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La ordenación sacerdotal de las mujeres: ¿porqué no?
Motivos bíblico-teológicos
de la posición de la Iglesia Católica
P. Miguel Ángel Fuentes / IVE, Argentina
Introducción
El problema de la admisión de las mujeres al sacerdocio
ministerial es uno de los problemas más candentes en los países con tradición
anglicana y allí donde los autores del progresismo católico han tenido o
tienen fuerza particular. Así, por ejemplo, E. Schillebeeckx O.P. dice:
"...Las mujeres... no tienen autoridad, no tienen jurisdicción. Es una
discriminación... La exclusión de las mujeres del ministerio es una cuestión
puramente cultural que ahora no tiene sentido. ¿Porqué las mujeres no pueden
presidir la eucaristía? ¿Por qué no pueden recibir la ordenación? No hay
argumentos para oponerse al sacerdocio de las mujeres... En este sentido, estoy
contento de la decisión [de la Iglesia anglicana] de conferir el sacerdocio
también a las mujeres, y, en mi opinión, se trata de una gran apertura para el
ecumenismo, más que de un obstáculo, porque muchos católicos van en la misma
dirección". (E. Schillebeeckx O.P., Soy un teólogo feliz. Entrevista con
F. Strazzati, Sociedad de Educación Atenas, Madrid 1994, pp. 117-118).
Por parte católica, dos documentos han tocado explícitamente
el tema:
Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de
la Fe, Inter insigniores, La cuestión de la admisión de las mujeres al
sacerdocio ministerial, 15 de octubre de 1976. Enchiridion Vaticanum, Volumen 5
(1974-1976), nnº 2110-2147.
Carta Apostólica de Juan Pablo II, , 22 de mayo de 1994. A lo que hay que añadir:
Card. Ratzinger Ordinatio Sacerdotalis, "Respuesta a la duda sobre la
doctrina de la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis", del 28 octubre de
1995.
¿Cuál es el motivo último por el que la mujer no puede
acceder al sacerdocio ministerial?
1. A partir de la Tradición
El Magisterio apela a la Tradición, entendida no como "costumbre
antigua" sino como garantía de la voluntad de Cristo sobre la constitución
esencial de su Iglesia (y sacramentos). Esta Tradición se ve reflejada en:
1) La actitud de Jesucristo. Históricamente Jesucristo no
llamó a ninguna mujer a formar parte de los doce. En esto debe verse una
voluntad explícita, pues podía hacerlo y manifestar con ello su voluntad.
Jesucristo debía prever que al tomar la actitud que tomó, sus discípulos la
interpretarían como que tal era su voluntad.
Objeción. La objeción más común es que Jesucristo obró
de este modo para conformarse con los usos de su tiempo y de su ambiente (el
judaísmo) en el que las mujeres no desempeñaban actividades sacerdotales.
Respuesta. Precisamente respecto de la mujer Jesucristo no se
atuvo a los usos del ambiente judío. Su actitud respecto de la mujer contrasta
fuertemente con la de los judíos contemporáneos, hasta el punto tal de que sus
apóstoles se llenaron de maravilla y estupor (cf. Jn 4,27). Así:
conversa públicamente con la
samaritana (Jn 4,27);
no toma en cuenta la impureza legal de la
hemorroisa (Mt 9,20-22);
deja que una pecadora se acerque en casa de Simón el fariseo (Lc 7,37);
perdona la adultera, mostrando de este modo que no se puede ser más severo con
el pecado de la mujer que con el del hombre (Jn 8,11);
toma distancia de la ley mosaica para afirmar la igualdad de derechos y deberes
del hombre y la mujer respecto del vínculo matrimonial (Mt 19,3-9; Mc 10,2-11);
se hace acompañar y sostener en su ministerio itinerante por mujeres (Lc 8,2-3);
les encarga el primer mensaje pascual, incluso avisa a los Once su Resurrección
por medio de ellas (Mt 28,7-10 y paralelos).
Esta libertad de espíritu y esta toma de distancia son
evidentes para mostrar que si Jesucristo quería la ordenación ministerial de
las mujeres, los usos de su pueblo no representaban un obstáculo.
2) Actitud de los Apóstoles. Los apóstoles siguieron la
praxis de Jesús respecto del ministerio sacerdotal, llamando a él sólo a
varones. Y esto a pesar de que María Santísima ocupaba un lugar central (cf.
Act 1,14). Cuando tienen que cubrir el lugar de Judas, eligen entre dos varones.
Objeción 1. Puede ponerse la misma objeción: también los
apóstoles se atuvieron a las constumbres de su tiempo.
Respuesta. La objeción tiene menos valor que en el caso
anterior, porque apenas los Apóstoles y San Pablo salieron del mundo judío, se
vieron obligados a romper con las prácticas mosaicas, como se ve en las
discusiones paulinas con los judíos. Ahora bien, a menos que tuvieran en claro
la voluntad de Cristo, el ambiente nuevo en que comenzaron a moverse los tendría
que haber inducido al sacerdocio femenino, pues en el mundo helenístico muchos
cultos paganos estaban confiados a sacerdotisas.
Su actitud tampoco puede deberse a desconfianzas o
menosprecio de la mujer, pues los Hechos apostólicos demuestran con cuanta
confianza San Pablo pide, acepta y agradece la colaboración de notables
mujeres:
Rom 16,3-12; Fil 4,3
Priscila completa la formación de Apolo (Act 18,26)
Febe está al servicio de la iglesia de Cencre (Rom 16,1)
Otras son mencionadas con admiración como Lidia, etc.
Pero San Pablo hace una distinción en el mismo lenguaje:
cuando se refiere a hombres y mujeres indistintamente, los
llama "mis colaboradores" (Rom 16,3; Fil 4,2-3)
cuando habla de Apolo, Timoteo y él mismo, habla de "cooperadores de
Dios" (1 Cor 3,9; 1 Tes 3,2).
Objeción 2. Las disposiciones apostólicas y especialmente
paulinas son claras, pero se trata de disposiciones que ya han caducado, como
han caducado otras, por ejemplo: la obligación para las mujeres de llevar el
velo sobre la cabeza (1 Cor 11,2-6), de no hablar en la asamblea (1 Cor
14,34-35; 1 Tim 2,12).
Respuesta. Como es evidente, el primer caso se trata de prácticas
disciplinares de escasa importancia, mientras que la admisión al sacerdocio ministerial
no puede poner en la misma categoría. En el segundo ejemplo, no se trata de
"hablar" de cualquier modo, porque el mismo San Pablo reconoce a la
mujer el don de profetizar en la asamblea (1 Cor 11,5); la prohibición respecta
a la "función oficial de enseñar en la asamblea cristiana", lo cual
no ha cambiado, porque en cuanto tal sólo toca al Obispo.
3) Actitud de los Padres, la Liturgia y del Magisterio.
Cuando algunas sectas gnósticas heréticas de los primeros siglos quisieron
confiar el ministerio sacerdotal a las mujeres, los Santos Padres juzgaron tal
actitud inaceptable en la Iglesia. Especialmente en los documentos canónicos de
la tradición antioquena y egipcia, esta actitud viene señalada como una
obligación de permanecer fiel al ministerio ordenado por Cristo y
escrupulosamente conservado por los apóstoles (I.I., 2115).
Como testimonio unánime de la Tradición eclesiástica
tenemos los documentos oficiales arriva señalados.
2. A la luz de la teología sacramental
La argumentación central es la anteriormente reseñada;
podemos, sin embargo, acceder a otra vía argumentativa que pone más en
evidencia que la tradición que se remonta a Cristo no es una mera disposición
disciplinar sino que tiene una base ontológica, es decir, se apoya en la misma
estructura de la Iglesia y del sacramento del Orden. Los dos argumentos apelan
al simbolismo sacramental.
1) El sacerdocio ministerial es signo sacramental de Cristo
Sacerdote. El sacerdote ministerial, especialmente en su acto central que es el
Sacrificio Eucarístico, es signo de Cristo Sacerdote y Víctima. Ahora bien, la
mujer es signo adecuado de Cristo Sacerdote y Víctima, por eso no puede ser
sacerdote ministerial.
En efecto, los signos sacramentales no son puramente
convencionales. La economía sacramental está fundada sobre signos naturales
que representan o significan por una natural semejanza: así el pan y el vino
para la Eucaristía son signos adecuados por representar el alimento fundamental
de los hombres, el agua para el bautismo por ser el medio natural de limpiar y
lavar, etc. Esto vale no sólo para las cosas sino también para las personas.
Por tanto, si en la Eucaristía es necesario expresar sacramentalmente el rol de
Cristo, sólo puede darse una "semejanza natural" entre Cristo y su
ministro si tal rol es desempeñado por un varón (I.I., nº 2134).
De hecho, la Encarnación del Verbo ha tenido lugar según el
sexo masculino. Es una cuestión de hecho que tiene relación con toda la teología
de la creación en el Génesis (la relación entre Adán y Eva; Cristo como
nuevo Adán, etc.) y que, si alguien no está de acuerdo con ella o con su
interpretación, de todos modos se enfrenta con el hecho innegable de la
masculinidad del Verbo encarnado. Si se quiere, por tanto, tendrá que
discutirse el por qué Dios se encarna en un varón y no en una mujer; pero
partiendo del hecho de que así fue, no puede discutirse que sólo un varón
representa adecuadamente a Cristo-varón.
Objeción 1. La objeción de los anglicanos proclives a la
ordenación femenina es que, según ellos, lo fundamental de la encarnación no
es que Cristo se haya hecho varón sino que se haya hecho "hombre".
Por tanto, no es tanto el varón quien representa adecuadamente a Cristo sino el
"ser humano" en cuanto tal.
Respuesta. El problema está aquí en el sentido de
"representación adecuada". Los signos sacramentales tienen que
guardar una representación adecuada, es decir, lo más específica posible.
Desde este punto de vista, el "ser humano" (varón-mujer) es una
representación adecuada de Cristo pero en su sacerdocio común (el sacerdocio
común de los fieles), no de Cristo en su Sacerdocio ministerial de la Nueva
Alianza. El "ser humano" representa adecuadamente al Verbo hecho
carne, pero representa sólo genérica y borrosamente a Cristo sacerdote. De
hecho, el carácter sacerdotal (ministerial) es una subespecificación del carácter
general cristiano que viene dado a todo hombre (varón y mujer) por el bautismo.
Objeción 2. Cristo está ahora en la condición celestial,
por lo cual es indiferente que sea representado por un varón o por una mujer,
ya que "en la resurrección no se toma ni mujer ni marido" (Mt 22,30).
Respuesta. Este texto (Mt 22,30) no significa que la
glorificación de los cuerpos suprima la distinción sexual, porque ésta forma
parte de la identidad propia de la persona. La distinción de los sexos y, por
tanto, la sexualidad propia de cada uno es voluntad primordial de Dios:
"varón y mujer los creó" (Gn 1,27).
2) El simbolismo nupcial. Cristo es presentado por la Sagrada
Escritura como el Esposo de la Iglesia. De hecho en Él se plenifican todas las
imágenes nupciales del Antiguo Testamento de Dios como Esposo de su Pueblo
Israel (cf. Os 1-3; Jer 2). Esta caracterización es constante en el Nuevo
Testamento:
en San Pablo: 2 Cor 11,2; Ef 5,22-33
en San Juan: Jn 3,29; Ap 19,7.9
en los Sinópticos: Mc 2,19; Mt 22,1-14
Ahora bien, esto resalta la función masculina de Cristo respecto de la función
femenina de la Iglesia en general. Por tanto, para que en el simbolismo
sacramental el sujeto que hace de materia del sacramento del Orden (que
representa a Cristo), y luego el sujeto que hace de ministro de la Eucaristía
(que obra "in persona Christi") sea un signo adecuado, tiene que ser
un varón.
Objeción. El sacerdote también representa a la Iglesia, la
cual tiene un rol pasivo respecto de Cristo. Ahora bien, la mujer puede
representar adecuadamente a la Iglesia; entonces también puede ser sacerdote.
Respuesta. Es verdad que el sacerdote también representa a
la Iglesia y que esto podría ser desenvuelto por una mujer. Pero el
problema es que no sólo representa a la Iglesia sino también a Cristo y que
esto, por todo cuanto hemos dicho, no puede representarlo una mujer. Por tanto,
el varón puede representar ambos aspectos, pero la mujer sólo uno, el cual no
es el propiamente sacerdotal.
Conclusión
Los errores principales giran en torno a dos problemas. El
primero es no concebir adecuadamente el sacerdocio sacramental, confundiéndolo
con el sacerdocio común de los fieles. El segundo, es dejarse llevar por los
prejuicio que ven en el sacerdocio ministerial una discriminación a la mujer y
paralelamente un enaltecimiento del varón en detrimento de la mujer; es una
falta de óptica: en la Iglesia católica, el sacerdocio ministerial es un
servicio al Pueblo de Dios y no una cuestión aristocrática; es más, esto último
es, precisamente, un abuso del sacerdocio ministerial, semejante al que contaminó
el fariseísmo y saduceísmo de los tiempos evangélicos. Finalmente, los más
grandes en el Reino de los Cielos no son los ministros sino los santos; y
-excluida la humanidad de Cristo- la más alta de las creaturas en honor y
santidad, la Virgen María, no fue revestida por Dios de ningún carácter
sacerdotal.
Con la autorización de: www.encuentra.com
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