calibrar esta paidocenosis,
en la actualidad parece que nos hallamos aún lejos de un resultado óptimo.
Por utópico que pueda antojarse el desideratum
anterior, es absolutamente necesario trabajar para conquistarlo. Recuérdese
que no hay que educar para lo que hay, sino para lo que puede haber, pues se
trata de mudar la realidad actual y avanzar hacia un porvenir mejor. La
perspectiva sistémica que alberga la expresión “sociedad educadora” da
cuenta de este anhelo. En las dos palabras se funde el sueño de la convivencia
humana, que es a un tiempo concordia y desarrollo.
Bibliografía:
MARTÍNEZ-OTERO, V. (2003): Teoría y
práctica de la educación, Madrid, CCS.
MARTÍNEZ-OTERO, V. (2003): “Sociedad educadora: la paidocenosis necesaria”,
Congreso La nueva alfabetización: un
reto para la educación del siglo XXI, CES Don Bosco, Madrid.
Valentín Martínez-Otero
Profesor y Doctor
en Psicología y en Pedagogía
Con
la autorización de: www.comunidad-escolar.pntic.mec.es
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